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Characters:
Language:
Español
Stats:
Published:
2025-03-24
Updated:
2026-07-06
Words:
30,123
Chapters:
24/?
Comments:
4
Kudos:
54
Bookmarks:
4
Hits:
471

Punto de Inflexión

Summary:

Siempre creyó que los eldianos eran demonios. Para Nicolo, solo existían dos lados de la historia: la suya, y la de ellos, los héroes y los demonios. Nadie nunca lo preparó para el shock de que el demonio en persona admirara lo que hacía [Nicolo x Sasha] [Publicado originalmente en fanfiction . net]

Notes:

(See the end of the work for notes.)

Chapter Text

Malditos demonios sangre sucia.

Nos han atrapado. Mierda. Esa maldita Yelena nos ha traicionado. Ella y su séquito de devotos de Zeke. Ahora estamos atrapados en esta maldita isla llena de demonios. Intentaría escapar, pero no hay a dónde huir. Nos han robado hasta nuestros barcos. ¡Maldita sea!

El capitán está muerto. Ella lo mató. Tomó el mando y entregó a los demás como prisioneros. En cuanto a mí, soy un rehén ahora. O lo era, mejor dicho. No sé cuánto tiempo más me dejen con vida. Ahora que ha quedado claro que Yelena está del lado de los demonios, ya no les soy útil. Pero no me importa morir. Cualquier cosa es mejor que quedarme aquí con ellos. El solo pensar que estoy respirando su mismo aire me repugna y me hace querer vomitar.

Me han dejado con vida. No lo entiendo. A los demás también los han perdonados. ¿Por qué hacen esto? ¿No deberían deshacerse de nosotros? Ya no les somos útiles, ¿por qué tener prisioneros que no les sirven de nada y solo son una carga más bien? Incluso me han liberado. A Grior también. Ah, ya entiendo. Van a ejecutarnos. Lo han preparado todo. Debe haber miles de demonios eldianos allí afuera, reunidos en una gran plaza, a la espera para aclamar mi muerte. Está bien, no me importa. Moriré con orgullo, como soldado marleyano que soy. No me dejaré doblegar. No me quebrantarán.

Solicito mi uniforme. Si voy a morir, moriré como lo que soy. Soy el orgullo de Marley. Soy su fuerza, soy su defensa. Soy un asesino de demonios. El soldado que me abre la puerta me mira extrañado. Ha de ser estúpido. Claro, lo olvidaba, son demonios. No tienen ni una pizca de honor o dignidad. No puedo creer que tenga que explicárselo.

—Mi uniforme, inepto —repito con todo el desprecio que puedo transmitir en mi voz—. Si voy a morir, no lo haré con estas ropas. Eres un soldado, ¿no? Se supone que deberías entenderlo.

No soporto su mirada estúpida de confusión. Me voy a matar yo mismo si tengo que explicárselo de nuevo.

Intercambia una mirada con su compañero. El otro parece tener más luces, pero no dice nada. Trae consigo una muda de ropa que espero que no piensen que me ponga. No pienso tocar esas sucias ropas eldianas. Seguro tienen pulgas y a saber qué otra cosa más.

—Me han pedido que lo escolte al cuartel general —explica el soldadito calvo con cara de tonto—. Tenemos agua para que se lave y ropa nueva para que se vista.

—¿Tanta molestia para cortarme el pescuezo? —pregunto, mordaz—. Vaya, qué buen servicio.

—No tenemos previsto ejecutar a nadie —responde con algo que parece pena. Me da náuseas—. Acompáñeme, por favor. Lo están esperando.

—¿Quién me espera? —pregunto. No es que me interese, pero si han decidido no matarme es por algo. Espero que no piensen convencerme de unirme a ellos porque no lo haré. Prefiero la muerte antes que traicionar a mi patria.

—Nuestros superiores —dice. Genial, la loca del parche—. Y la señorita. Yelena.

No puedo evitar parpadear cuando la mencionan. Así que estará allí. Bueno, si esperaban convencerme con eso, lo han logrado. Tal vez no sean tan estúpidos después de todo.

Acepto de mala gana y los sigo en silencio sin protestar más. Si de verdad van a llevarme con esa perra debo estar en buenos términos con ellos y no hacer que cambien de opinión.

Quiero verla. Quiero que me diga en mi cara por qué nos traicionó, si acaso pensaba obtener algún tipo de ganancia. Quiero escupirle a la cara y hacerle pagar por lo que hizo. Quiero justicia por mis compañeros, por las familias que dejaron solas. Quiero recuperar el orgullo de Marley.

Me conducen hacia el final del pasillo hasta una pequeña habitación. Hay una palangana, un espejo y una toalla. El soldado que ha permanecido callado me entrega la ropa. La tomo sin ocultar mi repulsión, pero su rostro es una máscara y no deja ver nada. Parece inteligente. Ambos salen de la habitación y me dejan a solas.

—¿Qué? ¿No piensan vigilarme? —me mofo.

—No hay a dónde huir —habla por primera vez. Cierra la puerta y no vuelvo a oír sus voces.

Estoy solo ahora. Me apoyo en la mesa con la palangana y miro mi reflejo en el espejo colgado de la pared. Estar encerrado no me ha sentado bien. Necesito afeitarme y lavarme la cara. También necesito un baño. Desde esa noche no me han dejado salir ni una vez. Me quitaron mi uniforme, mis insignias, incluso mis botas. Las armas fueron por supuesto lo primero que se llevaron. Estoy usando solo mi ropa interior. Franela sin mangas y calzoncillos hasta la rodilla. Me desvisto y tiro la ropa a un lado. Observo las prendas que me trajeron y reconsidero si no debería quedarme desnudo. Pero por supuesto, ellos no permitirían eso y además debo ver a esa perra traidora. Lástima que sea mujer. Me gustaría partirle la cara.

Comienzo a lavarme la cara y un escalofrío recorre mis manos. Está fría, por supuesto. Me lavo rápidamente y me pongo la ropa que han traído para mí, no sin sentir un escalofrío de repulsión. Cuando salgo del cuarto, esos dos siguen ahí. Me escoltan hasta algún lugar fuera de las celdas y el sol me lastima los ojos. Me llevan hasta una tienda pequeña, no hay mucha gente allí. Está la loca de los anteojos y parche. Está el capitán Ackerman, el que me apuntó con sus armas. También está Yelena.

*.*.*

Pretenden que sea su cocinero. Su maldito cocinero. Semejante humillación no pasará por alto. En Marley era un orgulloso soldado, respetado por mis compañeros. Ahora he quedado reducido a un simple cocinero. Debe ser su idea. Quiere burlarse de mí.

—Nuestro personal está ocupado y necesitamos a alguien que se encargue de la comida —dice la loca del parche. Intercambia una mirada con Yelena antes de continuar—. Tenemos entendido que eres bueno cocinando. Si cocinas para nosotros te dejaremos libre. Te mantendremos vigilado, por supuesto, pero ya no estarás encerrado.

—Confío en que no intentarás envenenarnos —añade Yelena. La muy perra está sonriendo—. Todo lo que prepares se le servirá primero a tus compañeros en las celdas.

Acepto de mal gana. Cocinar para estos sangre sucia nunca estuvo en mis planes, pero debo mantener mi cabeza pegada al cuello si quiero salir de aquí y avisarle a los altos mandos. No necesito llegar al mar. Con entrar a uno de los barcos y mandar un mensaje por radio será suficiente. Lo que hagan conmigo después no importa. Habré cumplido con mi deber.

Empiezo a trabajar de inmediato. Me dan un delantal y me llevan a donde preparan la comida. Ni si quiera es una cocina apropiada, sino un cuartucho que han improvisado. El lugar es bastante rudimentario. Cuando pido un yesquero, me miran como si estuviera loco. Ah, es cierto. Estos salvajes no tienen ni una pizca de tecnología. Termino encendiendo el fuego con unos palillos parecidos a los cerillos. Me lavo las manos y me pongo a trabajar. Hay legumbres, arroz y algunas verduras. No hay carne. De todos modos no tienen como refrigerarla. Intento ignorar la incomodidad y me concentro en mi trabajo.

Como Yelena prometió, los primeros en comer son mis compañeros. La cuatro ojos tuerta me lleva hasta donde los tienen encerrados, detrás de ella otros soldados traen los carritos con la comida. Me pasa el brazo por el cuello y siento un escalofrío de repulsión cuando su brazo roza mi piel.

—Nuestro amigo aquí  ha preparado esta comida especialmente para ustedes —sonríe y extiende los brazos dramáticamente—. Ellos me miran con sorpresa, no esperaban verme allí afuera junto al enemigo. Se detienen en la ropa limpia y una mirada de traición surca sus rostros. Parecen ofendidos. Lo siento, chicos.

Los demonios eldianos les sirven la comida y mis compañeros observan la escena con un gesto de desconfianza. Algunos lucen confundidos, la mayoría se niega a tocar la comida.

—Tranquilos, amigos —dice la mujer con entusiasmo teatral—. Nuestro amigo Nicolo lo ha preparado él mismo. ¡Vamos, coman!

Se miran entre ellos y solo algunos aceptan, con renuencia. No es que desconfíen de mí, es que recibir comida de ellos es una gran afrenta. La primera cucharada la mastican despacio, unas cuantas veces como decidiéndose si tragar o no. Luego, terminan tragando y tomando bocados más grandes. Al ver que ninguno ha caído muerto, los demonios eldianos me dejan ir.

—Bien, volvamos —declara y se frota el estómago—. Me muero de hambre.

Sus soldados la siguen a la salida y me empujan para que camine. Les dirijo una última mirada de disculpa a mis compañeros y sigo mi camino fuera de aquel lugar. Empiezo a sentirme un poco culpable. Desearía poder hacer algo por ellos.

Después de la comida me conducen al lugar donde dormiré. No es muy grande aunque tampoco es demasiado pequeño. Hay un par de catres y una sábana encima de cada uno.  Lo más seguro es que tengan pulgas y a saber qué más. Con estos demonios nunca se sabe.

El demonio que me escolta me señala uno de los catres que están vacíos, sin efectos personales. Me deja solo y se va. Inspecciono el delgado colchón y acabo sentándome en una esquina. Aún no puedo asimilar lo que me está pasando. He sido traicionado, capturado y forzado a trabajar para estos demonios. Y no conforme con eso, también he sido enviado a dormir con ellos. ¿Qué es lo que sigue? ¿Casarme con una de sus mujeres y tener hijos semi demonios?

No puedo creer mi suerte. Pienso en mis amigos y mi familia, lo que pensarán de mí cuando no vuelva a casa y no tengan más noticias de mí. Siento todo el peso hundirse encima de mí y tengo deseos de romper algo. Maldita sea mi suerte. Malditos sean todos estos demonios eldianos. Los odio. Se merecen todo el odio del mundo y más. Pagarán por esto.

La noche cae y como sospeché, tendré que dormir con ellos. Con todos ellos. Está el rubio afeminado, el calvo con cara de imbécil, cara de caballo, el idiota de peinado ridículo y hasta el famoso Ackerman. Me pregunto cómo los guerreros pudieron soportar tanto tiempo con ellos. Es una maldita pesadilla.

Y hablando del demonio, cuando ya están a punto de apagar las luces, el Ackerman me hace una advertencia. No oso contradecirlo por mucho que quiera. Su reputación lo precede, es escalofriante.

—Te advierto que si llegas a intentar algo, por muy pequeño que sea, te ensartaré esa espada por el culo hasta que cagues por la boca y luego te cortaré el cuello. ¿Está claro?

Asiento apenas controlando mi nerviosismo. Presiento que no exagera. El recuerdo de aquella hoja afilada contra mi espalda sigue tan fresco en mi memoria que casi puedo sentirla cosquilleando mi piel.

Las luces se apagan. Y no me muevo de mi sitio en toda la noche.