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Habían transcurrido algunos meses desde el accidente y el posterior rescate. Numa estaba completando su recuperación, que había sido larga y difícil. Los demás supervivientes ya se habían adaptado casi por completo a su antigua y, al mismo tiempo, nueva realidad junto a sus seres queridos. A Numa no le gustaba salir si se trataba de fiestas o discotecas. Antes del accidente prefería las reuniones familiares o aquellas que se hacían en casa de sus amigos. Sin embargo, hoy realmente no estaba de ánimo para nada, especialmente después de que le dijeron que nunca más podría volver a jugar al fútbol debido a la lesión en su pierna, que lograron salvar casi de milagro... como el milagro que fue haberle salvado la vida casi en los últimos minutos.
El joven abogado intentó asumir la noticia con calma; sin embargo, era inevitable sentir una gran tristeza. Tendría que dejar una de sus más grandes pasiones, pero también se dio cuenta de que sería difícil volver a jugar un partido con el Loyola sin sus amigos fallecidos en la montaña, como Gastón, Arturo, Julio o Juan Carlos. Afortunadamente, Coche y Pancho siempre estaban junto a él.
Fue por eso que Nando decidió sacar a Numa de aquel pozo de desaliento y tuvo la idea de llamarle por teléfono e invitarlo a un bar.
̶ Dale Numa, hace falta que te distraigas un poco.
̶ Gracias por tus buenas intenciones, Nando; pero no tengo ganas de ir a ningún lado -respondió con suavidad-. Si se trata de distraerme, tengo bastantes libros que Leonardo me trajo de la biblioteca de la universidad.
̶ Señor procurador, no sea aguafiestas -dijo el rugbier, juguetonamente.
̶ Pero…
̶ Vamos, que te vas a divertir mucho, no todo en esta vida es estudiar.
̶ Sé que a vos te gusta bastante, y lo respeto, pero con un boliche me pasa igual que con el rugby: no lo entiendo y tampoco le veo la gracia. En un bar la gente se la pasa hablando casi a gritos. A menos que tengas otros planes asociados a la salida…
̶ Bueno, sí. Lo que pasa es que hay una chica que no veo hace tiempo.
̶ Entiendo los afanes románticos con tu amiga, pero yo haría mal tercio…
̶ No me dejaste acabar la oración, -reía Nando, a través del teléfono-. Micaela tiene una amiga que acaba de llegar de España y no quiere dejarla sola. Mi idea es que salgamos juntos los cuatro.
̶ Creo que se van a aburrir conmigo, -comentó Numa desganadamente.
̶ Vamos, Numa, no seas así. En realidad, me estarías ayudando mucho. Por favor, acompáñame.
̶ ¿A la amiga de Micaela no le disgustará que yo use un bastón?
̶ No creo que le importe mucho. Vos compensás todo con tu carisma.
̶ Nando, no seas adulador. Ya sé por dónde vas.
̶ Entonces ¿qué decís? ¿Aceptás?
̶ Mmm… ¿Es bonita la amiga de Micaela?
̶ Yo creo que sí.
̶ Ta´. Preguntaré a mi familia si puedo salir. Me están cuidando mucho. A veces creo que demasiado…
Numa preguntó a sus padres y le dieron permiso, siempre recomendándole que se cuide y siga las indicaciones de los médicos. Aún no se le podía considerar completamente fuera de peligro.
-¿Champ? ¿Qué decís, vamos?
El spaniel también dió su aprobación con un ladrido, esperando no equivocarse como la vez anterior que Numa le dirigió la misma pregunta.
Aquel sábado por la noche, el castaño se arreglaba frente al espejo con no mucha confianza en sí mismo.
̶ ¿A dónde va mi hermano tan guapo? -preguntó Isabel. Y antes que Numa pudiera contestar, intervino Leonardo, al tiempo que le ajustaba la corbata a su hermano.
̶ Su amigo Nando Parrado lo invitó a un bar con dos chicas, pero ya sabes cómo es mi mellizo de serio.
̶ Mientras no me digan para bailar, todo estará bien, -repuso Numa-. Ahora que si son lindas, me puedo animar- sonrió con picardía.
̶ Ponete este blazer azul -aconsejó Daniel- le va perfecto a tu camisa. Y aprovechá para bailar, ahora que estás de vuelta.
Al tiempo que los Turcatti conversaban, sonó el timbre de la casa y abrió Gastón, el mayor de los hermanos.
̶ Pasá, Nando, y tomá asiento -estrechando la mano del rubio- Numa está casi listo. Por favor, no dejés que fume, le hace daño.
̶ Gracias, Gastón. Prometo que lo cuidaré mucho.
̶ Aunque suene paradójico, está demorando un poquito porque mis hermanos tratan de ayudarlo. Cuando los cuatro se juntan, empiezan a conversar y bromear y no hay cuando terminen.
̶ Ellos son muy unidos ¿cierto? -preguntó Nando con curiosidad, mientras le quitaba unas pelusillas a su traje.
̶ Sí. Durante varios años fui hijo único hasta que llegaron Numa y Leonardo a la vez y poco tiempo más adelante nacieron Daniel e Isabel, así que me destronaron. Todos ellos son cercanos en edad, ese cuarteto es temible.
Llegó la señora Isabel. -Buenas noches, Nando.
-Buenas noches, señora.-
-Seré muy directa y franca contigo. Sabés que mi hijo aún se está recuperando. No solo se trata de que lo cuidés; también te pido que no corrás tanto en tu auto. Hay una fama que te precede.
̶ No se preocupe, señora. Nos portaremos muy juiciosos. Y le aseguro que conduciré a velocidad normal, incluso un poco más despacio.
̶ Gracias, Nando. -sonrió la madre de Numa- Me quedo más tranquila.
Champ los despidió corriendo y moviendo la cola.
Nando cumplió su promesa y condujo el Renault a una velocidad que no ponía en peligro a ninguno de los dos. En el camino recogieron a Micaela y a su amiga Sofía Lara, que había venido de Barcelona para conocer Montevideo. Eran realmente muy hermosas. Llegaron a un bar que Nando no visitaba desde antes del accidente, en la época en que salía con su amigo Panchito Abal a todas las fiestas que podían y siempre bien acompañados.
Contra todo pronóstico y a pesar de la timidez de Numa, todo iba muy bien. Antes de encontrar a las chicas, ya sabían que Sofía tenía un novio allá en España y aquella salida era solamente para acompañar a Micaela. Sin embargo, a pesar de amar profundamente a su novio, quedó deslumbrada con Numa, y a él también le pareció preciosa. Como un acuerdo tácito, ninguno de los cuatro habló del accidente en los Andes. Nando y Micaela salieron a la pista de baile, mientras que el castaño y Sofía los observaban muy contentos, antes de mirarse ellos mismos con algo de complicidad.
Numa mencionó que no estaba acostumbrado a beber mucho, pero aceptó una copa de vino, lo que ayudó a desinhibirse más. Realmente era encantador; se lo veía más desenvuelto, pero siempre respetuoso. Y, por supuesto, Sofía estaba fascinada con él, sus hoyuelos al sonreír y su caballerosidad.
Ya de vuelta en la mesa, el rubio observaba atentamente a su amigo. Realmente se veía muy bien y conversaba de lo lindo con su acompañante. Numa le recordaba a Guido con su gentileza y también era muy guapo, casi tanto como Panchito. Bajo las luces de neón, el cabello castaño de Numa se veía rodeado de un halo, como si fuese un ángel o un santo. Verlo tan feliz le recordó a sus amigos y sintió una gran ternura, hasta que se dio cuenta de dónde se encontraban realmente, y todo el peso de la verdad le cayó como una piedra: Panchito ya no volvería; había muerto de la manera más trágica y dolorosa antes de que Nando pudiera despertar del coma y hacer algo por él. De igual manera, en el caso de su amigo Guido Magri, tan bondadoso y noble como Numa. Sintió que el piso se hundía bajo sus pies y entró en una especie de letargo, hasta que empezó a escuchar voces: ‘Nando, ¿qué te ocurre, amigo? Calmate. Todo va a estar bien’. Sintió unas manos que le sacudían los hombros. Cuando abrió los ojos, tenía muy cerca el rostro preocupado de Numa.
Micaela secaba las lágrimas de Nando, que parecían no tener fin, mientras que lloraba a raudales por sus amigos de infancia, a los que no pudo salvar.
