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Language:
Español
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Published:
2025-02-22
Updated:
2026-01-26
Words:
206,956
Chapters:
23/?
Comments:
69
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90
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7
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1,993

¡Soy Carlitos, y soy tu hijo! (Omegaverse)

Summary:

Martín es un médico con problemas financieros, pero con buena suerte en las relaciones. Su vida va relativamente bien, excepto por aferrarse por once años a una chaqueta que le pertenece al turista chileno que conoció en Mendoza hace once años atrás, en el que culminó en una noche apasionada.
Después de esos once años, un niño aparece en la puerta de su departamento, asegurando ser hijo de Manuel...y de él.

"Mi nombre es Carlos Fernando González González, y soy su hijo."

Notes:

Yo no sé, sólo vino a mí la idea hace dos meses.

(See the end of the work for more notes.)

Chapter 1: Prólogo

Chapter Text

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︴🥐🎮 🥐  ︴

Muchas veces Martín se ha preguntado qué ha sido del chileno que conoció en Mendoza. Han pasado más de once de años sin saber nada de él. Intentó buscarlo, pero fue como si la tierra lo hubiera tragado. No hubo señales de vida, no tenía su contacto, no tenía nada de él. Sí tenía algo, una chaqueta que olvidó el chabón. Al menos sabía su nombre, Manuel. Sólo Manuel. ¡Nunca volvió por la chaqueta!

Él…simplemente desapareció.

Aún tiene la bendita chaqueta colgada en el armario esperando que algún día al chileno se le prenda la lamparita y venga por ella. Sebastián le ha dicho mil veces que la venda y así ganaría dinero para comprar el pan. Pero Martín no le hizo caso. Se quedó con la chaqueta, intacta, con su tela de media calidad y el olor persistente del tipo ese.

Bueno, tenía su olor. Tuvo que lavarla después de varios años, más que nada porque ya no eran feromonas con olor a cerezas lo que impregnaba la tela, sino un aroma sospechoso entre humedad y abandono. Ahora huele a detergente, como cualquier prenda normal. Igual la volvió a colgar en el armario. No es que lo extrañe ni nada.

«No es la gran cosa», se repite cada vez que la ve. Es una chaqueta común, de una marca accesible, barata, sin ningún valor sentimental. Podría venderla y sacarse un poco de plata de encima como le dijo su primo, pero…

« ¿Y si ese chilote vuelve? »

He ahí el dilema.

Sebastián le dice que se aferra mucho a algo que no va a suceder ni en un millón de años. ¡Es un 1% de probabilidad en 1000000000!

Victoria, su prima, también le ha tirado comentarios. Que está encaprichado, que no lo supera, que lo suyo ya roza lo patológico. ¡Pero él no está aferrado a nada! La chaqueta sigue ahí simplemente porque nadie la ha reclamado. Punto.

Además, si estuviera tan obsesionado con el chileno, no habría seguido con su vida. Y su vida sigue. Su monótona vida de argentino promedio, sobreviviendo a fin de mes.

Porque si algo caracteriza a Martín Hernández, además de su encanto natural y su sonrisa ganadora, es su habilidad sobrehumana para tener mala suerte con el dinero. Da igual cuánto intente ahorrar o administrar sus gastos; de alguna manera, siempre termina en rojo. ¡Con deudas que ni siquiera sabía que tenía!

—¡El banco me roba! —se quejó con Sebastián, semanas atrás.

—Nadie te roba, simplemente sos un desastre financiero, boludo.

Pero bueno, como dicen: mala suerte en el dinero, buena suerte en el amor.

¿Tiene buena suerte? Sí, ¿por qué no? Es atractivo, acapara la atención, es chamuyero y sabe exactamente cómo salirse con la suya.

Sus relaciones son esporádicas, cortas y sencillas. Lo disfruta, mas no desea atarse. ¡No es que esté esperando al chilote ese! ¡Claro que no! Ni antes ni después ha mantenido una relación sólida. Le gusta la libertad de vivir sin ataduras.

“Quiero ver tu cara cuando te enamores”, le dijo Sebastián, una vez.

¿Qué cara tendría? No es como si su hermosa cara cambiara por alguien.

Victoria también le dice lo mismo, con la única diferencia de que ya lo está y no lo quiere admitir desde hace once años, sólo por pasar cuatro días con el chileno.

Pavadas.

Como sea, la vida continúa. Su vida monótona continúa sin nada nuevo, terminando el turno en el hospital. Mañana le toca turno en la noche. Hoy descansará lo suficiente tomándose un mate frente a la tele para ver una seria en Netflix o en Amazon si es que hay algo bueno…

Subiendo a su auto estacionado cerca del lugar de trabajo, hace la misma ruta, conduciendo rumbo al departamento distanciado del centro. De repente, pisa el freno con fuerza al ver a un niño cruzarse por la senda peatonal, tocándole la bocina. ¡¿Cómo se le ocurre a ese niño cruzar así?! ¡¿Dónde están sus padres?!

—¡¿Qué haces?!

—Eh… —el niño se asustó más con el bocinazo en vez de ser casi atropellado— Estoy…, en un paso de cebra… —apunta al suelo, claramente que ningún vehículo le permitirá pasar como si fuera de la realeza.

¿En qué mundo vive el niño?

Suspirando, Martín se baja del auto para buscarle a los padres si no está solo.

Mirando para todas partes, no ve a ningún adulto que quiera encargarse de él.

—No podés cruzar aquí. Si querés cruzar…

—Hay un paso de cebra, yo tengo la preferencia. —le dice muy convencido para tener la razón, y esto hace pensar a Martín.

—¿Sos chileno? —con esa pregunta al acento y la forma de actuar, el niño asiente con la cabeza— Ahora entiendo… —surca una media sonrisa, bajando un poco a la altura del niño de cabello rubio que le llega hasta el pecho— Mirá, pibe. Si querés cruzar, tenés que ir al semáforo de allá —apunta a la izquierda, bien lejos, porque obvio, siempre está lejos—. Si cruzás por acá, terminarás como puré, y no querés darles ese sufrimiento a tus padres, ¿no?

—Es muy lejos. Por aquí paso más rápido…

—Sí, y también más rápido al hospital. —y no lo llevará al suyo. Le vuelve a repetir para no perder el tiempo, que está en Argentina y no en Chile. ¡Tirarse a la senda peatonal es suicidio! Y un niño no puede hacer eso. Así que lo manda de nuevo a que vaya al semáforo si valora su vida, subiéndose al auto para llegar pronto al departamento y descansar.

El niño, por su parte, entreabre la boca para contradecir de que el conductor debe respetar la preferencia del peatón y que no irá tan lejos para cruzar, que su papá le enseñó bien…y… Una vez que Martín cierra la puerta del auto para acelerar, no alcanza a decirle nada de eso.

Y se va.

En su cabeza, algo le llama la atención. Revisa rápidamente el celular buscando en imágenes lo investigado. ¿Era él o se parece? Lo sabrá una vez llegando a su destino.

Mira para todas partes…

Hará caso e irá al semáforo para no morir sin concluir su misión.

︴🥐🎮 🥐  ︴

Hogar, dulce hogar.

Es un gran alivio descansar, tirado en el sofá para ver una película o serie, bebiendo un mate. Después de su relajo, hará ejercicio. Sus bíceps no se mantienen solos por arte de magia. Necesitan trabajo diario. Un buen médico como él, debe mantener su físico impecable y ser el ejemplo de buena salud.

Durante su descanso, oye el timbre tocar detrás de la puerta, alertado para ponerse de pie e ir. No recuerda invitar a nadie, ninguno de sus primos le avisó tampoco.

Ojalá no sea un vecino o vecina que viene a quejarse…

Al abrir la puerta, desde su altura no ve a nadie, sintiendo una presencia más baja que él, bajando la cabeza. No es como si la persona fuera tan bajita… Le llega al pecho.

Es un niño. Este niño se le hace conocido…

¡Es el pibe que casi atropelló!

Espera… ¿lo siguió?, ¿lo acusó con sus padres y ahora quieren plata por daños y perjuicios?

El niño surca una pequeña sonrisa al dar con él, ajustándose la mochila en la espalda, llevando una maleta a su lado.

—¿Es Martín Hernández? —pregunta, como si estuviera confirmando algo muy importante.

Martín parpadea confundido, asintiendo ser a quién busca, mirando para ambos lados del pasillo, si es que yacen los padres del nene aquí. Está solo.

¿Pero qué hace este niño aquí?, ¿por qué lo busca?

Lo escanea con la mirada, de arriba abajo y de abajo arriba, asustándose por el color de cabello rubio y un rizo sobresaliente que antes no vio.

Tiene un rizo.

Un escalofrío comienza subir desde las piernas hasta la nuca de la cabeza.

Tiene un mal presentimiento de esto.

—Mi nombre es Carlos Fernando González González —menciona casi emocionado manteniendo la calma, calma que Martín no tiene. Tiene más preguntas en la cabeza, como por ejemplo, ¿qué edad tiene?, ¿qué hace aquí?, ¿por qué?—, y soy su hijo.

︴🥐🎮 🥐  ︴