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Tres noches con el príncipe

Summary:

Han pasado dos días desde que Chase lograra salir ileso de Cenicienta con sus amigos, todo gracias a Buddy. Después de un merecido descanso, Deacon y él por fin deciden volver a entrar en un libro; aunque, por alguna razón que escapa a la comprensión de Deacon, Chase parece más ilusionado que nunca por ello.

Y es que han pasado dos días desde que Buddy y él se vieron por última vez, y Chase no puede esperar ni un minuto más.

Notes:

¡¡Por fin!! Por fin puedo publicar esto. Llevo un mes trabajando en este fic y estaba deseando compartirlo.

Mi intención es publicarlo también en inglés en mi pseud en cuanto lo tenga traducido y haya pasado por proofreading (por favor, si hay algún angloparlante que quiera ser proofreader, me haría un tremendo favor). Por lo pronto tengo intención de publicar un capítulo a la semana, aunque de primeras vaya a publicar los tres primeros. Está todo escrito, pero me gusta dejar a los lectores con un poco de intriga, jeje.

¡Gracias por leerme! Espero que disfrutéis de mi pequeña tontería :]

Chapter 1: Marta de Uzadel

Chapter Text

—¿Y cuándo dices que aparece Buddy?

Deacon caminaba un par de pasos por delante, pero no hizo falta verle la cara para que Chase supiera que había puesto los ojos en blanco.

—¿Te lees mis notas alguna vez? —respondió su primo, claramente a punto de perder la paciencia.

—Hmmmmno. —Chase se adelantó un poco para quedar a su altura, las manos cruzadas detrás de la espalda, y golpeó suavemente a Deacon con el hombro—. Venga, hombre, sabes que sí. Es que tengo memoria a corto plazo.

—Ya. Un poco corto sí que eres.

Chase sonrió de oreja a oreja. En cualquier otro contexto probablemente le habría contestado a su primo con algún agudo comentario sobre que ser tan alto como él tampoco lo hacía muy listo, ya que la sangre tardaba más tiempo en llegarle al cerebro; pero aquel día el sol de la tarde brillaba a través de las ventanas del palacio, y el traje que le había hecho Silver se amoldaba perfectamente a su cuerpo, y su corazón palpitaba con fuerza contra sus costillas y cada parte de su cuerpo vibraba con una emoción que le prometía poder echarse a volar si lo intentaba.

Deacon lo miró de reojo y soltó un suspiro ante tan alegre visión. Chase casi creyó haberle contagiado un poco la felicidad, pues se notaba que el joven intentaba reprimir una pequeña sonrisa que amenazaba con levantarle las comisuras de los labios de un momento a otro.

—Nos estamos dirigiendo a la ceremonia de elección de esposa —empezó a explicarle—. Te presentarás delante del príncipe y la reina junto con el resto de las muchachas del reino para demostrar tus mejores cualidades y así tener la oportunidad de convertirte en la futura monarca. —Deacon sacó sus notas del pequeño bolsito que Bronce le había incluido con el atuendo, y a Chase le dieron ganas de llamarlo «hipócrita», aunque se contuvo—. Vamos a ver… Tú cantarás una canción de amor y —le puso una mano en la cara a Chase antes de seguir, temiendo que fuera a romper a cantar de pronto ante la simple mención de ese futuro hecho— el príncipe caerá rendido ante ti. Sin embargo, la reina escogerá por él a otra chica.

—Ah, ya, es verdad. —Chase alzó una ceja. Estaban a punto de llegar al final del pasillo, donde se alzaba una inmensa puerta ornamentada frente a la que se agolpaban varias muchachas emocionadas—. ¿Puedes recordarme por qué?

—Resulta que eres la hija de la antigua amante del rey, a quien la reina actual asesinó enloquecida por los celos. —Chase esbozó una mueca. Los cuentos de niños a veces tenían unos giros muy turbios. Se alegraba de que Prunella no los hubiera acompañado esa vez—. La reina te reconoce al instante, y por eso se niega a concederle el deseo de casarse contigo a su hijo.

Chase se encogió de hombros y paró a unos pasos de la puerta. Deacon lo imitó, aún repasando sus notas.

—Sin embargo, el príncipe queda tan encandilado que consigue convencer a su madre para contratarte como institutriz de sus dos hermanas pequeñas, y cada noche va a visitarte a tu habitación en secreto. Sin embargo, un día la reina se entera y decide encerrarte en los calabozos de palacio, con la intención de acabar contigo del mismo modo que con tu madre. —Entonces, Deacon sonrió, pillo—. Envenenándote.

Chase se llevó dramáticamente las manos a la cara y soltó un bufido.

—¡Cómo le gustaba a la gente de esta época meter a las chavalas en la cárcel y luego envenenarlas!

—Mejor eso a ser ahorcado, supongo —respondió Deacon, muy casual—. Por suerte el príncipe se entera del percal y corre a tu rescate,

—¿Y tú quién eres?

Deacon dudó un momento. Volvió a releer sus notas, como si tal vez así pudiera encontrar una información nueva que antes no hubiera estado allí, pero terminó suspirando con resignación.

—Soy la futura dama de compañía de la futura esposa del príncipe. La reina me contrata hoy mismo para asegurarse de que la muchacha no se quede sola en ningún momento. Sin embargo, termino haciéndome amiga de tu personaje y te ayudo a conquistar al príncipe.

—Una rebelde, ¿eh? —Chase le dio un codazo amistoso al que Deacon respondió con un gesto de mano, para quitarle importancia—. ¿Y qué pasa con la otra chica?

Deacon desvió su atención de las notas para dedicarle una mirada de confusión a Chase. Al ver que no le respondía, Chase decidió especificar:

—La que se iba a casar con él de primeras. ¿Qué pasa con ella?

Deacon volvió a centrarse en sus notas, una por una. Después de releérselas todas un par de veces, se las guardó en el bolso y se rascó la barbilla.

—Es un libro malillo. Quiero decir, la autora pretende marcarse un Cenicienta y meter en un salón de palacio a literalmente todas las muchachas del reino como pretendientas… No cierra el arco de los personajes secundarios muy bien.

—¿Cómo que no? ¿Ni siquiera la menciona?

—Solo dice que la reina consigue convencerla para ayudarla en su plan de asesinarte. Es ella quien baja primero a los calabozos e intenta hacerte beber el veneno, ocultándolo en una taza de té. Al parecer durante el tiempo en palacio os hacéis buenas amigas y por eso casi consigue engañarte. Después de eso no se vuelve a hablar de ella.

Chase sacudió la cabeza con decepción.

—Tenemos que dejar de pedirle libros a la señora G. Llega un punto en el que no tienen sentido.

—Estoy de acuerdo.

Chase se giró hacia la puerta. Allí había más de 20 muchachas, pero tampoco creía que todas las del reino. Asumió que el resto entrarían por otras puertas, para no colapsar las entradas. Se preguntó cómo sería posible todo aquello de la selección de esposa cuando tenías que elegir entre cientos de posibilidades, sin llegar siquiera a conocerlas del todo. Le costaba mucho tomarse en serio historias como aquella que hablaban de matrimonios por conveniencia como si fueran amor verdadero; les faltaba profundidad y eran sumamente aburridas.

Días antes, probablemente le habría dedicado más tiempo a quejarse de lo estúpido que era aquel cuento concreto, o se habría quejado aún más a Deacon por haber elegido otra historia con sentencia de prisión e intento de asesinato hacia su persona; pero ese día no. Estaba demasiado emocionado.

Tragó saliva y se abrió paso entre la multitud para acercarse a la puerta. Todo el mundo se apartaba para dejarlo pasar, como si un aura poderosa lo envolviera. Aquellas eran las ventajas de ser la heroína, supuso; todo el mundo parecía conocer su rol como protagonista, aunque fuera de manera inconsciente. Deacon lo seguía a unos pasos de distancia, con la mirada gacha para evitar que se notara lo nervioso que le ponía estar rodeado de tantas chicas jóvenes.

Chase apoyó la mano en el frío metal que decoraba la puerta con motivos florales y dorados. Detrás de ella, a tan solo unos metros de él, estaba Buddy. Probablemente se lo encontraría sentado en un gran trono tan recargado como el atuendo que Violet le hubiera confeccionado, con una pierna sobre la otra, la cabeza descansando en una de sus manos. Chase se colocaría junto al resto de pretendientas en una fila, delante de él y del príncipe prototípico que tocara ese día, y entonces se mirarían a los ojos y todo desaparecería.

Habían pasado dos días desde la última vez que se habían visto, en aquella edición de Cenicienta que había acabado hecha una masa de papel mojado en el fondo de la piscina de plástico de su cuarto. Después de aquella terrible aventura habían decidido darles un descanso a las llaves y a ellos mismos, asimilar lo que había pasado y planear mejor su próxima escapada. Esta vez habían dejado el libro en un lugar seguro y se habían negado en rotundo a traer a Prunella, que aún parecía demasiado afectada por todo lo ocurrido.

Habían pasado dos días larguísimos en los que Chase apenas había podido dormir, la misma escena repitiéndose en bucle en su mente, intentando recordar todo lo que había sentido en aquel momento.

Dos días desde que Buddy le había puesto la mano en la mejilla, muy suavemente, y le había dedicado una mirada llena de ternura que había hecho que todo el caos y la destrucción a su alrededor dejaran de tener importancia. Dos días desde que le había hundido los dedos en el pelo, se había acercado muy despacio a él, los ojos cerrados y la boca ligeramente abierta, tirando delicadamente de su cintura.

Dos días desde que Buddy lo había besado como si fuera la última cosa que iba a hacer.

«Creo… creo que quiero ser tu héroe. Por una vez».

Chase se encogió sobre sí mismo y pegó un chillido, dando pequeños saltitos sin dejar de sujetarse a la puerta. Deacon le puso las manos sobre los hombros por detrás.

—¿Se puede saber qué te pasa?

Chase giró el cuello para mirarlo, mordiéndose los labios. Los ojos le brillaban.

—Entonces la reina estará ahí, ¿no? —dijo, ignorando la pregunta.

Deacon suspiró y le dio unas palmadas en los hombros.

—Voy a no preguntar —dijo, rendido— porque algo me dice que no me lo vas a querer contar.

Chase le dedicó una nueva sonrisa y volvió a dirigir toda su atención a la puerta. Como si esta hubiera estado esperando justo esa señal, de pronto un chasquido la hizo temblar un poco y las hojas empezaron a separarse hacia dentro, dejando pasar un haz de luz por la rendija ahora abierta.

Chase se colocó el pelo con las manos, se aseguró de que el aliento aún le olía a menta y adoptó su pose más guay (mano en la cadera, ceja levantada, cabeza ligeramente ladeada) mientras la puerta se terminaba de abrir frente a él. Las jóvenes a su alrededor soltaron varias exclamaciones de sorpresa al encontrarse de frente con el enorme salón del trono ahora abierto frente a ellas. A sus pies se extendía una larguísima alfombra roja que conducía directamente, abriéndose paso entre bancos de madera muy similares a los que te encontrarías en un iglesia, a las escaleras sobre las que se alzaban los tres tronos pertenecientes a la familia real.

A Chase le duró muy poco la chulería. En cuanto las puertas se abrieron y lo bañó la blanca luz que reflejaban las altas paredes del salón del trono, antes de poder siquiera dirigirle una rápida mirada a la familia real que allí las esperaba a todas, sus ojos se clavaron en el suelo y su respiración se cortó. De pronto le pareció un poco estúpido estar adoptando esa pose y dejó que los dos brazos le cayeran a ambos lados del cuerpo. Puso la espalda bien recta, aún mirando al suelo con el corazón desbocado y las orejas calientes.

Ay, mierda.

Claro que le hacía ilusión ver a Buddy.

Pero también lo aterrorizaba.

Empezó a moverse solo cuando el resto de las chicas ya llevaban vario camino andado, dejándose guiar por un impaciente Deacon que lo empujaba suavemente por detrás. Chase solo podía mirarse las botas, de un rosa claro que destacaba bastante sobre el rojo de la alfombra, y se imaginó lo ridículo que debía de parecer en ese momento, tan avergonzado.

Todo el valor y la emoción que había sentido segundos atrás habían abandonado su cuerpo. De repente la perspectiva de cruzarse con Buddy lo llenaba de pavor, aunque ni siquiera podía terminar de explicarse por qué. Un millón de preguntas que antes no habían estado allí se agolpaban ahora en su mente: ¿y si Buddy estaba enfadado por haberla liado tantísimo en el libro anterior? ¿Y si solo lo había besado porque era el único modo de salvarlo, y ahora se arrepentía horrores y le resultaba incomodísimo estar con Chase? O, peor que cualquier otra posibilidad: ¿y si Buddy fingía que entre ellos no había pasado nada?

—Madre mía —susurró—. Ay. Madre mía.

Deacon le dio un codazo en las costillas.

—¡Para! —siseó.

Chase alzó un poco los ojos y vio que todas las chicas habían dejado de andar, así que obedeció y las imitó, colocándose entre dos de ellas. Las demás se habían repartido en unas cuatro o cinco filas que ocupaban el salón a todo lo ancho, frente a los tronos. Él estaba en primera fila y solo podía ver los bajos de los coloridos vestidos de las chicas junto a él.

Deacon tuvo que irse junto con el resto de los espectadores sentados en los bancos, que cuchicheaban entre ellos con curiosidad, no sin antes susurrarle a Chase un «ánimo» cargado de significado, como si supiera algo que Chase no. Él tragó saliva, y al ver que las muchachas a sus lados hacían una reverencia, él se sacudió incómodamente los pantalones.

Estaban delante de los tronos, eso estaba claro. Podía ver la escalera que subía hasta ellos delante de él, a solo unos pasos. Eso significaba que Buddy debía de estar a pocos metros de distancia, probablemente observándolo desde arriba.

—Bienvenidas.

La cabeza de Chase se alzó tan rápido que su cuello chasqueó un poco. Con los ojos muy abiertos, miró hacia las dos personas que se encontraban sentadas frente a él. Vio tres tronos tapizados con terciopelo y adornados con toques dorados en los brazos y en la parte superior del respaldo. El más grande de ellos, de un bonito verde pino, se encontraba en medio de los otros dos, y el de la derecha, más bajo y fino e indudablemente femenino, estaba vacío. En el trono de la izquierda se encontraba sentado un joven esbelto con la mandíbula marcada y los ojos negros y alargados, la sombra apenas perceptible de una barba incipiente decorándole el mentón. Y a su lado…

A su lado, en el trono más grande que probablemente en el pasado habría sido ocupado por el rey, estaba la reina.

Era una mujer alta y delgada, con las clavículas ligeramente descubiertas gracias al bonito escote bordado de su vestido azul oscuro. Tenía las piernas cruzadas y descansaba la cabeza sobre una de sus finas manos blancas de uñas largas y rojas. Miraba a las muchachas frente a ella con una ceja alzada y una mueca de desagrado, aunque era ella sin duda la que les había dado la bienvenida.

No era Buddy.

Chase parpadeó varias veces en dirección a aquella mujer que desde luego no era el chaval con el que se había besado apenas unos días antes, y estaba a punto de girarse a Deacon para preguntarle con la mirada qué demonios pasaba, cuando la reina le hizo un gesto al príncipe para que se levantara.

—Este es mi hijo, heredero al trono y príncipe de Idraelia —dijo, sin dedicarle una sola mirada al joven—. Hoy, una de vosotras será la elegida para casarse con él.

Las pretendientas volvieron a inclinar la cabeza. Chase volvió a parpadear efusivamente. Las manos habían empezado a temblarle un poco y tuvo que sujetárselas para calmarse.

«Dios mío, Buddy, ¿dónde estás?».

¿Acaso había decidido no volver a meterse en ninguna de las historias en las que estuviera Chase? ¿Se avergonzaba tanto de haberlo besado que había renunciado por completo a su misión de recuperar las llaves?

Chase no podía dejar de hacerse mil preguntas mientras notaba cómo la ansiedad y el miedo se iban apoderando de su cuerpo. Ya no era capaz de prestarle atención a la reina mientras explicaba en qué consistiría el proceso de selección de esposa, así que agradeció que Deacon se lo hubiera medio explicado. Cuando las muchachas empezaron, una a una, a adelantarse para demostrar sus mejores habilidades y cualidades, Chase aprovechó para girar el cuello y vio a Deacon sentado en uno de los bancos de iglesia, con el ceño fruncido. No lo miraba a él; sus ojos se perdían entre las hileras de chicas, como si estuviera buscando a alguien a quien acababa de perder de vista.

Chase se volvió a girar muy despacio hacia la reina. La cabeza seguía dándole vueltas, pero comprendió que necesitaba centrarse y cumplir con su papel en la historia. Ya había aprendido por las malas que no era muy buena idea salirse de su rol, y decidió que ya se comería la cabeza sobre Buddy en cuando hubiera acabado esa escena.

La chica que acababa de demostrar sus habilidades con el arpa frente a la reina hizo una reverencia y volvió a su puesto en la fila. La reina no hacía ningún comentario sobre las habilidades de las jóvenes pretendientas, mientras que el príncipe parecía tener muchas ganas de aplaudir cada vez que una de ellas terminaba de hacer cualquier cosa, por simple que fuera. A Chase le recordó inevitablemente a Goldie, aunque tuviera el pelo y los ojos oscuros.

—La siguiente —ordenó la reina, con un gesto de mano.

—La señorita Marta de Uzadel —anunció un hombre al que Chase no había prestado atención hasta ahora, que tenía un largo pergamino extendido frente a él del que iba leyendo los nombres de las muchachas.

Chase no se volvió para ver quién abandonaba la multitud de mujeres y empezaba a caminar para situarse frente a los tronos. Tampoco le extrañó lo más mínimo que el sonido de sus pasos fuera tan distinto al de las chicas anteriores, que calzaban zapatitos planos que apenas resonaban contra el suelo. La persona que ahora caminaba llevaba botas con un pequeño tacón que golpeaban la alfombra elegantemente, con una confianza que contrastaba bastante con la timidez de sus iguales.

—Majestad.

Chase pegó un bote en el sitio y se llevó una mano al pecho antes de levantar la mirada para encontrarse, a pocos metros de él y a los pies de la escalera, una figura que bien podría haber sido una sombra, con sus ropas negras y su pelo oscuro como la noche. Una capa de encajes trasparentes le caía por los hombros, arrastrándose delicadamente por el suelo, y a Chase le fue imposible no pensar que el príncipe que había delante de él no parecía ni la mitad de encantador que él incluso estando de espaldas.

Era Buddy.

Casi le pareció escuchar a Deacon detrás de él:

—Pero ¿qué?

Buddy movió ligeramente la cabeza en dirección a Chase, dándole una buena vista de su perfil. La luz de los candelabros y del sol al ponerse arrancó un destello al pendiente plateado que colgaba de su oreja. Chase tragó saliva y retrocedió apenas un paso. No podía ver la boca de Buddy, así que su expresión era indescifrable, pero sí que era capaz de verle un ojo, incluso aunque varios mechones de pelo se lo taparan levemente.

Buddy lo estaba mirando.

El corazón de Chase estalló en su pecho y todo lo que había estado sintiendo hasta ese momento (emoción, nerviosismo, miedo, ansiedad, desesperación, confusión) se unió en una bola enorme y deforme que le golpeó el estómago y lo dejó sin aliento. Tan rápido como se había girado hacia él, Buddy volvió a mirar a la reina e hizo una reverencia perfecta en su dirección. La reina asintió y le pidió que comenzara.

Chase se giró otra vez a Deacon, que ahora sí lo miraba, con la misma confusión que él estaba sintiendo. Los dos se gesticularon el uno al otro, aspavientos sin sentido que solo demostraban el estado de shock en el que se encontraban, y volvieron a dirigir su atención a Buddy.

—Madre mía, Buddy —susurró Chase para sí, intentando respirar con calma para apaciguar los latidos de su corazón desbocado—. ¿Qué estás maquinando?