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The Boy Who Cried Wolf

Summary:

Jace ha perdido a su madre, y no va a perder a Cregan también.

Work Text:

Dicen que el llanto suele ser liberador y de cierta forma calmante. Dejando que tus emociones fluyan hacia afuera llevándose consigo todo rastro de amargura o decepción.

Este no era el caso, no para Jacaerys.

Su cuerpo se sacudía con sollozos que le desgarraban el alma, una y otra vez arrancando con cada uno de ellos pedazos de su corazón. Jamás pensó que hubiera un dolor tan inmenso como este. Había esperado perder a cualquier persona, a cualquiera menos a ella. No así.

Las paredes frías del hospital lo abrazaban en aquella esquina oscura, podía sentir el helado azulejo calando en su piel. Frío, todo en él era frio desde su pecho hasta las puntas de los dedos de sus pies. Su madre, muerta en el parto de su pequeña hermana.

—Hey, hey, ya llegué —el rizado apenas registró la voz del chico antes de que este se sentara junto a él, rodeándolo con sus brazos y atrayéndolo contra su pecho.

El olor a roble y la sensación de abrigo que el suéter de piel de lobo le estaba propiciando solo lo hizo quebrarse más en lloriqueos, aferrándose a los hombros fuertes y escondiendo su cabeza en su cuello. Solo pudo murmurar un "Creg..." lloroso que fue interrumpido por un hipido.

Ni siquiera los brazos de su novio podían calmar el agonizante desespero de un hijo huérfano, y eso era algo que Cregan entendía perfectamente.

Le costó horas calmarlo. Y él sabía que no lo había logrado por su cuenta, sino más bien por los calmantes que le habían hecho tomar. Pero no iba a darle vueltas a eso, no cuando por fin lucía tranquilo.

Cregan dejó salir un suspiro mientras su mirada estaba fijada en Jacaerys, "el Principito de Rocadragón", como su madre solía llamarlo, siendo él el heredero de la empresa familiar. Su sucesor.

Los cabellos castaños del menor estaban enmarañados cayendo desprólijamente sobre su rostro. Sus codos estaban puestos sobre sus rodillas mientras miraba un punto fijo en la pared. Cregan sabía que la mente del chico estaba corriendo a diez mil metros por segundo y al mismo tiempo estaba vacía. Él había vivido lo mismo unos años atrás.

Aún estaban en el hospital haciendo un papeleo interminable, pero a decir verdad, sólo la tía de Jace se encargaba de eso, tanto su padrastro como él estaban lo suficientemente aturdidos como para poder siquiera moverse.

El camino a casa después de eso no fue miel sobre hojuelas, el heredero estaba en el asiento de copiloto del auto de Cregan, su cabeza apoyada sobre el vidrio opaco.

— ¿Cómo voy a mirar a mis hermanos? —el chico ni siquiera tenía voz, aquello sonó más como un alarido ahogado. Cregan sintió su corazón romperse un poco— ¿Como les explico a Aegon y Viserys que prometí que llegaríamos tres personas a casa y... —un jadeo le cortó el hilo de la conversación—... y ahora solo estoy yo? Porque Visenya está en cuidados intensivos y no hay esperanzas de que pase siquiera la noche.

La mano del piloto descansó en la rodilla del otro, dejando caricias leves sobre la acolchada tela del pantalón de pijama. No sabía ni qué contestar.

— ¿Me esperas un segundo, corazón? —Jace asintió a la pregunta que le hicieron, Cregan bajó del auto y se adentró a la panadería en la que había estacionado. Menos de diez minutos después, volvió con bolsas que dejó en el asiento trasero, extendiéndole luego al castaño un envase de Yogurt recién abierto.

—No tengo hambre —los labios de Jacaerys hicieron un pequeño puchero de cansancio—, en lo menos que pienso es comer.

— ¿Para más tarde entonces? —Cregan recibió otro asentimiento de cabeza antes de encender el motor y gestionar su camino hacia la casa del chico.

Jacaerys había decidido ir a su casa por unas cosas antes de ir a casa de su abuelo, donde sus hermanos estaban siendo cuidados, ausentes de todo el tumulto de sucesos que los estaría golpeando en menos tiempo del esperado. Sus piernas temblaron cuando pasó el pórtico, el olor de su madre inundando sus fosas nasales y el bonito retrato familiar dándole una amarga bienvenida.

— ¿P-puedes ir por mi traje en mi clóset? —en menos de lo que canta un gallo, Cregan hizo lo pedido, escarbando en el delicado armario de caoba. En muy poco tiempo, ya había armado una pequeña maleta con el traje, unas pijamas y un par de zapatos.

Cuando bajó, Jace estaba sentado en el sofá, soltando pequeños hipidos. No había dormido nada desde la mañana anterior y se veía exhausto. Perdido.

Cregan se sentó junto a él, alzándolo sin esfuerzo para ponerlo en su regazo y apretarlo contra su pecho. Acomodó la cabeza de Jace entre su cuello y su hombro, hundiendo sus dedos en el cabello desordenado y castaño, dejando caricias leves. Le cantó canciones de cuna, siseando con su cabeza sobre la de él sin parar los mimos en su cabello. Murmuró palabras dulces, dejó dulces besos en su frente y le secó las mejillas, arropándolo en su abrazo propiciándole un ancla.

No lo soltó en toda la mañana, ni siquiera cuando dejó de llorar. No se le despegó en los dias siguientes, andando a sus espaldas en cada paso que daba como su protector. Ni siquiera en las noches frías, cuando sin importar la hora de la llamada, Cregan llegaba a su cuarto escabulléndose con un sigilo casi lobezno por su ventana para servirle de almohada con la excusa de que no quería pasar la noche solo.

Y Jacaerys no se quejaba, escuchando a su novio canturrear a medianoche para dormirlo.

—«El chico que llora al lobo todos los días, ignorado por la gravedad pero al final, no pregunto por qué» —las pestañas de Jace se hacían pesadas, su cabeza descansaba sobre el pecho de Cregan mientras éste cantaba, paseando las yemas de sus dedos por su antebrazo— «Así que mírame a los ojos, ¿hay alguien ahí dentro? Porque no me estoy yendo».

— ¿No te vas? —la voz de Jacaerys salió en un susurro adormecido, acurrucándose instintivamente contra Cregan.

—No me voy.

Luego de eso, lo único que se escuchó en la habitación fue la respiración pausada del rizado mientras su novio le acariciaba la espalda, tarareando la canción que le había escrito durante cada noche que pasaron en vela.

Arrullados por la luna en labios susurrantes y miradas calmantes.