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Renuncia

Summary:

Aegon había sido tan joven e inexperto, tan torpe y desatado en el pasado para darse cuenta de que pudo haber sido él quien lo hiciera feliz. Ahora Jace había encontrado el verdadero amor en los brazos del señor de Invernalia y era demasiado tarde para recuperarlo.

Notes:

Escrito para el evento #SongFicsJacegan.

Tema: Longing
Canción en la que me inspiré: When I was your man de Bruno Mars.

Sé que parece un Jacegon y sin querer fue intencional pero la pareja principal es Jacegan, sólo que la escribí desde el punto de vista de Aegon porque no lo pude evitar y me gusta el drama.

Work Text:

El lecho le parecía despiadadamente enorme ahora que dormía solo, aún así conservaba la almohada de al lado que Jace usaba cuando estaban juntos y lo compartían. No permitía que los criados cambiaran la funda de esa almohada cuando entraban a la habitación para hacer la limpieza, quería conservar los restos del aroma en aquel pedazo de tela porque era lo único que Jace le había dejado.

El bardo del castillo repetía una y otra vez la misma canción mientras él bebía. Tocaba la cítara y entonaba cuantas veces le ordenara la línea que a Jace más le gustaba, sin embargo, ya no sonaba igual y los versos que en el pasado lo deleitaban, ahora le recordaban amargamente la complicidad que Jace y él tenían y que hacía largo tiempo habían perdido.

Los murmullos en la Fortaleza Roja se imponían como las saetas al viento, toda la corte hablaba de la última novedad: una inminente boda entre el príncipe de Rocadragón y el joven señor de Invernalia estaba pronta a celebrarse, una boda que ya tenía a la mitad del reino expectante y sin contener el aliento. A él lo derrumbaba escuchar el nombre de Jace a cada paso que daba, a cada escalón que subía, en cada boca que se abría para hablar, y saber que era feliz sin él y que otro hombre lo abrazaba lo abatía por completo.

Ahora lo veía con claridad. Había sido tan joven e inexperto, tan torpe y desatado en el pasado para darse cuenta de que pudo haber sido él quien lo hiciera feliz pero en cambio, había hecho todo lo posible para estropearlo. Las noches de desenfreno en los burdeles, las inútiles borracheras, el haber engendrado hijos bastardos por toda la ciudad no habían hecho más que mermar el amor que Jace una vez le profesó. ¿Por qué nunca le regaló esas flores que siempre mencionaba? Crecían en el Bosque Real, tan cerca de su alcance, y él había sido demasiado perezoso para ir a buscarlas y regalárselas, para tener con qué sacarle una sonrisa.

Se martirizaba con rabia. Si hubiera tomado la mano de Jace frente a la multitud cuando éste lo agarraba para que lo correspondiera, si no hubiera sido un cobarde y un indeciso cada vez que Jace proponía formalizar el vínculo ante la corte, su historia habría sido diferente. Por vacilar y holgazanear, por mentir y ocultar había perdido el amor más sincero que jamás volvería a experimentar. Ahora se daba cuenta de que todo ese tiempo perdido tendría que habérselo brindado a Jace porque no iba a regresar, porque había muerto con su partida.

Nunca lo había acompañado a los bailes que los señores organizaban en sus castillos por preferir el tinto y la entrepierna de las plebeyas, nunca habían emprendido ese viaje juntos a lomos de su dragón porque él siempre estaba demasiado cansado y demasiado borracho para acompañarlo. Ahora Jace no tenía que sufrir por un novio ausente e irresponsable como él; ahora había encontrado a un hombre íntegro y bien dispuesto en los brazos del señor de Invernalia, un hombre que probablemente no dudaba en subirse a Vermax con tal de cumplir el capricho de su príncipe y prometido.

Le zahería el orgullo y le aplastaba el ego saberse olvidado y reemplazado por un hombre semejante. Lo llamaban el Viejo Lobo con mucho respeto a pesar de su juventud mientras que a él incluso sus propios familiares lo ignoraban. Stark lideraba las huestes norteñas cada vez que se presentaba una batalla en aquellas tierras aciagas mientras que lo único que él podía liderar era su verga o las copas de vino. ¿Qué tenía Cregan que él no tuviera siendo un príncipe Targaryen y heredero de la casa del dragón? Al parecer no bastaba con su ascendencia valyria y sangre de reyes para competir con un lobo del Norte y a pesar de eso reconocía que era su propio egoísmo lo que había orillado a Jace a abandonarlo para luego comprometerse con aquel.

Añoraba tanto a Jace ahora que sabía que nunca más volvería a sentir su cuerpo, que se le hacía muy difícil lidiar con la certeza de que la ruptura había sido por su culpa. No debió anteponer sus necesidades y deseos a lo que podrían haber proyectado juntos, no debió ser indiferente ante lo que Jace demandaba y merecía. ¿Cómo iba a reparar todo el daño causado por su propia falta de entrega? El desastre ya estaba hecho y se sentía débil para recoger los pedazos rotos. Sólo le quedaba arrepentirse cada vez que se acostaba y cerraba los ojos, sabiendo que Jace nunca volvería a dormir a su lado porque ahora había otro hombre calentando sus sábanas.

Pese a la angustia, el día tan esperado por el reino llegó y él se armó de fuerzas y valor para asistir a la boda junto a toda la familia Targaryen. Le había costado mucho tiempo hacer las paces consigo mismo para viajar hasta Invernalia, es más, ni siquiera había terminado de sanar la herida para cuando decidió que iba a mirar a Jace a los ojos y ofrecerle sus buenos deseos. No importaba que Jace aún no lo hubiera perdonado, que el hombre que ahora tenía al lado fuera más digno de su amor y de su tiempo. Estaba dispuesto a presentar sus respetos y también sus disculpas porque era lo menos que le debía; era lo que él sentía aunque fuera demasiado tarde para intentarlo y aunque fuera absurdo.

El día de la boda los vio besarse frente a un arciano blanco. Se miraban con amor. Lord Stark iba envuelto en su capa de piel de lobo y con el mandoble Hielo colgado a la espalda. Jace, su Jace, iba vestido con jubón negro y el dragón rojo cocido en el pecho y con la capa gris y blanca de los Stark pendiendo sobre sus hombros en señal de matrimonio. Ansió regresar el tiempo atrás.

Finalmente y con mucho esfuerzo, con determinación y definitiva renuncia, deseó que lord Stark le regalase a Jace esas flores que tanto le gustaban, que cogiese su mano entre la multitud y lo presumiese con orgullo como quería, que matase las horas con Jace y sólo con Jace en vez de dejarlo solo, que lo acompañase a los bailes y a volar en dragón juntos cada vez que se lo pidiera con los ojos llenos de ilusión y con las palabras llenas de ternura. Anheló profundamente que el frío del Norte compensase lo que el fuego del sur no había logrado encender: el corazón de Jace.

El señor de Invernalia besó delicadamente los labios del príncipe de Rocadragón frente a todos los invitados y entonces lo supo: Cregan Stark ya había hecho por Jace todo lo que él nunca hizo.

Se había comprometido.