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—No esperaba despertar con una vista así—Jacaerys miraba con hambre al miembro monstruoso que se alzaba orgullosamente entre las piernas de su lobo, no tenía nada que envidiarle a su forma lobuna.
Su vista siguió deslizándose por el cuerpo que le había dado tanto placer, pero algo inusual captó su atención. Cregan sostenía despreocupadamente la cabeza de alguien entre sus feroces garras, que aún conservaba a pesar de estar en su forma humana.
Jace observó con desconcierto como su lobo lanzaba al suelo, la cabeza de una desconocida mujer que todavía poseía una expresión de absoluto horror. (Shiera Velaryon, Cadáver Exquisito).
— ¿Quién es? —el castaño inquirió, su voz con tintes asquientos mientras su mirada cayó en el cráneo inmóvil y sanguinolento.
Se levantó de la cama, el líquido blanquecino y viscoso deslizándose por sus muslos ligeramente escamosos cada vez que daba un paso hacia el pedazo de carne que no le parecía más que putrefacto.
—Alys, bruja, Rivers —el más grande contestó, parándose tras el para rodearle la diminuta cintura con escudetes rojizos, posicionándose para pegarse al costado del príncipe, las gigantescas alas aún tras él—. Prometí que incendiaría el mundo por ti, pero no puede evitar desgarrarlo un poco si esta impía alma llegó a mi puerta rogando tu perdón.
“Rogando por mi perdón” pensó Jacaerys, antes de pedir ser llevado a los otros restos de la mujer. La examinó con cuidado, abrió la vieja bolsa con cautela para hurgar en ella. Halló pergaminos escritos en su lengua ancestral y una botella de madera cual destapó.
Cuando el olor inundó sus fosas nasales, que parecían aún más sensibles. Era nauseabundo, tenía tintes blanquecinos y pegajosos. Semilla. Ligada con algo más. Magia. Entonces lo supo, pues el hedor era tan familiar que recordó como hace semanas viajó por su garganta.
Fue esto lo que se cultivó en su vientre, semilla maligna, oscura y detestable. Inhumana tal vez.
— ¿Qué has hallado, mi hermoso fuego? —el Señor del Bosque preguntó, acunando su rostro caliente con sus grandes manos haciendo que los ojos avellanas se cerraran ante el cálido contacto.
— ¿Qué has encontrado que ha revuelto esas preciadas entrañas tuyas?
—Nada que no sospechara —el dragón dio respuesta. Abrió sus orbes, las que se tornaron rojas en pura carnífice—. Tendré mi trono.
—Y lo tendrás, dragón mío. Todo lo que desees lo tendrás.
Como el lobo habló, se hizo. Viajaron a Invernalia donde la Señora Sara Stark, bruja y pariente del mismo envió cuervos a todo Westeros, alegando que el Legítimo Heredero del Trono de Hierro requería su presencia en Rocadragón a la brevedad. Una vez que Jacaerys volvió a su hogar ancestral (después de haber aprendido cómo ocultar a su dragón interno), ya había representantes de las casas más poderosas esperándolo alrededor de la mesa de piedra encendida.
—Vosotros habéis jurado lealtad a mi abuelo como Rey y a mi madre como Heredera —sus pasos retumbaban por el suelo del castillo, con la mirada en alto y la espada en su cinturón. Cregan estaba parado justo tras él, al pendiente de todos los ojos que se posaban en su príncipe—. Tras su muerte, mi hermano y yo fuimos cautivos por la Viuda Consorte, cuando ellos nombraron a su propio y usurpador Rey —el asco le invadía la voz—. Asegurando que la Sangre de Dragón no podía quedar en manos de bastardos donceles.
Cregan gruñó, tomaría a quien había dicho eso sobre su amo y señor y lo despedazaría en cuanto lo viera.
—Por lo que sé, vosotros no habéis hincado rodilla ante los Usurpadores —continuó, parándose justo en la cabecera de la mesa.}
—Hincad vuestra rodilla ante el Legítimo Heredero, Jacaerys Targaryen, o sucumbid ante el Fuego de Dragón. Tenéis una decisión —fueron las únicas palabras que el lobo pronunció.
Uno a uno, a los pies del Joven Dragón, cada uno de los presentes juraron lealtad. Una lealtad tan pura como el deseo que rodeaba a la nueva pareja, que aprovechaba las noches para escabullirse hacia las fosas y mostrar sus seres ocultos, luchando entre besos y gemidos por dominancia y sumisión.
Y aunque era Cregan quien terminaba enterrándose repetidamente, con las manos en las caderas escamosas, no era un secreto que el hombre dueño de todas la criaturas más allá del Muro hallaba su total rendición en Jacaerys.
Si el joven doncel le pidiera su corazón en una bandeja de plata, gustoso se la obsequiaría decorado con sus propios colmillos.
—Mañana —Jace jadeó, su cuerpo temblando en cada ferviente salto que daba sobre los muslos peludos de la bestia, quien tenía una de sus manos en su cintura y la otra halando el cabello castaño—. Mañana tendré —un gemido agudo se le escapó cuando Cregan se arqueó, dándole una estocada certera—…, mi trono.
—Tendrás tu Reino, tu Trono, y un buen lugar para dar a luz a bebés de hielo y fuego —el lobo gruñó, encajando sus dientes en el cuello escamoso de su compañero— Míos.
—Tuyos —el dragón contestó una y otra vez mientras montaba las olas de placer justo como había cabalgado a la bestia bajo él—. Todos tuyos.
