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Language:
Español
Stats:
Published:
2025-04-12
Completed:
2025-11-30
Words:
7,460
Chapters:
2/2
Comments:
8
Kudos:
45
Bookmarks:
2
Hits:
623

Podría ser peor

Summary:

[Twoshot] Lando y Oscar se ven obligados a compartir habitación durante las pruebas de invierno de 2025 (y terminan compartiendo algo más).

Notes:

(See the end of the work for notes.)

Chapter 1: Podría ser peor

Chapter Text

Se suponía que dos mil veinticinco iba a ser El Año.

En mayúsculas y escrito en letras color papaya. Y tal vez un poco de neón. Con tipografía Apricot, a poder ser.

El Año.

El bueno, el grande, el definitivo; el que todos en McLaren estaban esperando como agua de mayo desde hacía un lustro que se había distinguido por una mejora constante y progresiva. Dos mil veinticinco iba a ser la temporada de Lando Norris. Puede que a Oscar no le hiciera mucha gracia, pero se había atenido a las directrices de la escudería, y ambos habían aterrizado en Baréin con el objetivo de participar en las pruebas de invierno, antes de que el mundial diera comienzo en marzo.

Tratándose de la Fórmula Uno, Lando había dado por sentado que, igual que todos los años, cada uno tendría su propia habitación en el Al Manzil Residence Hidd2; el hotel en el que solían hospedarse durante aquella época, el cual siempre los recibía con sus inmaculados suelos de mármol y unas mullidas alfombras grisáceas sobre las que daba gusto caminar descalzo.

¿Está familiarizado con las instalaciones? Sí.

¿Está familiarizado con la idea de tener que compartirlas? La verdad es que no.

—Podría ser peor —se le ocurre decir a Oscar mientras deshace su equipaje, de espaldas a él—. Podrían habernos asignado un cuarto con una sola cama.

Ya, bueno. Enrique VIII también podría haber ordenado que a Ana Bolena la quemaran viva, en vez de mandarla a decapitar. Está claro que siempre puede ser peor, aunque parezca imposible.

Lando le lanza una mirada entornada por encima del hombro antes de meter sus calzoncillos en el primer cajón de la mesita de noche.

—Oscar, desde este preciso instante te hago responsable de todas las calamidades que nos pasen mientras estemos aquí.

El muy sinvergüenza tiene las narices de echarse a reír.


En realidad, esa es una de las cualidades que más valora de Oscar. El chaval es capaz de quitarle hierro a la gran mayoría de contratiempos, pero lo hace de una manera tan convincente y desapasionada que Lando escucha sus (escuetos) razonamientos y acto seguido carbura “menos mal, parece que este entuerto tiene arreglo” o “ah, pues la cosa no es tan grave como pensaba”.

Algún día Oscar le dirá “mira, vas a sufrir una muerte inminente y bastante dolorosa, pero solo agonizarás durante veintisiete minutos” y él respirará tranquilo porque mira tú, podrían haber sido veintiocho o veintinueve.

No sabría explicar cómo funciona, exactamente. Ese mecanismo de acción-reacción que subyace entre los dos. Lo único que sabe es que Oscar es un tipo genuino. Jamás dice nada por compromiso, y eso lo convierte en una persona de la que vale la pena fiarse. Hasta cierto límite, por supuesto. Sobre el asfalto, sigue siendo su rival.

Aspira a ganar carreras tanto como él.


—¿Has pedido que te suban el desayuno? —lo saluda entre bostezos a la mañana siguiente, después de lavarse la cara.

Oscar asiente con aire distraído mientras maniobra alrededor de la mesa del comedor.

—También he pedido que traigan el tuyo —admite, empujando sendos envases de cartón hacia Lando—. Tostadas y un batido de leche entera —sintetiza, sin darle ocasión de preguntar.

—Eres lo mejor que me ha pasado en la vida.

—¿Mejor que Taylor Swift?

Lando chasquea la lengua, rozando su hombro con el suyo al pasar junto a él.

—Eres lo mejor que me ha pasado en la vida después de Taylor Swift —rectifica, falsamente ofendido—. Cómo eres, ¿eh? Cumplido que intento hacerte, cumplido que descuartizas con tu Cuchillo del Escepticismo, o lo que sea.

De reojo, puede vislumbrar cómo Oscar se muerde la sonrisa, sin molestarse en replicar. Típico de Aries.

Las tostadas vienen con huevos escalfados y aguacate, justo como Lando acostumbra a tomarlas, y basta con darle un sorbo al batido para reconocer la acidez de las fresas y la piña, el regusto de las espinacas y la crema de almendra.

Si tuviera que explicarle a alguien de qué color es el cabello de Oscar, Lando tendría que inventarse alguna palabra a medio camino entre el rubio y el pelirrojo. Mientras comen, levanta la vista del móvil de tanto en cuanto y observa cómo los mechones más largos caen sobre su tez pálida y salpicada de lunares. Uno, dos, tres, cuatro… ¿cuántos tendrá? A saber.

En ocasiones como esa, le resulta raro pensar que no son amigos, porque le tiene tanto cariño a ese tío que le parece un poco antinatural que su relación caiga en etiquetas insípidas e insatisfactorias como “socios” o “compañeros”.

—¿En qué piensas? —le pregunta Oscar de sopetón, haciéndole dar un respingo.

Lando se muerde el carrillo, reprimiendo una palabrota.

Joder.

Lleva casi un minuto mirándolo con fijeza, sin siquiera masticar. Le da un trago al batido mientras rumia una respuesta medianamente elaborada. Charlar con Oscar en términos honestos resulta más difícil que todo lo que hacen de cara a la galería. Enseñar el nuevo merchandising de ambos, explicar tecnicismos relacionados con las normas de competición o el funcionamiento del coche, improvisar alguna payasada… no hay color entre hacer eso y hablar de tú a tú con él.

—En que hemos jugado juntos al escondite, al Twister, a la Jenga, al Limbo y al Pictionary, nos hemos sometido a un detector de mentiras, pintado cuadros y decorado pasteles —enumera en voz baja, pasados unos segundos—. ¿Hay alguien aparte de mí con quien hayas hecho todas esas cosas?

Ni siquiera termina de comprender qué tipo de respuesta espera obtener por parte de Oscar, que lo escucha sin interrumpirle. En cuanto Lando le cede el turno para que hable, su compañero no le contesta de inmediato. No. Lo que hace es fruncir los labios, desviar la vista y ladear la cabeza con lentitud. La secuencia habitual cuando está pensativo.

—Las he hecho con personas diferentes —responde finalmente—. Es decir… soy más de videojuegos, pero recuerdo jugar al escondite y al Pictionary con mis hermanas cuando éramos pequeños, alguna vez he ayudado a mis padres y a mis amigos en la cocina y, poco antes de que Lily y yo lo dejáramos, participamos en una de esas experiencias en las que puedes beber vino e intentar colorear un bodegón —se pasa la mano por la boca, encogiéndose de hombros—. Y luego estás tú.

Y luego estoy yo.

Se sostienen la mirada en la quietud del salón, que comienza a inundarse de la luz rosácea y amarillenta procedente del exterior.

¿Dirías que somos colegas, Oscar?

—Y luego estoy yo —repite Lando, esbozando una sonrisa taimada. Optando por aligerar el tono de la conversación—: el mejor compañero de equipo que has tenido nunca.

Por toda respuesta, Oscar pone los ojos en blanco, pero no hace nada por negarlo. Al fin y al cabo, era él quien había hecho aquella afirmación tan rotunda. En público.

Justo después, le había preguntado a Lando si lo consideraba un compañero de equipo divertido, y él había contestado que no.


En defensa de Lando, su amistad con Charles, Alex, George y Pierre es diferente. Todos ellos pertenecen a equipos distintos y, si bien compiten entre sí y aspiran a ser más rápidos que los demás, ninguno tiene la presión directa de ser mejor que el otro.

Oscar, en cambio, es su aliado y, simultáneamente, el piloto con el que comparan (con el que se compara) a Lando en todas las putas carreras. Da igual que ambos suban al podio, que se feliciten el uno al otro y que celebren la victoria mientras miles de personas se hacen eco de la dupla tan estupenda que forman.

Si Oscar gana la carrera, Lando contiene el aliento y trata de encajar la vorágine de pensamientos corrosivos que le cruzan de pecho a espalda como un huracán y que suenan a “a este paso se va a convertir en el piloto principal de la escudería si no gano el mundial este año no lo voy a ganar en mi puta vida Oscar eres un cabrón” y, si es Lando quien se hace con el Gran Premio de turno, posiblemente Oscar piense “sé que sabes que tenía más ritmo que tú, y que si no te he adelantado es porque el equipo me lo ha prohibido, pero, ¿adivina qué? Alcanzar la victoria de esa forma no vale nada”.

Ser amigo de alguien en esas circunstancias no es precisamente fácil.


Una vez, durante una entrevista, a Lando le preguntaron qué era lo que más le gustaba de Oscar y, aunque al principio intentó escurrir el bulto, terminó reconociendo la verdad. Lo que más le gusta de Oscar es su consistencia.

Está claro que no se caracteriza por ser el alma de la fiesta, pero tampoco es borde con la gente, ni se enfada fácilmente. De alguna manera, se las apaña para tener un talante… agradable, incluso en sus peores días.

Lo había dejado con Lily un par de semanas antes de Navidad, poco después de finalizar la temporada y, si bien a Lando le había dado la impresión de que estaba más callado de lo usual y de que parecía algo cansado, lo había atribuido a la fatiga que todos ellos arrastraban tras un año duro y exigente.

—Por cierto —le había comentado, como quien no quiere la cosa, mientras ambos salían del ascensor con sus maletas, rumbo al aeropuerto—, prefiero que te enteres por mí, y no por la prensa. Lily y yo lo hemos dejado.

Lando se había quedado a cuadros. El día anterior habían descubierto la identidad de sus amigos invisibles y, dado que tanto Oscar como él habían sido el blanco de sendas pullitas que sugerían que jugar al pádel se les daba de puta pena, se habían puesto de acuerdo para echar (al menos) una partida a la semana cuando regresaran a Mónaco. Por una mera cuestión de dignidad.

No podían quedar para ir al cine o a tomar un helado o a cualquier otro sitio que no implicara un desafío. Era imperativo que también compitiesen fuera del circuito. Claro que sí.

Mierda, Oscar.

Seis años. Oscar había compartido seis largos años de su vida con Lily, habían roto y él no se había dado cuenta. ¿Tendría que haberse dado cuenta? No podían considerarse amigos y, por consiguiente, tampoco se conocían lo bastante para leer e interpretar adecuadamente cualquier mínima variación en el estado de ánimo del otr…

El corazón se le había hundido en el estómago.

Mentira.

Sí que lo conocía. A Oscar. Sabía cómo pensaba, la clase de nudo que utilizaba para atarse las deportivas, cuál era su chocolatina favorita y podría escribir una lista de sus manías si se lo proponía. Y tenía la seguridad de que aquello era recíproco.

—Lo siento —había murmurado, dejando caer su mochila al suelo enmoquetado de la recepción—. Lo siento mucho, Oscar.

Le había dado un abrazo que los había pillado a ambos por sorpresa, pero que Oscar le había devuelto con unas palmaditas dubitativas en la espalda, bajo las miradas curiosas de los huéspedes que iban de aquí para allá.

—Gracias, compañero.

Lando habría querido decirle algo más. “¿Se te va la olla? Lewis siempre pasa del amigo invisible navideño por la sencilla razón de que no le da la gana participar. Tú tenías un motivo de peso para no apuntarte este año, pero lo has hecho de todas formas” o “eres buena gente. ¿Cómo puedes serlo incluso cuando estás triste?”.

O “no fui sincero cuando dije que no eras divertido, Oscar. El detector de mentiras debía estar estropeado, porque si hubiera funcionado correctamente me habría electrocutado hasta los huesos”.

Se había limitado a permanecer en silencio mientras Oscar respiraba con fuerza. Sin soltarlo.


Algo que también le mola de Oscar es que su talante actúa como una valeriana sobre la tendencia de Lando a tomarse ciertas cosas a la tremenda, y por “ciertas cosas” quiere decir que, aparentemente, cuando el equipo reservó el alojamiento para las pruebas de invierno de Baréin, se produjo un error que les explicaron con palabras tetrasílabas, pero que Lando no logró interiorizar y, como le dio apuro pedir que se lo repitieran más despacio y en cristiano, decidió que lo importante era el resultado de aquel desliz.

Y el resultado de aquel desliz era que, de todas las habitaciones que McLaren creía haber reservado, solo había obtenido la mitad, sin posibilidad de ampliar la cantidad, ya que el Al Manzil Residence Hidd2 estaba lleno. Y eso había obligado a todo Dios a compartir su espacio con alguien.

Por los sombreros de colores pastel de la Reina Isabel II.


Las primeras noches no están tan mal.

Lando ni siquiera había tenido que pensar con quién le gustaría convivir durante el transcurso de las pruebas, o con quién tenía más posibilidades de que le tocase jugar a las casitas. Los de marketing habían sido mucho más rápidos que él.

Terrorífico.

“—A la gente le va a encantar, ya lo veréis —les habían dicho a Oscar y a él, entusiasmados—. Podemos grabar un home tour para que les enseñéis la habitación y algún sketch de vuestra rutina matinal, aprovechando que hay varias marcas de cosmética interesadas en colaborar con vosotros —a su lado, Oscar había proferido un discreto suspiro de resignación—. Ah, y podríais volver a jugar a “Quién es más probable que…”, Edición Compañeros de Cuarto. Ya sabéis cómo va: quién de los dos es más probable que ronque por las noches, quién es más ordenado, quién tarda más en ducharse…”.

—Mira, estos van a ser nuestros Tres Mandamientos —carraspea desde el sofá, dándole toquecitos a su pizarra con una tiza en cuanto Oscar sale de la ducha con el pelo húmedo y una toalla sobre los hombros.

—¿Y los otros siete? —quiere saber, aproximándose a él con las cejas enarcadas.

—No los necesitamos. Paso más tiempo contigo del que paso con la mayoría de mi familia y de mis amigos.

Touché.

—Me han hecho dibujar un retrato tuyo en un maldito lienzo, y lo más triste de todo es que ni siquiera necesitaba que estuvieses frente a mí para hacerlo, porque tengo tu careto tan visto que se me ha quedado grabado en las retinas —bufa, replegando las piernas para que Oscar pueda tomar asiento en el sillón.

—Que sepas que me llevé ese cuadro a Australia y lo colgué en casa de mis padres.

—¿En serio?

—En serio.

—No quiero adelantar acontecimientos, pero muchas películas de terror empiezan así.

Oscar reprime un resoplido de risa nasal, cabeceando hacia la pizarra.

—¿De dónde has sacado eso?

—La vi en un pub durante las vacaciones de verano y me gustó —simplifica Lando, aclarándose la garganta—. Mandamiento número uno: no robarás.

—De las cosas más contradictorias que te he oído decir, probablemente.

—De alguna manera tengo que asegurarme de que cada uno tenga la misma cantidad de perchas que el otro.

—Nunca vas a perdonarme por eso, ¿verdad?

Lando le dedica la sonrisa más falsa de su repertorio antes de contestarle.

—No —acota, recobrando la seriedad—. Número dos: escucharemos música con los AirPods puestos siempre que el otro entre en el baño y cierre la puerta, ¿entendido?

Oscar no parece muy convencido.

—¿Y si te resbalas en la ducha, te abres la cabeza y no me entero?

—Moriré sin rencor, te lo juro.

—Eres increíble.

—Lo sé —vuelve a sonreír, esta vez con amplitud. Le guiña el ojo—. Número tres: si usamos el móvil por la noche lo haremos con el brillo al mínimo, sin sonido y metidos bajo la sábana para no molestar al otro.

A juzgar por la mueca apreciativa que se dibuja en las facciones de Oscar, parece que han alcanzado un consenso.

—¿Dónde hay que firmar?


Los pájaros salen, el sol brilla en lo alto del cielo, Oscar y él están en plena forma y el coche es fantástico.

¿Qué más se puede pedir?

—Chicos, el sistema de calefacción se ha estropeado —les anuncia Kim, nada más regresar de la sesión vespertina—. Los operarios acaban de llegar. Tiene mala pinta, así que estamos repartiendo estufas portátiles a todo el equipo, para sobrellevar la noche.

Lando debía haber sabido que no todo iba a ser miel sobre hojuelas en la Casa de la Pradera.

—¿Ves? —le increpa, en cuanto la puerta se cierra tras la chica—. Esto es lo que pasa por haber dicho que podría ser peor.

—Ni siquiera hace tanto frío —se defiende Oscar, comprobando la previsión meteorológica en su móvil—. La mínima para está noche está en quince grados. Podría…

—Ni se te ocurra.

—¿Qué?

Oscar.

—Podría ser peor.

Dios bendito, menos mal que al día siguiente estarán de vuelta en Mónaco. Podría reventarle una pala de pádel en la cabeza. La bañera es bastante grande. Podría disolver su cadáver en ácido y nadie se daría cuenta. Ha visto un par de vídeos en TikTok ilustrando el proceso. No necesita más.

—Qué lástima que hayas colgado mi retrato en casa de tus padres —deja caer, revolviendo entre sus pertenencias en busca de una muda limpia—. Tu madre no se merece escuchar voces que nadie más puede oír y ver cómo los vasos se mueven solos.

—Una vez mató a una tarántula de cuatro kilos con una sartén —dice Oscar, restándole importancia—. Si hubiera sido la protagonista de Expediente Warren la trama se habría resuelto en quince minutos.

—Qué encanto de mujer —suspira Lando—. Ojalá su hijo fuera igual.

Lejos de parecer ofendido, Oscar se ríe entre dientes. Siguiéndole la corriente.


—Oye, ¿estás despierto?

Oscar no suele llamarlo por su nombre. A menudo, acostumbra a interpelarlo directamente. Las únicas veces que se le escucha decir “Lando” es cuando habla acerca de él con otras personas. Qué curioso.

—No.

¿Qué hora es? ¿Medianoche? Ni idea. Lo único que Lando sabe es que no tiene sentido que haga tantísimo frío. Y eso que la estufa está encendida; colocada de manera estratégica entre las camas de ambos. Quince grados, decían. Una de dos: o la previsión meteorológica la ha redactado el mismo gabinete que se encarga del horóscopo diario o Lando está perdiendo facultades como británico.

—Te castañean los dientes —musita Oscar, chasqueando la lengua.

A oscuras, Lando no puede verle la cara. La opacidad de las cortinas es tal que ni siquiera intuye su silueta.

—Me he puesto dos pares de calcetines, pero tengo los dedos de los pies congelados —confiesa, derrotado.

Pasados unos segundos, escucha el siseo que obran las capas de tela cuando se mueven unas sobre otras, y también el crujido del somier de Oscar.

—Voy a encender la lámpara —le avisa. Lando imagina que por cortesía.

Se mete bajo el edredón para evitar la puñalada de claridad en las córneas y, momentos después, un relumbrón de luz anaranjada ilumina la estancia. Desde su escondite, puede oír cómo Oscar se levanta y trastea en su mitad del armario.

Asoma la nariz por encima de las mantas justo a tiempo para cómo agarra la estufa, acercándola a la cama de Lando. Oscar se ha puesto una sudadera negra sobre el chándal que utiliza para dormir, y el flequillo rubio oscuro le cae sobre la frente, desordenado.

Lando observa su expresión adormilada con detenimiento.

—¿Qué haces? —le pregunta en un hilo de voz.

El chico se encoge de hombros, señalando la estufa con la barbilla.

—La necesitas más que yo —se limita a decir.

No hay compañeros de equipo como él. Simple y llanamente. En un entorno donde todos son camaradas hasta que deben elegir entre lo que es mejor para el equipo y una victoria individual al alcance de la mano, no hay nadie que prefiera sufrir hipotermia en lugar de compartir un malestar soportable.

Lando ni siquiera se lo piensa. Le sujeta la manga de la sudadera antes de que Oscar pueda incorporarse.

—Podríamos juntar las camas —sugiere.

Oscar asiente con esa predisposición de aquel que estaba dispuesto a hacer un sacrificio heroico porque no se le había ocurrido que pudiese haber una solución más equitativa, y ambos inspeccionan el cabecero de Lando solo para llevarse un chasco.

—Están ancladas al cabecero —comenta con el ceño fruncido, aún en cuclillas junto al colchón—. No podemos moverlas.

Lando deja caer la cabeza sobre la almohada.

—Vaya mierda —se lamenta, girándose para encararlo—. ¿Por qué no te quedas aquí? El colchón es lo bastante grande para los dos.

Quiere pensar que su bromance con él es lo bastante fuerte como para aguantar una proposición como esa sin que la sombra de la incomodidad pueda empañarla.

Esto es diferente, masculla una vocecita interna de alarma. Ahora mismo no hay cámaras que justifiquen el fanservice.

Por suerte, antes de que Lando pueda desdecirse de sus palabras, a Oscar le invade un ataque de risa floja que no tarda en contagiarle, y al que se aferra con todas sus fuerzas.

Se miran a los ojos.

A Lando se le escapa una risotada tan súbita que apenas atina a taparse la boca con las manos.

Qué estamos haciendo.

Oscar apoya la frente en su almohada, sofocando una carcajada burbujeante.

Dime que no, le implora Lando, con la mirada febril de tanto reírse. Solo tienes que decirme que no.