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Lluvia de Estática

Summary:

La lucha de Charlie por la redención, la vulnerabilidad oculta de Alastor, la lluvia como símbolo y su vínculo tácito.

Notes:

Me encantan las historia bajo la lluvia ☔

(See the end of the work for more notes.)

Work Text:

La lluvia en el Infierno no limpiaba, pero sí revelaba. Charlie se recostó contra el marco desgastado del balcón, dejando que las gotas le azotaran el rostro como castigo por sus recuerdos. Lucifer había estado allí horas antes, su risa aguda resonando en los pasillos mientras arrojaba comentarios sobre su "proyecto patético". Ahora, el eco de sus palabras se mezclaba con el murmullo de la tormenta.

«¿Redención? ¡Ja! Hasta los ángeles prefieren caer antes que escuchar sermones» , había dicho su padre, ajustándose el sombrero con un gesto despectivo. Charlie apretó los puños, sintiendo cómo el frío del metal del balcón se le clavaba en las palmas.

—¡La princesita se derrite! —La voz de Alastor surgió detrás de ella, afilada y teatral. Apareció como una sombra elongada, su sonrisa de estática brillando en la penumbra—. ¿O acaso planeas ahogar tus penas en un charco?  

Charlie no se volvió.  

—Solo estoy… pensando —murmuró, hundiendo las uñas en la baranda oxidada.  

Alastor se inclinó a su lado, sus cuernos casi rozándole el hombro.  

—¡Qué peligroso pasatiempo para alguien que cree en segundas oportunidades! —Sus ojos se estrecharon, captando la tensión en sus hombros—. ¿O será que la pequeña Morningstar duda de su cruzada?  

Ella apretó los dientes. No era duda, sino el eco de una conversación reciente con su padre. Lucifer había aparecido esa mañana, burlándose del hotel, de sus "huéspedes fracasados", de ella . «¿Crees que un demonio puede cambiar, Charlie? —había dicho, jugueteando con su sombrero de copa—. Eres tan ingenua como tu madre».  

La lluvia se intensificó, arrastrando consigo el recuerdo de Lilith. Su madre, desaparecida tiempo atrás, solía cantarle bajo tormentas similares. «El agua lava lo que el fuego no puede», le decía. Pero en el Infierno, la lluvia solo acumulaba más suciedad.  

—No todos merecen una segunda oportunidad —masculló Charlie, más para sí misma que para Alastor.  

Ella se encogió, abrazándose a sí misma. La lluvia había empapado su chaqueta, pegándola a la piel como una segunda capa de tristeza.

Él rió, un sonido estático que hizo vibrar el aire.  

—¡Vaya! ¿La defensora de los desvalidos pierde la fe? —Su tono era burlón, pero había un brillo inquisitivo en su mirada—. Claro, es fácil creer en la redención… hasta que recuerdas que hasta los ángeles caen.  

Ella finalmente lo miró, gotas atrapadas en sus pestañas.   

Charlie sintió una ira familiar. Siempre igual: minimizar, ridiculizar, evadir. Pero esta vez, algo en su voz la detuvo. ¿Era… nostalgia?  

Alastor observó cómo una gota resbalaba por su perfil, desde la sien hasta la barbilla. Su mano se alzó, como para atraparla, pero se detuvo a centímetros de su rostro. Los dedos se cerraron en el aire, y en lugar de tocarla, arrancó una rosa marchita de la enredadera cercana.

—Qué dramática —dijo, ofreciéndole la flor con una reverencia exagerada—. Hasta las plantas aquí mueren de aburrimiento.

Charlie tomó la rosa sin mirarlo. Sus espinas le clavaron en la palma, pero el dolor era un alivio frente al entumecimiento.

—¿Alguna vez intentaste cambiar? —preguntó, desafiante.  

La sonrisa de Alastor se congeló. Por un segundo, el ruido de estática cesó, revelando un silencio incómodo.  

—El cambio es para los que tienen algo que perder —respondió, demasiado rápido. 

Ella entrecerró los ojos. Sabía que mentía. Recordaba las miradas furtivas de Alastor hacia Vaggie, como si envidiara su lealtad. O hacia Husk, cuando creía que nadie lo veía, con una expresión que casi podría llamarse respeto.  

—Mientes —susurró Charlie, sin acritud—. Por eso sigues aquí. Porque en el fondo, quieres ver si es posible.  

Alastor retrocedió, su sombra retorciéndose como una serpiente herida.  

—¡Qué conmovedor! —exclamó, recuperando su máscara de diversión—. Pero cuidado, princesa: la compasión te hará tropezar.  

Antes de que pudiera desaparecer en su niebla habitual, Charlie lo tomó de la muñeca. El contacto los paralizó a ambos.  

—¿Y si tropiezo? —dijo, desafiante—. Al menos estaré cayendo hacia adelante.  

Él la observó, estática crepitando en sus ojos. Luego, con un movimiento brusco, se liberó, pero no se fue.  

—Eres tan irritante como tu padre —murmuró, aunque sin veneno.  

Ella dejó caer la rosa al vacío. Alastor siguió su caída con la mirada, como si en secreto esperara que ella lo empujara a seguirla.

La lluvia siguió cayendo, pero el peso en el pecho de Charlie se aligeró. Alastor permaneció a su lado, en silencio, mientras el hotel se alzaba tras ellos: imperfecto, obstinado, lleno de promesas rotas que tal vez, solo tal vez, podrían remendarse.  

Charlie permaneció en el balcón, los brazos cruzados sobre el pecho, sintiendo el frío que se filtraba a través de su chaqueta. Alastor aún estaba allí, aunque ahora se apoyaba contra la baranda, su bastón balanceándose entre sus dedos como un péndulo inquieto. No decía nada, pero su presencia era como un zumbido constante, una estática que interfería con sus pensamientos.

—¿Recuerdas la primera vez que llovió así? —preguntó Charlie de repente, sin mirarlo. Su voz era suave, casi perdida en el sonido de la lluvia.

Alastor inclinó la cabeza, sus cuernos proyectando sombras alargadas sobre el suelo.  

—¿Te refieres a la gran inundación de 1927? ¡Oh, qué desastre tan glorioso! —respondió, con su tono habitual de burla teatral—. Aunque dudo que sea a eso a lo que te refieres, ¿verdad?  

Ella no se rió. Sus ojos estaban fijos en el horizonte, donde las nubes se enredaban como madejas de lana sucia.  

—No. Hablo de cuando era pequeña. Mi madre solía sentarme en su regazo y cantarme canciones mientras llovía. Decía que la lluvia era como lágrimas del cielo, pero que no debía temerles, porque siempre traían algo nuevo.  

Alastor guardó silencio por un momento, su sonrisa inmutable, pero sus ojos brillaron con algo que no era estática.  

—Lilith siempre tuvo una forma peculiar de ver las cosas —murmuró, casi para sí mismo—. Aunque, en mi opinión, la lluvia solo es agua sucia que arruina los trajes.  

Charlie no respondió de inmediato. Recordaba la voz de su madre, suave y cálida, cantando una melodía que ya no podía reproducir en su mente. Recordaba también a su padre, Lucifer, sentado en un rincón, observándolas con una expresión que no sabía descifrar. ¿Era melancolía? ¿Tristeza? Nunca lo supo.  

—Mi padre nunca entendió por qué ella hacía eso —continuó, como si estuviera hablando consigo misma—. Decía que la lluvia en el Infierno era una burla, una forma de recordarnos que incluso el cielo nos escupía.  

Alastor giró su bastón, el sonido del metal golpeando el suelo como un latido irregular.  

—Lucifer siempre tuvo un don para lo dramático —comentó, con una risa seca—. Aunque no puedo culparlo. Es difícil no serlo cuando se gobierna un reino de desesperación.  

Ella lo miró de reojo, notando cómo sus ojos se posaban en ella por un instante antes de desviarse. Era algo que había estado haciendo más seguido últimamente, como si estuviera midiéndola, estudiándola.  

—¿Tú la conociste? —preguntó Charlie, sin poder evitarlo—. A mi madre, quiero decir.  

Alastor se quedó quieto, su sonrisa fija, pero algo en su postura se tensó.  

—Lilith era… una presencia difícil de ignorar —respondió, eligiendo sus palabras con cuidado—. Tenía una forma de iluminar incluso los rincones más oscuros. Aunque, claro, eso fue antes de que decidiera desaparecer.  

Charlie sintió un nudo en la garganta. Sabía que su madre se había ido, pero nunca había entendido por qué. Lucifer nunca quiso hablar de ello, y cada vez que ella preguntaba, su padre se volvía más frío, más distante.  

—A veces pienso que mi padre la echó —murmuró, hundiendo las uñas en las palmas de sus manos—. Que su obsesión por el control lo llevó a perder lo único que realmente amaba.  

—Oh, querida, no subestimes el poder de las decisiones propias —dijo, con un tono casi suave—. Lilith no era alguien que pudiera ser echada. Si se fue, fue porque quiso.  

Ella lo miró, sorprendida por la sinceridad en sus palabras. 

—Tu madre era una soñadora —dijo bruscamente—. Y los sueños aquí solo sirven para alimentar a las bestias.

—¿Y tú? —preguntó, cambiando de tema—. ¿Nunca tuviste a alguien que te hiciera querer quedarte?  

Alastor se rió, pero esta vez el sonido fue más áspero, como si la pregunta lo hubiera tocado en un lugar incómodo.  

—¡Qué pregunta tan curiosa! —exclamó, recuperando su máscara de diversión—. Yo soy un hombre de espectáculos, querida. Las ataduras solo limitan el libreto.  

Charlie no se dejó engañar. Había algo en su voz, un temblor casi imperceptible, que delataba sus palabras.  

—Todos tenemos algo que nos ata, aunque no queramos admitirlo  —susurró, sin acritud.

Él la miró, y por un segundo, su sonrisa se achicó. Luego, con un movimiento rápido, se inclinó hacia ella, su aliento frío rozándole la mejilla.  

—Cuidado, princesa —murmuró, con una voz que era casi una caricia—. Si sigues mirando tan de cerca, podrías descubrir algo que no te guste.  

Ella no retrocedió. En cambio, lo sostuvo con la mirada, desafiante.  

—¿O tal vez algo que sí me guste? —respondió, con una sonrisa triste.  

Alastor se enderezó, su sombra retorciéndose como si estuviera incómoda.  

—No insistas —advirtió, y su voz fue un rumor áspero, como el roce de hojas secas—. No hay final feliz para esto.  

Antes de que ella pudiera responder, un relámpago iluminó el cielo, y Alastor desapareció en un remolino de sombras, dejando solo el eco de su risa y el olor a ozono quemado. Charlie se quedó sola, temblando, con la lluvia fría limpiando el rastro de lágrimas que no recordaba haber derramado.  

Pero en el techo, oculto entre las gárgolas, Alastor observaba. Sus manos aún temblaban, y en su pecho, un ritmo desconocido martilleaba como un tambor de guerra. " Estúpido, estúpido ", musitó, clavando las uñas en la piedra hasta hacerla sangrar. Pero no se movió. No hasta que Charlie entró al hotel, arrastrando consigo el peso de siglos y la esperanza obstinada de que, tal vez, hasta los cazadores podían aprender a sangrar.

Y, en algún lugar entre la lluvia y el silencio, algo cambió. Algo que ninguno de los dos estaba listo para admitir.

Días después, Charlie notó patrones: el vaso de whisky que aparecía en su escritorio durante noches de planeación, siempre con un limón cortado en forma de estrella (su favorito infantil). Los ataques verbales de Alastor a los huéspedes que cuestionaban su liderazgo, demasiado precisos para ser casuales. Y cómo su estática amortiguaba los gritos de las pesadillas que la desvelaban, aunque él jamás lo mencionaba.

En una reunión, su mano rozó la de él al alcanzar el mismo documento. Alastor retrocedió como si lo hubieran apuñalado, derribando una lámpara en el proceso.

—¡Desastrosa distribución de muebles! —vociferó, reparando el objeto con un chasquido de dedos demasiado fuerte—. Haré replantear todo este caos mañana.

Pero no lo hizo. Y cuando Charlie sonrió agradecida a un demonio por traer suministros, Alastor descargó una risa estridente que ahogó el momento, sus ojos brillando con algo que no era diversión.

El clímax llegó durante un ataque de ángeles. Una flecha de luz se dirigió a Charlie. Alastor no se interpuso—en lugar de eso, torció la trayectoria del proyectil con un hilo de oscuridad, como si fuera coincidencia. La flecha se clavó en su hombro izquierdo, no en el corazón.

—¡Idiota! —le gritó Charlie mientras lo arrastraba a cubierto—. ¿Por qué no te moviste?

Él mostró los dientes en una mueca que no llegaba a ser sonrisa.

—¡Error de cálculo! —escupió, pero sus ojos recorrieron su rostro buscando heridas con rapidez—. Estos cuerpos descartables son un fastidio.

Al regenerarse días después, evitó toda referencia al evento. Pero Charlie lo pilló mirando cicatrices que ya no estaban en su hombro. Cuando él notó su mirada, hizo un comentario cáustico sobre la decoración del vestíbulo y desapareció por tres horas exactas.

En las madrugadas lluviosas, a veces encontraba una taza de cacao humeante junto al balcón—sin notas, sin magia visible. Si preguntaba, Alastor alzaba las cejas con falsa inocencia.

—Los fantasmas del hotel deben ser unos anfitriones espléndidos —decía, examinando sus uñas con interés repentino—. Aunque yo preferiría vino.

La atracción se escondía en lo no dicho: en cómo sus silencios se alargaban cuando ella entraba a una habitación, en la forma en que sus críticas al hotel ahora incluían soluciones entre líneas, en el hecho de que jamás usaba su verdadero poder contra ella, ni siquiera en broma.

Pero cuando sus miradas se encontraban por demasiados segundos, Alastor siempre era el primero en reírse, en soltar un comentario absurdo, en convertirlo todo en otro chiste. Como si el sólo concepto de conexión genuina fuera un abismo del que necesitara escapar.

Y así continuaban—él, sembrando pistas de algo que nunca admitiría; ella, aprendiendo a no señalar los hilos rojos que tejía entre ellos. Porque en el Infierno, hasta la esperanza debía ser en código, y algunas verdades sólo sobrevivían si se dejaban sin descifrar.

Al fin y al cabo, hasta en el Infierno, la lluvia terminaba eventualmente.

 

Notes:

"La lluvia tiene un vago secreto de ternura, algo de soñolencia resignada y amable." — Federico García Lorca

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