Work Text:
Una luna mortecina colgaba en el cielo infernal cuando Charlie abrió la puerta del hotel y encontró a Alastor en el umbral. El aire nocturno traía consigo un pesado aroma a ceniza y azufre, envolviendo la escena en una neblina opresiva. Su porte usualmente impecable estaba deshecho: el traje polvoriento, el cabello en un desorden insólito, y lo peor de todo, su sonrisa inquebrantable se sentía... forzada. Forzada como si, por primera vez, no tuviera un comentario ingenioso con el que romper el silencio. Y lo más inquietante: no dijo nada.
Las luces tenues del vestíbulo parpadeaban a su espalda, proyectando sombras alargadas en el suelo de mármol. Charlie sintió un escalofrío recorrerle la columna mientras lo observaba, tratando de encontrar respuestas en sus ojos escarlata. Pero no había nada allí. Nada más que un vacío insondable.
—Alastor… —Charlie frunció el ceño, observándolo con inquietud.
Él inclinó la cabeza con la misma teatralidad de siempre, pero esta vez había algo diferente en su gesto. Como si esperara que ella entendiera lo que ni él mismo podía explicar. Su boca se movió en una mueca afilada, pero ningún sonido salió. El silencio que cayó entre ellos fue tan denso que Charlie sintió un escalofrío recorrerle la espalda.
Confundida, alzó una mano y le tocó el hombro, como si necesitara asegurarse de que él estaba realmente ahí. Alastor sonrió con diversión contenida y abrió la boca, como si fuera a hablar… pero nada. Ni una palabra. Ni un sonido.
Charlie sintió un nudo apretarse en su estómago.
—¿Alastor? —insistió, con un tono que pasó de la incredulidad a la alarma.
El demonio entrecerró los ojos con una mirada socarrona y, con un ademán despreocupado, chasqueó los dedos en un intento evidente de invocar su magia.
Nada ocurrió.
El sonido inexistente del chasquido resonó más fuerte que cualquier estruendo. Charlie sintió su garganta secarse mientras el peso de la situación se asentaba en su pecho. Observó cómo Alastor volvía a intentarlo, esta vez con una sonrisa más tensa. Su gesto solía traer ecos distorsionados, ráfagas de poder sonoro que retumbaban en el aire, pero ahora… ni siquiera un murmullo. Solo el pesado e inquietante silencio del vestíbulo.
—No puede ser… —Charlie dio un paso atrás, con el corazón latiéndole en la garganta.
Alastor bajó la mano lentamente, sus dedos relajándose con una parsimonia inusual. Sus ojos la observaron con un brillo calculador, una pizca de algo que se debatía entre la diversión y la resignación. Luego se encogió de hombros, como si toda la situación no fuera más que un inconveniente menor.
Pero Charlie no podía verlo así. No cuando la esencia misma de Alastor, su magia, su poder, su forma de ser, estaba inevitablemente ligada al sonido. Y sin él…
—¿Cómo pasó esto? —preguntó, su voz apenas un murmullo.
Él ladeó la cabeza y la miró con paciencia, pero no respondió. No podía responder.
Las luces del pasillo chisporrotearon cuando Charlie dio un paso atrás, el peso de la situación cayendo sobre ella como una losa. Sabía que él era más que su voz, pero sin ella, Alastor parecía... más pequeño. Más humano. Y eso era lo que más la inquietaba.
Con una respiración entrecortada, Charlie lo tomó de la muñeca y lo arrastró al interior de la biblioteca, cerrando las puertas tras ella con un golpe sordo. El eco reverberó en el silencio incómodo entre ambos.
Sabía que si él no podía hablar, significaba que había perdido más que su voz. Su magia, su esencia misma, estaba atada al sonido. Sin ella, Alastor era un depredador desarmado en un mundo de monstruos.
Pero entonces, ¿por qué la miraba como si supiera algo que ella no?
Día 1: El Silencio Imposible
Charlie había presenciado todo tipo de rarezas en su vida. Demonios que hablaban al revés, criaturas con más ojos que extremidades, contratos mágicos que se escribían solos, pero esto… esto era otra historia.
Frente a ella, sentado con la misma postura impecable de siempre, Alastor no decía ni una sola palabra.
Y lo peor de todo: parecía estar disfrutándolo.
Charlie entrecerró los ojos, apretando los labios mientras leía por tercera vez el párrafo del libro que Husk le había dado. El tomo era viejo y polvoriento, con una encuadernación tan deteriorada que parecía que bastaba un movimiento brusco para hacerlo desmoronarse en sus manos.
—Esto tiene que ser una broma —murmuró.
A su lado, Husk bebió un trago de su petaca y se encogió de hombros con la apatía de alguien que ya estaba demasiado harto de todo.
—Si lo es, no fui yo quien la escribió.
Charlie volvió a mirar la página, con la esperanza de haber leído mal.
“Para romper la maldición, el demonio afectado deberá pasar siete días sin emitir sonido alguno. No hablar, no cantar, no tararear. Solo silencio absoluto hasta que la esencia se restaure.”
Charlie sintió un tic nervioso en el ojo.
—Dime que esto no es en serio.
Sin despegar su sonrisa, Alastor le arrebató el libro con la misma elegancia con la que tomaría la mano de una dama en un baile. Sus largos dedos recorrieron las páginas con una lentitud exasperante, hojeándolas como si estuviera leyendo un interesante relato de terror y no las instrucciones de su propia condena.
Cuando terminó, cerró el libro con un chasquido seco y lo dejó sobre la mesa. Luego, sin decir nada, simplemente le dedicó a Charlie una sonrisa demasiado relajada.
Demasiado tranquila.
Y eso no le gustó nada.
Charlie cruzó los brazos.
—¿De verdad vas a aceptar esto sin rechistar?
Alastor inclinó la cabeza, como si estuviera considerando la pregunta con suma seriedad, y luego se encogió de hombros con despreocupación.
Charlie sintió que se le hundía el estómago.
Esto no iba a acabar bien.
⋅ ⋅ ⋅ ⋅ ⋅ ⋅ ⋅ ⋅ ⋅ ⋅ ⋅ ⋅ ⋅ ⋅ ⋅ ⋅ ⋅ ⋅ ⋅ ⋅ ⋅ ⋅ ⋅ ⋅
El silencio de Alastor no tardó en convertirse en algo más que una simple ausencia de sonido. Era una presencia.
Un ente invisible que flotaba en el aire, envolviéndolo todo con un peso opresivo.
Charlie no estaba acostumbrada a un Alastor callado.
Sin sus discursos innecesariamente floridos.
Sin su risa distorsionada que solía rebotar en las paredes.
Sin la molesta musicalidad de su voz en cada una de sus frases.
Y lo peor era que la ausencia de todo eso no lo hacía menos perturbador.
La cena fue el primer gran obstáculo.
Charlie intentó mantener la calma, sosteniendo los cubiertos con más fuerza de la necesaria mientras intentaba convencerse de que la situación no era tan mala.
—Bueno… supongo que esto no será tan terrible —dijo, forzando una sonrisa mientras revolvía la comida en su plato.
Silencio.
Charlie levantó la vista.
Alastor la miraba desde el otro lado de la mesa, con los codos apoyados sobre la superficie de madera y la barbilla descansando en una de sus manos.
Sonriendo.
Con demasiada calma.
Charlie sintió un escalofrío recorrerle la espalda.
Apretó los dientes y trató de ignorarlo, pero el aire se sentía denso, cargado de algo indescriptible. Como si la realidad misma se estuviera acomodando de una manera incómoda ante la falta de sonido.
Respiró hondo y volvió a intentarlo.
—No puedes decirme que esto no te molesta en absoluto.
Alastor ladeó la cabeza y, con la parsimonia de quien no tiene ninguna prisa, tomó su tenedor y lo comenzó a girar entre sus dedos con movimientos lentos y calculados.
Charlie lo observó con atención.
El movimiento era sutil, pero había algo inquietante en la forma en que lo sostenía.
Hasta que se dio cuenta.
Lo estaba sujetando como si fuera un micrófono.
Charlie cerró los ojos y exhaló con fuerza.
—Deja eso.
Alastor parpadeó con fingida inocencia y se encogió de hombros con la misma expresión de un niño atrapado en medio de una travesura.
Charlie se masajeó las sienes.
—Voy a volverme loca.
Alastor le guiñó un ojo antes de volver a llevarse la taza de café a los labios, bebiendo con una lentitud exasperante.
Charlie suspiró.
Esto iba a ser una semana larga.
⋅ ⋅ ⋅ ⋅ ⋅ ⋅ ⋅ ⋅ ⋅ ⋅ ⋅ ⋅ ⋅ ⋅ ⋅ ⋅ ⋅ ⋅ ⋅ ⋅ ⋅ ⋅ ⋅ ⋅
Si había algo peor que un Alastor hablador, era un Alastor en completo silencio, pero con la misma sonrisa de siempre. No había burlas, no había comentarios mordaces ni aquella risa radiante que solía llenar los pasillos del hotel. Solo una quietud espectral, una presencia muda que se adhería al aire como una sombra imposible de ignorar.
Charlie intentó no prestarle atención. Caminó con determinación por los pasillos del Hazbin, repitiéndose a sí misma que no tenía motivos para sentirse nerviosa. Era Alastor, después de todo. Nada había cambiado realmente, ¿verdad?
Pero a cada paso que daba, la sensación de ser observada se hacía más intensa. No podía verlo, no podía oírlo, pero su piel erizada le advertía que estaba cerca.
Se detuvo.
El aire a su alrededor se tornó pesado, denso, cargado de algo que no podía explicar. No era miedo, exactamente, pero tampoco podía llamarlo calma. Más bien, era la inquietud de quien sabe que algo está por ocurrir, pero no cuándo ni cómo.
Giró bruscamente sobre sus talones.
Nada.
Solo el pasillo extendiéndose a su espalda, vacío y bañado por la usual luz rojiza del hotel.
Frunció el ceño. Su instinto no podía estar equivocado. Algo no estaba bien.
Sacudió la cabeza con fastidio y retomó su camino. Tal vez solo estaba paranoica. Después de todo, ¿qué tan aterrador podía ser un Alastor en silencio?
Entonces lo sintió.
No fue un ruido ni un movimiento, sino una presión imperceptible en el aire.
El tipo de presencia que te eriza la piel antes de que tu mente procese que hay alguien detrás de ti.
Charlie apenas tuvo tiempo de reaccionar antes de girar en la siguiente esquina.
Y ahí estaba él.
De pie, inmóvil.
Esperándola.
Sonriendo.
En completo silencio.
El corazón de Charlie dio un vuelco. La respiración se le atascó en la garganta mientras sus ojos intentaban procesar lo imposible. No había ruido alguno. Ni el más mínimo indicio de su presencia antes de aparecer frente a ella. No había sonido de pasos, ni el susurro de su ropa moviéndose, ni el eco de su existencia. Era como si la mismísima oscuridad del pasillo lo hubiera esculpido de la nada.
Charlie se obligó a inhalar hondo y obligó a su voz a sonar firme.
—¿Puedes dejar de hacer eso?
Alastor se llevó una mano al pecho, fingiendo sorpresa. La sonrisa no se inmutó, ni siquiera cuando hizo una reverencia exagerada, como si fuera un actor saludando a un público imaginario.
Y luego, sin previo aviso, desapareció.
No hubo un movimiento brusco, ni un destello de magia, ni siquiera el leve cambio en el aire que indicara que se había transportado. Simplemente ya no estaba ahí.
Charlie parpadeó.
El pasillo volvió a estar vacío.
La luz rojiza volvió a parecer normal.
Pero la sensación de ser observada no desapareció.
Se quedó mirando el lugar donde había estado, sintiendo un escalofrío bajarle por la espalda.
Definitivamente iba a perder la cordura.
Día 2: El Lenguaje de las Miradas
Charlie despertó con una misión clara en mente: no dejar que Alastor la volviera loca.
El plan duró exactamente cinco minutos.
Después de vestirse con más rapidez de la habitual y bajar las escaleras con la esperanza de tener al menos un desayuno en paz, lo encontró ya instalado en la mesa, con la misma expresión de serena paciencia que el día anterior.
No tenía prisa.
No tenía apuro.
Y sobre todo, no decía ni una sola palabra.
Charlie tomó asiento con fingida indiferencia, fingiendo no notar que él no apartaba los ojos de ella.
Intentó concentrarse en su café, en el sonido de los cubiertos chocando contra los platos, en los murmullos ocasionales que flotaban en el ambiente. Cualquier cosa que no fuera la intensa mirada fija de Alastor.
Pero ignorarlo era imposible.
No necesitaba hablar para hacerse notar. Su presencia era un peso constante, un roce invisible contra los bordes de su conciencia, como una melodía muda que se filtraba en el aire.
Con un suspiro resignado, le pasó la mermelada.
Y ahí fue donde cometió un error.
Alastor no la tomó de inmediato.
En su lugar, sus dedos rozaron la muñeca de Charlie antes de recoger la cuchara con una lentitud exagerada.
El contacto fue fugaz. Apenas un roce.
Pero Charlie sintió cómo su piel se erizaba al instante.
Retiró la mano demasiado rápido.
Alastor levantó una ceja. Divertido.
Demasiado divertido.
Charlie lo fulminó con la mirada, fingiendo que su corazón no acababa de acelerar su ritmo sin razón aparente.
—Estás disfrutando esto, ¿verdad?
Alastor no respondió.
No lo necesitaba.
La sonrisa que se curvó en sus labios lo dijo todo.
Charlie entrecerró los ojos, negándose a ceder terreno. No iba a dejar que ganara.
Pero entonces lo notó.
Sin su voz para distraer, sin las bromas que solían amortiguar la intensidad de su presencia, sin su risa para suavizar las aristas afiladas de su personalidad…
Alastor se volvía peligrosamente claro.
Sin el ruido habitual, su lenguaje corporal era mucho más nítido. La inclinación calculada de su cabeza, la forma en que entrecerraba los ojos con una paciencia que solo podía significar que sabía exactamente qué estaba haciendo.
Charlie tragó saliva.
Oh, no.
Sin su voz, Alastor no tenía que distraerla con palabras.
Sin su voz, su juego era mucho más peligroso.
Sin su voz, Charlie no tenía forma de escapar.
Mantuvo la compostura todo lo que pudo, pero en algún momento, parpadeó primero.
Error.
La sonrisa de Alastor se ensanchó apenas, lo suficiente para que Charlie supiera que él había notado su reacción.
Él inclinó la cabeza con un aire de victoria, como si acabara de ganar una partida de ajedrez en la que ella ni siquiera sabía que estaba participando.
Charlie apretó los dientes.
Alastor ladeó la cabeza con una sonrisa aún más amplia.
El mensaje estaba claro:
"Oh, princesa, esto apenas comienza."
Charlie cerró los ojos y se pasó una mano por la cara.
Definitivamente iba a volverse loca antes de que esta semana terminara.
⋅ ⋅ ⋅ ⋅ ⋅ ⋅ ⋅ ⋅ ⋅ ⋅ ⋅ ⋅ ⋅ ⋅ ⋅ ⋅ ⋅ ⋅ ⋅ ⋅ ⋅ ⋅ ⋅ ⋅
Charlie se sentó en su rincón habitual de la biblioteca, con la esperanza ingenua de encontrar un poco de paz entre estanterías repletas de libros antiguos y el aroma a papel envejecido. Tomó un volumen al azar y lo abrió, dejando que el sonido de las páginas pasara como un susurro reconfortante entre sus dedos.
Por un momento, creyó haber escapado.
Hasta que lo sintió.
No fue un sonido. No fue un movimiento. Fue una presencia. Un peso intangible que se deslizó en el aire, adentrándose en su burbuja de tranquilidad con la elegancia de un depredador en su elemento.
Charlie no levantó la vista.
No lo necesitaba.
Sabía que Alastor estaba allí.
El escalofrío que le recorrió la espalda le confirmó lo que ya sospechaba.
Apretó los dientes y fijó la vista en las letras borrosas de la página, negándose a ceder terreno. Si lo ignoraba, tal vez se iría.
Un silencio expectante se instaló a su alrededor.
—¿Necesitas algo? —preguntó sin mirarlo, con la voz tensa de alguien que ya conocía la respuesta.
Alastor no respondió.
Pero se movió.
Su silueta se inclinó apenas sobre su hombro, lo suficiente para que Charlie sintiera el calor de su presencia demasiado cerca, demasiado tangible.
Charlie se quedó inmóvil.
Esto no estaba bien.
No podía escuchar su respiración, ni siquiera el roce de su ropa al moverse. Y aun así, sabía que estaba peligrosamente cerca.
Intentó ignorarlo.
Falló miserablemente.
Podía sentir el peso de su mirada, la paciente calma con la que esperaba que ella hiciera algo.
Alastor no necesitaba hablar.
No cuando su simple existencia se sentía como una provocación.
Finalmente, Charlie levantó la vista.
Y ahí estaba él.
Los ojos rojos, brillando con una diversión silenciosa. La sonrisa dibujada en su rostro con la precisión de alguien que sabía exactamente lo que estaba haciendo.
Charlie tragó saliva.
—Alastor… —su voz sonó más tensa de lo que le habría gustado.
Él no se movió.
No parpadeó.
No cambió su expresión.
Solo levantó una mano y deslizó un dedo sobre la mesa.
Un solo movimiento.
Lento.
Meticuloso.
Un círculo invisible trazado en la madera con la misma precisión de quien esculpe un sello en cera caliente.
Charlie sintió que algo se le atascaba en la garganta.
Porque sin su voz…
Alastor se volvía peligrosamente claro.
Día 3: La Catástrofe Silenciosa
Charlie nunca había apreciado tanto el sonido del caos hasta que dejó de escucharlo.
El tercer día sin la voz de Alastor no era solo extraño; era francamente preocupante.
Para empezar, nada se había incendiado.
La cocina del hotel seguía intacta. Husk no había intentado (todavía) lanzarle una sartén a la cabeza al demonio de la radio. Niffty no había tenido que limpiar ninguna taza de café rota causada por una carcajada fuera de lugar. Y Vaggie, sorprendentemente, no tenía jaqueca a las nueve de la mañana.
El hotel estaba en paz.
Y eso era una maldita señal de que algo iba horriblemente mal.
Charlie observó a Alastor desde el otro lado de la mesa con una mezcla de sospecha y resignación. Algo tramaba.
Él, por su parte, parecía completamente en su elemento. Se acomodó en su silla con la misma elegancia indolente de siempre, tamborileando los dedos contra la madera en un ritmo innecesariamente rimbombante, como si quisiera suplir la falta de su voz con teatralidad exagerada.
Charlie entrecerró los ojos.
—Estás planeando algo —acusó.
Alastor se llevó una mano al pecho, fingiendo indignación.
"¡Oh! No, no, no, ¡qué insólito!" parecía decir su mirada ofendida.
Charlie suspiró y apoyó la cabeza sobre la mesa.
—Voy a volverme loca.
Alastor le dio unas palmaditas en la cabeza con la condescendencia de quien alimenta a un pajarito nervioso.
Charlie gruñó.
Lo peor de todo no era el silencio.
Era que Alastor, el infame y bullicioso Demonio de la Radio, parecía estar disfrutándolo.
Y eso solo podía significar problemas.
Después del desayuno, Charlie decidió que si Alastor no podía hablar, al menos podían encontrar una forma de comunicación efectiva.
Como dos personas civilizadas.
—Vamos a hacer esto simple —dijo, colocando una pizarra en la biblioteca—. Si necesitas decir algo, escríbelo.
Alastor parpadeó.
Luego miró la pizarra.
Luego la miró a ella.
Y con una sonrisa de oreja a oreja, escribió:
“¿Por qué estás TAN desesperada por escucharme, querida?”
Charlie sintió un tic nervioso en el ojo.
—No estoy desesperada.
Alastor borró la frase con un floreo y escribió otra:
“¡Oh, claro que lo estás! ¿Acaso no soportas mi enigmático silencio, princesa?”
Charlie apretó los dientes.
—Si sigues escribiendo cosas así, te juro que te voy a—
“¡Oh! ¡Amenazas de violencia! ¡Qué ruda, Charlie! Nunca pensé que tu paciencia era TAN frágil.”
Charlie cerró los ojos y respiró hondo.
—Dioses, dame fuerzas.
Alastor se recargó en la silla con los brazos cruzados, claramente disfrutando del espectáculo.
Husk pasó por la puerta en ese momento, observó la escena con una mirada aburrida y bufó.
—¿Se supone que esto es algún tipo de nueva terapia de pareja?
Charlie se golpeó la frente contra la mesa.
—No.
Alastor escribió en la pizarra con una expresión absolutamente malvada:
“¡Sí!”
Husk asintió con cansancio.
—Pues espero que esto acabe pronto. Si siguen comunicándose así, alguien va a morir.
Y con esa predicción ominosa, Husk desapareció de vuelta a la barra.
Charlie giró lentamente hacia Alastor, quien ahora estaba silbando sin emitir sonido alguno, con una expresión que claramente gritaba “¡Oh, qué divertido es todo esto!”
Charlie suspiró.
Esto iba a ser un día largo.
⋅ ⋅ ⋅ ⋅ ⋅ ⋅ ⋅ ⋅ ⋅ ⋅ ⋅ ⋅ ⋅ ⋅ ⋅ ⋅ ⋅ ⋅ ⋅ ⋅ ⋅ ⋅ ⋅ ⋅
Después del almuerzo, Charlie cometió un grave error.
Bajó la guardia.
Por exactamente tres minutos y cuarenta y dos segundos.
Suficiente para que Alastor decidiera que era el momento de atacar.
Cuando lo encontró, estaba en el salón principal, sentado en un sillón con un cartel colgado del cuello que decía en letras grandes:
“¡EN PROMOCIÓN! ¡Alastor, el demonio SILENCIOSO! ¡Único en su especie! ¡Por tiempo limitado!”
Charlie inhaló lentamente.
—Alastor.
Él levantó la vista, inocente como un zorro atrapado en el gallinero.
—¿Qué demonios estás haciendo?
Alastor levantó otro cartel:
“¡Cobrando por consultas silenciosas! ¡Cinco almas por un consejo telepático!”
Charlie sintió cómo su alma abandonaba su cuerpo por un segundo.
—No… puedes… vender… consejos silenciosos.
Alastor sacó otro cartel:
“¡Claro que puedo! Si la gente cree en la estafa, no es mi culpa.”
Charlie le arrancó el cartel de las manos.
—¡Alastor, por el amor a todo lo que es bueno, compórtate!
Alastor sonrió con la dulzura de quien no planea comportarse ni un poquito.
Esto era solo el tercer día.
Y Charlie ya estaba a un paso de la locura.
Día 4: El Desafío del Silencio
Charlie despertó con una determinación férrea ardiéndole en el pecho. Hoy no iba a dejar que Alastor la volviera loca.
El día anterior había sido un desastre absoluto. Entre carteles absurdos, consultas "silenciosas" y un improvisado negocio de estafas paranormales, Charlie había terminado agotada en todos los sentidos posibles. Su paciencia estaba colgando de un hilo y su dignidad… bueno, esa había sido sacrificada a los dioses del caos hacía tiempo.
Pero hoy sería diferente.
Hoy, ella tendría el control.
Se vistió con una calma medida y bajó las escaleras del hotel con la compostura de una reina que se prepara para enfrentar a su némesis en el campo de batalla. Si Alastor quería jugar con ella, entonces jugarían. Pero esta vez bajo sus reglas.
Cuando entró en el comedor, lo encontró sentado en la mesa con la misma expresión serena y su sonrisa ensayada. Esa maldita sonrisa.
Esa sonrisa que nunca cambiaba, que siempre ocultaba algo.
Charlie le dedicó una mirada afilada antes de sonreír con la dulzura de quien está a punto de cometer un crimen.
—Buenos días, Alastor.
Él inclinó la cabeza en un gesto de reconocimiento, como si no hubiera pasado los últimos días torturándola en silencio.
Charlie sostuvo su sonrisa… y no dijo nada más.
Cinco segundos.
Alastor mantuvo la calma.
Diez segundos.
Parpadeó, evaluándola.
Quince.
Charlie no pestañeó.
Fue entonces cuando lo supo.
Por primera vez en lo que parecía una eternidad, Alastor fue el que rompió el contacto visual.
Ladeó la cabeza, frunciendo el ceño apenas un milímetro. No era mucho, pero fue suficiente para que Charlie entendiera que lo había desconcertado.
Victoria.
Se cruzó de brazos con satisfacción.
—¿Te ocurre algo, querido? —preguntó con un tono falsamente inocente.
Alastor la observó con una mezcla de diversión y sospecha. Lentamente, sacó un cartel de quién-sabe-dónde y lo levantó con dramatismo:
“¡Oh, Charlie, qué lindo verte TAN tranquila! ¿Algo que quieras confesar?”
Charlie apoyó los codos en la mesa y lo miró fijamente.
—Nada en absoluto.
El ceño de Alastor se frunció apenas. Un cambio tan minúsculo que cualquiera habría pasado por alto.
Pero no Charlie.
Ella sabía que lo había fastidiado.
Oh, esto se iba a poner divertido.
Charlie conocía a Alastor lo suficiente como para saber que no soportaba ser ignorado.
Así que decidió ponerlo a prueba.
Cada vez que intentaba comunicarse con un cartel, ella simplemente no lo leía.
Cada vez que él se paraba dramáticamente en el pasillo, ella lo rodeaba sin mirarlo.
Cada vez que intentaba llamar su atención con una sonrisa encantadoramente maliciosa, ella mantenía una expresión de absoluta neutralidad.
Fue hermoso.
Fue glorioso.
Y lo estaba volviendo completamente loco.
Alastor pasó las primeras horas intentando ser paciente, como si no le importara en lo más mínimo.
Pero después de que Charlie pasara por su lado por quinta vez sin reaccionar, sus movimientos se volvieron erráticos.
Por la tarde, entró en la biblioteca montado en una silla con ruedas, sosteniendo una pancarta gigante que decía “¡SE BUSCA: ATENCIÓN!”.
Charlie no pestañeó.
Por la noche, organizó una interpretación muda de Hamlet con Niffty sosteniéndole los decorados y Husk lanzándole miradas de absoluto desinterés desde la barra.
Charlie se limitó a aplaudir lentamente y seguir con su lectura.
Para la cena, intentó hacer una mímica exagerada de toda una ópera infernal, dramatizando cada nota inexistente mientras Husk bebía y fingía no verlo.
Charlie apenas le dio un pulgar arriba.
Fue el golpe final.
En cuanto terminaron de comer, Alastor se inclinó sobre la mesa con una sonrisa peligrosa y entrecerró los ojos.
"¿Qué estás haciendo, Charlie?" decía su mirada inquisitiva.
Charlie le sonrió de vuelta, disfrutando demasiado del momento, y bebió un sorbo de su café.
—Nada, Alastor. Nada en absoluto.
El demonio entrecerró los ojos aún más.
Sabía que lo estaba provocando.
Sabía que ella estaba jugando su propio juego.
Y por primera vez en la historia, él no podía hacer nada al respecto.
⋅ ⋅ ⋅ ⋅ ⋅ ⋅ ⋅ ⋅ ⋅ ⋅ ⋅ ⋅ ⋅ ⋅ ⋅ ⋅ ⋅ ⋅ ⋅ ⋅ ⋅ ⋅ ⋅ ⋅
El día había sido un éxito absoluto.
Pero Charlie cometió un error.
Uno solo.
Se confió demasiado.
Charlie no sospechó nada cuando entró en su habitación esa noche.
No hasta que vio que su cama estaba ocupada.
Alastor estaba acostado allí.
Con la cabeza apoyada en una mano, una pierna cruzada sobre la otra y la expresión satisfecha de un gato que acaba de tumbar un florero solo porque podía.
Charlie se congeló en la puerta.
—…¿Qué haces en mi cama?
Alastor no respondió.
En su lugar, sacó un cartel.
“¡No dijiste que no podía estar aquí!”
Charlie sintió un tic en el ojo.
—Eso no significa que puedas—
Otro cartel.
“¿Oh? ¿Estás insinuando que hay reglas en este juego? Porque no recuerdo haber firmado nada.”
Charlie apretó los dientes.
—Alastor, sal de mi cama.
Él sonrió con absoluta complacencia.
Otro cartel.
“¡No hasta que me devuelvas mi diversión, querida!”
Charlie inhaló lentamente, recordándose que asesinar demonios poderosos probablemente no era buena idea.
Muy bien.
Había ganado una batalla.
Pero la guerra…
La guerra apenas comenzaba.
Día 5: La Última Carta de Alastor
Charlie despertó con una sensación extraña.
No era solo el cansancio acumulado de cinco días de caos.
No era solo la creciente desesperación de convivir con Alastor en su versión más teatral y silenciosa.
Era la certeza absoluta de que hoy iba a pasar algo peor.
Y cuando abrió la puerta de su habitación, ahí estaba él.
Alastor.
Recargado contra el marco de la puerta con una postura peligrosamente casual.
Esa sonrisa suya era diferente hoy.
Más afilada.
Más calculada.
Charlie sintió un escalofrío recorrerle la espalda.
—No.
Él levantó un cartel con lentitud, asegurándose de que Charlie pudiera leerlo bien.
“¡Oh, pero ni siquiera sabes qué voy a hacer! ¿No confías en mí?”
Charlie entrecerró los ojos.
—Te conozco. Por eso no confío en ti.
Otro cartel.
“¡Eso es terriblemente injusto, princesa! Pero no te preocupes… Hoy tengo un regalo para ti.”
Charlie sintió un tic en el ojo.
—No quiero regalos tuyos.
Pero Alastor ya estaba girando sobre sus talones, caminando hacia el pasillo con un aire de absoluta victoria.
Charlie suspiró y lo siguió.
Cuántas neuronas iba a perder hoy, aún estaba por verse.
⋅ ⋅ ⋅ ⋅ ⋅ ⋅ ⋅ ⋅ ⋅ ⋅ ⋅ ⋅ ⋅ ⋅ ⋅ ⋅ ⋅ ⋅ ⋅ ⋅ ⋅ ⋅ ⋅ ⋅
Charlie había cometido muchos errores en su vida.
Aceptar la ayuda de Alastor había sido uno de los peores.
¿Pero aceptar su "regalo" sin cuestionarlo lo suficiente?
Eso era un suicidio anunciado.
Cuando entró en la biblioteca, su primera reacción fue detenerse en seco.
El ambiente había cambiado.
La mesa, que normalmente estaba cubierta con montones de libros y papeles, ahora estaba decorada con un mantel de terciopelo rojo, dos copas de vino y un par de velas encendidas.
Charlie sintió cómo el aire se volvía más espeso.
—…No.
No necesitaba explicaciones. No necesitaba preguntar. Sabía exactamente quién estaba detrás de esto.
Y efectivamente, ahí estaba Alastor, sentado en la cabecera con una expresión tan inocente que solo podía significar problemas.
Con un gesto elegante, le indicó el asiento frente a él.
Charlie cruzó los brazos.
—¿Qué demonios es esto?
Alastor sacó un cartel con una expresión absolutamente angelical.
“¡Una cita! ¿No te parece encantador?”
Charlie sintió el calor subirle al cuello.
—…No.
Otro cartel.
“¡No puedes decir que no hasta probar la experiencia, querida!”
Charlie inhaló lentamente.
—Alastor, si crees que voy a sentarme aquí y jugar a una cena romántica contigo mientras sigues sin hablar, estás—
Él levantó otro cartel.
“Oh, pero no es una cena romántica. Es un desafío.”
Charlie entrecerró los ojos.
—…¿Qué tipo de desafío?
Alastor sonrió, inclinándose apenas sobre la mesa.
Sus ojos brillaban con puro entretenimiento.
Lentamente, sacó el siguiente cartel.
“Vamos a ver cuánto puedes resistir antes de que seas tú la que pierda el control.”
Charlie sintió que le explotaban las neuronas.
—¿¡Qué!?
Alastor le indicó con un gesto que se sentara.
Charlie debería haberse marchado.
Debería haberlo ignorado.
Pero no lo hizo.
Porque si algo había aprendido en estos cinco días, era que si le daba la espalda a Alastor, solo encontraría una forma peor de salirse con la suya.
Así que se sentó.
Error fatal.
Charlie intentó comer con normalidad.
Se concentró en su copa de vino, en su plato, en el tenue resplandor de las velas.
Pero entonces, Alastor empezó a moverse.
Primero, se acomodó la corbata con un movimiento deliberadamente lento, manteniendo los ojos fijos en ella, como si quisiera analizar exactamente cuánto podía hacerla retorcerse en su asiento.
Charlie sintió un cosquilleo en la espalda.
Ignoró la sensación.
Luego, tomó su copa con la misma gracia elegante de siempre, deslizando los dedos por el cristal en un movimiento pausado, casi hipnótico.
Charlie bebió un sorbo de vino, fingiendo que no notaba lo que estaba haciendo.
Entonces, Alastor se inclinó ligeramente hacia ella.
No demasiado.
Solo lo suficiente como para que su aliento cálido rozara su mejilla.
Charlie se tensó de inmediato.
Alastor le dedicó una media sonrisa y sacó su siguiente cartel.
“¿Algo mal, mi querida Charlie?”
Charlie soltó el tenedor y se cubrió la cara con una mano.
—Dioses…
Alastor se recargó en su silla con satisfacción.
Pero no había terminado.
No.
Ahora venía el golpe final.
Sin despegar la mirada de ella, pasó la lengua por sus labios lentamente, con una expresión absolutamente impía.
Charlie sintió cómo el calor le subía directo al rostro.
—¡ALASTOR!
Él rió sin emitir sonido y sacó su último cartel del día.
“Oh, querida, creo que tú perdiste el desafío.”
Charlie golpeó la mesa.
—¡Esto es trampa!
Alastor se encogió de hombros, con la cara de "Yo no inventé las reglas, princesa," y se levantó, saliendo de la biblioteca como si no acabara de darle la peor crisis existencial de su vida.
Charlie se dejó caer sobre la mesa con un suspiro.
Cinco días.
Cinco malditos días.
Y todavía faltaban dos.
Iba a morirse antes de que terminara la semana.
Día 6: El Punto de Quiebre
Charlie despertó con el cuerpo tenso, los músculos agarrotados por noches de mal dormir y una mente al borde del colapso. Se pasó una mano por la cara con un suspiro pesado, tratando de ignorar el peso en su pecho, la sensación persistente de que, en algún punto de estos seis días, la línea entre el juego y algo más peligroso se había vuelto demasiado delgada.
Abrió la puerta de su habitación con cautela, como si esperara que Alastor estuviera justo detrás, sonriendo, esperando su reacción. No estaba ahí. Pero eso no significaba que estuviera a salvo.
No tardó en encontrarlo.
El demonio estaba apoyado contra la pared del pasillo, con las manos en los bolsillos y una sonrisa indecentemente relajada en los labios. Su mera presencia alteraba la atmósfera, densa como una tormenta a punto de estallar. Charlie apretó la mandíbula y continuó caminando, ignorándolo, fingiendo que su simple existencia no la hacía querer gritar.
Pero Alastor se movió al mismo ritmo que ella.
Cada paso que daba, él lo replicaba sin esfuerzo, como una sombra que se pegaba a su piel. No decía nada, ni hacía ruido alguno, pero su presencia era sofocante. Charlie sintió un escalofrío recorrerle la columna cuando lo vio inclinar la cabeza con fingida inocencia, como si no estuviera empujándola justo al borde de la desesperación.
Respiró hondo y aceleró el paso. No iba a caer en su juego.
Pero entonces, justo cuando creyó haber escapado, lo encontró frente a ella. Como si hubiera estado ahí todo el tiempo.
Su aliento quedó atrapado en su garganta al dar un paso atrás instintivamente, la piel erizándosele con el eco de algo primitivo, una advertencia que su instinto intentó enviarle antes de que su mente pudiera racionalizarlo. No podía acostumbrarse a cómo aparecía de la nada, cómo se movía sin que el mundo pareciera darse cuenta. Cómo lograba meterse debajo de su piel sin siquiera tocarla.
—¡¿PODRÍAS DEJAR DE HACER ESO?!
La voz de Charlie resonó con más desesperación de la que habría querido admitir.
Alastor no respondió. Solo sonrió, con esa maldita calma suya, los ojos brillando como brasas encendidas en la penumbra del pasillo. Charlie sintió que su paciencia se resquebrajaba.
Si esto seguía así, no iba a sobrevivir el último día.
⋅ ⋅ ⋅ ⋅ ⋅ ⋅ ⋅ ⋅ ⋅ ⋅ ⋅ ⋅ ⋅ ⋅ ⋅ ⋅ ⋅ ⋅ ⋅ ⋅ ⋅ ⋅ ⋅ ⋅
El hotel parecía haber perdido su ritmo usual. Los murmullos del vestíbulo, los sonidos de platos siendo lavados en la cocina, incluso las quejas ocasionales de Husk parecían amortiguados, como si la realidad se estuviera ajustando al silencio que Alastor había impuesto en su vida.
Charlie entró en su habitación con un suspiro cansado, lista para sumergirse en su cama y olvidar por unas horas que su existencia había sido reducida a una absurda partida de ajedrez contra el demonio de la radio.
Pero entonces lo vio.
En su cama.
Otra vez.
El golpe de calor que subió por su cuerpo no fue solo de ira. Fue otra cosa, algo que se negaba a identificar.
Alastor estaba acostado como si le perteneciera el lugar, con los brazos cruzados detrás de la cabeza, una pierna doblada sobre la otra y una sonrisa de absoluta victoria dibujada en el rostro.
Charlie sintió que el mundo temblaba con su rabia.
—Alastor.
Él no se inmutó.
Charlie apretó los puños.
—Te lo advierto.
Alastor se incorporó lentamente, con una calma exasperante, y sacó un cartel de la nada.
"Oh, ¿vas a echarme? ¿Otra vez?"
Charlie sintió un chispazo de furia recorrerle el cuerpo.
—¡Sí! ¡Por supuesto que voy a echarte! ¡Este es mi cuarto!
Alastor se inclinó hacia adelante con un movimiento pausado, los ojos fijos en ella, expectantes.
Y entonces, sacó otro cartel.
"¿Y si no quiero irme?"
Charlie sintió una presión en el pecho que no tenía nada que ver con la rabia.
—¡Pues te saco yo misma!
Se lanzó hacia él, lista para arrastrarlo de la cama de cualquier manera posible, pero antes de que pudiera siquiera tocarlo, Alastor se movió.
Se inclinó demasiado cerca.
Demasiado rápido.
Charlie sintió cómo se le secaba la boca.
Él sonrió.
Lentamente, con una precisión letal, tomó un mechón de su cabello y lo enredó entre sus dedos, dejando que las hebras se deslizasen sobre su piel con una suavidad escalofriante.
Charlie no pudo moverse.
El demonio inclinó la cabeza, observándola con el interés vago de quien disfruta demasiado de una reacción, de quien sabe exactamente lo que está haciendo.
Sin apartar la mirada de sus ojos, dejó caer el mechón entre sus dedos y sacó otro cartel.
"Quizás sea mejor que yo duerma aquí esta noche… solo para asegurarme de que no estés demasiado nerviosa."
Charlie sintió que su alma abandonaba su cuerpo.
No tenía fuerzas para seguir peleando.
No esta noche.
Día 7: El Gran Final
Charlie despertó sintiendo el peso de cada uno de los siete días que había soportado. Su cuerpo se sentía agotado, su mente nublada por el cansancio, y su paciencia… bueno, esa había desaparecido el tercer día. No quedaba nada en ella más que la determinación de terminar con esto de una vez por todas.
Se incorporó lentamente en la cama, pasando una mano por su rostro con un suspiro profundo. Miró el techo por un momento, obligándose a recordar que hoy era el último día. El último día de este tormento silencioso, de los juegos mentales, de las provocaciones de Alastor que la habían dejado al borde del colapso. Hoy, Charlie Magne no iba a caer. No importaba qué tenía planeado él para cerrar la semana, no iba a darle el gusto de ganar.
Se vistió con movimientos firmes, se arregló el cabello con una rapidez inusual y bajó las escaleras del hotel con pasos decididos, lista para enfrentar lo que fuera que Alastor tuviera preparado. Pero en cuanto cruzó el umbral del vestíbulo, lo vio.
Y en ese instante, supo que estaba jodida.
El vestíbulo del hotel ya no era el mismo. Charlie se detuvo en seco, sintiendo cómo el aire se volvía más pesado a su alrededor. Algo en la atmósfera había cambiado de forma imperceptible pero innegable, como si una nueva realidad se hubiera filtrado dentro del espacio sin que nadie lo notara.
Las lámparas arrojaban sombras demasiado largas, sombras que parecían deslizarse lentamente por las paredes, danzando con una cadencia imposible. El mármol reflejaba luces tenues y parpadeantes, como si el suelo mismo estuviera distorsionado. Un gramófono antiguo giraba en el fondo del vestíbulo, la aguja rozando el disco de vinilo en un movimiento constante. Pero no emitía sonido alguno.
Y en el centro de todo, bajo la única luz que iluminaba el espacio, estaba él.
Alastor.
Vestido con su traje impecable, su postura relajada pero con un aire de absoluta soberanía, apoyado en su bastón con la confianza de un hombre que ya había ganado.
Y su sonrisa…
Esa maldita sonrisa.
Más afilada. Más oscura. Más inquietantemente encantadora.
Charlie sintió que su corazón latía demasiado rápido.
Su instinto le decía que diera un paso atrás, que saliera de ahí antes de que fuera demasiado tarde, antes de que él la envolviera en otro de sus juegos.
Pero sus pies no se movieron.
—No...
Alastor inclinó la cabeza con ese gesto elegante y perezoso que siempre la ponía en alerta.
Sacó un cartel.
“¿No qué, princesa?”
Charlie apretó los dientes.
—Sea lo que sea que estés haciendo, no.
Alastor rió sin sonido, la diversión brillando en sus ojos como si acabara de escuchar el chiste más gracioso del mundo. Luego, chasqueó los dedos.
Nada sonó.
Pero las luces parpadearon.
Las sombras se alargaron.
Y en un abrir y cerrar de ojos, Charlie ya no estaba en la entrada del vestíbulo.
Estaba en el centro.
Frente a él.
El aire se volvió denso y sofocante, como si la habitación entera contuviera la respiración en anticipación. Charlie sintió su espalda chocar contra algo sólido cuando intentó moverse. Las puertas del hotel estaban cerradas.
No había salida.
Alastor levantó una mano y se la ofreció con la paciencia de quien ya conoce el final de la historia.
Charlie miró su mano.
Luego lo miró a él.
No había cartel esta vez.
No lo necesitaba.
Su mirada lo decía todo.
Era un desafío.
Un último juego.
Un baile.
Sabía que no debía hacerlo. Sabía que esto era exactamente lo que él quería.
Pero después de siete días de tortura.
Después de siete días de provocaciones.
Después de siete días de juegos mentales, de contacto prohibido, de miradas demasiado intensas…
Charlie decidió que no le importaba.
Extendió la mano y tomó la suya.
El mundo se deformó en el instante en que sus dedos se rozaron.
El suelo del vestíbulo se oscureció, reflejando luces inexistentes, como si hubieran sido transportados a otro lugar, a otro tiempo.
Las paredes desaparecieron, dejando solo una neblina roja que los envolvía.
Y la música…
Dioses.
Charlie no la escuchaba.
Pero la sentía en cada fibra de su cuerpo.
Era un ritmo que se deslizaba a través de sus venas, vibrando en su piel, en su pecho, en el aire cargado de electricidad estática. Era la melodía de Alastor, la que él mismo marcaba con cada paso.
Y Charlie estaba atrapada en ella.
Alastor la guió a través de la pista invisible con la facilidad de alguien que ha practicado este juego toda su existencia. No hubo titubeos. No hubo dudas.
No hubo reglas.
Solo ellos dos.
Y la presión abrasadora de su cuerpo contra el de ella.
Charlie sintió que su respiración se volvía errática, que su control se desmoronaba con cada giro, con cada roce, con cada momento en que sus miradas se encontraban y ella no podía apartarse.
Cada vez que intentaba decir algo, Alastor la giraba con precisión perfecta, negándole las palabras.
Cada vez que su mente intentaba aferrarse a la cordura, sus manos en su cintura la devolvían al caos.
Cada vez que intentaba apartar la mirada, él se acercaba más, hasta que no quedó espacio entre ellos.
El calor de su piel, la intensidad de su presencia, la manera en que el aire mismo parecía inclinarse a su favor…
Charlie estaba perdiendo.
Y lo sabía.
Pero lo peor de todo era que, en ese momento, ya no quería ganar.
Alastor la inclinó hacia atrás en un movimiento impecable, sosteniéndola con una facilidad casi insultante. Charlie jadeó, su pecho subiendo y bajando con respiraciones entrecortadas mientras sus dedos se aferraban a los hombros de él, como si soltarlo significara caer en un vacío sin fin.
Pero él la tenía.
Oh, él la tenía atrapada desde hace mucho tiempo.
Y lo sabía.
Se inclinó sobre ella, su aliento cálido rozando su piel con un peso invisible.
Y entonces, rompió el silencio.
—Te lo dije, princesa. Yo nunca pierdo.
La voz de Alastor se deslizó por su oído como un veneno dulce, como una promesa sellada.
Charlie sintió un escalofrío recorrerle la espalda, un estremecimiento que no tenía nada que ver con el miedo.
El hechizo se rompió.
El vestíbulo volvió a la normalidad en un parpadeo.
Las luces resplandecieron como si nada hubiera pasado.
Las sombras desaparecieron.
Las puertas se abrieron.
Pero Charlie seguía atrapada.
Porque Alastor seguía sosteniéndola.
Y lo peor de todo…
Era que ella no quería que la soltara.
