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LILIANA
El 13 de octubre de 1972 nuestro avión fletado a la Fuerza Aérea Uruguaya chocó contra una de las montañas de la Cordillera de los Andes. Los pilotos planificaron ir al sur y tomar el paso del Planchón que es el punto más bajo de la Cordillera para recién de ahí cruzar hacia Chile y enfilar en dirección norte hasta Santiago.
Pero el fuerte viento en contra y un error en el cálculo del tiempo necesario ocasionó que el viraje e inicio del descenso se realice antes de tiempo mientras aún estábamos entre los picos más altos de los Andes.
Solo quedamos Javier y yo como los más adultos. Estos nenes que nunca antes habían visto la nieve apenas están en sus 20 años o algo más, así que me siento un poco madre de todos ellos, sin olvidar que tengo cuatro hijos que nos esperan en Montevideo. ¡Mis pobres niños! Temo que mi bebé de 3 años llore al no encontrarme, pero Javier siempre me tranquiliza, aunque su situación me preocupa: estamos como a 3000 m de altitud y a él lógicamente le afecta y le causa unos mareos muy fuertes, además de cierta confusión que lo hace tambalear cuando camina.
Susy empieza a reaccionar mejor al cuidadoso, aunque precario y modesto tratamiento que recibe por parte de nuestros dos jóvenes doctores. Ya puede reconocer a la mayoría de los amigos de su hermano, así como establecer una conversación casi normal. Las lesiones van cediendo poco a poco, pero aún no es aconsejable movilizarla. Roberto le fabricó una especie de corsé o arnés. Afortunadamente, al parecer, el frío que nos tortura también hace un buen trabajo con Susana, al igual que con Nando al ayudar a desinflamar la fractura de cráneo que él tuvo.
Roberto aconseja darle más agua. Es una tarea que motiva a Roy, Coche y Moncho, quienes aprovechan una oportunidad para colaborar con el grupo en derretir nieve, ya que, por encontrarse muy débiles, los más fuertes les han aconsejado reposar. Pero ellos no están conformes con la situación; quieren ayudar tanto como los demás. Entre las cosas que Nando Tintín y Roberto trajeron de la cola, encontraron un estuche con medicamentos; hay coagulantes, antibióticos y más analgésicos. No sabemos a qué pasajero pertenecen. Quizá al médico del Old Christians Club.
Carlitos y yo ayudamos a Susy a ponerse más prendas de lana, unos tres pares de calcetines y los zapatos de rugby de uno de los chicos. Pero hay un problema: la comida.
— Liliana, ¿qué es lo que me están dando de comer? Porque tiene un sabor raro…
Yo podría explicárselo, pero es mejor que lo haga Nando. Así que lo llamé y luego me alejé un poco.
NANDO
Aún me atormenta la culpa de haber convencido a Susy de acompañarme. Afortunadamente, mamá desistió de viajar, sino ella estaría también herida. Pero imagino su desesperación, al igual que la de mi padre, al creer que nos han perdido para siempre. Solo recordarlos me impulsa al deseo de salir de aquí a toda prisa. Intento no mostrar miedo escudándome en una imagen de serenidad; sin embargo, estoy aterrorizado.
Susy es todo lo que tengo ahora, me convertí en su mayor confidente, después de mi madre, claro. Había tal cariño y complicidad en sus miradas y susurros que para mí esos momentos eran sagrados intentando no interrumpirlas. Hoy, que estoy en este avión aplastado como si fuese un gusano, abrazo a mi hermana sin saber qué hacer para devolverle la salud, siento que en cada aliento suyo la voy perdiendo un poco más. Me conmueve saber que apenas tiene 20 años y casi no conoce el mundo como para terminar así. Si ella muere y nos rescatan no sé qué diré a mis padres. Solo quiero escapar de aquí para decirles que tanto Susy como yo luchamos por vivir, pero no sé si ella lo logrará.
Liliana se acerca suavemente a mi lado y me pide aquello que por tanto tiempo evité. Así que voy decidido a hablar con mi hermana y contarle la verdad sobre nuestra alimentación.
Le hablo a mi hermana con mucha suavidad y ella empezó a llorar, gritar y reclamarme. Sucedió lo que yo temía: la reacción de Susy era previsible y lógica, pero mi labor es convencerla. Hace el intento de vomitar, pero lo impido y me dirijo a ella con mayor severidad.
—Susana, es importante que te recuperés. Yo no volveré solo a casa; lo haremos vos y yo juntos, pero necesito que colabores y te alimentes.
—Nando, no puedo. Esto es horrible. No me obligues, por favor. ¡Son personas!
Suspiro con resignación y la miro de tal modo que sus ojos no huyan de mí.
—Susy, no quiero que mi último recuerdo tuyo sea de esta forma. Si Dios lo quiere, volveremos juntos, pero, de no ser así, quiero que al menos vos regresés a casa y estés a salvo.
—¿Eso qué significa?
—Tengo que atravesar las montañas a buscar ayuda.
—¡No te vayas! ¡No me dejes sola! —grita entre lágrimas, mientras estruja mis manos con desesperación
—Susy, no llorés, lo hago por nosotros dos, pero también por todos nuestros amigos. Y necesito que me ayudes. Solo te pido que sobrevivas. Que todo este esfuerzo que hicimos mis amigos y yo no se quede solo en agradecimiento por parte tuya, sino en acciones concretas para luchar y sobrevivir. Necesito también que cuidés y observes a los demás chicos que se quedan aquí, en el fuselaje, que están muy débiles.
—Intentaré apoyarlos como tú lo hacés. Pero no puedo moverme. No sé cómo ayudarte y a ellos.
—Solo que te fortalezcas con esta dieta que ahora te parece muy extraña, pero es importante porque no se sabe qué vendrá mañana.
En cuanto a Numa, nunca he visto a una persona tan fuerte y con tanta determinación consumirse en cuestión de semanas. Siento que él ya es nuestro hermano, nunca nos ha fallado aquí en la montaña. Tiene nobleza y agallas; lo sé porque, desde las primeras semanas luchó como un león para sobrevivir y para apoyarnos colaborando en todo. No es algo que un muchacho como él proclame a voces; a pesar de su silencio y serenidad, es algo que se nota en la mirada y en algunas pequeñas acciones que podrían pasar inadvertidas para algunos, pero no para mí. Afortunadamente, cuenta con el cariño de todo el grupo, especialmente de Pancho, Coche, Javier y Liliana, quienes lo han tomado bajo su cuidado. Me acerco a él con un plan para motivarlo a vivir.
—Numa, pronto saldremos de aquí.
—Yo sé que ustedes lo lograrán, —me responde intentando animarme, pero su antes apacible mirada color de miel se ha quedado vacía.
Lo tomo de las manos, que ya están sin fuerzas. —Numa, yo sé que no acompañarnos en la expedición final te ha desanimado mucho, pero tenés que vivir. Roberto aconsejó que te quedes y es por tu bien, todos estamos de acuerdo. Sos muy necesario también aquí en el fuselaje.
—Nando, yo ya estoy perdido. Pero me voy en paz y sin deudas con la vida.
—Numa, es importante que me escuches con atención. Necesito que cuides a mi hermana mientras yo no estoy. No le puedo encargar esto únicamente a Liliana porque también necesita cuidar de ella misma y de Javier. Coche está débil, al igual que Roy. Gustavo y los Strauch están viendo por todos los que se quedan.
—Pero ellos están en mejores condiciones que yo.
—Numa, te lo pido por un motivo muy especial. Por favor, acompaña a Susana. No dejés que ella muera. Yo sé que tu generosidad te impide ser un poquito egoísta y tratar de cuidar de vos, pero apelo a tu bondad y te pido que luchés por tu propia vida para que cuidés de la de mi hermana mientras yo no estoy. Hacelo por mí. Intentá comer un poco más para superar la infección de tu pierna. Posiblemente en unos días ya puedas estar en condiciones de acompañarnos para salir nuevamente hacia Chile, si hay algún problema en nuestra expedición. Te lo ruego, por favor, no abandonés a mi hermana. Vamos a salir de aquí todos juntos, vos vas a estar con nosotros. No me voy a rendir pero tampoco quiero que vos lo hagás. Por favor, Numa.
Solo espero que mi plan dé resultado...
