Work Text:
“Si me amas, ámame suavemente
No lo grites desde los tejados
Deja a los pájaros en paz
¡Déjame en paz!
si me quieres
de todos modos,
debe ser muy lento, querida,
que la vida es corta, y el amor es aún más corto...”
Mario Quinata – Boleto
Todo empezó, aunque no es que se pueda decir así, el día que Akagi se descargó Tinder. Aquel hecho no parecía sustancialmente importante, era un día normal y corriente. Aunque si Omimi reflexionaba sobre aquella locura, empezaría a contarla varios meses atrás. Kita no estaba dispuesto a hablar del tema más de lo necesario.
A Omimi, sus padres le habían echado de casa. No era por nada a nivel personal, era un factor económico. Tenía dieciocho, no había logrado superar el examen de acceso a la universidad y no querían un vago.
Aquello le había obligado a encontrar un trabajo. Y ante la inexperiencia solo había podido aceptar lo que sobraba. Quizá no se le hubiera dado mal subirse a rascacielos y limpiar cristales desde fuera, colgado de un arnés y sin pensar en los metros que había bajo sus pies. Lejos de ser un trabajo que le pusiera al límite en aquel sentido, había acabado limpiando casas de fallecidos.
Y le hubiera gustado tapar, con un tupido velo o una espesa manta, todo aquello. Pero había acabado viviendo con Akagi en un pequeño piso en Osaka.
Si bien Tokio parecía una locura de lugar, Osaka era el hospital psiquiátrico en el que derivaban los casos perdidos. Si le preguntasen a Kita Shinsuke, lo hubiera asegurado por el hecho de como conocieron a Sakamoto Ayumi.
Los tres, Kita, Akagi y Omimi, trabajaban en aquella empresa. En el mejor de los casos solo recogían en cajas todos los enseres de alguien muerto, que luego se donaban a la beneficencia. En el peor de los casos limpiaban restos de cadáver que la policía científica no consideraba relevantes…
Aquel día era uno de los peores. Tan solo al llegar, el hedor nauseabundo de un cadáver que se había descompuesto por el calor de los días de verano les atizó.
— ¿De verdad no sabías nada? — preguntó la voz de un hombre de mediana edad a un chico con pelo largo y cara de curiosidad.
—No, la verdad — contestó aquel chico recogiéndose el pelo en una coleta e interpretada indiferencia.
Omimi se acercó y se quedó mirando al hombre de mediana edad. Se había hablado con él, era el hijo de la persona fallecida.
—Disculpen que les moleste, venimos a limpiar — dijo Ren de forma educada. Su altura considerable impresionó al hombre sin embargo el chico le miró con curiosidad.
El hombre asintió y se quedó mirando en silencio al chico esperando que se largara. Lejos de aquello, el tipo no parecía tener interés en irse sino que miraba con curiosidad al japonés de casi dos metros y cara delgaducha que les acaba de hablar.
—Ayumi ¿te vas ya? — echó al chico con nombre de mujer. Quizá era una mujer, si lo miraba con detenimientos sus rasgos eran finos, tenía baja estatura y a pesar de la ropa ancha si se podía intuir cierta figura femenina.
A Omimi tanto le daba. Miró al chico largarse y se quedó mirando al que hombre de mediana edad.
—Miren, lo que más me interesa es que sacó del banco muchísimo dinero — dijo el tipo — No queremos nada de lo que hay en la casa, solo nos interesa si hay cartillas de banco, tiquetes de compra o algo que nos diga donde fue a parar ese dinero.
Ren asintió indiferente. A su lado apareció Kita, descargando el material que el olor le refería que iban a necesitar fijo. Era el preparado.
—No se piensen que no quería a mi madre, pero…
—No nos importa, nosotros solo trabajamos — contestó de forma directa Omimi ¿Lazos afectivos? Bueno, él metería a sus padres en una residencia y se olvidaría de que existían. Así podría vender él la casa de su infancia e irse a Hawaii a vivir el resto de su vida tras montar un restaurante japonés—. Si encontramos cualquier cosa de lo que nos comenta se lo haremos llegar.
Observaron al cliente largarse. Era real, a él le daba lo mismo. A Kita también. El único que habría hecho algún comentario, era Akagi, pero estaba pegadísimo a su teléfono móvil.
Una vez se largó, Omimi se plantó una mascarilla con un poco de Viks vapoRub bajo la nariz. Era la única manera en la que aquel hedor que se te pegaba en la ropa aunque la lavases diez veces no le afectase. Se preparó mentalmente para la cantidad de insectos que podían llegar a encontrar.
Kita, por su parte, sacaba con precisión cada uno de los productos de limpieza, alineándolos en el suelo con una especie de ritual casi terapéutico. Actuaba de forma totalmente mecánica. Alinear los productos podía parecer inútil, colocar las bayetas en orden sistemática por colores también. Pero es que estaba nervioso, y ante los nervios todo se iba al traste. Él no era de los que perdían los papeles, por dios no, pero es que se enfrentaba a un hecho que se salía de lo habitual. No era algo fruto de la práctica, porque en la práctica su abuela le había siempre dicho “Un día te casarás y me darás bisnietos con una mujer hermosísima”. Pero su novia se llamaba Ojiro Aran y no se podía quedar embarazada ¿Cómo le explicaría a su abuela que era gay? ¿Que, además, tenía novio? Solo imaginar la mirada de desconcierto absoluto de la anciana, con su insistente y cada vez más frecuente pregunta sobre cuándo se iba a casar y a darle bisnietos, le hacía sentir que ese peso nunca se iba a soltar de su pecho.
A su lado Akagi deslizaba el dedo por la pantalla de su móvil con soltura, olvidándose que iban a entrar a un sitio con tanta mierda que el simple hecho de entrar ya era un atentado contra la sanidad pública.
— ¡Tíos! ¡Mirad esta rubia! ¿Será americana o europea? — dijo deslizando las fotos sobre la pantalla —. Tiene un culazo y parece que le gustan los gatos…
—Akagi, vamos a trabajar ¿quieres? — dijo con seriedad Omimi. Parecía el único centrado. Abrió la puerta, notando como el olor del eucalipto descendía de golpe y entonces vio de nuevo a Ayumi.
Sentado en el escalón de la casa revisaba unos papeles polvorientos. No llevaba mascarilla, parecía indiferente al hedor de aquel lugar.
— ¿Usted es…? — preguntó educadamente Ren. No lograba entender qué diablos hacía allí ¿Por dónde había entrado?
—Cuidadora de la señora Hishima — se levantó sin soltar aquellos papeles y le extendió la mano a Omimi. Él llevaba puestos sus guantes de goma para limpiar, pero se retiró el derecho para saludarle —. Sakamoto Ayumi, estoy aquí porque busco unos enseres personales de valor meramente sentimental y quisiera ayudaros a limpiar.
Ren arqueó las cejas ¿Una buena samaritana? Eso no existía.
— ¿Te gusta ayudar, entonces? —le lanzó, con una mezcla de sarcasmo y genuino interés. Omimi no terminaba de entender a Ayumi, pero eso solo hacía que le intrigara más.
Ayumi sonrió de vuelta, mostrando una expresión de inocencia que era difícil de creer. En resumidas cuentas: Ren no se creía ni por asomo que aquella persona, que inicialmente parecía un chico, pero que también podría ser una chica, estuviera allí para ayudar en nada.
—Me encanta ayudar, siempre sacas algún beneficio — aclaró Ayumi con rotundidad —. Solo soy alguien que... sabe aprovechar una buena oportunidad.
Kita levantó la mirada. Era consciente que aunque en aquel momento no lo notase debido a su ataque de nervios, en cuanto se regulase su estado emocional empezaría a notar aquel hedor. Imitó a Omimi con la mascarilla y le facilitó una a Akagi.
—Pues podríamos empezar, ¿no? —dijo, decidido a acabar cuanto antes para salir de allí.
Los tres asintieron en silencio, aunque el eco de las palabras de Ayumi seguía presente. Ayumi se giró con una ligera sonrisa, mientras los otros empezaban a organizarse.
Kita y Akagi empezaron por la cocina. Que olía como la penúltima parada en la que aquel cadáver había estado antes de entrar en su último sueñecito. Entre el hedor a humedad rancia, polvo, y… algo peor, era complicado respirar a pesar de todo. Pero aquello les daba las pistas de que lo más asqueroso estaba en la habitación contigua al comedor.
Las moscas se alineaban pegadas a la puerta corredera, y los platos sucios no ayudaban a generar un mejor ambiente.
— ¿Te importa si pongo música? — preguntó Akagi, que aún no se había puesto los guantes de goma y continuaba sujetado su móvil y pensando que “LiaSan1987” no estaba nada mal.
—Ruido blanco mejor — afirmó Kita pensado en que como le pusiera más éxitos latinos quizá encontrarían un segundo cadáver. Aunque podía decir que la cárcel le parecía algo más sencillo que lo de su abuela. En una situación normal los ejercicios de respiración hubieran servido, pero en aquel ambiente eran más bien ejercicios nauseabundos—. Puedes poner música, pero tengo que pedirte algo…
—Que no, que no te pongo más bachatas — se adelantó Akagi. En la última semana se había ligado a una colombiana interesantísima y le había enseñado aquel género musical que desconocía. Aunque después de follársela, había desaparecido. Así que no sabía decir si el sexo le había parecido malo o simplemente se había vuelto a su país sin decir adiós. La realidad, tanto le daba.
Akagi se puso los guantes y montó una caja para empezar a meter trastos de cocina. Los ponía de forma ordenada, porque de otro modo sabía que Shinsuke los sacaría y los reordenaría por tamaños y colores.
—No es eso, es otra cosa — aclaró Kita mientras limpiaba los armarios ya vaciados.
— Claro, lo que quieras —respondió sin pensarlo mucho, dedicándole una sonrisa tan amplia como vacía.
Aquel no era el tipo de conversación que uno no se imagina tener en una cocina infestada de cucarachas y con un olor que recordaba vagamente al pescado podrido mezclado con ácido de batería. Pero ahí estaba y o lo decía o no se lo sacaría nunca de la cabeza.
—Necesito quedarme en tu piso… unos meses.
A Akagi no era como que le sorprendiera que aquel escenario de limpieza post-mortem le pareciera normal a Kita. Para Kita todo lo que se convertía en cotidiano era normal. Y bueno, qué cojones, para él seguramente también lo era desde hacía dos meses.
—Claro, no creo que a Ren le importe ¿le pasa algo a tu abuela? — contestó con indiferencia mientras su mente repasaba los hechos. Sabía que Kita vivía en un casoplón con su abuela y dudaba que vivir en su caja de zapatos le motivase pero… — ¡Ah! Tu abuela está hablándote de que te cases ¿no?
Kita dejó de pasar la bayeta húmeda de lejía por unos segundos. A ver, tampoco le sorprendía que le pillasen tan rápido, pero a veces deseaba poder ser menos transparente. Las confesiones incomodas eran el plato de cada día, igual que los lugares nauseabundos.
—Eso mismo y aún no sé cómo contarle la verdad — aclaró Shinsuke pensado en la cara que pondría su abuela. “Dios te ve” le había repetido millones de veces “Pues que Dios mire” se repetía en su cabeza—. No sé cómo contarles que mi “novia ideal” se llama Aran, lo conocen desde hace años y es un genio del voleibol.
Akagi parpadeó un par de veces, como si procesara toda la confesión a cámara lenta. Y entonces soltó una carcajada.
—Espera, espera… ¿me estás diciendo que quieres huir de tu abuela? — La risa se hizo más intensa y se transformó en tos a los pocos segundos, como si hubiera aspirado por la nariz un trozo de aquella pasta olorosa que les ayudaba a tolerar el mal olor del ambiente— Estás huyendo de una mujer de setenta-i-siete años que va con su bastón con la vida porque le fallan las rodillas.
La mirada seria de Kita hizo que la risa se le cortara de golpe.
— A ver, que puedes venir y ganar tiempo para…
—No estoy huyendo pero ¿Y si se lo digo y tiene un embolia? — contestó alarmado Kita. Sabía que también estaba Aran, que creía que ya se lo había contado a todos. Pero técnicamente él no le había mentido, solo no le había desmentido algo que había dado por hecho —. Una subida de tensión a esa edad es mortal…Y Aran…
—Ya que tampoco sabe que no lo saben — Akagi disimuló su risa, que tampoco se veía bajo la mascarilla.
—No quiero que piense que lo oculto, no es eso solo que mi familia es tradicional — La voz de Kita era monótona, plana como cuando se sentía cómodo de ser el mismo. Se puso a limpiar de nuevo los armarios —. No creo que les haga gracia que salga con halfu que además es de mi mismo género.
—Kita, hombre, te complicas demasiado. Solo hazlo poco a poco, un día invítalo a cenar, y si se te cruza alguna tía en el supermercado, le dices: “Ey, por cierto, este es mi novio.” Seguro que no es tan terrible. Y luego, si quieres, organizamos una fiesta de bienvenida para que te mudes con Omimi y conmigo, también puedes invitar a tu abuela, así tenemos entretenimiento gratis.
Kita rodó los ojos, aunque no pudo evitar sonreír. La cocina aún apestaba, no habían empezado apenas pero era cierto, la limpieza siempre le ayudaba a regularse. De algún modo todo era menos asfixiante.
En el baño de la casa Omimi fregaba de rodillas aquella bañera. Los azulejos de color verde, estaban manchados de años de humedad, un espejo empañado de sombras negras que parecían insectos fosilizados y un olor a moho tan penetrante que casi se podía cortar con un cuchillo.
Ayumi le miraba, sentada con indiferencia y metiendo los objetos personales de la mujer que allí vivía en una bolsa de basura. No parecía que nada de lo que encontraran allí fuera a poder rehusarse. Llevaba el pelo recogido en una coleta desordenada y, a pesar del ambiente lúgubre y el aire cargado de humedad, se veía como si estuviera completamente a gusto. No era una novedad, parecía no sentirse incomoda por nada en absoluto.
— ¡Ah! Fumiko jamás usó un cepillo de dientes, pero aquí tenías dieciséis paquetes sin abrir — dijo Ayumi más para ella que para Omimi poniéndolos en la casi vacía caja de enseres aprovechables.
Omimi la miraba de reojo, sin entender demasiado bien qué era lo que hacía allí ¿Realmente buscaba objetos de valor sentimental? Después de todo parecía que conocía a la mujer de la casa.
—Oye, sé que no nos conocemos pero… — Ren abrió la boca. Se sentía incómodo por la presencia de aquella chica o chico, no sabía y aquello le incomodaba exponencialmente más — ¿Qué eres? No es en plan mal, es que no sé interpretarte en parte pareces una mujer, en parte un hombre y yo no sé cómo leerte.
Ayumi rompió a reír indiferente.
— ¿Importa? — preguntó mirándole.
—Me imagino que no pero… — Ren se quedó pensativo por unos instantes sin parar de frotar la roña que se acumulaba en el cerco en el que se unía el metal del grifo y la porcelana amarillenta por los años — ¿No te importa lo que otros piensen? ¿Nunca te ha importado?
La observó arrugar la nariz con una mueca afable. Como si pensase que él era mono por preguntarle aquellas cosas.
— ¿Y por qué debería? —respondió, con un tono burlón—. La gente siempre tiene opiniones, y si esas son más importantes que lo que tienes delante pues ¿Qué culpa tengo yo? Yo solo soy yo.
La observó encogerse de hombros, con cierta indiferencia. Omimi no pudo evitar sonreír ante la respuesta, aunque trató de ocultarlo. Ayumi no solo no tenía interés en explicar nada, sino que parecía disfrutar de su ambigüedad, como si fuera un muro que ella misma había construido y reforzado con cada palabra. Y eso, a Omimi, le impresionaba y le parecía atractivo.
—Tienes razón, que cada uno se ocupe de lo suyo ¿no? — Él dibujo una sonrisa cínica quizá exagerada. Le intrigaba aquella chica o aquel chico o lo que fuera —. Además es una forma elegante de mandarme callar.
Volvió a escucharla reírse, aun sin verla porque se había girado a vaciar un armario lleno de toallas.
—No me malinterpretes, me divierte que la gente se rompa la cabeza con mi misterio, ¿Qué soy? ¿Qué no soy? solo me da más espacio para hacer lo que me da la gana — afirmó metiendo las toallas en una caja de cartón. Quizá, aunque fueran casi tan viejas como la pobre Fumiko, podían tener una segunda vida.
— Ah, ¿Cómo buscar el dinero de la vieja? —respondió Omimi, arqueando una ceja.
—Míralo, que directo — Contestó Ayumi con cierta astucia. Le gustaba aquel tipo, sin rodeos. No le daba vergüenza admitirlo —. Pero si, era yo quien le traía tapers de comida, le cambiaba los pañales que llevaba sucios por días, le ponía la calefacción en invierno y le apagaba el gas de la cocina, no era la mejor cuidadora pero me lo merezco un poco más que su hijo ¿sabes?
Ren no iba a replicarle. Después de todo él no iba a meterse en si quizá realmente aquella vieja había sido completamente abandonada a su suerte. Pero antes de poder confirmárselo un insecto gigantesco, del tamaño de un mechero, salió de detrás de la bañera recorriendo el baño. Ayumi, que hasta ese momento había sido una fortaleza de indiferencia, soltó un grito ahogado y pegó un saltó, subiéndose a la tapa del váter con cara de pánico.
Omimi se quedó parado unos segundos antes de aplastar aquella cucaracha gigantesca con el trapo húmedo. El crujido del cuerpo del insecto produjo una cara de asco en la cara de Ayumi que sorprendió a Ren. Parecía impasible pero le asustaban las cucarachas.
—Así que la intrépida Sakamoto Ayumi le tiene miedo a las cucarachas —dijo Omimi con una sonrisa burlona.
Sakamoto función el ceño y fingió indiferencia ante el comentario.
—No es eso, me dan mucho asco ¿Sabes cuantas bacterias llegan a tener en las patas? — Dijo intentando sonar indiferente y no morirse de asco al ver como tiraba aquella bayeta asquerosa a la bolsa de basura —. Son como todo lo que odio de la humanidad.
Ren la miró con una sonrisa, observarla ser real le parecía curioso. Era un muro de piedra y de golpe dejaba ver un pequeño atisbo de vulnerabilidad. Su odio a una humanidad que ¿Quizá no la entendía?
—Tranquila, mantendré tu secreto —dijo con una sonrisa—. Eres una roca… excepto cuando aparece una cucaracha.
Ayumi le devolvió una mirada asesina, aunque en sus labios asomaba una sonrisa, apenas perceptible.
— Y tú eres bastante imbécil, excepto cuando matas cucarachas — le dijo de golpe de forma confiada — Por cierto, prefiero los pronombres masculinos, aunque quizá solo cuando me siento inseguro.
Continuaron limpiando en silencio hasta media mañana, cuando Akagi apareció en el baño. El aspecto de la habitación era totalmente diferente, aunque era un lugar viejo, ya no estaba sucio para nada.
—Vamos a parar a comer ¿venís? — preguntó Akagi fijándose en el resultado del espacio.
—Pensaba entrar a limpiar donde estaba el cadáver antes de comer — comentó Omimi. Objetivamente era el lugar más sucio de la casa y no tendrían que pasar a baño y cocina desde allí, pero si por las otras estancias.
Kita cargando una bolsa de basura considerable asomó la cabeza.
—No vamos a acabar hoy — dijo mirándole — Esta señora no limpiaba nada desde los años setenta.
Ayumi rompió a reír de nuevo, siendo consciente de que era muy probable que aquella broma fuera una realidad.
—Notifico que necesitaremos más días — afirmó Ren replanteándose tomarse la tarde libre y volver al día siguiente. Observó a Akagi y a Shinsuke salir y miró a Ayumi — ¿Quieres quedarte y seguir buscando el dinero o vienes con nosotros?
Ayumi le miró cuestionándose qué hacer. Se le hacía raro tener en frente a alguien que parecía no juzgarle por las decisiones probablemente cuestionables que tomaba.
—Me quedaré — dijo sintiendo sienta incomodidad respecto a la confianza que le brindaba.
Omimi le lanzó las llaves de la casa.
—Cierra cuando salgas y déjalas debajo de la maceta de la puerta — dijo con confianza. Si iba a quedarse igual y colarse, mejor que lo hiciera de aquel modo. La familia no quería conservar nada y sinceramente, en su orden racional, quizá ni siquiera importaba. Ayumi le miró con confusión —. Prefiero eso a que rompas un cristal y nos des más faena.
Ren salió de la casa arrastrando la bolsa de basura del baño. Quizá se había buscado un problema, tampoco importaba demasiado. Se quitó la mascarilla y la tiró en la bolsa de basura.
Minutos más tarde, sentados en aquel Street food de comida coreana, Ren se preguntaba a si mismo si había hecho lo correcto con las llaves. Kita le miraba molesto por aquello, aunque sabía que las mesas pegajosas y el intenso olor de las salsas picantes no ayudaban.
Omimi masticaba en silencio una brocheta de carne especiada, fijándose en como el humo salía de aquel grill y subía suspendido en el aire. Su mente no salía de aquella centrifuga intensa, que daba vueltas sin parar. La energía de Ayumi. No la conocía de nada, tan solo era una persona más, sin embargo le impresionaba. No se engañaba, no estaba enamorado pero le atraía aquella seguridad.
Con aquella risa caótica de saber que provocaba cierta incomodidad en los demás solo por existir. Cuestionándoles sobre si todo lo que creían había sido siempre blanco o negro pero de golpe existían las escalas de grises. En cualquier caso, le había dejado la llave y ahora ya no sabía si había sido una buena o una mala idea.
— ¿Por qué le has dejado la llave? — preguntó Kita incómodo. La idea de que su trabajo pendiera de que aquella persona, que ni siquiera conocían, hiciera las cosas bien le revolvía el estómago más que la idea de limpiar los restos de cadáver—. No la conocemos, no sabemos quién es.
Omimi le miró, con la misma calma con la que masticaba. No se arrepentía para nada si pensaba fríamente en los hechos, sí si miraba a Shinsuke. El rostro de Kita reflejaba una mezcla de sorpresa y algo cercano a la indignación, mientras Akagi, completamente ajeno, seguía pasando el dedo por Tinder, concentrado en sus "asuntos importantes".
—Solo es la casa de una mujer a la que le tenía afecto que ha muerto, la dejará bajo la maceta y nosotros seguiremos con nuestro trabajo — aclaró Omimi intentando relajar a Shinsuke.
—A ver, a Ren le mola esa Ayumi se ve de lejos — aclaró Akagi mirando la pantalla de su móvil—. Lleva sin salir con nadie desde el instituto, así que es normal que le diera la llave ¿no? Quiere follar.
Ren desvió la mirada molesto por el comentario tan directo. Siempre tenía que decir lo que pensaba sin más, era molesto, pero lo quería tal cual.
—Mirad esta chavala ¿Qué pensáis? Me intriga su mirada — enseñó la pantalla la foto de una morena en una calle de Kioto con una sonrisa exagerada—. En cuanto haga match, le pido que quedemos.
Shinsuke puso los ojos en blanco sin mirar la pantalla y Omimi la miró, fijándose en que era una típica foto de turista, y encogiendo los hombros.
— No piensas nunca en que quizá sea un Yakuza que va a quitarte un riñón ¿no? — preguntó Omimi haciendo que Kita le mirara de reojo.
Akagi sonrió indiferente como si no le hubiera oído, dándole like al perfil, seguidamente mordió una brocheta de carne y les miró con una sonrisa exagerada.
—Lo dice el que le da la llave de la casa a una desconocida — dijo Akagi imitando la voz de Shinsuke, que le miró ofendido.
—Deberías intentar conocer a alguien de verdad y no solo el juego de la aplicación — aclaró Kita. Para él no tenía sentido, las relaciones se construían con tiempo y era absurdo intentarlo con alguien a quien no conocías.
Kita Shinsuke había necesitado ser amigo de Aran Ojiro más de un año para sentirse seguro de dar el paso de besarle, salir con él o simplemente dejarse llevar. No se consideraba una persona desconfiada, sin embargo entendía que la construcción de algo sin fundamento no era más que una apuesta vacía, sin coherencia alguna. Aran no era perfecto, lloraba más de lo que le gustaba y en general aunque era alguien seguro de sí mismo, siempre dudaba un poquito antes de tomar la decisión que ya sabía que quería. Era amigable y le gustaba que le elogiaran, así como que demostraba su afecto haciendo regalos.
— ¿Para qué? Quiero decir, está bien y eso, pero no me apetece conectar más allá de esa emoción inicial y si tiene que ser la persona correcta lo sabré ¿no? — argumentó Akagi. Su mente divagaba en las múltiples opciones. Podía atropellarle un autobús mañana o ser como la vieja pocha del trabajo y quedarse tieso en la cama sin más—. La mayor parte de gente es esencialmente aburrida una vez trascurren los primeros meses de relación…
Kita resopló, y Omimi le vio rodar los ojos con una mezcla de molestia e incomodidad. El idealismo práctico de Kita le hacía ver cualquier cosa temporal como una oportunidad desperdiciada, o quizá como tiempo tirado a la basura.
— ¿Existe una pista universal para diferenciarlo? — se rió Omimi. Tan solo podía pensar en la última chica que había conocido.
Era complicado si lo pensaba, él se había declarado y todo se había quedado en puro silencio. Sin respuesta ella había dicho “me gustas también”, pero se había disgregado en el viento. Había sido una “casi” relación, y era casi porque nunca llegó a pasar nada más que aquella declaración y un beso intenso que le había dejado con ganas de más. Ella estaba tan decidida a seguir donde estaba que ni siquiera se había molestado en alargar aquello. No la podía culpar, asumía que todos éramos victimas del miedo cuando nos mirábamos en el espejo del amor. Y el que no lo era ni un poquito, era aquel al que jamás le habían traicionado.
—No, como tampoco que soluciones lo de la llave — aclaró Kita rindiéndose frente a su propio enfado. Su tono seguía serio pero miró a Omimi — Yo creo que deberías conocerla, aunque no sea para siempre también aprendes y ves cosas de ti mismo.
Si pensaba en aquella chica, Sayu, al final, él mismo había perdido el interés, pero… ¿debería haber insistido? Por primera vez en mucho tiempo, se preguntaba si tendría que haberse forzado a abrirse un poco más, preguntar más cosas, haber tenido más paciencia de entenderla y ver más allá. Tal vez con Ayumi tenía una nueva oportunidad de averiguarlo, no tenía ni idea.
—Bueno, la gente nunca muestra todo lo que es y luego todo peta— Dijo Akagi incomodo por la idea de tener que molestarse en conocer más a aquellas mujeres que eran interesantes, claro, y seguro tenían cosas impresionantes que contar. Pero no eran más que un rato para él —. Es mejor dejarlo así y vivir la emoción del momento, después todo son llantos.
— No lo sé, quizá sí — dijo más por intentar cerrar el tema o porque pensase en aquello. Si le daba tantas vueltas el que se agobiaba era él. Continuó comiendo con cierta indiferencia.
Continuaron comiendo tranquilamente, antes de que Akagi dejara el móvil sobre la mesa.
— ¿Puedo no ir esta tarde a trabajar? — Preguntó de golpe Akagi— Total, ya has avisado que hoy no acabamos y mañana me vengo pronto y lo hago yo todo si hace falta.
Omimi empezó a reírse al observar como su compañero miraba el móvil de reojo.
—Está bien — contestó Kita reflexionando que después de todo le dejaba quedarse en su piso.
—Pero no lleves a nadie al piso — aclaró Omimi intentando aguantarse la risa. Otro match impulsivo con alguien que vería tres días y san se acabó.
Akagi levantó el pulgar y volvió a coger el teléfono antes de dejar su plato y despedirse para salir corriendo. Al verlo alejarse Ren empezó a reírse contagiándole la risa a Shinsuke.
—Algún día se enamorara y le va a doler — mencionó Kita mirando el reloj. Ya era hora de volver al trabajo.
—Le pasará eventualmente igual que si se lo toma más en serio ¿no? — aseguró Ren, siendo consciente de que la vida se sucedía como un conjunto de perdidas sucesivas. Algunas dolían y otras no tanto.
Volvieron a la casa, para encontrar a Ayumi desordenado todavía el comedor en busca de los billetes.
— ¿No aparece el dinero? — le preguntó él en tono burlón.
—Que va, solo moscas — se quejó Ayumi dibujando una sonrisa cínica en la cara. Quizá aquel dinero no era suyo, era muy posible que si hubiera un juicio ella no se lo mereciera más que el hijo de Fumiko. Pero al menos Ayumi podía decir que se había molestado en conocerla mientras perdía la cabeza y necesitaba ayuda.
Omimi le miró y señaló a la habitación.
—Si hay algo, yo creo que estará ahí.
Tras decir aquello le alargó una mascarilla y el bálsamo oloroso para que se pusiera bajo la nariz. Parecía hiposensible a los olores, pero allí dentro sería más devastador.
Kita apareció cargando el cubo con los diferentes productos. Con su mascarilla bien ajustada se dispuso a abrir la puerta. Tras el crujido de la puerta corredera el hedor a muerte destilada les golpeó en la cara. Era una peste sofocante, de aquellas que se pegan a la ropa. Omimi creía que hasta podía penetrar en los mismos pensamientos, borrando cualquier idea lúcida.
Los tres avanzaron con cautela, cada uno observando el desastre frente a ellos con una mezcla de asco y resignación. No era una habitación grande, un futón doble se extendía en el suelo con una mancha extendida que apenas dejaba ver el color original de este. Una pasta marrón negruzca y espesa se extendía por el suelo del tatami, impregnando con su particular olor la estancia. Algunos gusanos amarillos aún anidaban la tela, pero la mayoría ya eran moscas adultas y molestas.
El armario abierto de par en par dejaba ver un montón de ropa vieja colgada de sus pechas, con un moteado intenso de las moscas que se arremolinaban en el espacio. Kita abrió la ventana, esperando que se marcharan la mayoría.
La sensación de nausea acusó a Ren, que nunca acaba de acostumbrarse a ver aquellas cosas. Pero se acercó con decisión al futón. Era lo primero que tenían que sacar del cuarto si querían limpiar aquel lugar.
Ayumi se mantenía apoyada contra la puerta corredera, dejando de lado su lado valiente e inquebrantable en algún rincón de su memoria. Observó a Omimi levantar el futón y meterlo en una de aquellas bolsas de basura gigantescas. Tenía que admitir que uno debía ser valiente para hacer aquello.
Y bajo el futón, allí estaba, la perfecta ironía: Una cantidad indecente de billetes, manchados por aquella pasta negra que en su reducto era maceración humana. Lo que todos querían, cubierto de lo que todos temían. Como si el dinero tuviera un precio subyacente que costaba más de lo que propiamente era un trozo de papel impreso.
— ¿Es el dinero? —preguntó Ayumi, inclinándose hacia el suelo. Una sonrisa se dibujó bajo la mascarilla y sus ojos brillaron.
Omimi notó como en su tono se apreciaba una mezcla de curiosidad y deseo. El mismo tono que él quizá pondría si le decían que ella o él o lo que fuera apareciera en una fiesta. Pero casi sonaba como si ese montón de dinero manchado y repugnante le fascinara precisamente porque estaba cubierto de lo peor. Lo más asqueroso era como aquella sensación parecía contagiosa con él, como si pudiera comprender aquella fascinación.
—La señora Fumiko dormía mejor sobre su oro — puntualizó Omimi sin apartar la mirada de Ayumi. Le gustaba. No era racional. Pero las emociones raramente lo eran.
—Es asquerosísimo — puntualizó Sakamoto mirando sus manos desnudas y preguntándose cómo coger aquel dinero sin pillar alguna infección. Omimi le tendió los guantes de goma de Akagi.
Kita, al ver el dinero, no tardó en poner una mueca de desaprobación bajo la mascarilla, como si la sola idea de quedarse ese dinero fuera una traición personal.
— Se puede limpiar y devolvérselo a su hijo — Kita asumía que aquello era lo correcto. Su mente no dudaba en quedarse con aquellos billetes o no, no le pertenecían por tentadores que parecieran.
Ayumi ni siquiera le escuchó, con los guantes puestos se acercó a los billetes, cogiéndolos y comprobando cuán manchados llegaban a estar. Era dinero después de todo.
Omimi sacó una bolsa de plástico y empezó a meter los billetes, primero tenían que limpiar, luego ya pensarían en qué pasaba con ellos. Aquel era su ritmo de pensamiento claro y conciso. Pensar antes de tiempo siempre era errar.
— ¿Vas a dejar que se desperdicien? — Le susurró Sakamoto acercándose y hablando más bajo y mirando a Kita de reojo—. Los ahorros de toda una vida, y todo lo que se me ocurre que podríamos hacer…
Omimi sonrió detrás de la mascarilla, sintiendo ese cosquilleo innegable en su interior. Había algo en el descaro de Ayumi que le resultaba tan atrayente como peligroso, probablemente era una manipuladora excelente. Pero aquella mezcla de indiferencia absoluta y convicción le seducía. Casi como si fuera un desafío personal, una invitación a entrar en su juego.
Cruzaron las miradas por unos segundos, con fijeza sin apartar la mirada. Era como si todo lo horrendo de aquella escena, el olor a muerte, la sensación pringosa de los billetes, el juicio de Shinusuke, todo desaparecía por segundos. Solo estaban ellos dos, un montón de dinero y una invitación implícita a compartir aquellos billetes. Todo cobraba un sentido extraño y excitante en sus mentes ¿Era una atracción al fatalismo de lo que estaba mal? Era posible.
—Si queréis limpiarlo… solo hacedlo con alcohol isopropílico para los restos. Luego vinagre, jabón desengrasante… y bicarbonato, por el olor— Kita habló ajeno al magnetismo entre la mente de los otros dos. No se conocían pero parecían ser capaces de leerse la mente —. Pero en serio, esto no es nuestro.
Ayumi soltó un leve bufido, sin dejar de mirar a Omimi.
—Claro lo “correcto” — comentó Ayumi haciendo comillas con los dedos — ¿Qué mierdas sabes tú de lo que quería ella? No tienes ni idea.
A Kita le daba igual la última voluntad de la señora. Era fiambre, y no, él no creía en fantasmas. Ese dinero era de su descendiente directo y no tenía intención de cambiar de opinión.
Omimi guardó todos los billetes en una de aquellas bolsas y las dejó en un lado, mientras todos se ponían a recoger y limpiar diferentes partes del cuarto. Él se agachó contra el tatami a frotar aquellos restos humanos, mientras Kita limpiaba las ventanas. Ayumi vaciaba los armarios sacando prendas bañadas en una naftalina pestilente mezclada con olor a húmedo, estaba claro que no iba a largarse hasta llevarse parte de aquel dinero. Ren sabía que a Shinsuke aquello le molestaba, pero no le importaba.
Repasando el ribete de las ventanas, donde el aire apenas entraba y se llevaba los resquicios de la peste mortecina y los atisbos de humanidad, Kita sintió vibrar su teléfono móvil en el bolsillo de su pantalón. Se quitó los guantes y sacó el teléfono envuelto en una cuidadosa bolsa de plástico translucido. Toda precaución era poca y los teléfonos móviles eran quizá los objetos con más bacterias del universo. Más si entraban en los escenarios que ellos limpiaban…
Era Aran. Sintió un tirón en el estómago. No podía permitirse el lujo de no contestar, aunque estuviera en el trabajo.
—Aran… —dijo en voz baja, alejándose de los otros dos hasta ponerse al lado de la ventana abierta.
La voz de Aran sonaba tranquila, no estaba enfadado, sin embargo Kita si le notó herido. Lo conocía, no era de los que montaban un espectáculo pero si pedía una explicación.
—Me he encontrado con tu madre —dijo, sin rodeos—. Y… no sabe nada de lo nuestro, ni siquiera un poquito.
Shinsuke soltó un suspiro intenso. A veces postergar las cosas por tal de controlarlas solo era aceptar que tarde o temprano perdías el control del todo. Por un segundo el mundo se le hizo más pequeño. Lo sabía, lo había retrasado todo lo posible, pero la confrontación había llegado antes de que pudiera planificar cómo enfrentarla.
—Lo sé, es que estoy buscando aún cómo contarlo — La voz de Kita sonó como un susurro que se mezclaba con los ruidos que venían de la calle—. No es fácil para mí y seguramente debería habértelo comunicado.
Shinsuke no era bueno con las emociones, propias o ajenas. Pero no hacía falta ser un genio para saber que Aran no estaba satisfecho con aquella respuesta. La tensión del momento mantenía a raya las emociones de Kita, estaba trabajando pero sentía que debía ir a donde fuera que él estaba y recordarle que le quería.
— ¿Cómo contarlo? — preguntó algo indignado Aran al otro lado de la línea telefónica —. Me haces sentir como si mi existencia fuera un secreto vergonzoso o algo que no está bien, llevamos juntos más de dos años y entiendo la dificultad, tu familia es bastante tradicional, pero que aún piensen que soy tu compañero de la perparatoria, ni un amigo, es casi como confirmar que te avergüenzas de mí.
Las palabras de Aran se clavaban en la piel de Kita como agujas. Era irresponsable de su parte hacer aquello, lo sabía. No lo había hecho bien. No era que le avergonzara Aran, ni su relación; era más bien un pavor irracional, una resistencia a cambiar el papel que siempre había jugado en su familia. Necesitaba arreglarlo, necesitaba cambiar aquel paradigma.
—Vale, voy a hacerlo bien — Kita sentía la decisión en su cuerpo. Podía ser muchas cosas, podía montarse la película que quisiera, pero él por línea general se regía por su forma de hacer las cosas de forma correcta. Dejó escapar otro suspiro —. Voy a buscarte y lo hablamos, confía en mí.
No se sentía capaz de decírselo a su abuela, pero quizá si a su madre y a su hermana. Ellas podían ayudarle a preparar el camino para la abuela, o a unas malas hacerle huir del todo hacía adelante.
— Te espero — dijo Aran esperándole en su piso de Osaka.
Kita colgó, guardando el móvil con una mezcla de alivio y nerviosismo. Volvió hacia Omimi y Ayumi, quienes estaban aún absortos en sus respectivas tareas, y miró a Omimi, intentando ocultar su incomodidad.
—Tengo que irme ahora mismo —dijo Kita—.Es importante, pero vendré mañana con Akagi.
Omimi asintió, sin hacer preguntas. No le gustaba indagar en la vida personal de Kita, para eso estaba Akagi. Kita, agradecido por la comprensión no expresada, salió de la habitación sin decir nada más, y al cabo de unos segundos, el ruido de la puerta de entrada marcó su salida definitiva de la escena.
Ayumi, que había cotilleado toda la conversación dejó ir un suspiro.
— ¿No te cansa? Que alguien sea así, siempre haciendo “lo correcto” en vez de lo que quieren…
Él sonrió más para él que por el comentario. Estaba claro que Ayumi no era de fiar. Pero que importaba, al final del día tampoco se iba a casar con ella ¿no?
—Hay gente que cree que vivir así tiene sentido — le contestó sin parar de limpiar el tatami. Estaba quedando bastante mejor de lo que él mismo esperaba —. Si necesitase ayuda, Kita sería una de las personas en las que más confiaría, así que aunque pesado, no me cansa.
La observó dejar de limpiar el armario para mirarle desde arriba con el descaro que destilaba desde primera hora de la mañana.
—Yo no sé tú —murmuró Ayumi, con ese tono cínico y sarcástico que parecía su firma—, pero para mí, lo correcto es lo que sirve a mis intereses.
Omimi dejó de frotar el tatami, se levantó y dejó el trapo en el balde de agua que tenía al lado. Se quitó los guantes y se acercó a la ventana, apoyándose en esta. Notaba que Ayumi estaba jugando, que lo hacía para provocarlo, pero aun así, había algo en esa conexión, en la forma en que sus palabras le desafiaban, que le hacía querer responder de la misma forma.
— Y ¿si tus intereses se interponen a los de otra persona? — Ren sentía el poco aire que corría acariciarle la nuca. Estaba cansado y realmente aquella charla se le hacía ya pesada. Ella buscaba llevarse el dinero, y bueno no iba a echarla si se quedaba a ayudar aunque solo fuera para llevárselo.
—Lo hace más divertido ¿no?
Ayumi se quitó los guantes y los dejó junto a los de Omimi, a la par que se acercaba a él. Él se giró a mirar por la ventana y sintió como ella se alineaba junto a él, mirando hacia fuera también. Hacía calor, y aunque aún olía bastante mal, sus narices parecían haberse saturado del hedor y la mezcla de productos de limpieza.
La notaba a escasos centímetros. Estaba cansado, pero si se sentía atraído. Era absurdo como podías apenas conocer de nada a alguien, pero tener todas aquellas sensaciones. Se mantuvieron en silencio durante unos minutos, mirando los diferentes tejados que se alineaban uno junto a otro en aquel barrio desordenado.
—Ya sabes que estoy aquí por el dinero pero…— dijo ella en un susurró, rompiendo el silencio entre los dos —.Quizá no es todo.
Ren soltó una risa cruda, desconfiada. Había algo en ella que parecía demasiado intencional, un juego que él mismo podía entender pero que, al mismo tiempo, le mantenía en guardia. Se giró a mirarla, con la mascarilla bajada bajo la barbilla y su sonrisa socarrona. Era una creída y le gustaba que así fuera.
—Ah, claro. Seguro que lo haces por la satisfacción de ayudar —respondió, con tono irónico.
Sakamoto forzó más aquella sonrisa desafiante, enmarcada por una mirada juguetona. Parecía esperar a un comentario más, mientras se mordió el labio inferior de forma calculada.
—Bueno, no todo es blanco o negro — Ayumi era buena lanzando balones fuera. No hacía falta ser un genio para darse cuenta de que sabía manipular las situaciones a su antojo — ¿Qué me impide coger esa bolsa y huir? Es dinero, es asqueroso pero sigue siendo tangible, algo que puedes contar, tener, tocar.
Sintió los dedos de ella pasar por su mano, como jugueteando. Eso le parecía todo a él, un juego.
—No sé tú, pero a mí me gusta tener claro lo que es real y lo demás… solo es ruido.
Él la agarró la mano de forma brusca, parando aquel jugueteo con sus dedos. Y la miró fijamente. Le molestaba que siguiera rondando, en parte porque le gustaba. Necesitaba encontrar qué parte de lo que decía era verdad o cual era un juego, porque se comportaba disonantemente a lo que decía. Ayumi le devolvió la mirada con la misma intensidad, sin asustarse por su brusquedad ni la fuerza que ejercía sobre su mano. Era un pulso entre ambos. Uno de los dos tenía que ceder primero.
—Y entonces, ¿esto también es ruido? —preguntó él, soltándole la mano, mientras su mirada se deslizaba por los detalles del rostro de Ayumi. La cara redonda y suave. Sus dejas pobladas y aquellos ojos castaños que anunciaban un desafío tras otro.
Ella le sostuvo la mirada, sin titubear, aunque por un instante sus ojos parecieron revelar algo más. Algo que no era ni simple atracción ni un truco calculado. Omimi sintió cómo el aire entre ellos se volvía más pesado, cargado de una tensión que ninguno de los dos había pedido pero que ahora parecía inevitable.
Ayumi extendió la mano bajando la mascarilla de Omimi y mirándole, imitando el mismo proceso a la inversa. Su rostro marcado y huesudo, sus ojos pequeños y oscuros y aquella nariz exageradamente recta. Se acercó de puntillas, acariciándole el rostro y pegando su boca a la de él.
Instintivamente Ren la agarró por la cintura empujándola contra su propio cuerpo. Los brazos de Ayumi rodearon los hombros de Omimi, pegándose aún más a él. No había en aquello ninguna promesa. Sus bocas se buscaban ignorando cualquier lógica, sin pensar en qué diablos se iban a decir después.
Ren la empujó contra la pared sin parar de besarla, dejando escapar la respiración entrecortada y escuchándola dejar ir algún gemido deseoso de más. Él se encontró sintiendo cómo cada roce, cada leve mordisco entre sus labios, encendía una chispa que se extendía por todo su cuerpo, ahogando sus propios miedos y la persistente sospecha de que aquello, de algún modo, no era seguro. Pero esa misma desconfianza le hacía más irresistible.
Ambos se aferraron a ese beso como si fuera la única cosa tangible en medio de un caos incierto. Era un beso feroz, un beso sin restricciones, que desbordaba toda la tensión acumulada entre ellos por la rabia de aquellas verdades a medias. Pero la rabia y el desafío se pausaba en aquellos segundos en una especie de pacto calculado, en el que dejar de pensar estaba permitido.
Pero a pesar de la intensidad, algo latente se mantenía al fondo, algo que ninguno quería reconocer: la sensación de que esto no era del todo seguro, de que la atracción entre ellos, más que una liberación, era un riesgo.
Él empezó a besar su cuello, mientras trataba de sujetarla contra la pared y con las manos bajo sus nalgas. Sentía la excitación en su entrepierna, deseoso de más aunque aquel fuera quizá el peor lugar del mundo para pensar en desvestirla y deshacerse de cualquier duda.
— ¿Es ruido o es real? — Preguntó Ayumi en una mofa, colando las manos por la camiseta sucia y agarrándose a su espalda —.No lo sé, pero al final las respuestas importan una mierda, solo es un juego y cuánto tiempo puedes prolongarlo.
Omimi rió suavemente contra su cuello, sus labios apenas separados de su piel, notando cómo esa chispa que habían encendido no se disipaba del todo. Era odiosa, la deseaba pero era odiosa. Verla con aquella seguridad inquebrantable le hacía dudar de si tal vez algún día develaría qué había detrás de todo aquello. Lo más sencillo era seguir creyendo que todo era una lucha por el dinero impregnado en muerte. Probablemente ni Ayumi lo sabía, pero sabía dejarle la duda de si todo estaba calculado desde que le había visto aquella mañana.
Pero al segundo siguiente, Omimi se apartó, dando un paso atrás. Su respiración aún era pesada, notaba su erección apretándole en el pantalón, y la mirada que le lanzó a Ayumi estaba cargada de una mezcla de deseo y cautela.
— ¿Así que es un juego? —dijo, con una media sonrisa, evaluándola—. Bien. Entonces, me llevo el premio de esta ronda.
Se agachó, agarrando la bolsa del dinero y la miró. Era un movimiento calculado. Levantó la bolsa y la observó. Su expresión seguía imperturbable, pero la tensión en su postura lo decía todo.
Ayumi tomó varias respiraciones, como si aún se repusiera de aquel beso. Le miró con media sonrisa y algo de interés genuino en aquel gesto.
— ¿De verdad vas a llevártelo? — Preguntó, con una calma que parecía cubrir algo mucho más denso. Probablemente estaba enfadada. Omimi la miró un segundo, manteniendo el contacto visual, intentando entender si su pregunta era una simple curiosidad o una advertencia.
— ¿Y por qué no? — dijo Ren desafiándola, esperando que se quejase, que reaccionara de cualquier modo diferente que le enseñase su cara real. Pero se mantuvo inquebrantable—. Así mañana también puedes venir mañana a ayudarnos ¿no?
—Perfecto. Juguemos un poco más, entonces —contestó Ayumi y le miró largarse.
Omimi podía sentir como su mirada le quemaba la espalda. No sabía realmente por qué hacía aquello, pero no podía evitarlo. No era impulsivo, pero podía parar en cualquier momento si quería. Aunque asumía que tarde o temprano tendría que darle el dinero si quería algo más con elle.
Lo tiró en el fondo de la furgoneta y condujo hasta casa. En su mente solo podía pensar que el dinero era la única cosa que hacía que Ayumi volviera al día siguiente. Quizá la única forma de tener una mínima oportunidad de trasformar todo aquello en algo diferente. Incluso si era consciente de que no era algo demasiado tangible. Porque en el fondo y a pesar de sus deseos, si lo analizaba con detalle, aquello solo era ruido.
No quería pensar en todo aquello. Era más fácil ignorarlo hasta que no pudiera evitarlo. Llegó a casa y tras una ducha y un rato de vagancia extrema, se adentró en su propia cocina para limpiarla y cocinar.
Horas más tarde el aroma de las gyozas fritas invadía la cocina, mezclándose con el olor intenso de los fideos que Omimi removía en la sartén. Kita llegó con cara de entierro y se sentó en el sofá, mirando al vacío tras un vago hola. Y la paz parecía un hecho en el entorno, hasta que Akagi irrumpió indignadísimo, con una furia cansada y tirando su chaqueta sobre una silla.
— ¡El mundo está podrido! — Se quejó en vez de saludar y se dejó caer sobre el sofá mirando la cara seria de Kita—. Quizá hasta yo esté podrido, igual que la señora de la casa de esta mañana, pero respirando y andando.
Omimi empezó a reírse tras volcar las gyozas en un plato. Lo dejó en la mesa del comedor y se dispuso a poner la mesa para los tres.
— ¿Qué ha pasado? —preguntó Kita levantándose para ayudar a Ren.
Akagi soltó una risa irónica.
— ¿¡Qué ha pasado!? — su tono era indignado pero enseguida cambió —. Que quedamos la tipa del match y yo, y todo ji ji i ja ja, la cosa se pone seria y de golpe me dice “mi compañía tiene un precio” y me saca una carta de honorarios.
—A mí no me sorprende — dijo en tono neutro Kita disponiendo los palillos en la mesa. Se sentó y esperó a la comida preparando un poco de salsa de soja sobre su plato.
Por su parte Omimi intentaba contener su risa. Sirvió tres boles con los fideos y los dispuso en la mesa, observando como Akagi se sentaba.
—Lo peor es que me he sentido en el compromiso de pagarle — se quejó Akagi. Era duro verse de aquel modo, pagando a una profesional que claramente le había timado—. Y a ti ¿Qué te pasa?
Kita le miró en silencio sin contestarle una palabra. Era mal educado no decirlo, pero ni siquiera sabía cómo abordarlo.
—Problemas con Aran —murmuró Omimi, que finalmente se sentó a la mesa con cierta indiferencia.
Akagi soltó una risita, saboreando el drama ajeno. Siempre disfrutaba más cuando el desastre era de otros. Después de todo él había pagado de su bolsillo a una señora que le había timado de todas todas. En la aplicación no había puesto nada de ser una scort.
— ¿No vas a soltarlo? — preguntó Akagi insistente. Kita le miró y dibujó una vaga sonrisa de apreciación, pero ni abrió la boca. Entonces Akagi se giró a mirar a Omimi — ¿Tú también estás en modo ermitaño? Espero que al menos hayas tenido una tarde apasionante con Sakamoto ¿O estás esperando a ver si es un estafador como mi Match?
— ¿Puedes tener una tarde apasionante en una habitación sucia donde aún hay restos de un cadáver? — preguntó Kita con ironía. La simple idea de no ducharse inmediatamente después de trabajar ya le había dificultado tener contacto físico con Aran. No se podía imaginar nada más confuso que la idea de tener cualquier tipo de contacto sexual en aquella casa.
Akagi empezó a reírse. Realmente no lo había pensado, pero era un ambiente poco romántico. Por su parte Ren, saboreaba los fideos preguntándose si aquel beso cutre podía considerarse algo ¿apasionado?
—Me ha besado, porque decir que lo hice yo sería falso — aclaró Omimi evaluando la situación—. Ha sido intenso, es atractiva y la verdad es que está bien pero… Es un juego.
Su mente divagaba. Quizá lo que le atraía de ella no era realmente ella, sino la certeza de que aquello no iba a ningún lado.
—O sea que vas a tener el premio en las manos, y vas a pasarte la noche pensando en si te está utilizando — aclaró Akagi—. Tú ya sabes que es un estafador, pero aun así apuestas ¿qué esperas tú de ella?
Kita se puso la mano en la frente y se giró con el bol sin entender aquello. La finalidad real de aquel tira y afloja. Y encima la había besado en la casa de la muerta. Era asqueroso.
Omimi se comió una gyoza y la masticó con calma. Dejó los palillos sobre el plato y rumió su respuesta. De alguna manera lo que le excitaba era aquel fracaso premeditado. La inminente certeza del final, como si estuviera en un tren sin frenos, incapaz de detenerse, sabiendo que el choque era inevitable. Había algo extrañamente liberador en esa imposibilidad, algo que le daba una adrenalina que jamás sentía cuando se acercaba a algo que sí podía funcionar.
—Lo que espero de Ayumi… — repitió en voz alta —. No tengo ni idea, solo sé que tengo el dinero en la furgoneta y por algún motivo no lo he subido a casa para lavarlo y quedárnoslo o devolvérselo al cliente, así que juego a su juego supongo.
Shinsuke lo miró por un segundo, con su rostro sombrío pero con una mirada directa. No estaba de acuerdo con todo aquello del dinero, pero se iba a callar. Él no sentía que jugase limpio con Aran, sino iría a su abuela le soltaría la verdad y san se acabó, pero seguía atrapado. Así que con motivos o sin motivos, no estaba siendo en efecto diferente a Ren.
—Entonces déjala jugar. —La voz de Kita rompió el silencio, suave pero cargada de un peso incómodo—. Solo que recuerda que no todos ganan el premio.
Omimi miró a sus amigos en silencio, sus palabras resonando en su mente. Sabía que se había metido en una partida sin reglas y que, hasta ahora, no estaba dispuesto a dejar de apostar. Y era fácil pensar que el verdadero problema era Ayumi, pero no era realista. El verdadero problema era él mismo. Sakamoto Ayumi era inalcanzable, inaccesible en todos los sentidos, y eso hacía que el riesgo de acercarse fuera nulo. El fracaso estaba garantizado, y de algún modo, eso le resultaba más cómodo que la posibilidad de un éxito.
Ganar en aquel juego quizá implicaba compromiso, implicaba expectativas, ese tipo de relación que por mucho que desease también temía. Una victoria era en resumen algo que se mantuviera ahí cuando la emoción bajaba, aquel pico de intensidad realmente falso. Una relación de verdad implicaba un riesgo real. No era como el riesgo controlado de un juego como el de Ayumi. Implicaba mirarse a uno mismo y admitir que había un lugar para algo más duradero.
Con Ayumi, el riesgo era emocionante, sí, pero era un riesgo seguro. Algo que podía manejar porque el final ya estaba escrito. Tal vez era eso lo que realmente buscaba: el consuelo de saber que el fracaso estaba ahí, al alcance de la mano y no era responsabilidad suya, sino más bien un hecho premeditado.
—Es absurdo intentar ganar con un estafador — sentenció Akagi con cierto pesimismo.
—Sí, pero como me gustaría ganar — suspiró Omimi siendo consciente de que era más una cuestión de orgullo más que otra cosa.
Acabaron de comer bajando el ritmo de la conversación. Shinsuke se ofreció a fregar los platos mientras Akagi le montaba una cama improvisada en el sofá.
Omimi se apoyó en la barandilla del balcón, mirando la skyline de la ciudad que se podía vislumbrar desde allí. La noche oscura y las luces de las diferentes ventanas.
¿Ganar o perder? Bueno, aquello no tenía más sentido que cualquier otra cosa. Darle más vueltas solo le daría dolor de cabeza. Ayumi le gustaba porque era una fantasía atractiva. La herida de no sentirse amado, la idea de poder mantenerse cerrado en su postura evitativa del romance. No, aquella persona, chico o chica, no era para él. Incluso aunque fuera de aquellas personas que cruzaban el universo en pos del amor. Estaba bien jugar, pero hasta cierto punto.
Cuando se metió en su futón le costó dormirse. Los dedos de Ayumi sobre su piel, su cuerpo caliente contra el suyo… El deseo y la intensidad de aquel beso le atormentaban. Podía follar y ya, pero sabía que si se dejaba llevar todo acabaría por ser un desastre. Era un juego diseñado para fracasar. Era exactamente eso lo que lo hacía más y más deseable. La inminente certeza de un final, como conducir un coche sin frenos… Era extremadamente liberador vivir en esa imposibilidad, una adrenalina que jamás sentía si algo tenía fundamento.
Pensó en el contacto de su piel contra la de él, sintiendo como la sangre se amontonaba en su entrepierna. Una fantasía recurrente, algo que no le llevase a ningún lugar correcto. Una persona que no le aportase una experiencia diferente o nueva. Se masturbó dejando ir cualquier pensamiento profundo y centrándose solo en las sensaciones de su propio cuerpo.
El fracaso estaba garantizado, y de algún modo, eso le resultaba más cómodo que la posibilidad de un éxito. Ayumi era un riesgo “seguro”, un final ya escrito. Tal vez era eso lo que realmente buscaba: el consuelo de saber que el fracaso estaba ahí, al alcance de la mano.
Ren se levantó pronto aquella mañana escuchando los ronquidos vagos de Akagi. Kita preparaba el desayuno en la cocina le saludó aún sin haberse peinado.
—¿Has dormido bien? — Le preguntó Kita.
Pero Omimi no contestó, solo le miró de reojo mientras preparaba su propio café. Su emnte divagaba en el dilema del dinero. Él nunca sería como Shinsuke, correcto en todo hasta cuando se equivocaba. Sus formas de ser distaban, era orgulloso, perseverante pero esperaba resultados, para él el proceso no era suficiente y nunca lo sería. Él quería el proceso pero también los resultados: lo quería todo. Pero para tenerlo todo también tenía que pasar por ser un pesado que hacía lo correcto.
— Gracias por ser mi amigo, Shinsuke — dijo Omimi impulsivamente antes de tomarse un café solo de golpe y salir de la cocina.
Bajó las escaleras del edificio con decisión antes de subirse a la furgoneta y conducir hasta la casa del cliente. Quedarse el dinero era un sinónimo claro de mantenerse en el mismo sitio. El mismo trabajo de mierda. El mismo sueldo por limpiar cadáveres y callarse. Si quería mejorar, tenía que cambiar cómo hacía las cosas. Si quería algo real, con Ayumi o no, tenía que quitar de en medio aquel dinero. Era la determinación clara de dejar de cargar con la suciedad en las manos.
El barrio en el que vivía el hijo de la señora Fumiko era deprimente. El edificio en el que vivía no era mejor. Todo hormigón, buzones torcidos, un cartel de “prohibido fumar” medio arrancado en la entrada. Llamó al timbre. Dos tonos. Esperó. El chirrido del telefonillo y la voz de aquel tipo con miedo a ser juzgado sonó.
—¿Sí?
—Soy el del servicio de limpieza.
Silencio. Luego el clic metálico de la puerta desbloqueándose. Aquel tipo abrió la puerta, su cara de sueño era clara. No era raro, era quizá demasiado pronto.
—¿Ha pasado algo? —preguntó, sin disimular el tono molesto de quien odia interrupciones.
Omimi no respondió, le entregó la bolsa de basura negra de la que aún salía cierta peste. El hombre la cogió sorprendido no sin poner una mueca de asco por el hedor.
—Esto es suyo —dijo Omimi—. Estaba debajo del cuerpo de su madre, bajo el futón y la mayoría están manchados.
El hombre dejó ir la bolsa al suelo, siendo consciente de como la muerte impregnaba aquellos billetes como su estuvieran malditos.
— ¿Cuánto…
—No lo he contado, no tenía ganas — aclaró mirando la bolsa en el suelo con cierta indiferencia. No quería estar con nadie que le hiciera dudar de por qué estaba con él y aquellos billetes le hacían dudar de si Ayumi quería algo con él o no — Si quiere limpiarlo es un proceso simple, Alcohol isopropílico, vinagre blanco, bicarbonato y un poco de detergente suave.
El tipo miró la bolsa y luego miró a Omimi confundido.
—¿Y por qué no te lo has quedado?
Ren negó con la cabeza. Le parecía una pregunta absurda si no iba a darle el dinero.
—No es mío, y lo que no te pertenece siempre se pudre en tus manos — aclaró siendo consciente de lo que decía.
Se mantuvo en silencio unos instantes. Probablemente aquel dinero tampoco le pertenecía a ese hombre, aunque si la decisión de qué hacer con el dinero.
—Ah, quizá si lo limpia debería pensar en Sakamoto — añadió Ren girándose para marcharse. Sabía que se metía donde no le llamaban — Ella estuvo mucho tiempo cuidando de su madre de forma desinteresada, muy probablemente le pertenezca a ella.
No hubo despedida. Salió del edificio como había entrado: en silencio. El aire de la mañana era gris y espeso. No se sintió más ligero. No se sintió mejor. Pero al menos, el juego ya no pesaba en su espalda.
Y eso, por ahora, era suficiente. Aquello era tangible para él.
Volvió a casa con las manos vacías, pero por primera vez en mucho tiempo, con la sensación de haber soltado algo que no era suyo.
Cuando fue la hora de volver al trabajo, Ayumi no apareció por ningún lado. Quizá el hijo de la señora Fumiko le habría dado una parte o quizá le habría llegado el mensaje. Quizá solo se habría molestado con él por cómo se había marchado el día anterior. No importaba.
Lo difícil no era querer a alguien como Ayumi. Lo difícil era querer bien, incluso cuando eso significaba no jugar.
Y eso, por primera vez, era lo que había elegido.
