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Idia estaba acostado en su cama, con los ojos fijos en la pantalla de su teléfono. La luz suave del dispositivo iluminaba su rostro, mientras el sonido de la película envolvía la habitación. La escena que se desarrollaba ante él lo tenía completamente cautivado: el Señor del Inframundo, de mirada oscura y solemne, se veía por primera vez frente a la Diosa de la Primavera. El contraste entre ellos, uno sombrío y otro lleno de vida, era lo que cualquiera llamaría cliché, pero lo que realmente lo estaba conmoviendo, lo que lo hacía sentir una mezcla de vergüenza y fascinación, era el instante exacto cuando el Señor del Inframundo, se enamoraba a primera vista de la diosa.
¿De verdad fue la flecha de Eros que lo enamoro?
Las mejillas de Idia se tiñeron de un rosa brillante, un color que rápidamente se reflejó en su cabello, como si la vergüenza pudiera manifestarse en el tono de sus cabellos. Cerró los ojos por un segundo, incómodo. ¿Cómo era posible que una escena tan... simple, tan cursi... lo tocara tanto? No entendía bien por qué, pero el sentimiento que le causaba era tan real como si él mismo fuera el protagonista de esa historia. Quizá la flecha de Eros ya lo había alcanzado a él también o se sentía reflejado, pues también miraba de esa forma tan inocente a cierto estudiante mucho mayor que él, pero del que no se atrevía a decirle unas palabras bonitas por lo nervioso que lo ponía.
En ese momento, se escuchó un golpeteo suave en la puerta.
—¿Nii-san? —dijo una voz desde fuera—. Voy a entrar.
Idia levantó la vista, avergonzado por la interrupción, pero rápidamente se recompuso.
—Pasa, Ortho —respondió, con voz algo temblorosa.
La puerta se abrió, y Ortho entró al cuarto con su usual entusiasmo, pero algo en su expresión se detuvo cuando sus ojos se posaron en el cabello rosado de su hermano.
—¿Nii-san? —preguntó, acercándose con una ligera sonrisa—. ¿Qué pasó? ¿Te teñiste el cabello? ¿O..? —su voz se llenó de curiosidad y un toque de preocupación—. ¿Algo ocurrió?
Idia se sentó en la cama, claramente un poco incómodo, pero decidió ser honesto. —Estaba viendo una película... sobre la Diosa de la Primavera —dijo con un suspiro, como si no pudiera evitar admitir la verdad—. La escena en la que el Señor del Inframundo se enamora de ella... se sitio... tan auténtico. Fue como si la flecha de Eros me atravesara también.
—¿En serio? —se rió un poco—. ¡Nunca pensé que verías una película amateur!
Idia se encogió de hombros y miró a su hermano con una leve sonrisa nerviosa. —Verás... El director me pidió que me encargara de la representación de la coronación de la Reina de la Primavera. Así que, para preparar la escena, vi esta película que hizo tu club, y... bueno, quiero saber quiénes son los responsables de la dirección y el guion. Quiero involucrarlos, aunque no sé si aún estén en la escuela. Tal vez ya se graduaron, o están en cuarto año.
Ortho se acercó y se sentó al borde de la cama, pensativo. —Hmm... el guionista es de tercer año, en realidad —dijo, mirando a su hermano con una sonrisa traviesa—. Y el director... ya se graduó, pero no te preocupes. Vil seguro puede ayudarte.
Idia asintió, sintiéndose un poco aliviado. —Entonces, ¿podrías contactarlo? Necesito saber si estarían dispuestos a ayudar con los preparativos de la representación.
Ortho desplego sus pantallas a la vista de ambos, entrando a la aplicación de chat de Magicam. Había varios usuarios en su lista de contactos, destacándose con una palomita verde a Vil, Cater y Lilia, mientras otros usuarios tenían nombres extraños, como Nekura_Samurai y Fil/Emmêlé, ambos contactos mostrándose en línea junto a otros más.
—Lo haré con mucho gusto —dijo mientras comenzaba a teclear—. Y hablando de la película, ¿tienes pensado usar algo de lo que viste? Ya sabes, la diosa del amor, el rapto, el acuerdo, todo ese drama. Lo que pasa en la película tiene un montón de elementos interesantes para la representación.
Idia se quedó en silencio por un momento, frotándose la nuca con un gesto algo pensativo. —Eso... lo dejo en tus manos. Lo único que me dijeron fue que me encargara de la representación de la coronación. Pero creo que tendremos que explicar cómo una diosa tan hermosa, llena de vida, termina en un lugar tan oscuro y lúgubre como el Inframundo.
Ortho soltó una risita. —Ah, ya sé lo que haré. Lo abordaremos desde el incidente con la diosa del amor. Quiero ver cómo representan esa escena en la que el Señor del Inframundo queda completamente flechado. ¡Es una de mis favoritas!
Idia, que ya comenzaba a sentirse algo incómodo de nuevo, no pudo evitar ponerse nervioso al escuchar la emoción en la voz de Ortho.
—¿Es... tu escena favorita? —preguntó, sin poder disimular el color que volvía a subirle a las mejillas.
Ortho lo miró con una amplia sonrisa. —Sí, y aún más desde que supe que está inspirada en mí.
Idia levantó la vista, su rostro perdió todo ese rubor natural que hacía que su rostro parecía con vida. No podía creer lo que acababa de escuchar, y de ser verdad, claro, no iba a decir que su hermano estaba mintiendo, pero quería pensar que tal vez, Ortho se estaba confundiendo de película, que no estaban hablando de la misma y había más de una versión de esa historia hecha por el Club de Estudios Cinematográficos, antes de pensar que... cierto estudiante con el que no tenía una buena relación estaba implicado.
—¿A... acaso "él" es el guionista? —preguntó, incredulidad en su voz—. El genio que hizo una obra digna del dios de las artes... fue... ¿Unmei?
Ortho asintió con una mirada llena de orgullo. —Sí, y seguro que cuando sepa que puede llevar su guion de nuevo un gran proyecto, dirá que sí.
Las expectativas de Ortho eran grandes, y no dudo en hacer una cita para poder hablar de los detalles, lo que no esperaba, aunque no era de extrañar, era que Shamato se negaría rotundamente a que su trabajo fuera retomado para una representación en vivo.
***
—No. —La respuesta de Shamato fue inmediata, cortante.
Volviendo a retomar su concentración en sus apuntes en aquel espació caótico que ya era, incluso después de clases, el laboratorio de alquimia, envuelto en el característico olor a productos químicos. Una mezcla de ingredientes extraños burbujeaba en los calderos, y el sonido del constante roce de frascos y tubos de ensayo.
Idia frunció el ceño, pero no insistió, sabiendo que cuando Shamato decía "no", era definitivo. Sin embargo, Ortho no se iba a rendir tan fácilmente. Con una sonrisa juguetona, voló alrededor de Shamato, preguntando con tono travieso.
—¿Estás seguro? Podría llegar a un acuerdo.
—No quiero nada, y tú sabes bien las reglas, Ortho. —respondió Shamato, sin mover ni un dedo, pero su tono fue firme y claro—. No puedes usar un trabajo ajeno, así que tampoco les daré permiso para usar mi guion.
Ortho hizo un pequeño puchero y se acercó un poco más, decidido a no dejar que la situación se quedara así. —Vamos, Shamato, no seas tan rígido. ¿Qué tal un pequeño juego de dardos? —dijo, flotando alrededor de él como un mosquito que no se cansa de dar vueltas.
Shamato siguió revolviendo un líquido color verde brillante en un tubo de ensayo con una concentración casi obsesiva.
—No te acerques mucho, estoy usando acido, y... —respondió, sin dejar de trabajar, pero con una sonrisa irónica—. No. No quiero jugar contigo, Ortho. Eres demasiado tramposo, y no pienso volver a perder otra vez.
Ortho sonrió de manera aún más amplia, como si tuviera un plan en mente. —Entonces te voy a dar lo que me diste la última vez que jugamos, ¿recuerdas? —dijo, con una expresión de pura diversión.
Shamato se detuvo un momento, el rostro de repente algo nervioso con un tono rojo que comenzara a teñir sus mejillas. En su distracción, añadió un poco más de lo necesario al caldero que tenía frente a él, creando una pequeña exposición que no fue a mayores, solo había explotado, creando un pequeño Champiñón por unos segundos en el aire.
—No... —comenzó a decir, intentando mantener la compostura, pero su voz temblaba ligeramente—. No, Ortho, no voy a apostar otra vez contigo.
Ortho, sabiendo que había tocado una fibra sensible, soltó una risa divertida y miró a Idia, solo con un solo objetivo, pedirle un poco de privacidad para convencerlo usando otro método.
—Nii-san, ¿me puedes dar solo... 30 segundos? —preguntó, con una sonrisa que claramente indicaba que tenía algo entre manos.
Shamato, que no había dejado de seguir la conversación, miró a Ortho con desconfianza, frunciendo el ceño. El color rojo en sus mejillas no era solo por la vergüenza del recuerdo, sino también por la creciente incomodidad.
—¿30 segundos? —murmuro Shamato, revolviendo el contenido de su caldero —. ¿Qué puedes hacer en solo 30 segundos? mi respuesta no va a cambiar, Angelito.
Idia se preguntó lo mismo, aunque había visto que antes podía convencer a Shamato con mucha más facilidad, como un perrito queriendo el premió que le dará su dueño por hacer un truco insignificante. Esa vez no iba a ser diferente, Ortho ya tenía muy bien "estudiado" al Ojo de las Moiras que ya sabía que cosas funcionaban con él y que cosas no. Sacó algo de su bata de laboratorio y lo levantó frente a Shamato.
—Mira lo que tengo —dijo, con una sonrisa de suficiencia—. Es azul Persia...
Shamato se quedó en blanco por un segundo, sus ojos clavados en el objeto en las manos de Ortho, un labial semipermanente. De repente, gritó con exasperación: —¡Idia, controla a tu hermano! ¡No sé cómo lo haces, pero hazlo!
Ortho, como si no le importara en absoluto la situación, dio un paso más cerca de Shamato. —Solo 30 segundos, Nii-san —insistió, sin dejar de sonreír—. ¿Podrías dejarnos solos?
Shamato no pudo evitar mirar a Idia, su expresión ahora completamente roja y visiblemente incómoda. —¡No lo hagas, Idia! —advirtió, mientras su mano temblaba ligeramente, como si estuviera al borde de perder la calma.
***
Idia decidió salir del laboratorio sin pensarlo mucho. No quería estar allí para presenciar el desenlace, y la idea de escuchar más gritos de Shamato, tratando de convencer a Ortho de no seguir con su plan, no le parecía muy atractiva. Así que, sin hacer más preguntas, dio un paso atrás, cerrando la puerta del laboratorio detrás de él.
Desde el pasillo, escuchó la última serie de gritos provenientes del interior, de Shamato casi rogando, pidiendo que no lo hiciera. Un grito más fuerte resonó, y luego, el silencio. Idia suspiró aliviado. Habían pasado los 30 segundos, pero la idea de volver a entrar le parecía "innecesaria" y bastante incomoda. Sin embargo, no pasó mucho tiempo antes de que Shamato saliera del laboratorio, y la escena que vio lo dejó sin palabras. Shamato estaba sosteniendo un libro abierto frente a su rostro, tratando de ocultarse, pero era imposible esconder esas evidentes marcas de besos de un brillante color azul en todo su rostro, casi como si un sello de tinta hubiera sido estampado en su piel. Su rostro estaba completamente rojo, como si el calor hubiera subido a su cabeza. Dejó escapar un suspiro resignado.
—Hablaremos de los detalles de la representación en la noche —dijo, con voz tensa, sin mirarle directamente a Idia. Su intento de mantenerse serio solo hacía que su incomodidad fuera aún más evidente.
Idia lo miró sorprendido, sin saber si debía reír o simplemente quedarse callado. No le paso por la mente enojarse y volver a Shamato ese extraño ojo que cabía perfectamente en una jaula para canarios. Ortho lo había convencido, era lo importante para no tener que hacer el trabajo social de reclutar a los estudiantes para la representación, asignar roles y el resto de las tareas que deberían ser exclusivamente de él.
En ese momento, Ortho salió del laboratorio también, con una sonrisa en su rostro. Idia frunció el ceño, mirando a su hermano, ya se había acordado de que no estaba de acuerdo con la relación que tenían.
—¿No había otra forma de convencerlo? —preguntó, un poco incómodo ante el espectáculo que acababa de presenciar.
Ortho se encogió de hombros, flotando ligeramente mientras miraba un panel de registro de datos diarios. —No, no la hay —respondió con una sonrisa traviesa—. Además, esa "prueba" la tenía contemplada para realizar esta semana, queda perfecta para mi registro de datos emocionales del diario.
Shamato pego el libro más a su cara. —Sigues siendo un tramposo. —acuso, con tono bajo y tembloroso.
