Chapter Text
Los adolescentes viven por las hormonas, los amoríos y por la escuela. Es todo lo que necesitan para vivir. Casi todos.
El primer día de preparatoria no era difícil para la mayoría, como para Petey, quien era conocido como alguien extrovertido, gracioso y, sobre todo, insoportable. Petey tenía el talento especial de meterse con los demás sin razón aparente. Siempre encontraba la manera de hacer un comentario sarcástico, de burlarse de alguien o de llamar la atención con sus payasadas. No lo hacía porque fuera feliz. En realidad, era una forma de distraerse de su propia vida, de los problemas que prefería no enfrentar. Pero, aunque muchos lo reían, pocos lo consideraban realmente su amigo.
Dogman, en cambio, era todo lo opuesto. Amable, dulce y siempre dispuesto a ayudar, era el tipo de persona que hacía favores sin esperar nada a cambio. No hablaba mucho o en realidad no hablaba, pero su presencia era reconfortante. Mientras Petey llenaba los pasillos con su risa escandalosa y comentarios punzantes, Dogman simplemente caminaba tranquilo, con una sonrisa en el rostro.
La preparatoria era un mundo nuevo, y aunque Petey y Dogman ya se conocían, en la escuela sus caminos rara vez se cruzaban.
—¡Oye, Dogman! —gritó Petey desde el otro extremo del pasillo. —¿Listo para sobrevivir al primer día?—
Dogman asintió con una leve sonrisa, pero antes de que pudiera hacer o decir algo más, Petey ya estaba metiéndose con otro estudiante, quitándole la gorra y lanzándola por los aires.
Dogman suspiró. Sabía que Petey no era malo, solo… complicado. Y, aunque la mayoría prefería alejarse de él, Dogman no era como la mayoría.
Ese primer día de preparatoria estaba por comenzar.
Las primeras horas del día pasaron sin mucho problema. Los pasillos estaban llenos de caras nuevas y viejas, algunos emocionados por la preparatoria y otros, como Dogman, simplemente esperando que todo saliera bien.
Cuando llegó la hora de la tercera clase, Dogman revisó su horario y notó algo que no había previsto.
Literatura. Salón 2B.
Miró alrededor mientras caminaba, observando a los demás estudiantes dirigirse a sus respectivas aulas. Se sintió aliviado al notar que conocía a algunos rostros… hasta que vio a Petey apoyado contra la pared junto a la puerta del salón.
—¿Qué tal, compañero de clases?—dijo Petey con una sonrisa burlona.—¿Listo para disfrutar de la magia de la literatura?—
Dogman parpadeó sorprendido. ¿En serio compartían una clase? Petey no era precisamente el tipo de persona que imaginaba disfrutando de los libros, lo había visto leer comics pero solo eso.
Dogman simplemente asintió y entró al aula. Petey lo siguió, tomando asiento justo detrás de él.
Cuando la profesora entró y comenzó la clase, Dogman intentó concentrarse, pero Petey no se lo hizo fácil.
—Pst, Dogman.—
Dogman fingió no escucharlo.
—Pst, Dogman —insistió Petey, dándole un leve golpecito con el lápiz en la espalda.
Dogman suspiró y volteó levemente.
—¿Sabías que el autor de este libro murió aplastado por una montaña de sus propios manuscritos?—
Dogman alzó una ceja, claramente dudando de esa información.
—Lo leí en internet —agregó Petey con seriedad fingida. —O lo inventé. ¿Quién sabe?—
Dogman negó con la cabeza y volvió a mirar al frente, tratando de enfocarse en la clase. Pero Petey no se detuvo ahí.
Cada vez que la profesora hacía una pregunta, Petey susurraba respuestas absurdas para intentar hacerlo reír. Cuando la profesora comenzó a leer en voz alta, Petey empezó a susurrarle dramatizaciones exageradas al oído. Dogman se cubrió la boca para no soltar una carcajada.
El colmo fue cuando Petey arrancó una hoja de su cuaderno, escribió "S.O.S." con letras enormes y la deslizó sobre el escritorio de Dogman. Fue justo en ese momento cuando la profesora los atrapó.
—Petey, Dogman, ¿hay algo que quieran compartir con la clase? —preguntó con los brazos cruzados.
Dogman negó rápidamente, pero Petey, sin perder la compostura, levantó la hoja con el "S.O.S." y dijo:
—Solo estábamos pidiendo ayuda, profe. Esta clase está matando nuestra creatividad.—
Algunas risas se escucharon en el aula, pero la profesora no parecía divertida.
—Se quedan después de clase.—
Dogman suspiró mientras Petey le daba una palmada en el hombro.
—Valió la pena, ¿no crees?—
Dogman no respondió. Solo apoyó la cabeza en su mano, esperando que el tiempo pasara rápido.
Cuando la clase terminó y todos se fueron, Dogman y Petey se quedaron en sus asientos mientras la profesora les daba un sermón sobre respeto en el aula.
—Espero no volver a ver este tipo de comportamiento en ninguno de los dos —dijo la profesora antes de dejarlos ir.
Cuando salieron del salón, Dogman se dispuso a marcharse, pero sintió una mano en su hombro.
—Hey, espera —dijo Petey con una voz mucho más seria que de costumbre.
Dogman lo miró, algo sorprendido.
—Sé que a veces soy molesto —admitió Petey, rascándose la nuca. —Bueno, la mayoría del tiempo. Lamento eso, pero en ocasiones en divertido meterte en problemas.—
Dogman parpadeó. No esperaba una disculpa, lo miró por un momento y luego asintió con una pequeña sonrisa.
—¿Eso significa que me perdonas? —preguntó Petey, inclinándose un poco hacia él.
Dogman rodó los ojos con diversión y siguió caminando.
—¡Eso es un sí! —dijo Petey, siguiéndolo con una sonrisa satisfecha. —Vamos, Dogman, no puedes negar que al menos te divertí un poco.—
Dogman negó con la cabeza, pero no pudo evitar sonreír, por alguna razón que todavía no entendía Petey lo hacía sonreír.
El sol comenzaba a bajar en el horizonte, tiñendo de naranja y rosa el cielo sobre la preparatoria. El primer día de clases había terminado, y los estudiantes salían en grupos, charlando sobre sus nuevas materias, profesores y las primeras impresiones de la escuela.
Dogman caminaba solo por la acera, con su mochila colgada de un hombro. No le molestaba la soledad; de hecho, la encontraba reconfortante después de un día de ruido y caos. Sin embargo, apenas dobló la esquina hacia el parque que atravesaba para llegar a casa, escuchó voces conocidas detrás de él.
—¡Ey, Petey! Ahí está tu nuevo mejor amigo— dijo una voz con tono burlón.
Dogman no tuvo que voltear para saber de quiénes se trataban. Eran los chicos con los que Petey solía juntarse. No eran precisamente amigos, pero siempre estaban ahí cuando se trataba de hacer bromas pesadas o de demostrar quién era el más rudo.
—¿Qué onda, Petey? —dijo otro. —¿Desde cuándo te juntas con tipos como él? Pensé que te gustaba hacer reír a la gente, no quedarte con los raritos.—
Dogman apretó un poco los labios. Ya sabía lo que venía.
Petey soltó una risa seca, pero Dogman pudo notar que no era real.
—Nah, Dogman y yo solo tuvimos la mala suerte de compartir una clase —dijo encogiéndose de hombros. —No significa nada, somos más como enemigos.—
—Entonces demuéstralo —insistió el primero, con una sonrisa maliciosa. —Anda, dale un empujón. Que sepa cuál es su lugar.—
Dogman sintió un nudo en el estómago, sabía que podía defenderse sin problema que le daría una paliza a cualquiera de ellos sin dificultad.
Se hizo un breve silencio. No lo veía, pero podía imaginar a Petey debatiéndose internamente. Sabía que su amigo no quería hacerlo.
Pero entonces sintió las manos de Petey en su espalda. No fue un golpe fuerte, pero sí suficiente para hacer que tropezara unos pasos hacia adelante.
—¡Oops! —dijo Petey, con su tono de burla característico. —Creo que Dogman es más torpe de lo que pensaba.—
Las risas de los otros chicos llenaron el aire.
Dogman no se giró de inmediato. Se quedó unos segundos en el lugar, con el corazón latiéndole fuerte.
—Vamos, hazlo de verdad —dijo uno de los chicos. —Empújalo bien.—
Petey no respondió de inmediato.
—Bah, ya fue suficiente —dijo finalmente. —No es divertido molestar a alguien que ni siquiera reacciona.—
—Qué aburrido te has vuelto —se quejó otro, pero poco a poco se dispersaron, perdiendo el interés.
Dogman finalmente se giró y vio a Petey, que evitó mirarlo a los ojos.
Por un momento, Dogman pensó en decirle algo. En preguntarle por qué había hecho eso. Pero en el fondo, ya lo sabía.
No lo hacía porque lo disfrutara. Lo hacía porque debía mantener su imagen.
Dogman respiró hondo y siguió caminando.
—Oye… —escuchó la voz de Petey detrás de él.
Pero Dogman no respondió.
No estaba enojado. Solo… cansado.
Y más que nada, le dolía saber que Petey se odiaría a sí mismo por esto.
Dogman caminó el resto del trayecto en silencio, con la vista fija en el suelo y los pensamientos dando vueltas en su cabeza.
Al llegar a su casa, sacó las llaves y abrió la puerta. El interior estaba oscuro y silencioso, como siempre. No era algo que le molestara; de hecho, el silencio le gustaba. Le permitía relajarse después de un día largo, sin el ruido de la escuela ni las voces de los demás llenando su cabeza.
Se quitó la mochila y la dejó en el sofá antes de dirigirse a la cocina. Preparó una cena sencilla y se sentó a comer solo, con la única compañía del sonido del refrigerador y el tictac del reloj en la pared.
No le molestaba estar solo.
Pero a veces…
A veces extrañaba lo que alguna vez fue su familia.
Recordaba las risas que llenaban la casa, las voces que le daban vida al espacio. Pero ahora solo quedaban ecos de esos días, y por más que intentara acostumbrarse, una parte de él siempre sentía ese vacío.
Suspiró y terminó de comer. Luego se dirigió a su habitación, se dejó caer en la cama y cerró los ojos. Mañana sería otro día.
Mientras tanto, en otro punto de la ciudad, Petey hacía todo lo posible por no regresar a casa.
—¿Qué hacemos? —preguntó, mirando a los chicos con los que solía juntarse.
—Ni idea.—
—Podríamos ir al parque.—
—Ya está oscuro.—
—¿Y si damos una vuelta por la plaza?—
—Nah, qué flojera.—
Petey intentó varias veces proponer algo, cualquier cosa, pero nadie parecía interesado. Poco a poco, el grupo se fue dispersando hasta que se dio cuenta de que estaba solo.
No le quedaba más opción.
Con un suspiro, comenzó a caminar de regreso a su casa.
Al llegar, abrió la puerta con cuidado, como si eso pudiera evitar lo inevitable.
—Mira nada más quién decidió aparecer —la voz grave de su padre lo recibió desde el sillón.
Petey evitó mirarlo y trató de pasar de largo, pero su padre no se lo permitió.
—¿Qué? ¿Te crees muy importante ahora que vas a la preparatoria? ¿Piensas que eres mejor que los demás?—
Petey apretó los dientes. Sabía que cualquier cosa que dijera solo empeoraría la situación, así que guardó silencio.
—Eres un chiste —continuó su padre, con una sonrisa burlona.— Siempre actuando como si fueras el centro de atención, como si a alguien le importaras. ¿Sabes qué es lo más gracioso? Que en cuanto dejes de hacer payasadas, nadie va a querer estar contigo. Porque no eres nada.—
Las palabras golpearon más fuerte de lo que Petey quería admitir.
—Vete a dormir antes de que me dé más vergüenza tenerte aquí.—
Petey tragó saliva y subió las escaleras rápidamente, cerrando la puerta de su habitación detrás de él.
Se dejó caer en la cama y cerró los ojos, pero las palabras de su padre resonaban en su cabeza.
"Nadie va a querer estar contigo."
Se giró sobre el colchón y se cubrió la cara con el brazo, tratando de bloquear todo.
Mañana sería otro día.
O al menos, eso esperaba.
