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Arrepentimiento

Summary:

Cartman despierta de un sueño, atenazado por la culpa y la nostalgia.

Notes:

Para una mejor experiencia escuchen la balada no.1 de Chopin, ya que fue la que utilicé para escribir esto.
Les dejo el link de todos modos:

https://open.spotify.com/track/1ANKGON1QNwkqYEdWwBwNL?si=U3ZC5Vi0SN6ZiExEB1O3xw

Work Text:

Cartman despertó en medio de la noche. Atenazado por una inquietud, por un recuerdo. Uno que creyó no volver a vivir, hasta que se le presentó en ese profundo sueño. En él pudo ver de nuevo la casa verde lima escondida en el bosque, en aquel pueblo que formó de manera efímera parte de su vida. Sin embargo, al entrar en el interior, todo estaba exactamente igual a como la recordaba. Los mismos muebles empolvados, el comedor deshecho, las escaleras chirriantes y los vidrios opacos por el tiempo. Él era el único cambiado, fuera de lugar en ese cuadro brillante, en el que el atardecer se filtraba por las ventanas y la calidez traspasaba por sus paredes de madera.

Ese fue su refugio del mundo, cuando era joven, ¿por qué volvía a recordarlo tan vívidamente?

Aún así al voltear, ahí estaba. Esa persona especial a la que jamás podrá olvidar ni sacar de su triste y añejo corazón partido. Sentado en el cuarto escalón, esperándolo. Donde siempre acordaron encontrarse.

Se sentó poniéndose las pantuflas y la cómoda bata que le gustaba usar.

Yentl, detrás suyo, aún dormía, en esa acompasada respiración que le demostraba lo tranquilo de su sueño. Tan linda y bella. Acarició su rostro y apartó un par de mechones sueltos al situarlos detrás de su oreja. El robusto a esas alturas de su matrimonio aún se preguntaba cómo fue que ella logró fijarse en él, a pesar de su pasado.

Salió entonces de la habitación, bajando las escaleras. El reloj en la pared era el único despierto a esas horas de la noche, su tic tac resonaba en toda la casa, semejante a un viejo guardián, solo contando los minutos y las horas, en un vaivén lento que lo llegó a intranquilizar. Desde el descansillo de los escalones pudo observar el piano en la sala el cual parecía esperarlo, igual a un amigo que lo saluda a la distancia.

Uno de los pocos testigos de sus nostalgias nocturnas.

Con cada paso que daba en dirección al instrumento, podía escuchar con más claridad en su cabeza la melodía que ya retumbaba igual que los latidos de su corazón. Esa composición que quedó empolvada en el fondo de su mente desde que…

Un flashback llegó a él. Él, de joven, frente a una tumba llena de flores y piedras, pero, así como surgió, desapareció igual que un suspiro.

Cuando llegó a él no se atrevió a sentarse, por lo menos no todavía. Lo contempló durante unos largos y eternos minutos. Después de todo solo era el piano y él. Él y el piano. Ambos testigos mudos de sus inquietudes.

Sus trémulos dedos pasaron por encima de la madera un poco empolvada y de las teclas, sintiendo la textura deslizante y fría del marfil. La cual le hizo recordar a los helados inviernos de su infancia. Esos cuadros blancos y negros que asemejaban la nieve, a lo que fue alguna vez su pura inocencia y sus posteriores memorias que se tornaron en tinieblas por la desdicha y el desengaño.

Se atrevió a sentarse, esta vez con delicadeza.

Ahí, frente a frente, no sabía si debía proceder. Hace tanto que prometió no volver a tocar. Sin embargo, había una voz, algo dentro de sí que lo llamaba a hacerlo de nuevo… Aunque, ¿era lo correcto? ¿Lo justo? ¿Él, que estaba ahí y seguía vivo?

Respiró profundo. Sus regordetas manos se pusieron en posición, las yemas de sus dedos tocaron con fineza el piano. A pesar de los años, su postura aún era impecable.

Las notas sonaron al presionarlas. En un movimiento lento, suave, aunque algo titubeantes, debido a la expectativa… Las mismas dudas volvieron a carcomer su corazón herido y golpearon su mente como la misma culpa. Alejó sus manos, igual que un niño regañado por tirar algo que no debía.

¿Podría volver a tocar? ¿Era lo correcto?

Eran dolorosos los recuerdos, pero era más insoportable el olvido.

El olvido de su corazón, de ese amor perdido.

¿Cuánto tiempo pasó desde que se conocieron? ¿Treinta? ¿Sesenta años?

Desde aquella última vez que estuvo en la casa verde lima.

A ojos del tiempo eso era solo una nimiedad, pero para Eric fue como si estuviera viviendo en una terrible eternidad. Y, lo peor, es que él aún seguía ahí… Existiendo. Por la promesa que debía cumplirle.

Pero, ¡oh!, la nostalgia. Ahora en su adultez tardía era más frecuente, más triste, más llegadora.

Volver a rememorar esos blancos, grises y brillantes días de su adolescencia, cuando lo conoció a él.

Suspiró, cansado. Cansado de esa cobardía interna, de huir de sus recuerdos, de sus memorias, todo porque no los dejaba fluir como debería, todo porque temía revivir el dolor de esa terrible pérdida.

Tomó el valor suficiente como para decir que él era Eric T. Cartman y enfrentaría sus propios demonios costara lo que costara.

Volvió a poner las manos en las teclas del piano y prosiguió desde donde se quedó la melodía. Cerró sus ojos al comenzar aquella balada de Chopin. Una de sus favoritas.

Cada nota que salía del piano, cada una más melancólica que la anterior, lo ayudaron a vislumbrar de nuevo esos incandescentes rizos pelirrojos, esas lindas pecas esparcidas por aquellas tersas mejillas, esas delicadas pestañas bermejas y esos ojos verdes brillantes, desafiantes y penetrantes… del que alguna vez fue la única luz de su vida.

A ese punto de la balada ya no necesitaba las partituras.

Las notas surgieron de su corazón ardiente, ya que estaban grabadas a fuego en su mente.

Había olvidado cómo se sentía. El sonido profundo, el movimiento de su cuerpo, algo tosco al inicio, pero conforme avanzaba fluyó con el ritmo de la tonada. Sus dedos rígidos y dudosos volvían a moverse, a ser como lo era en su juventud.

Volver a recordar esa bella y corta época en el que el sonido de su voz, su risa, su característico ceño fruncido, su peculiar nariz, sus penetrantes ojos verdes… eran su pan de cada día.

Era como volver a vivir. Estaba muerto en vida y no se había dado cuenta.

Fue como si de nuevo se trasladara a ese sucio y empolvado ático, pero esta vez era distinto. Ahí estaba él, ahí estaba Kyle. Era como volver a tenerlo de nuevo en vida. Lucía hermoso, lucía perfecto, como él lo recordaba.

¿Será que su amado pelirrojo lo estuviera contemplando en esos instantes de amargura y debilidad?

Desde que lo vio partir siempre rodaron las mismas preguntas por su mente: ¿cuándo volvería a verlo? ¿A tenerlo de nuevo entre sus brazos? ¿A besarlo? Como en aquellos tiempos… Los cuales no cambiaría por nada.

Conforme subía la intensidad de la balada, de las teclas al tocar, una ira y tristeza incontenible lo invadió. Sendas lágrimas calientes rodaron de sus ojos cerrados, surcando sus mejillas.

Todo sin dejar de pensar, de tocar, de dejar salir esos fuertes sentimientos dentro de su trémulo pecho.

¿Por qué no pudo hacerlo?

¿Por qué no pudo protegerlo?

De la calamidad, del desastre, de ese maldito régimen del que se arrepentía de haber formado parte.

Kenneth y los otros siempre lo justificaron, poniéndole excusas.

“Eras solo un niño”.

Sin embargo, su dolor lo seguía cegando y aquello le era inadmisible.

¿Por qué la vida al final causó que lo perdiera?

Sollozó amargamente cuando paró de tocar de manera abrupta, despertando de nuevo en la realidad de su nueva vida. Se tapó el rostro con ambas manos. Causando un sonido horrible cuando recargó todo el peso de sus codos en el marfil.

Detrás de él el reloj de péndulo le indicó lo tarde que ya era al sonar tres veces.