Chapter Text
Templo de la Isla del Aire. Ciudad República.
—¡Bumjuuuuu! —Bumi entró dando una patada en la habitación que ocupaba en el templo familiar de la Isla del Aire de Ciudad República, escaneando la estancia hasta localizar al pequeño espíritu alado dormitando apaciblemente junto a la cabecera de la cama, que empezó a desperezarse alertado por sus gritos— ¡Mira! ¡Me ha llevado toda la noche, pero por fin está terminado!
Sacó del bolsillo de su cazadora militar un pequeño suéter de lana de color rosa chillón, y se lo mostró con una sonrisa de oreja a oreja. El espíritu se acercó aleteando con cautela y olisqueó el jersey con vaga curiosidad, un tanto receloso, para apenas dos segundos después, alejarse con patente desinterés.
—Oh, ¿No te gusta? —La expresión de desolación que se reflejó en el rostro de Bumi fue tal que podría haber derretido el corazón de un glacial—. Ya sé que es mi primer intento, pero me he pasado la noche en vela para tejértelo. Por favor, dale aunque sólo sea una oportunidad…
Hizo el amago de acercarse para probarle el jersey, pero Bumju revoloteó rápidamente hacia el techo de la habitación, hasta quedar fuera de su alcance.
—¡Bumju! ¡Vamos! Si lo he hecho con todo el amor del mundo —Se subió de un brinco a la cama con las botas puestas, provocando que el espíritu se alejara en dirección al extremo opuesto de la habitación—, ¡No seas cabezota y pruébatelo! —Y al intentar atraparlo de un salto terminó dándose de bruces contra el suelo—. ¡AGH! —gruñó tras golpearse la nariz.
Bumi escuchó al espíritu soltar un leve gruñido que se asemejaba demasiado a una risilla por encima de su cabeza.
—¡Se acabó! —Se puso en pie con el rostro magullado, y tras sacudirse con vehemencia la ropa, se encaró con el espíritu, señalándolo con un largo dedo acusatorio—. ¡Ahora mismo vas a dejar de hacer el gamberro y vas a probarte este jersey que con tanto cariño, sudor y sangre te hecho! ¿¡ESTÁ CLARO!? —exclamó con ojos airados, y viéndose momentáneamente poseído por la disciplina militar a la que había estado acostumbrado durante los treinta años que había pasado en las Fuerzas Unidas.
Sin embargo, su enfado se esfumó tan rápido como había llegado; cuando se fijó de nuevo en su amigo espíritu, reparó en sus ojillos temblorosos y cómo su cuerpo se sacudía entre sollozos, asustado.
Bumi quiso abofetearse a sí mismo hasta perder el sentido. ¿Desde cuándo se había vuelto tan insensible, tan impaciente, tan irascible cómo... cómo... bueno, cómo Tenzin?
Tratando de recuperar la compostura perdida, Bumi relajó sus facciones y dirigió a su pequeño amigo una mirada arrepentida.
—Por favor, perdóname, Bumju —Juntó las manos en señal de ruego—. Es sólo que me había esforzado mucho con esto y ... reconozco que he perdido un poco... no, que he perdido un mucho los estribos; mira, ¿Qué te parece si nos sentamos y hablamos como las personas civilizadas que somos y… Bumju? ¡Bumju! —Tan absorto estaba en su monólogo de disculpa que no advirtió en como el espíritu se escabullía silenciosamente hacia el exterior a través de la ventana.
—¡Bumju! ¡Espera! —gritó lanzándose en picado tras él.
Justo en ese momento, la puerta se abrió de par en par.
—Pero bueno, ¿¡Se puede saber que son esos gritos…!? ¡Ahhhh! Pero ¿¡Qué es lo que pasa!? —Pema entró en la habitación alertada por la conmoción, quedándose boquiabierta al encontrarse las nalgas de su cuñado encajonadas en el hueco de la ventana hexagonal, mientas sus piernas pataleaban para tratar de impulsarse fuera del cuarto—. ¡Bumi! Pero… ¿¡Se puede saber qué estás haciendo!?
—Aghhh… ¿Qué…? ¡Ah! Hola, Pema, querida —la saludó desde su embarazosa posición, sin posibilidad alguna de volverse hacia ella—. Siento mucho el jaleo, pero es que...—se revolvió tratando de salir a través del marco de la ventana— Verás... Bumju y yo hemos tenido una pequeña discusión y… y… ya sé que esto ha de parecerte desconcertante y extraño, pero enseguida lo soluciono... —Pataleando, trató de zafarse para pasar a través del agujero, sin demasiado éxito— AGGHHH... ¿¡Por qué narices mandaría papá construir unas VENTANAS… TAN... DIMINUTAS!?
Apoyando las manos en el muro exterior, se dio impulso hasta que logró salir, a duras penas y volviendo a darse de bruces esta vez contra el duro suelo de piedra. Después, se incorporó de golpe y dedicándole una breve mirada de disculpa a Pema (que lo observaba como si se hubiera vuelto loco), sonrió y, señalando la dirección por la que había huido el espíritu, trastabilló:
—Bueno... ¡Bueno! Yo me voy a ir yendo y... ¡Nos vemos a la hora de la comida! ¡Gracias! ¡Y perdón por el estropicio de la habitación! ¡Luego lo recojo! ¡Adiós!
Sin darle tiempo a la pobre mujer a reaccionar, empezó a correr en pos de Bumju, que ya se alejaba en dirección al peñón del islote. Finalmente, tras una persecución encarnizada de no pocos minutos, durante la cual el espíritu solo se detenía cada varios metros a una distancia prudencial para cerciorarse de que el antiguo comandante le seguía, como si solamente estuvieran jugando a un amistoso pilla-pilla, Bumi lo alcanzó cerca de uno de los árboles que crecían al borde del acantilado
—¡Vuelve, Bumju!
El aludido, al verlo venir, volvió a situarse fuera del alcance de Bumi, que, lejos de rendirse, terminó por encaramarse al tronco, reptando por una de las ramas que más se inclinaban hacia el vacío.
—Si no quieres ponerte el suéter que te hecho no pasa nada —guardó el estridente jersey en el bolsillo y se giró hacia él, con expresión abatida—. Siento haberme enfadado —La delgada rama a la que se aferraba temblaba cada vez más bajo su peso, pero Bumi continuó avanzando cada vez más cerca del borde—. ¡Bumju! ¡Me estoy quedando sin árbol! ¿Podríamos bajar ya?
Como si el propio universo estuviera escuchándolo, la rama se desprendió en ese instante del resto del tronco con un seco chasquido, y Bumi dio una vuelta completa sobre sí mismo, quedando colgado del extremo...
Y a una altura de treinta metros bajo sus pies.
—¡BUMJU! —exclamó histérico al notar como sus dedos entumecidos comenzaban a resbalar— ¡Una pequeña ayudita no me vendría nada mal ahora mismo! ¡Por favor, que me mato! —Ya sí, el pequeño espíritu acudió raudo junto a él, aferrándolo por el cuello de su cazadora militar con sus dientecitos, tratando de subirle con todas sus fuerzas, pero nada podía hacer contra los ochenta kilos del hijo del Avatar.
Finalmente, la chaqueta terminó escurriéndose de los brazos de Bumi, quedándose en las fauces del espíritu, mientras que su dueño caía en picado contra la base de la isla.
—¡AAAAHHH! —Bumi actuó por instinto: Cerró los ojos y se cubrió el rostro con los brazos, rogando para que la caída no le matase. Habría sido despiadadamente irónico que, después de domar a un espíritu maligno ayudado de una sola flauta y haber acabado con toda una horda de esas criaturas y los esbirros de Unalaq gracias exclusivamente a su torpeza y a un golpe de suerte, hubiera terminado sufriendo una muerte tan absurda.
Aguardó aterrado al impacto de la caída… Pero este nunca llegó.
A sus oídos llegó el inconfundible sonido de una fuerte corriente de viento, justo por debajo de él, y al cabo de unos segundos se percató de que se encontraba suspendido en el aire.
Pero… ¿Cómo era posible? ¿Acaso Tenzin le había visto irse corriendo como un loco por la isla y había llegado a tiempo para socorrerle?
Abrió los ojos.
En nombre de Raava y de todos los espíritus…
Cuando procesó que era lo que estaba viendo, que era lo que estaba pasando, fue como si aquella espina que había llevado clavada en el corazón durante toda su vida, cuando comprendió que él no era especial, al menos de la forma que a él le habría gustado ser… y de la forma que habría deseado su padre, le fuese arrancada por fin.
Una corriente de aire era lo que le había salvado de darse un castañazo (probablemente mortal) contra la arena, sí. Pero no la había invocado Tenzin, ni ninguno de sus hijos... ¡sino que salía de sus propias manos!
Estaba dominando el aire…
¡Estaba dominando el aire!
—¡Mira, Bumju! ¡Estoy dominando el aire! ¿Puedes creértelo? —exclamó, pletórico, mientras el espíritu descendía todavía transportando en las fauces su chaqueta. La ilusión duró unos segundos más, hasta que la corriente que emanaba de sus manos fue menguando hasta desaparecer.
Y, ahora sí, se dio el tercer golpe en lo que llevaba de día.
—¡AGH! ¡Vale, eso sigue doliendo una barbaridad! —Al cabo de unos instantes, se incorporó, sentándose sobre la arena, y tratando de asimilar lo que acababa de pasar. Bumju se acomodó en su rodilla, observándole con la cabeza ladeada—. He dominado el aire... —susurró, ya no en ese estado de furor previo, sino con una renovada serenidad—. He dominado el aire… —repitió, porque todavía no se lo creía. Se llevó una mano a la frente sudorosa.
Permaneció varios minutos así, respirando de forma entrecortada, y cuando por fin lo hubo procesado del todo, después de pellizcarse varias veces y comprobar que, efectivamente y por increíble que resultase, no se trataba de un sueño, hizo algo que llevaba años, incluso décadas, sin hacer: Se echó a llorar.
Enterró el rostro entre las manos y dejó escapar toda una cascada de lágrimas que ni siquiera había reparado estar conteniendo, lágrimas causadas por una miríada de intensos sentimientos contradictorios que llevaban acumulados desde la infancia en su interior sin ser liberados.
Por un lado, felicidad.
Porque su más tierno anhelo se había visto cumplido.
Porque, de algún modo que todavía no alcanzaba a comprender y que por el momento no quería, ni mucho menos se atrevía a cuestionar, por fin se había convertido en un Maestro del Aire.
Felicidad, porque por fin sentía que tenía una oportunidad de conectar verdaderamente con su padre: Aunque fuese demasiado mayor para tener hijos, eso no implicaba que no estuviese a tiempo para participar y sumergirse esta vez enteramente en la cultura de su padre; ahora podía aprender a dominar el aire, conocer esa sensación que solo su hermano pequeño y él habían tenido el privilegio de experimentar… hasta ahora. La vida por fin le había brindado la oportunidad de sentirse como un verdadero hijo del Avatar Aang.
Pero también había tristeza.
Tristeza porque, en el fondo, había visto su sueño cumplido demasiado tarde. Porque lo que más había ilusionado a su padre era la posibilidad de tener varios hijos Maestros del Aire que pudieran garantizar de algún modo la supervivencia de su cultura. Y a él le habían arrebatado esa oportunidad desde que era un niño, cuando sus padres recibieron la insólita noticia, de que contra todo pronóstico su primogénito era un no-maestro.
Y, sobre todo, tristeza porque su padre no estaba allí para verlo. Habría dado los últimos años que le quedaban de vida solo para que hubiese podido verlo convertido en un Maestro del Aire... y ahora ya era tarde.
Descargó toda su alegría y melancolía durante un buen rato, en el que Bumju permaneció a su lado sin salir volando, respetando el momento y dándole el tiempo que necesitaba hasta que, finalmente, se sintió mejor.
Se sonó la nariz, antes de abrazar temblando al espíritu, que esta vez se dejó hacer sin oponer resistencia.
—Gracias, Bumju —susurró. No necesitaba tener que ponerse un estúpido jersey mal tejido para demostrar que era un buen amigo. En el fondo, él ya era el mejor amigo que podía haber pedido: Uno que estaba allí dispuesto siempre a escucharle, y que lo apreciaba con o sin poderes.
Eso le recordó algo. Se levantó de golpe, con tanta prisa que se hizo daño en la espalda todavía magullada.
—¡Bumju! —jadeó, llevándose las manos a las rodillas. Pero sonreía—. ¡Vamos, rápido, tenemos que contárselo a Tenzin! ¡Ya verás cuando lo vea! ¡Se le va a caer la mandíbula al suelo con tanta fuerza que va a abrir un boquete en la tierra!
Y emprendió la marcha a toda velocidad de vuelta al templo.
