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Si hay algo que Rin odia en su vida es a los entrometidos; por ello, no puede evitar que una vena aparezca en su frente y que sus ojos fulminen a los tres idiotas que lo siguen de cerca cada vez que voltea, hastiado, e intenta hacer que se callen con su mirada enojada, pero lo ignoran. La situación incluso le ha sacado algunos gruñidos de sus labios.
Mientras camina por la acera, ojeando de vez en cuando las vitrinas de la calle, escucha cómo sus “apreciados” acompañantes parlotean detrás de él sin parar, haciéndole perder la paciencia en proporciones enormes. No le extrañaría que su puño terminara estrellándose en uno de sus fastidiosos rostros. Se siente demasiado estresado (y preocupado) por el poco tiempo que le queda para lograr su objetivo como para que esos tres bastardos le sigan arruinando el día.
—¡Eres un genio, Karasu! —escucha halagar al más joven del grupo, Charles.
—Estoy de acuerdo —responde la maldita cucaracha, su voz tan fastidiosa como asquerosa lo hace gruñir una vez más—. ¡Tu regalo es súper original! —agrega el rubio.
—Gracias, gracias —el cuervo se alaba con voz fanfarrona.
No entiende la razón de tanto parloteo. ¿Qué se supone que hay en la bolsa que Karasu recogió en una joyería hace unos minutos? Debe admitir que siente curiosidad, no porque le interese lo que el cuervo le vaya a regalar a su novio, sino porque el obsequio que tiene puede darle al menos un poco de inspiración para conseguir uno propio. Ahora se arrepiente de ignorar el momento en que se lo mostró a los otros dos idiotas; tal vez deba tragarse su orgullo y preguntar.
¡Claro que no, ni loco! No va a caer tan bajo como para pedir que Karasu le muestre el regalo, pero todo cambia cuando en su mente aparece la imagen del motivo de su excursión por la ciudad en busca de un obsequio: Nanase y su sonrisa se dibujan en su cabeza, incluso su andar se detiene.
Mierda, parece un idiota enamorado (sabe que lo es). Nunca esperó serlo, pero cuando se trata de Nijiro Nanase, todo su mundo se pone de cabeza.
Ese chico, con sus facciones tranquilas y relucientes, de ojos vivos y brillantes que siempre lo observan como a la mayor de las estrellas, de voz alegre y, muchas veces, acogedora; de personalidad hiperactiva y que tiene el defecto (que ya no le fastidia tanto) de hablar como si su vida dependiera de ello, literalmente había hecho de él un desastre, tanto que llegó al punto de prácticamente rogarle a Loki que le pida a Ego un permiso para salir de las instalaciones y así buscar un regalo de San Valentín para Nanase, su Nanase. ¿Logró su objetivo? Sí, pero hubo dos puntos que lo llenaron de impotencia y le hicieron soltar maldiciones: debía ser acompañado por Shidou, Charles y Karasu (el último también tenía casi su misma misión) y, para su mala suerte y propio descuido, nunca pensó en qué regalarle a Nijiro.
El primer problema lo supo soportar con mucho esfuerzo, pero el segundo le estaba sacando canas verdes. ¡¿Por qué era tan difícil escoger un regalo?! Había miles de opciones, pero no quería recurrir a los típicos clichés de rosas, chocolates o animales de peluche; quería darle algo especial a Nanase, algo que, cada día que pasara, lo viera a su lado y le recordara a él. Sonaba algo posesivo, pero así era Rin.
Dando un suspiro donde creyó dejar salir hasta la última gota de su obstinado orgullo, se dio vuelta y se acercó a los otros tres, quienes lo observaron confundidos y con cara de “¿Y este qué?”.
—¿Puedes mostrármelo? —pregunta; su voz es pesada y suena más como una orden. Su dedo índice señala la bolsa que el azabache sostiene en su mano derecha.
Karasu parece dudar, pero lentamente levanta la bolsa para sacar su contenido, todo ante la mirada atenta y curiosa de los dos rubios (aunque ya supieran de que se trataba). Rin se mantiene neutro mientras espera. La mano de Karasu sale del plástico acompañada de una linda caja de terciopelo rojo que abre con cuidado, dejando a la vista dos collares con dijes muy peculiares: una pluma con detalles azulados y un shuriken con detalles verdosos. Rin no tarda en relacionarlos con los correspondientes apodos de Karasu y su novio, ese chico de mechón verde cuyo nombre no recuerda exactamente. Aunque parezca extraño, Rin halaga la creatividad de su compañero; no es voz alta, pero lo hace a la par que se maldice por no haber pensado en algo así antes.
—Los encargué a la joyería hace casi un mes —menciona con tranquilidad, y eso pega directo en Rin, aunque sus palabras no tuvieran ese propósito.
—Piensas en todo, Karasu —dice Shidou mientras se asoma a ver los collares.
—¿Y cómo supiste las medidas de Otoya? —Charles también se acerca y pregunta con un toque de curiosidad en su voz. Karasu hace una pequeña mueca que parece de terror.
—Solo diré que escabullirse en el estrato español es peligroso; Laviho casi me estrangula cuando me encontró midiendo el cuello de Toya —cuenta, recordando esa noche mientras cierra la caja y la regresa a la bolsa—. Debió pensar que era un rarito.
—¿Para qué querías ver el regalo de Karasu, RinRin? —el Itoshi menor chasquea la lengua; sabía que Shidou no se quedaría con la boca cerrada.
Rin suspira por milésima vez en el día y se pregunta a sí mismo si sería lo correcto contarles a esos tres su problema. Cree fielmente que eso sería una tontería, pero tampoco la posibilidad de, aunque suene loco, pedir su ayuda está del todo descartada. Intenta encontrar más opciones, pero su mente no es capaz de hacerlo y se da por vencido; después de todo, no tiene mucho tiempo. Es más de medio día y solo tienen permiso hasta las cuatro de la tarde.
Bien, no queda otra opción; todo sea por su chico de campo.
—Necesito que me... —da un suspiro, aún incrédulo por lo que está a punto de hacer. Siente la mirada expectante y ansiosa de los otros—. Ayuden a encontrar un regalo para Nanase —termina de hablar y espera la reacción ajena.
Rin podría jurar que el mismísimo demonio lo poseyó al oír la risa de Shidou y Charles.
—¡El gran Rin Itoshi no sabe qué regalarle a su novio! —Shidou le da golpes en la espalda mientras que otra de sus manos sostiene exactamente su estómago en un intento de calmar su, a opinión de Rin, escandalosa risa.
—¡Mierda, eres un tonto! —el rubio menor se une a la burla y lo señala de manera juzgona; de sus labios también sale una estruendosa risa que, al igual que la de Shidou, hace que Rin se salga de quicio.
—Nunca esperé eso de ti, genio —Karasu se cruza de brazos; Rin agradece que al menos no ría como un desquiciado e infantil.
—¡Detente, maldito antenas! —exige ya harto mientras sujeta el brazo de Shidou, deteniendo sus tontos golpes.
—Hazle algo a Shidou y no te ayudaremos —Charles habla con tono serio, o al menos lo intenta, pues alguna que otra risita entrecortada se escapó de sus labios.
Rin suelta al moreno, pero igualmente su cara se deforma en una mueca fastidiada. Los dos rubios siguen riendo un poco más bajo.
—¿Por qué no pensaste en eso antes? —pregunta el único que parece más serio de los tres.
—No pensé que fuera tan difícil.
—¡¿Difícil?! —exclama Ryusei a su lado.
—¡Hay miles de opciones, idiota! ¡Dah! —es increíblemente estúpido que esos dos completen sus frases.
—No quiero ser un tibio que regale algo básico; quiero darle a Nanase algo especial.
—¿Y según tú qué es básico? —si bien la voz de Shidou le molesta cada vez que lo escucha, ahora lo hace el triple.
—Chocolates, osos de peluche, flores. ¿Sigo? —habla con normalidad.
—Las flores no son básicas —el tono de voz que el rubio mayor utiliza parece recalcar una obviedad—. Si pudiera, llenaría a Sae-chan de ellas mañana. —Shidou suelta un pequeño sollozo que parece real, pero no es seguro que lo sea.
—Estoy de acuerdo —Karasu se une a la discusión—. De hecho, pensaba en regalarle algunos lirios a Otoya mañana para acompañar los collares.
—¡Esa es la solución! —el más joven de todos se acerca con el rostro animado y una sonrisa en el rostro.
—¿Qué se te ocurrió? —pregunta Shidou con emoción mientras se acerca al chico. El francés gira la cabeza y fija su mirada en Rin.
—Compraras lo que llamas básico, RinRin —el Itoshi frunce el ceño.
—Creo que fui claro cuando dije que no quería hacerlo. —Esos dos se están ganando un buen golpe. ¿Qué, acaso están sordos?
—Déjame explicarlo; compraras todo lo que nombraste como un acompañante para el regalo que deseas que sea único. Mientras conseguimos todo eso, podemos pensar en algún obsequio especial. —Charles habla como si acabara de decir la mayor idea del mundo, que, aunque no admitiera, a Rin le servía.
—¡Eres un pequeño genio, Charles! —Shidou no tarda mucho en comenzar a jugar con el cabello del menor, haciendo un desastre de él, pero el francés no parece molestarle, pues ríe junto con Ryusei.
—Duele un poco aceptarlo, pero es una buena idea —menciona Karasu, cruzándose de brazos.
Rin se relaja un poco y suspira.
—Lo haremos —acepta por fin, y Charles parece ser el más feliz con la respuesta positiva.
—¡Seremos cupidos!
[...]
La primera parada fue una tienda de peluches que, para el mal gusto de Rin, estaba repleta. Fue gracias a la agresividad de Shidou que lograron entrar al lugar sin mucho esfuerzo.
Una vez adentro, comenzaron a buscar la mejor opción en los estantes; cada uno esquivaba gente y tomaba un peluche diferente que le llevaban a Rin para ser aprobado.
Había pasado más de media hora y Rin no había aprobado ninguno.
Mientras esperaba que los autonombrados por Charles “cupidos”, Rin recorrió la tienda con atención. Fue entonces que sus ojos se fijaron en el estante más bajo: el peluche era un oso pardo, ni tan grande ni tan pequeño; sus ojos eran azules con leves toques violáceos y su ropa solo era una pequeña camisa morada con un corazón estampado en la tela que guardaba un “I love you” en letra cursiva e hilo negro.
Era perfecto.
Se apresuró a acercarse, se puso en cuclillas frente al estante, pero cuando estaba por tomarlo, un brazo repleto de brazaletes coloridos se adelantó y tomó el juguete. Rin levantó la mirada y se encontró con una niña de casi cinco años de cabellera castaña y expresión sonriente.
—Yo llegué primero —dijo, y la niña pareció entender sus intenciones de reclamar el oso de felpa.
—Pero yo lo tomé primero —un argumento tibio, a opinión de Rin, pero válido.
—¿Cuánto quieres para dármelo? —sonaba incluso insensible, pero deben entender a un enamorado desesperado.
—No te lo daré —la pequeña se aferra al juguete con posesividad. Ante la negativa de la niña, Rin chasqueó la lengua.
Una idea llegó a su cabeza.
—Dime, enana, ¿amas a alguien? —preguntó con la serenidad que lo caracteriza.
—Sí, a mamá.
—Ya veo, ¿sabes? Yo también amo a alguien y quiero darle un obsequio como prueba de ello. —La niña castaña ladea un poco la cabeza curiosamente.
—¿Quieres darle esto? —lentamente, la pequeña separa el peluche de su pecho y lo pone enfrente de Rin.
—Sí.
—¿La persona que amas lo cuidaría bien? —Rin ni siquiera piensa en esa pregunta y responde de inmediato.
—Lo hará, créeme, él cuida y ama incluso a las personas que están rotas. —La menor sonrió.
—Te lo daré, pero jurarás que estará bien. —El azabache asiente y lleva su mano a su pecho ante la atenta mirada de la niña.
—Lo juro. —Dijo, y con una sonrisa, la pequeña le entregó el oso para luego salir corriendo.
Con su objetivo en brazos, Rin se pone de pie y admira el oso; le recuerda un poco a Nanase. Por el momento, solo quedan las flores y los chocolates; aún no elige el regalo especial, pero tiene la seguridad de que alguna idea llega a su mente o a la de sus “cupidos”. ¿Quiénes, por cierto, dónde se habían metido?
—Creo que esto servirá como soborno contra Sae-chan —escucha la voz de Shidou cerca y se gira; se lamenta de haberse preguntado lo anterior, pero eso no importa, pues nota cómo el moreno guarda su teléfono en uno de los bolsillos de su chaqueta.
—¿Lo grabaste, verdad, cucaracha? —desafortunadamente, el rubio asiente; una sonrisa burlona aparece en su rostro.
—¡¿Qué comes que adivinas?!
[...]
Los chocolates no fueron difíciles de conseguir; ahora, con el reloj marcando las 02:59 p.m., solo faltan las flores y el regalo especial.
Ahora los cuatro están en una florería; Karasu observa los lirios acompañado por Shidou, mientras que él, junto a Charles, escuchan atentamente las recomendaciones de la empleada del negocio.
—¿Flores azules y moradas? —la mujer pelinegra repite la petición de Charles con tono amable.
—Correcto, necesitamos las más bonitas que tengan —el francés sonríe decidido, y la chica asiente.
—Creo que tengo lo que buscan —Rin curva sus labios levemente al oír a la empleada—. Ahora regreso. —Y sin más, la chica salió de la caja registradora y comenzó a desplazarse por la tienda.
—¿Y bien? —Shidou se acerca a ellos junto a Karasu, quien ya tiene en brazos un lindo ramo de lirios blancos que resaltan sobre el papel decorativo verdoso, acompañados por hojas sin ninguna imperfección.
—La encargada fue a buscar nuestro pedido —anuncia el más joven.
Algunos minutos más tarde, la chica vuelve y trae consigo un ramo de ni más ni menos que hortensias; sus flores pequeñas, de pétalos violáceos y azulados, se agrupan armoniosamente, desprendiendo una belleza sutil al igual que su aroma. Sus tallos rodeados por un listón azul que forma un lazo están cubiertos por un lindo papel de tono violeta.
Rin no pudo evitar recordar a Nanase al ver las flores; su corazón dio un vuelco cuando su sonrisa apareció en su mente, tan animada y cálida como siempre, perfecta.
[...]
Debe aceptar que se relajaron más de lo necesario en las compras; por ello, se merecen lo agitada que está su respiración por las múltiples calles que recorrieron en busca del regalo especial. Revisaron joyerías, pastelerías, viveros, de todo, pero Rin no logró encontrar lo que buscaba, aunque en este punto aún ni siquiera sabía qué buscaba.
El Itoshi menor toma su teléfono y observa la hora; su preocupación crece al ver que solo faltan un poco más de veinte minutos para que la hora de regresar llegue. Dirige su mirada a Karasu y Shidou, que intentan recomponerse a su lado; se ven agitados a pesar de su condición deportiva. Afortunadamente, Charles se quedó con todas las compras en el pequeño parque que quedaba cerca de la florería donde consiguieron los ramos de hortensias y lirios.
El Itoshi sabe que el tiempo está por terminarse y eso lo llena de frustración; incluso aprieta la tela de sus jeans con fuerza para intentar liberarla.
—Aún podemos encontrar algo —Karasu habla entrecortado a su lado.
—No lo creo; la señorita Anri nos recogerá pronto, y si no vamos con ella, estaremos en problemas. —Aunque sea un fastidio, sabe que Shidou tiene razón.
—Debemos ir con Charles y mandarle nuestra ubicación a Anri. —Karasu no pone contra la palabra de Rin y asiente.
Los tres comienzan a caminar hacia el sitio donde dejaron a Charles sin perder velocidad, pero a pesar de ello, Rin no deja de sentirse mal; no había logrado encontrar algo especial para Nanase y eso lo hacía sentirse defraudado de sí mismo. Nijiro merece mucho más, merece algo igual de especial que él, pero él fue incapaz de encontrar algo así.
Los minutos pasan y, cuando llegan al parque, se encuentran a Charles en la misma banca donde le pidieron que permaneciera; sin embargo, el francés está acompañado por dos ancianas que parecen enseñarle algo. Confundidos, los tres se acercan y notan que el menor tiene entre sus dedos hilo, piedras falsas y algunos adornos de plástico coloridos; está haciendo manillas/brazaletes.
—¿Charles? —es Shidou quien llama su atención.
—¡Son ustedes, chicos! —el chico sonríe mientras sus dedos siguen jugueteando con hilos rojizos.
—¿Qué haces? —pregunta Karasu; el menor suelta una pequeña risa.
—Mientras los esperaba, me quité los audífonos traductores y escuché a alguien hablando francés; resulta que ella es francesa. —Chevalier señala a una de las ancianas que está sentada en la banca vecina—. Fue una coincidencia muy loca; ella y su amiga me propusieron enseñarme a hacer manillas y yo acepté porque se veía divertido.
Rin no le da mucha importancia a las palabras del chico, pues está ocupado hundiéndose en sus pensamientos pesimistas; por ello, ignora las miradas cómplices que Karasu y Shidou comparten.
—RinRin —llama el moreno. Rin lo voltea a ver con indiferencia, pero él ignora su expresión enojada y habla de nuevo—. Surgió una nueva idea.
[...]
Catorce de febrero, San Valentín, una fecha en la que Nanase siempre ha celebrado solo la amistad, pero que este año es diferente, pues ahora también celebrará el amor.
A muchos les pareció increíble que Rin y él tuvieran algo más que una relación maestro-discípulo; todos recalcaban sin descanso lo frío que era Rin y que su actitud podría terminar dañándolo, pero esos comentarios no son relevantes para él, y más cuando ama a Rin.
Nanase camina por los pasillos apresurado, sosteniendo el pequeño obsequio que preparó con dedicación y cariño para Rin: un pastel de chocolate. No fue tarea fácil hacerlo, pero que Rin lo pruebe vale el esfuerzo.
Una vez que llegó al comedor compartido del estrato francés, busca a Rin con la mirada, pero no logra encontrarlo. ¿Aún dormía? Era poco probable por su disciplinada rutina, pero siempre puede haber una excepción; con esa idea en mente, Nanase se da vuelta dispuesto a visitar a Rin en su habitación, pero con lo que se encuentra en la entrada del comedor, lo deja sin poder formular palabras.
Justo debajo de la puerta automática está Rin; en una de sus manos tiene un hermoso ramo de hortensias que deslumbra a sus ojos; en el otro brazo, sujeta un adorable oso de felpa y una caja de chocolates rellenos. Sus ojos se encuentran y es entonces que Nanase nota la pizca de vergüenza que recorre el cuerpo de Rin. Sonriendo, Nijiro deja el pastel en una mesa cercana y se acerca al menor, quien lo sigue con la mirada.
Estando frente a frente, el Itoshi le entrega con cuidado el ramo a Nanase, y mientras él olfatea las flores, es que Rin puede sacar “la cereza del pastel”. El Itoshi saca del bolsillo de su pijama el regalo que Charles le ayudó a fabricar.
—Es para ti —menciona; los ojos que tanto adora se fijan en su palma abierta. No puede sentirse más feliz al ver cómo Nanase se sorprende por lo que su mano sostiene: una pequeña manilla de hilos violetas y blancos, acompañados de pequeñas perlas de plástico y un lindo corazón dorado como adorno principal. Nijiro lo toma y lo acomoda de forma rápida en su muñeca.—Gracias por todo —dice nervioso, aunque sabe disimularlo (un poco).
Escucha a Nanase reír bajito por unos segundos.
Es cuando los labios que tanto ama, suaves y deliciosos, se encuentran con los suyos que acepta el hecho de que tal vez, solo tal vez, sus tres cupidos idiotas hicieron un excelente trabajo.
