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In perpetuum

Summary:

Pacifica entendía sus motivaciones; Dipper la amaba y no quería envejecer y morir mientras era testigo de su sentencia eterna, prisionera en un cuerpo que nunca cambiaría, que dependía de sangre humana para poder vivir y que era vulnerable al sol.

Dipper entendía sus reticencias; Pacifica lo amaba y no quería que renunciara a la posibilidad de envejecer junto a su hermana y disfrutar de todas las facetas de una vida normal, haciendo realidad los sueños que había imaginado desde que era un niño.

Pacifica quería que Dipper pudiera volar más alto y más lejos hasta que diese su último aliento.

Dipper no quería vivir sabiendo que llegaría el día de su muerte y tendría que dejar atrás a Pacifica.

Notes:

Maigod... quería acabar el fic también en septiembre, pero a veces cosas pasan en la vida y simplemente no se puede. No era su momento. Pero su momento ya llegó y aquí está, la última parte de mi serie Dipcifica ft. Pacifica es un vampiro.

¡Disfrútenlo!

(See the end of the work for more notes.)

Work Text:

— No te atrevas, Mason Pines —masculló Pacifica entre dientes.

Mason torció la boca con disgusto.

Pacifica sabía que no le gustaba que nadie lo llamase por su nombre de pila, porque lo conocía desde que era un ñoño torpe de 12 años que jugaba a los Cazafantasmas en los bosques de Gravity Falls, y Dipper sabía que ella solo lo llamaba por su nombre cuando tenían una discusión para molestarlo más, porque estaban juntos desde hace casi cinco años.

Aquella era una táctica de distracción que habría funcionado con el niño que menospreciaba, pero el hombre que amaba reconocía la pulla como un intento desesperado de virar la discusión y nunca mordía el anzuelo.

Sin apartar su mirada, Dipper presionó Enter.

— ¡¿Perdiste la cabeza?! —le gritó. En menos de un segundo, avanzó tres metros hasta el sillón donde estaba sentado su novio y le quitó la laptop de las manos. La pequeña flama de esperanza se extinguió cuando la pantalla le confirmó que el correo electrónico había sido enviado y ya no había marcha atrás. Dejó caer la laptop en el regazo de Dipper, atónita. 

Su novio, imperturbable ante su exabrupto, puso los ojos en blanco.

— Es solo un trabajo, Paz.

Solo un trabajo.

Pacifica merecía un premio Nobel por controlar su ira y no ceder ante el impulso de arrancarse el cabello con sus propias manos. Era largo, rubio y sedoso, y no merecía sufrir los estragos de la osadía de Dipper Pines. 

Contó mentalmente hasta diez para intentar calmarse, pero no fue suficiente.

No podía creerlo.

Dipper era terco y displicente, pero también era brillante. Pacifica jamás se lo diría a la cara porque no necesitaba una inyección a su ego, pero era un genio y su inteligencia no era algo que se pudiera ignorar, especialmente durante su paso por la universidad. Como el mejor de su generación, era natural que atrajese la atención de compañeros y profesores por igual, y todos se preguntaban qué estaba haciendo ahí cuando pudo haber conseguido una plaza en una institución más reconocida. 

“Oh, es por motivos personales, realmente no puedo estudiar en otro lado ahora” respondía. Algunos eran comprensivos y no indagaban más, pero otros eran insistentes y se resistían a darse por vencidos. El profesor Howard en particular era su mayor partidario y sostenía a capa y espada que un futuro magnífico lo esperaba si salía de Oregón.

Pacifica coincidía con él y no se sorprendió en lo absoluto cuando logró conseguirle una pasantía en Caltech. No pudo contener la emoción ante la oportunidad porque no solo le abriría miles de puertas, sino que le permitiría reunirse con su hermana en California. Incluso reconciliarse con sus padres era ahora una posibilidad si todos podían dejar el orgullo y el rencor atrás. 

Las piezas del rompecabezas se habían movido y de repente la vida tenía sentido. Todo era perfecto.  

El supuesto genio no pensaba lo mismo. Después de días y noches enteras de discusiones y negociaciones interminables, había decidido zanjar el tema de raíz enviando un correo para rechazar la oferta oficialmente. 

Si todavía fuese humana, Pacifica estaría segura de que hubiera caído muerta del disgusto.

— ¡Era la oportunidad de tu vida! ¡Te graduaste en una universidad pública en medio de Oregón y aún así te ofrecieron una oportunidad de oro! ¡Lejos de aquí!

— ¡Sí, y lejos de ti!

Pacifica se tragó una réplica. 

Por supuesto que lo hacía por ella.

En los últimos años, Dipper había tomado decisiones vitales poniéndola a ella como su prioridad número uno. Arriesgó su vida al convertirse en su donador personal para que no se volviese una bestia salvaje, decidió estudiar en Oregón para estar a su lado y abandonó el prospecto de un futuro brillante fuera de Gravity Falls, porque era el único sitio en el que Pacifica podría tener una larga vida medianamente normal, ya que sus habitantes estaban acostumbrados a ver cosas mucho más raras.

Si no la amase tanto, su vida sería muy diferente ahora. 

Mejor, si le preguntaban a Pacifica. Peor, si le preguntaban a Dipper, Mabel, Soos, Melody y los niños. Por supuesto, Dipper estaba demasiado enceguecido para notarlo, Mabel priorizaba el amor por encima de todo y Soos era un caso perdido diez años antes y seguiría siéndolo diez años después. Melody era la única esperanza de ese grupo, pero era considerada y amable y, por algún motivo misterioso, le caía bien. Y los niños eran… bueno, niños

Al menos las pasas arrugadas que Dipper llamaba tíos concordaban con ella.   

Los gemelos Pines eran buenas personas, pero habían escrito su nombre en una lista titulada “Amenazas para la familia” y estaban dispuestos a deshacerse de ella ni bien hiciera algo que consideraban peligroso.

Era hilarante que ninguno de los mellizos creyese que sus tíos eran capaces de hacer algo malo, aunque el historial criminal de Stanley era más largo que su historial crediticio y de que Stanford estuvo peleando a muerte con entidades innombrables durante 30 años; sin embargo, Pacifica era una Northwest y había aprendido a reconocer las amenazas desde que aprendió a caminar, porque una familia como la suya no se hace millonaria sin ganarse enemigos. 

No iría tan lejos para considerar al dúo de abuelos como sus enemigos , pero el berrinche que hizo Stanford cuando Dipper le dijo que iría a una universidad pública y el arrebato de Stanley cuando se enteró que Dipper le daría su sangre a Pacifica le parecían motivos suficientes para mantenerse alerta.

Ambos estuvieron furiosos con Dipper por un par de días, pero era su sobrino, lo amaban y lo apoyarían incluso si no estaban de acuerdo con él, y no tardaron en hacer las paces. Esa conmiseración no se extendía hacia Pacifica; sostenían que todas las decisiones que había tomado Dipper eran culpa suya, directa e indirectamente, y no dudaron en decírselo.

— Será mejor que cuides tu dieta, niña, una gota de sangre extra y desearás haber muerto esa noche —le dijo Stanley después de que Dipper les lanzara la bomba—. Ese chico es un tonto enamorado, pero tú eres hija del cínico de tu padre y espero que sepas manejar esto para evitar un desastre o lo pagarás. Y no con dinero…no solo con dinero —se corrigió al instante.

Pacifica le dedicó una sonrisa agria. Stan entrecerró los ojos ante el despliegue de sus nuevos colmillos.

— Gracias por el consejo, tío Stan —le respondió con sequedad. Su tono era burlón, pero sus palabras eran sinceras.

Dipper estaba enceguecido por amor, Mabel confiaba demasiado en las personas y la familia Ramirez no dudaría en acogerla con los brazos abiertos si no estuviese de vacaciones en Canadá —Pacifica agradecía los pequeños milagros—, así que la seguridad de los Pines dependía únicamente del buen juicio de Stanley y Stanford.

(Quién lo diría.)

Stanley confiaba en Dipper, pero no confiaba en Pacifica simple y sencillamente porque no la conocía.

Era consciente de que sus sobrinos y ella se habían hecho amigos literalmente debido a fuerzas sobrenaturales; sin embargo, no había participado activamente en sus aventuras y se había ido con su hermano a recorrer el mundo haciendo quién sabe qué durante años, así que no le sorprendía que no supiera nada sobre su vida después del Raromagedón, después de Archibald Corduroy, después de Dipper…

No sabía que Pacifica se había rebelado contra sus padres antes de cumplir 13 años, que rompió la cadena de expectativas que la sometían ante las órdenes de Preston y abandonó las pretensiones de Priscilla de convertirla en una decoración sin opiniones ni sueños. Desconocía que Pacifica había decidido voluntariamente trabajar en la Cafetería Grasienta o que visitaba la granja de Sprott una vez a la semana para cuidar a las llamas.

Stanley no tenía idea que Pacifica pasaba más tiempo con Linda Susan que con sus propios padres, porque estaban tan ocupados intentando recuperar su imagen, su estatus y sus millones perdidos debido a la deplorable actuación de Preston durante su encuentro con Bill, que podrían transcurrir semanas sin que los viese en casa.

Pacifica de verdad amaba a sus padres, pero ese amor hizo que fuese más difícil reconocer cuán nefastos eran en realidad. La historia de la familia Northwest estaba escrita con suciedad, un veneno que se extendía por las venas de todos sus descendientes y simpatizantes, y sus padres eran el cénit de ese legado corrupto. Guardaba en un pequeño rincón de su corazón la esperanza de que pudiesen reconocer sus errores, que pudiesen cambiar y convertirse en la mejor versión de sí mismos, pero el tiempo le demostró que era un deseo infantil.

Sus padres nunca cambiarían. Le costó aceptarlo, pero lo logró. Por desgracia, también tuvo que aceptar que su amor era condicional, en el mejor de los casos, e inexistente en el peor.  

Cuando Pacifica decidió que haría las cosas de forma diferente, sus padres decidieron que era prescindible. Si no podía moverse bajo sus hilos y bailar a su ritmo, entonces no la necesitaban. No más vestidos, no más joyas, no más fiestas, no más consideración.

Pacifica tenía 15 años cuando se volvió invisible en su propia casa, cuando dejó de ser una persona y se convirtió en otro mueble.

No había forma de que él la conociera realmente, porque Pacifica no le había contado eso a nadie, ni siquiera a Dipper, Mabel o Susan, avergonzada y devastada por su nueva realidad. Aceptar que para tus padres no eras más importante que una alfombra era una cosa, pero admitirlo frente a alguien era algo muy diferente.

Stanley era el extremo opuesto de Preston; el hombre amaba a su familia más que a sí mismo, y era natural que su primer pensamiento después de su transformación se dirigiese a sus padres, porque era inconcebible la idea de abandonar a un ser querido en un momento así. Por desgracia, estaba equivocado y su visita a la nueva mansión Northwest fue innecesaria.

Al regresar le aseguró a sus sobrinos que no tenían nada de qué preocuparse y que todos podían concentrarse en lidiar con su faceta como vampiro, pero más tarde, cuando se dio cuenta que podía escuchar hasta el crujir de una rama a cientos de metros, lo oyó cuchichear con Stanford en la cocina. 

— No había nadie en casa, Sixer. Quiero decir, estaba lleno de sirvientes altaneros que mencionaron un viaje a Europa… creo, no lo sé, supongo que ese sitio está en algún lugar de Europa.

Stanford suspiró.

— Deberían estar con ella, pero honestamente no creo que fuesen de mucha ayuda, así que nos viene bien que estén lejos. Ya tenemos suficiente en nuestro plato con Miss Colmillos y esos chicos al borde del colapso. 

— Vigila a Mabel, ¿quieres? —le dijo su hermano —. No me gusta que se haya quedado afuera de la habitación. Puede ser peligroso. Le echaré un ojo a Dipper mientras estamos abajo, por si intenta algo gracioso. 

Prefería morir antes de admitirlo en voz alta, pero envidiaba y valoraba en partes iguales el hecho de que Dipper contase con una familia que realmente se preocupaba por él y lo quería como algo más que un trofeo para decorar el salón, que estuviesen dispuestos a matar y morir para protegerlo, incluso de alguien que amaba.

Porque Pacifica ahora era un vampiro y era peligrosa

Había pasado años caminando sobre cáscaras de huevo para evitar recaer en antiguos patrones de toxicidad y egocentrismo, desesperada por desaprender todo lo que su familia había esculpido en su cerebro y poder moldear una versión mejorada de sí misma. Al final todo había sido en vano, porque se había convertido en un diferente tipo de monstruo. Oh, dulce ironía.

Se preguntó amargamente si a Stanley le resultaría divertido. Quizás podría decírselo algún día. 

Quizás podría decirle quién era ella en realidad, quién era antes de su transformación. Se imaginó compartiendo una cerveza con Stanley en el porche de la cabaña, durante la noche, mientras miraban las estrellas; él bebería una botella tras otra y ella le hablaría sobre su primer pony, Señor Medianoche, lo feliz que se sintió al cabalgar aquella tarde de otoño y lo mucho que lloró cuando su padre se deshizo de él, reemplazándolo por uno nuevo, porque la familia Northwest solo obtiene lo mejor y Señor Medianoche ya no era el pony más bonito del mercado. Le confesaría lo orgullosa que se sintió en cuarto grado cuando interpretó a Morgana en Camelot y no se salió del papel, ni siquiera cuando se dio cuenta que sus padres no habían ido a verla. Le contaría que supo que no tenía amigas de verdad cuando vio a Mabel con Grenda y Candy y notó la calidez y sinceridad en cada una de sus interacciones.

Admitiría en voz baja, con la cara roja de vergüenza, que se enamoró de Dipper mientras corrían por la mansión escapando de un fantasma y vio detrás del niño torpe e irritante a alguien desinteresado, encantador y brillante como el sol; él resplandecía más que los diamantes de su madre y Pacifica lo deseaba más de lo que deseaba cualquier joya. Quería que la viese cómo veía a Wendy, pero nunca lo hizo, y ella pasaba horas mirándose al espejo y deseando que su cabello rubio fuese rojo, que tuviese cientos de pecas cubriendo su rostro y supiese usar un hacha mejor que un palo de golf.

Pacifica reconocería que estuvo esperando su regreso durante años, que acumuló anécdotas y experiencias para compartir, que se hizo amiga de Candy y Grenda, que aprendió a cocinar panqueques con Linda Susan, que le enseñó a McGucket pasajes secretos en su antigua casa y que nunca pudo usar un hacha, pero sí construyó muchas casas para pájaros.

Pacifica miraría a Stanley a los ojos, después de terminar su quinta cerveza, y, con voz clara y firme, le diría:

— Esa cosa me convirtió en un vampiro, pero yo cambié primero. Me transformé en lo que soy, y lo que soy no es la copia de mis padres ni la sombra de un monstruo, sino una chica que quiere ser buena y quiere ser libre, que quiere usar maquillaje y aprender karate, que quiere ser amiga de la loca de las pistolas de pegamento y amar a un chico bobo que usa una gorra boba, pero sobre todo quiere dejar de estar asustada; porque, honestamente, tengo miedo todo el tiempo.

Quizás Pacifica guardaría silencio, sobrepasada por su desborde de sinceridad, o quizás continuaría, incapaz de detenerse, y le confesaría a Stanley que había vivido años preocupada, temiendo que su progreso fuese a desaparecer de un día para otro y volvería a ser Pacifica Northwest, una digna hija de Preston y Priscilla.

Cuando Dipper y Mabel regresaron a Gravity Falls, sintió que podía respirar por primera vez en años, porque se habían abierto las puertas de una jaula invisible y ahora era libre. Al menos hasta que ocurrió el ataque.

Después de eso, lo que le aterraba era la posibilidad de hacerle daño a alguien, de escapar de la cabaña desesperada por un alivio a la resequedad de su garganta, al retorcijón en su estómago que le hablaba de un hambre que no podía ser saciada con nada más que sangre. Le asustaba imaginar que atacaba a una víctima desprevenida porque tenía los sentidos tan saturados que era imposible contenerse; podía sentirlo todo y veía y escuchaba cientos de cosas al mismo tiempo, y quería gritar, retorcerse y morir, pero no podía evitar arrastrarse debajo de la cama hasta que se escondiera el sol. 

Pero nada se comparaba al miedo que sintió cuando Dipper apareció en medio de la noche, delicado, obstinado y dispuesto a arriesgarlo todo por Pacifica, porque la amaba tanto, tan intenso, tan puro, tan noble…

Stanley no confiaba en ella porque no la conocía, y quizás nunca lo haría, porque no llegaría el día en el que compartieran una cerveza y tuvieran una conversación a corazón abierto; mostrarse vulnerable no era realmente algo que disfrutaban ninguno de los dos.

Pero Dipper sí confiaba en ella y le había dado todo lo que tenía. Eso era suficiente para Stanley. 

No era suficiente para Stanford. 

Unos meses después de la amenaza de Stanley, su gemelo la acorraló en el estacionamiento de la Cafetería Grasienta después de que terminase su turno. 

Pacifica lo estaba esperando desde el instante en el que Dipper le reveló sus planes, así que estaba preparada para verlo, pero no estaba preparada para esa conversación.

— Pensé que la sangre sería lo único que tomarías de él, pero parece que no basta —espetó entre dientes. Pacifica se mantuvo alerta. Podía moverse mucho más rápido que él, pero el hombre era un genio y si había contribuido a la creación de su anillo no dudaba que tuviese varios trucos bajo la manga para detenerla o, en el peor de los casos, matarla — . Supongo que sacaste eso de tu familia.

Pacifica resopló. 

— No es como si no lo hubiese intentado convencer de lo contrario, abuelo.

Era verdad.

Cuando Dipper le dijo que se quedaría en Oregón a estudiar, Pacifica hizo un escándalo. Gritó por horas, discutió con él durante días e incluso lo amenazó con quitarse el anillo. Dipper igualó su energía; gritaba más fuerte, tenía un contraargumento preparado para cada queja y prometió que, si se atrevía a separarse de ese anillo, se prendería fuego a sí mismo en la plaza de la ciudad. Había compartido vientre con Mabel, así que no dudaba que fuese capaz de hacerlo.

Pacifica lo intentó todo, pero nada funcionó.

— Tu sobrino es más cabezota que toda tu familia junta, y si tú, oh, gran ídolo, no puedes hacerlo cambiar de opinión, qué te hace creer que podré lograrlo yo.

Stanford se cruzó de brazos y le dedicó una mirada gélida. 

— Él te ama —le dijo como si fuese un insulto, como si ella no lo supiera.

Como si ella no lo amara.

Eso era un golpe bajo. 

Pacifica cerró los puños con tanta fuerza que sus uñas se clavaron en sus palmas hasta hacerlas sangrar. La rabia recorría todo su cuerpo, moviéndose a través de sus venas, palpitando bajo su piel.

¿Cómo se atrevía? 

Había soñado durante años con un futuro lejos de Gravity Falls y la nube gris de sus padres constantemente encima de su cabeza, pero arrojó todas esas ideas a la basura en el momento en el que se convirtió en un vampiro y perdió su humanidad.

Le habían quitado la posibilidad de poder elegir dónde vivir, qué comer, cuándo dormir, a quién conocer… Aún estaba lidiando con el sentimiento de indefensión, y tenía que hacerlo mientras se acostumbraba a la sobrecarga sensorial que suponía ser un vampiro. En otras circunstancias, Pacifica se habría rendido. Habría dejado de intentarlo y se habría encerrado en casa, esperando a que el hambre la adormeciera tanto que no pudiera moverse y se volviese cenizas una vez que el sol se asomase por la ventana.

Pero Dipper estaba junto a ella, tomando su mano y besándole la frente, ofreciéndole sangre, anillos y promesas.

— Lo sé —respondió, casi escupiendo las palabras. 

Claro que lo sabía. Dipper lo había renunciado a todo por ella. Su sueño, su futuro, su familia, su vida, y lo hizo voluntariamente. Nadie jamás le pediría algo así porque era demasiado.

Quizás lo hizo por ese motivo; ninguna otra persona lo haría, al menos no por Pacifica, porque nadie amaba como él, desinteresada y virtuosamente.

En el fondo, Stanford también lo sabía, porque toda la rabia acumulada desde hace semanas se desinfló de golpe y dejó caer los hombros, exhausto. Pacifica lo imitó. No quería pelear con Stanford, no cuando él significaba tanto para Dipper.  

— Es inteligente, un chico brillante, pero su corazón es más grande que su cerebro —masculló, frotándose el puente de la nariz —. Es igual que su hermana cuando se trata de amor. 

Pacifica resopló, dándole la razón a su pesar.

Dipper era la persona más inteligente que había conocido, más que su tío, pero también era emocional, impulsivo y vehemente, más que Mabel. Pacifica no lo querría de otra forma. 

Se quedaron en silencio unos minutos, con solo los sonidos del viento resonando a su alrededor. Cuando Stanford habló de nuevo, parecía que había envejecido veinte años de golpe. Se veía cansado y derrotado, pero su voz era suave y sincera. 

— Asegúrate de que no se arrepienta de esto —le dijo antes de dar media vuelta e irse.

Stanford no mencionó el tema nunca más y Pacifica se lo agradeció internamente, porque sabía que lo último que Dipper quería era decepcionar al hombre que más admiraba.

(A veces se preguntaba si Dipper se daría cuenta algún día de que Stanford también lo admiraba a él.

Probablemente no.)

Por desgracia, dudaba que Stanford pudiera contenerse de nuevo si se enteraba de que Dipper habría sacrificado otra oportunidad de oro por ella. De nuevo. 

Dipper no compartía sus reticencias. 

— Quiero decir, es una buena oferta, pero no la necesito y no la quiero. Además no es como si fuese a buscar trabajo en la NASA o algo así, ¿sabes? No cuando me convierta en un vampiro.

Oh, Stanley definitivamente no podría contenerse si se enteraba de esto

Pacifica lanzó las manos al aire.

— Por millonésima vez, Dipper, no lo haré.

Dipper asintió con la cabeza ansiosamente.

— Ahora no, por supuesto —dijo, frotando sus manos emocionado —. Tenemos que preparar muchas cosas antes de hacerlo. 

Pacifica le dedicó una mirada de incredulidad y se preguntó, no por primera vez aquella noche, cómo su novio podía sonar más delirante que Mabel a los 12 años.

En retrospectiva, debió haberlo visto venir.

Dipper no era precisamente sutil, y pudo ver pequeños cambios en su comportamiento, quizás imperceptibles para cualquiera que no pudiese ver partículas de polvo y que no conociese a su novio como ella conocía la palma de su mano. Notó el inusual golpeteo nervioso de sus pies contra el suelo cuando veía un nuevo episodio de su programa favorito y sus ojos enfocados en la nada mientras lavaba los platos con movimientos mecánicos. Se percató de que había retomado su viejo hábito de mordisquear sus lapiceros hasta el punto de romperlos y que estaba usando con mayor frecuencia su mano izquierda.

Decir que le adjudicó esas rarezas al estrés de su último semestre en la universidad sería mentir, porque ella sabía que Dipper no estaba particularmente preocupado por exámenes, ensayos o trabajos finales, pero pretender que no existía un motivo detrás era más fácil que reconocer al elefante rosa en la habitación.

No quiso aceptar lo que sucedería en cualquier momento y quizás por eso reaccionó como lo hizo cuando él se lo pidió aquella noche, envueltos en sábanas húmedas, desnudos y sudorosos.

Pacifica no necesitaba respirar, pero Dipper seguía requiriendo oxígeno para vivir, así que rompió el beso y aspiró grandes e irregulares bocanadas de aire antes de dejarse caer en la cama, agotado, con el rostro enrojecido y el cabello despeinado. Pacifica admiró extasiada el brillo febril en sus ojos y se dejó consumir por el amor y el deseo que se filtraba a través de cada uno de sus poros. Se inclinó sobre su cuerpo y con cuidado acarició su frente, recorriendo con la yema de los dedos las delgadas líneas de su marca de nacimiento.

Dipper no había superado su inseguridad y seguía usando gorras y flequillos para ocultar la constelación dibujada en su piel; a Pacifica le parecía fascinante, porque era otra muestra de cuán único era Dipper, cuán especial. Lo amaba tanto.

La protesta de Dipper por el gesto murió en sus labios cuando vio en los suyos una tonta sonrisa que mostraba todos sus dientes, y él le sonrió de vuelta. Se miraron en silencio durante unos segundos y entonces empezaron a reír a carcajadas sin ninguna razón en particular. En aquel momento eso se sentía como la respuesta correcta y probablemente fue lo que lo impulsó a hablar.

— Quiero estar contigo para siempre, Paz —murmuró. Su voz era baja, pero firme, sin un ápice de duda —. Quiero que me conviertas en un vampiro.  

Pacifica se congeló y el momento mágico terminó.

Ella se negó a transformarlo y él se negó a aceptar su respuesta. Hubo gritos, reclamos, súplicas y llanto, porque ninguno estaba dispuesto a ceder, y como no existía un punto intermedio, se encontraron en medio de un impasse durante semanas.

Pacifica entendía sus motivaciones; Dipper la amaba y no quería envejecer y morir mientras era testigo de su sentencia eterna, prisionera en un cuerpo que nunca cambiaría, que dependía de sangre humana para poder vivir y que era vulnerable al sol.

Dipper entendía sus reticencias; Pacifica lo amaba y no quería que renunciara a la posibilidad de envejecer junto a su hermana y disfrutar de todas las facetas de una vida normal, haciendo realidad los sueños que había imaginado desde que era un niño.

Pacifica quería que Dipper pudiera volar más alto y más lejos hasta que diese su último aliento.

Dipper no quería vivir sabiendo que llegaría el día de su muerte y tendría que dejar atrás a Pacifica. 

Pacifica podría jurar que estuvieron atrapados en una rotonda porque lo único que hacían era ir en círculos y repetir la misma conversación una y otra y otra y otra vez durante semanas. Él no se rendía y ella no vacilaba, pero eso no le había impedido contárselo a Mabel. 

— No vas a negarte después de que le haya abierto mi corazón a Mabel, ¿verdad? ¡Mi pobre hermana lloró por horas! —le dijo una semana después de que regresaron de su viaje a California. 

Pacifica había puesto los ojos en blanco con tanta fuerza que si siguiese siendo humana ahora estaría ciega. No entendía porqué estaba intentando apelar a su simpatía cuando jamás le había funcionado; ahora vivía lejos del yugo opresivo de sus padres, pero después de una década revolcándose en la depravación, la mezquindad y el narcisismo, era una misión diaria no recaer en viejos hábitos. 

Pero a veces su novio, Dios lo bendiga, se lo ponía tan fácil.  

— Oh, estoy segura de que tú también.

Dipper balbuceó ofendido. 

— ¡Ese no es el punto!

Claro que no lo era y estaba desviando el tema a propósito.

— ¿Por qué quieres hacerlo? —le preguntó al borde de la desesperación —. Tú mismo dijiste que esa conversación fue horrible y realmente no quieres poner más distancia entre ustedes.

Dipper se dejó caer en la cama, tan cansado como ella por repetir la misma conversación.

— No voy a negar que me lastima físicamente pensar en que Mabel y yo dejaremos de ser los asombrosos mellizos Pines —respondió con la voz tan baja que, si no fuese un vampiro, le habría resultado difícil entenderlo —. Siempre pensé que estaríamos juntos, que habíamos venido al mundo juntos y nos iríamos juntos, pero a veces la vida tiene otros planes. Me dolerá dejarla a ella y a toda mi familia, pero me mataría dejarte a ti y Mabel lo entiende. 

Por supuesto que lo hacía. Por la gracia de algún Dios misericordioso o simplemente porque eran mellizos, Mabel había apoyado a su hermano en todas y cada una de sus malas decisiones. Incluso después de abandonarlo todo para vivir en Oregón, Mabel seguía siendo una tormenta de positividad y entusiasmo y no tenía más que buenos deseos para ambos. Pacifica agradecía su apoyo incondicional, pero sentía que un cuchillo ardiente se clavaba en su pecho cada vez que la veía, porque podía notar por el latido de su corazón que era sincera. Realmente estaba feliz por su hermano y no guardaba ningún tipo de resentimiento contra Pacifica.

Nadie en el mundo merecía a Mabel Pines, ni siquiera su hermano.

(Pacifica esperaba que al menos pudiese encontrar a alguien que la amara como se debía amar a un alma libre, pura y leal, alguien que la hiciera tan feliz que no hubiese un día en el que sus mejillas no le dolieran, porque no podía parar de sonreír. 

Nunca se lo diría, por supuesto. Mabel se lo recordaría todos los días de su vida si cometía ese error.)

Pacifica suspiró, volviendo al presente. Se sentó en el sillón junto a Dipper y le cogió la mano. 

— ¿En serio quieres convertirte en un vampiro? —le preguntó en un murmullo.

Estaba esperando una diatriba sobre el amor y el compromiso, que le recordase que ninguna de las decisiones que había tomado esos años suponían un sacrificio para él, porque no había renunciado a nada ni perdió nada que realmente necesitaba en su vida; Dipper le repetía una y otra vez que la sangre, la universidad y su humanidad no eran un trueque, porque priorizaba su felicidad, y nunca podría ser feliz si no estaba a su lado.

Pero no lo hizo.

Él solo la miró directamente a los ojos, le apretó la mano con fuerza y sonrió. 

— Sí —fue todo lo que dijo y fue suficiente. 

Su corazón palpitaba con fuerza debajo de músculos y huesos, fuerte y frágil a la vez, tarareando una melodía que Pacifica identificaba como determinación, porque había aprendido a reconocer sus variaciones. La cadencia era distinta cuando se preparaba para un examen, hablaba por teléfono con su hermana o se encontraba con un nuevo misterio en el pueblo. El retumbar que producía cuando le sostenía la cintura y la besaba con desesperación mientras tenía un orgasmo era muy diferente al tamborileo que sonaba minutos después cuando se llevaba las manos a la cara, avergonzado por lo que había dicho y hecho en la cama, pero orgulloso como un niño por un trabajo bien hecho.

Era tierno, dulce, tímido y apasionado, era aguas calmas y un ciclón tropical, una contradicción eterna que la deslumbró desde que lo conoció e hizo que se enamorara de él cuando aún era una niña. 

Pacifica había crecido en una burbuja de individualismo y tuvo que aprender lo que era amar de verdad, sin condiciones ni expectativas, desechando todo lo que le habían inculcado desde la cuna, y no pasaba un día sin que se cuestionara si estaba haciéndolo bien. ¿Era egoísta aceptar que Dipper se convirtiera en un vampiro, aunque eso cambiase por completo su vida, solo para que estuviesen juntos? ¿O era egoísta negarse a su petición solo porque no quería cargar con la culpa de verlo renunciar a algo más por ella? No tenía una respuesta correcta, quizás nunca la tendría. 

— ¿Estás seguro? —le preguntó, porque era la única pregunta que realmente importaba. 

Dipper acunó su rostro entre sus manos y acercó el suyo para depositar un suave beso sobre sus fríos labios.

— Te amo —respondió.

Pacifica parpadeó rápidamente para ocultar las lágrimas y sonrió. 

— Te amo —le dijo —. Y sí. Está bien, pequeña rata, lo haré.

Dipper abrió los ojos tanto que parecía que se le iban a salir de las cuencas en cualquier momento, la perfecta representación de una lechuza, antes de soltar un chillido de alegría y lanzarse sobre ella para abrazarla. Pacifica no se esperaba el ataque repentino de emoción y perdió el equilibrio, cayendo hacia atrás. Ambos se deslizaron fuera del sillón, rodando hacia el piso en una maraña de miembros entrelazados, besos fugaces y carcajadas.

Pacifica había nacido en el lugar incorrecto en la familia incorrecta, le tomó 12 años aceptarlo y se tardó varios más en descubrir quién era en realidad. Casi una década después, Pacifica estaba en el lugar indicado con la persona indicada, lista para vivir feliz por siempre. 

Notes:

Aclaraciones:

- El anillo protector de luz solar es una referencia a The Vampire Diaries. ¿Porque me gusta la serie? Un poco, pero no. Fue más que todo porque necesitaba una solución rápida para que Pacifica no se quemara con el sol. Je.
- Greasy's Diner es el nombre en inglés del restaurante del pueblo y una traducción más exacta sería Cafetería de Grasoso, pero el nombre no me gusta así que lo cambié xd
- Soos y Melody tienen 2 hijos aquí, una niña de 6 y un niño de 3, pero se fueron de vacaciones durante el ataque de Pacifica porque me hubiera resultado más largo y complicado de explicar, pero también saben que Pacifica es un vampiro y apoyan su relación con Dipper.
- Waddles vive con Mabel en California. Cuando pasaron los acontecimientos del anterior fic, él estaba durmiendo en su cuarto ajeno al caos porque es un cerdito y debe vivir una vida tranquila.
- Stan casi sufre un colapso cuando Dipper le dijo que se convertiría en vampiro y Ford no les habló durante dos semanas enteras, pero al final ambos aceptaron su decisión a regañadientes.
- Dipper ha cortado toda comunicación con sus padres y Mabel es la única que habla con ellos actualmente. A petición de su hermano, no les ha dicho nada sobre su vida, sus logros ni su relación con Pacifica y probablemente nunca sabrán que se convirtió en un vampiro.
- Pacifica y McGucket utilizaron sus millones en conjunto (antes de que Pacifica fuera virtualmente desheredada) para encontrar una alternativa al consumo de sangre y crearon un suero. No es ideal y debe recibir sangre humana al menos una vez cada tres meses, pero no hay nada que el dinero no pueda comprar. ("No, tío Stan, no vamos a robar un banco de sangre, simplemente pagaremos por ella".)

Y eso es todo.

Me encantó escribir estos fics porque amo a todos y cada uno los personajes de Gravity Falls y me encanta explorar la psicología detrás de ellos y sus dinámicas unos con otros, así que este es un buen inicio. Hasta nuevo aviso esta serie termina aquí porque me parece un final adecuado, pero no descarto escribir más fics Dipcifica o fics enfocados en los gemelos Pines porque Stan y Ford son una caja de Pandora que me encantaría desarrollar en un futuro.

Espero que lo hayan disfrutado.

Kudos y comentarios se agradecen~

Besos.

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