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Aves Nocturnas

Summary:

Stephanie Brown decide enfrentarse a los fantasmas del pasado y llega con alguien que nunca dejó de importarle: Tim Drake. Entre silencios cargados, miradas contenidas y heridas no cerradas, ambos se reencuentran en ese espacio íntimo donde el dolor y el cariño conviven.
Una historia de segundas oportunidades, donde el orgullo cede ante la verdad, y dos personas descubren que, a pesar del tiempo y la distancia, siguen eligiéndose.

Work Text:

Aves Nocturnas

Desde lo alto del penthouse, las luces de la ciudad parecían como estrellas caídas, parpadeando tímidas entre las sombras urbanas, en el cielo, sola la luna y a su lado la luz con el símbolo del murciélago, reflejando el caos de la ciudad y la esperanza de algún día no necesitar que ilumine los cielos nocturnos.

La habitación estaba a oscuras, solo el zumbido de un ordenador encendido pero con la pantalla apagada. Stephanie estaba acostada en la cama, todo en ella parecía frágil, provisional, como si no terminara de creer que tuviera derecho a estar allí.

El suéter que usaba era de él —morado, enorme, olía a limpio, a jabón caro y a ese algo inconfundible que solo tenía Tim—. Su cabello rubio caía sobre sus hombros como ríos dorados tristes. Tenía la mirada perdida en algún punto del techo, los ojos azules opacos de tanto llorar en silencio.

—No sabía a dónde ir —murmuró, sin mirarlo—. Dormir en el spoiler-móvil me hacía sentir como un fantasma... Como si ya no existiera para nadie.

Tim estaba acostado a su lado, un brazo bajo su cabeza, el otro acariciando lentamente su cabello. Cada roce era una redención.

—Estás aquí —le dijo, con esa voz baja, un poco ronca, que siempre la había calmado—. Y mientras estés aquí... no necesitas ser un fantasma.

Ella parpadeó y giró el rostro hacia él. Esos ojos celestes que ella había amado tanto, todavía estaban ahí. No eran los de un chico de 13 años, eran los de un hombre roto y reconstruido, más callado, pero aún capaz de mirar con ternura.

—Sigo sin entender por qué me dejaste entrar… después de todo.

Tim la miró unos segundos, con ese silencio espeso que siempre precedía a su verdad.

—Porque nunca dejaste de importarme —respondió—. Porque sí, me dolió. Me rompió. En aquel momento renuncié a ser Robin, y tú… creí que habías muerto, cuando me enteré que todo había sido una mentira.... Me sentí traicionado. Pero con el tiempo… aprendí que tú también solo estabas sobreviviendo.

—Me odiabas —susurró ella.

—Te odiaba —admitió—. Pero te quise más de lo que te odié. Y al final, el cariño ganó.

Stephanie bajó la vista, apretó los labios, tratando de no llorar.
—Yo también me odié por lo que hice… por lo que paso, por Batman, él me despidió y Bruce…-la declaración quedo en el aire, no era necesario decirlo, todos los Robin lo descubrieron en su debido momento, Batman era el hombre y Bruce era la máscara, la decisión fue tomada por Batman y no había nada que hacer ante ello- …Pero si no lo hacía… tenía que volver con mi padre. Y eso… eso era peor.

Tim frunció el ceño, su mano ahora en su mejilla.

—Aún hablas con él.

—Porque sigo intentando perdonarlo. Como tú perdonas a todos.

Silencio.

Entonces él la acercó, despacio, como si tuviera miedo de romperla. Su frente se apoyó contra la de ella. No eran amantes. No eran pareja. Pero en ese instante eran algo más.

—No tienes que irte, Steph. No esta vez. Puedes quedarte todo el tiempo que quieras. Este lugar es demasiado grande para una sola persona… y yo ya me cansé de estar solo.

Ella se acercó más, se dio la vuelta acurrucándose contra su pecho. Su voz salió apenas un suspiro.

—Gracias, Tim.

Él no respondió. Solo la abrazó más fuerte y siguió acariciando su cabello, como si esa fuera la única forma de reconstruir el pasado sin romper el presente. Stephanie se dejó abrazar. No con resignación, sino con ese abandono suave que uno solo concede cuando está cerca de alguien que ama. Sus brazos se enroscaron en torno a su pecho como raíces buscando tierra. Su rostro se escondió en la curva de su cuello, donde sabía que el mundo no podía alcanzarla.

—Sé que odias estar solo —dijo, muy bajito, casi en su oído—. Siempre lo supe.

Él no se movió. Solo cerró los ojos, como si esas palabras le llegaran directo a los huesos.

—Desde niños —continuó ella—. Cuando tus padres viajaban y te dejaban solo en la mansión... tú decías que no te importaba, pero yo te veía, Tim.
Él tragó saliva. Sintió el pecho apretarse de una forma antigua, conocida.

—Me gustaba pasar tiempo contigo—murmuró.

—A mi también- La sonrisa suave creció en su rostro -Siempre sentí que era un honor… estar contigo. Porque tú… tú amas de una forma que nadie más lo hace.
Ella se separó apenas, lo suficiente para mirarlo. Sus ojos azules brillaban entre lágrimas contenidas. Su mano rozó la mejilla de él, suave, como una bendición.—Tan abierta. Tan honesta. Sin rencor. Aunque te rompan, tú sigues amando. Aunque te traicionen… tú encuentras la forma de perdonar. No importa lo que digan —su voz tembló, pero no retrocedió—. Tú eres el verdadero chico maravilla.

Él sonrió. No una sonrisa grande, no una pose. Sonrió como si le hubieran devuelto una parte perdida de sí mismo.

—¿Aún piensas eso… después de todo?

—Sobre todo, después de todo —dijo ella—. Porque ahora sé cuánto cuesta ser como tú. Y tú lo sigues siendo.

Tim la abrazó con más fuerza, como si en lugar de sostenerla, estuviera sosteniéndose a sí mismo a través de ella. Como si en sus brazos cupiera toda su historia, y no pesara nada.

—No quiero estar solo, Steph —dijo por fin, en voz baja.

—No vas a estarlo —susurró ella, hundiendo el rostro contra su pecho—. No mientras yo pueda evitarlo.
La noche era fría, no solo por el clima, sino por esa clase de silencio que a veces acompaña a las conversaciones importantes. Como si el mundo supiera que debía guardar respeto. Gotham dormía —o fingía hacerlo—, envuelta en ese manto gris que también cubría el corazón de los que hablaban bajo su cielo.

Stephanie, aún recostada sobre el pecho de Tim, jugaba con los cordones de su suéter, enredándolos entre los dedos como si sus manos necesitaran algo que hacer mientras su alma buscaba cómo decir lo que sentía. Ya no lloraba, pero tampoco sonreía. Estaba suspendida en ese espacio donde uno ya no se protege, donde todo se dice como realmente se siente.

—Cuando empezamos a salir… —susurró de pronto, sin mirarlo—. Tenías otra novia.

Tim soltó un suspiro que cargaba años. Culpa, melancolía… tal vez un poco de vergüenza.

—Darla —admitió con voz baja, casi ronca—. Dios… sí. Lo recuerdo.

—Yo también. La odiaba —dijo Steph, sin siquiera intentar disimularlo—. Esa forma en la que me miraba… como si yo fuera una amenaza, una intrusa. Siempre supe que lo nuestro le dolía, aunque intentara fingir lo contrario.

—¿Y no te dolía a ti… que al principio yo no cortara con ella?

Ella lo miró de reojo, alzando apenas una ceja.

—Claro que sí. Pero también sabía que lo harías… eventualmente. Eres muchas cosas, Tim. Pero deshonesto no es una de ellas.

Él bajó la mirada, incómodo, y luego sonrió con cierta ironía cargada de cariño.

—He tenido más relaciones de las que me gustaría admitir. Mi vida sentimental es… una telenovela de media noche.

—Lo sé —dijo ella, empujándolo suavemente con el hombro—. Las revistas me lo recuerdan cada tanto. Pero es curioso… siempre terminas bien con todos. Darla, Ariana, Lena, Bernard, Tam, Cassie… ¿Quién logra seguir siendo cordial con sus ex?

—Supongo que aprendí a no cerrar puertas —murmuró—. O que no sé dejar ir del todo.

—Excepto conmigo —le lanzó ella, con una media sonrisa pícara.

Tim la miró con un brillo en los ojos, ese que aparecía cuando se sentía cómodo. Seguro. En casa.

—¿Tú crees? Porque aquí estás… en mi cama, con mi suéter… —le arregló un mechón de cabello tras la oreja, y su voz bajó, acariciando más que hablando—. Mientras te acaricio el cabello.

Stephanie rió bajito, el rubor subiendo por sus mejillas. Le dio un golpecito en el hombro.

—Maldito. Eso no cuenta.

—Claro que cuenta. Y además, tú también hiciste tu vida. ¿Qué tal eso de estar enamorada de Cassandra?

Stephanie se cubrió la cara con ambas manos.

—¿En serio vas a sacar eso?

—¡Obvio! —Tim estalló en risa—. Te gustan amables, letales… y de cabello oscuro. Tienes un tipo, Steph.

—¡No tengo un tipo!

—Ajá. Cass, yo… ¿Jason, también?

—¡Qué asco! —dijo entre risas—. Jason es como un hermano para mí. Aunque… —lo miró de reojo, mordiéndose el labio—. Admito que tengo una debilidad…

—¿Por?

Ella lo recorrió lentamente con la mirada. Tim alzó una ceja, esperando la confesión.

—Por los que tienen un buen cuerpo —dijo, con voz seductora, acariciando el cuello de su camisa—. Eso ayuda. Bastante.

—¡Qué superficial! —protestó él, fingiendo indignación—. Yo que pensaba que te gustaba por mi ternura.

—Ternura y abdominales. La combinación ideal.

Ambos estallaron en risas, de esas que aflojan el alma, que devuelven oxígeno a los pulmones después de una tormenta. Por un instante, eran otra vez adolescentes, riendo en la biblioteca de la mansión, escondidos entre libros viejos y secretos no tan bien guardados.

Y cuando la risa se fue apagando, como una fogata que aún conserva calor entre las brasas, Tim murmuró, sin drama, solo con la honestidad de quien no necesita máscaras:

—Me alegra que estés aquí, Steph.

Ella se acurrucó más cerca, dejando su mejilla sobre su pecho.

—A mí también, Tim. Mucho

En ese momento solo eran ellos dos, sin mascaras, sin tener que velar por la justicia, sin tener que dar explicaciones solo dos almas conectadas, Stephani suspiro con cansancio pero sin poder conciliar el sueño.

-¿Ocurre algo?- él continuaba enredando su dedos en los mechones de oro, despreocupado

—No... es solo que —empezó, como quien no quiere la cosa—, hay algo que siempre me he preguntado.

—¿Solo una cosa? —Tim levantó una ceja, sospechando la emboscada.

—Ajá. Algo que nunca dijiste en voz alta, pero que yo siempre sospeché.

Tim entrecerró los ojos.

—No me gusta este tono.

—¿Y qué? —dijo ella, con una sonrisa inocente que no engañaba a nadie—. ¿Nunca pensaste que tal vez, solo tal vez, te gusta Jason?

El silencio fue inmediato. Y delicioso.

Tim parpadeó lentamente, y una risa incrédula

—¿Qué?

—¡Vamos, Tim! —Stephanie se sentó, cruzando las piernas sobre la cama, apuntándolo con un dedo acusador—. Encaja perfecto en tu patrón. Misterioso. Dañado. Ese aire de chico malo con un corazón de oro escondido entre capas de trauma y sarcasmo.

—¿Jason? —repitió Tim, aun procesando—. ¿Jason Todd?

—¿conoces a otro Jason?, Sí Tim. El glorioso, conflictivo, letal Jason Todd —dijo ella, dramatizando cada palabra como si narrara un tráiler de película—. Admítelo, te encanta ese rollo de “soy una amenaza para la sociedad, pero en el fondo solo quiero que me abracen”.

Tim se llevó una mano a la cara, cubriéndose los ojos.

—Steph…

—¡Y tiene el cuerpo! —añadió, soltando una carcajada—. Vamos, eso sí es tu tipo. Alto, musculoso, expresión de “he visto cosas” …

—¡¿Estás describiendo a alguien que fue mi hermano adoptivo?! —dijo él, horrorizado.

—Y aun así estás dudando.

Silencio.

—No estoy dudando —gruñó, entre dientes—. Estoy procesando el nivel de psicoanálisis forense que acabas de desplegar.

—Lo tomaremos como un “me lo planteé en sueños”.

Tim la empujó suavemente con una almohada, y ella estalló en carcajadas.

—No puedo contigo —murmuró él, pero no podía ocultar la sonrisa.

—Mira, Tim. Solo digo que, si algún día decides tener una crisis de identidad, Jason estaría en la shortlist.

—Dios mío…

—No te preocupes, igual prefiero a Cass. Ella me da paz… cuando no me está tirando cuchillos.

—Ambos tenemos un tipo —asintió él—. El tuyo te puede matar. El mío… probablemente ya lo hizo.

Volvieron a reír. Era absurdo. Era perfecto. Era ellos.

Stephanie se dejó caer de nuevo, esta vez sobre su regazo, y lo miró hacia arriba, con esa luz divertida en los ojos.

—Sabes que lo digo con cariño, ¿verdad?, además ¿desde cuándo eso te detuvo?, tú y yo fuimos Robin, en lo que a Bruce concierne, somos hermanos; y ¡no lo estas negando! O Dios mío, ¡lo sabía!

—Eso… es una locura —masculló, pero su sonrisa estaba traicionándolo.

—¿Ah sí? Porque nunca hablas de él. Nunca. Me hablas de Dick todo el tiempo, de lo mucho que lo admiras, de cómo querías ser como él. Pero de Jason… nada. Silencio sepulcral. Como si nombrarlo fuera admitir algo.

Tim se cubrió la cara con una mano, pero ya estaba riendo.

—Estas delirando, ¿Cuántas horas llevas sin dormir?, o ¿es que necesitas terapia?

—¡Y tú necesitas dejar de guardar tantas fotos de Jason en tus discos duros! —exclamó ella, dándole un leve empujón con la frente—. ¿Quieres que hablemos de todas las fotos que tomaste de él cuando era el segundo Robin?

—Eso fue archivo histórico. Trabajo de campo.

—Claro. ¿Y también fue “trabajo de campo” la carpeta que titulaste RedHood_Aesthetic?

Él se tapó con la almohada, su risa ya completamente derrotada.

—¡Estás loca!

—Si, pero también soy observadora—replicó ella, riendo también—. Y se nota. Tú con Jason tienes ese tipo de tensión no resuelta que solo se ve en fanfics con etiquetas de “slow burn” y “mutual pining”.

Tim se dejó caer de espaldas otra vez, resignado.

—Claro. Si, si digo que si ¿dejaras el tema? - ella lo vio completamente sorprendida -Pero si Jason se entera de esto, me mudaré de planeta.

Dio una mirada a su alrededor —El apartamento es lindo… así que ya tengo un plan para deshacerme de ti —dijo ella, sonriendo como solo ella sabía hacerlo—. Bastará con susurrarle al oído: “Tim soñó contigo”.

Tim soltó un bufido. Luego, rendido, cayó sobre la cama junto a ella.

—No sé si me asustas o me encantas.

—Ambas —susurró Stephanie, y le dio un golpecito en el pecho—. Por eso sigues dejándome quedarme.

—Te dejo quedarte porque eres como un gatito abandonado bajo la lluvia.

—Conner va a morirse cuando se lo cuentes.

—No se lo voy a contar —dijo, más seria ahora—. Es solo para mí, será nuestro secreto ¿si?.

Tim giró el rostro hacia ella. Sus ojos celestes se encontraron con los suyos. Y ahí estaba otra vez: la ternura indestructible. La forma en la que ella lo conocía. No por lo que mostraba al mundo, sino por todo lo que ocultaba incluso de sí mismo.

Stephanie lo besó en la mejilla.

—Y todavía me gustas, chico maravilla. Aunque te parezcan atractivos los criminales reformados. También estuviste con esa chica de la catana y con la asesina calva cuando lideraste la liga de asesinos…

-se llama Pru- corrigió mientras presionaba su abrazo

-lo que sea, ¡te gusta!

La risa fue apagándose, poco a poco, como una vela al borde del sueño. La habitación volvió a quedarse en silencio, ese silencio denso pero cómodo, donde cada sombra era familiar, y el eco de la ciudad se sentía como un susurro lejano.

Desde la cama, podían ver a través del ventanal. En el cielo, suspendida como un juramento eterno, brillaba la señal del murciélago. Un recordatorio luminoso del caos, del deber, del precio de la máscara. Stephanie lo miró por un segundo más, luego bajó la vista.

—Ojalá algún día ya no tengamos que ver eso en el cielo —murmuró.

Tim asintió, en silencio. El símbolo iluminaba la noche como una plegaria a medio responder. Pero esta noche no estaban allá afuera. Esta noche no eran Robin, ni Batgirl, ni Red Robin, ni vigilantes, ni soldados. Eran solo dos personas. Heridas. Exhaustas. Juntas.

Stephanie suspiró y se acomodó mejor contra él. Su cuerpo encajaba perfectamente en el de Tim, como si el universo, en su caprichosa crueldad, al menos se hubiera asegurado de que pudieran dormir así.

—¿Tienes sueño? —preguntó él, con voz suave, ya casi adormilada.

—Mucho. Pero no quiero cerrar los ojos aún —respondió ella—. No quiero que esta noche termine.

—Entonces quédate despierta conmigo.

—Eso es trampa.

—Todo lo que hago contigo lo es.

Ella rió bajito. Lo suficiente para calmar su corazón.

—Prométeme algo, Tim.

—Claro.

—Que esto no es un sueño… no te vayas.

Tim la abrazó más fuerte. Su nariz se hundió en su cabello, aspirando ese aroma que ya comenzaba a asociar con hogar.

—No me voy a ir, Steph. Nunca más.

Un leve temblor le recorrió los dedos, pero lo ocultó en una caricia. Steph cerró los ojos finalmente, sus labios dibujando una sonrisa apenas perceptible.

—Buenas noches, chico maravilla.
—Buenas noches, mi ave nocturna.

La habitación se sumió en la oscuridad total, solo interrumpida por la pálida luz de la ciudad que entraba por la ventana. Afuera, Gotham seguía respirando entre sirenas, neones y monstruos. Pero ahí, en el refugio de los cuerpos entrelazados, en el calor compartido bajo las sábanas, por fin, dos corazones dormían.
Y por unas pocas horas… no estaban solos.