Chapter Text
El sol del mediodía entraba a raudales por las grandes ventanas de la casa Bridgerton,
bañando la sala en un resplandor cálido. Penélope Featherington se encontraba sentada en el
sillón, su característico cabello pelirrojo cayendo en suaves rizos sobre sus hombros, mientras
sostenía una taza de té entre las manos. Frente a ella, Hyacinth Bridgerton, con sus ojos
brillantes de entusiasmo, le contaba emocionada su último descubrimiento literario, un
romance que había desatado en ella mil emociones, gesticulando vivazmente con cada
palabra.
Anthony Bridgerton, desde la distancia, observaba la escena en silencio. Su posición en el
quicio de la puerta le permitía estar lo suficientemente cerca para oír la conversación sin ser
visto. En sus manos, un libro que apenas había hojeado, pues su atención estaba
completamente atrapada por otra cosa, o más bien, por otra persona.
Penélope. ¿Cuándo había empezado a verla así? Esa era la pregunta que rondaba por su
mente desde hacía semanas. Desde siempre, Penélope había sido una presencia constante en
la casa Bridgerton, la dulce amiga de sus hermanas Eloise y Felicity, siempre amable,
siempre discreta. Pero algo había cambiado. Anthony no sabía exactamente cuándo había
comenzado a fijarse en los pequeños detalles que antes le pasaban desapercibidos: la forma
en que sus ojos brillaban con ternura cada vez que Hyacinth le contaba alguna de sus
historias; la risa sincera que compartía con Eloise en sus debates sobre la vida y la sociedad;
o la serenidad que desprendía cada vez que estaba presente, como si su sola compañía trajera
paz.
Pero no era solo eso. Había algo en su calidez, en la manera en que Penélope trataba a
Hyacinth con tanto amor y devoción, como si fuera una hermana menor propia. Para
Anthony, Hyacinth siempre había sido su debilidad, la niña de la casa que debía proteger a
toda costa. Y ver a Penélope asumir ese rol protector, ver cómo Hyacinth corría a ella con la
misma confianza con la que lo hacía con él, despertaba en Anthony una emoción que no
lograba descifrar.
—Hyacinth, querida, estoy segura de que ese libro debe ser fascinante, pero me temo que no
entendería ni la mitad de lo que dices sin leerlo yo misma primero —dijo Penélope con una
sonrisa afectuosa, mientras dejaba la taza de té en la mesa.
Hyacinth soltó una carcajada cristalina y se lanzó sobre Penélope para abrazarla con la misma
espontaneidad con la que hacía todo.
—¡Prometido! Te lo prestaré y luego hablaremos de cada capítulo —respondió la pequeña
Bridgerton, entre risas.
Anthony sintió una punzada en el pecho al ver cómo Hyacinth se aferraba a Penélope, y
cómo esta la abrazaba con ese cariño genuino que la hacía tan especial. Esa escena, tan
cotidiana, despertaba en él una mezcla de calidez y algo que, hasta ese momento, había
evitado nombrar. Era más que afecto por una amiga de la familia. Era algo más profundo.
—¿Qué haces ahí parado, Anthony? —La voz de Violet Bridgerton, su madre, lo sacó de
sus pensamientos.
Anthony se enderezó inmediatamente, intentando mantener su compostura habitual. Violet lo
observaba con una mezcla de curiosidad y complicidad. Había algo en la mirada de su madre
que lo hacía sentir descubierto, como si ella pudiera leer lo que él mismo no se atrevía a
admitir.
—Solo estaba... pensando —murmuró él, cruzando los brazos y desviando la mirada.
Violet alzó una ceja, con una sonrisa leve en los labios. Conocía a su hijo mejor que nadie, y
no le pasó desapercibido el modo en que los ojos de Anthony habían estado fijos en Penélope
durante toda la tarde. No era la primera vez que lo veía así últimamente. Algo había
cambiado, y aunque Anthony aún no lo reconociera, Violet estaba segura de que la pequeña
pelirroja que había sido siempre una parte querida de la familia ahora tenía un lugar mucho
más importante en la mente de su primogénito.
—Quizás deberías unirte a la conversación, querido —sugirió Violet, con un tono
desenfadado.
Anthony frunció el ceño, algo incómodo por la insinuación de su madre. No podía permitirse
esos sentimientos. No con Penélope. Ella era la amiga de sus hermanas, una joven cuya
bondad superaba las expectativas de la sociedad, pero ¿él? Él era Anthony Bridgerton, el
vizconde cuya responsabilidad siempre había sido la familia, el deber. No había espacio para
enredos emocionales, y mucho menos con alguien que había estado siempre en su vida como
parte de la familia.
Sin embargo, cuando sus ojos volvieron a posarse en Penélope, su corazón traicionó a su
mente. Había algo en su presencia, en su dulzura, que lo hacía cuestionar todas sus
convicciones. Apretó los puños, intentando suprimir esas emociones que amenazaban con
desbordarlo.
—Ya iré —respondió con una sonrisa forzada, mientras giraba sobre sus talones para salir de
la habitación.
Mientras se alejaba, no pudo evitar echar una última mirada hacia Penélope, preguntándose
cuándo había comenzado a sentir que tal vez, solo tal vez, ella podría ser algo más que una
amiga de la familia.
Y en lo más profundo de su corazón, aunque le costara admitirlo, sabía que su vida estaba a
punto de cambiar de una manera que nunca había anticipado.
Cada paso que daba le decía que por mas que se alejara... volvería a ella
