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A dos metros de amarte

Summary:

James Potter odia a Severus Snape. Siempre lo ha hecho. O eso cree hasta que descubre que es su alfa destinado y un hechizo le impide estar a menos de dos metros de él sin temblar como idiota.

Notes:

Una vez más aquí estamos, démosle un momento de apreciación a James omega y Sev alfa, siento que no hay lo suficiente de ellos.

(See the end of the work for more notes.)

Work Text:

En el tren de camino a Hogwarts por primera vez, James vió a una niña pelirroja y decidió que sería su futura esposa.

Pero había un problema, un niño que estaba sentado junto a ella hizo imposible su propósito.

Desde ese momento se odiaron, se hicieron burlas incluso en el barco que los llevaba al colegio. Durante la ceremonia de selección se dieron empujones leves.

Su odio incrementó cuando él fue seleccionado a Gryffindor y el niño a Slytherin. Pero lo que aumentó su nueva rivalidad era el tener la atención de Lily para si mismo.

Por casi cinco años le hizo bromas, incluso aún cuando después de una pelea a golpes y cientos de detenciones.

En cuarto año, Snape (como se llama ese odioso Slytherin) dejó de hacerle caso a sus bromas y simplemente lo ignoraba. Todos decían que se debía a que pronto sería la presentación que define su segundo género y ya no podían seguir actuando como niños.

Pero James odiaba no tener la atención sobre él, así que continuó con bromas ahora incluyendo maleficios incluso cuando Snape no le hacía nada ni devolvía con la misma fiereza que hace poco tiempo.

Un día de diciembre, poco antes de salir de vacaciones, fue la ceremonia de presentación.

Dicha ceremonia es adorada por los magos y brujas, algo diferente al modo que hacen los muggles, ellos esperan a que llegue su primer celo para saber su segundo género, en cambio ellos, con una poción descubren si serán alfas, betas u omegas.

Esto se hace en Hogwarts después de que cumplan catorce.

James, como lo sospechaba, fue un omega, cosa que lo hizo saltar de emoción y no podía esperar a mandarle una carta a sus padres contándoles lo que sabían desde hace años.

Sirius también lo fue, Peter terminó siendo un beta como sus padres y Remus (con un poco de influencia por ser hombre lobo) un alfa.

Los cuatro estaban bastante cómodos con su género secundario, pero algo en James se rompió al ver que Lily era una omega y no una alfa como creía.

Ahora tenía dieciséis años, estaba en su sexto año del colegio y a uno de graduarse. Ya no era tan intenso con Snape, pero de vez en cuando le gastaba una broma junto a sus amigos.

Y esto que estaba pasando no era una broma.

—¿Que hiciste qué?

Sirius dejó caer su sonrisa y lo vio confundido por tener el rostro pálido.

—Le dije a Snape que si quería saber a dónde íbamos, que husmee debajo del sauce boxeador esta noche.—Repitió, volvió a sonreír al recordar la mirada de Snape.—Debiste verlo, prongs, ¡su cara fue increíble! El grasoso se acobardó antes de si quiera llegar la noche. Eso tuvo que pensarlo antes de espiarnos y…

James no lo dejó terminar porque se echó a correr.

Salió de la sala común como si lo persiguiera un centauro enojado, ni siquiera pensó en tomar su capa.

Vió la luna por un ventanal por el que pasó, apenas salió, todavía tenía tiempo. Se escabulló por los pasillos vacíos sabiendo que Filch aún no rondaba por ahí.

Cuando salió del castillo y visualizó el árbol a lo lejos, corrió aún más sin detenerse a pensar en poder transformarse en su forma animaga.

Si lo que dijo Sirius es verdad, Snape estaría entrando a la casa.

Sabía que su mejor amigo solía infravalorar lo que haría Snape, pero James lo conocía un poco más y supo sin dudar que el Slytherin iría solamente por tener algo contra ellos.

Su omega interno gimoteó de dolor, James ni siquiera lo notó, pero sabía que algo había pasado.

La casa oculta estaba oscura, el aire denso y cargado con el olor a moho y tierra. Severus Snape avanzaba con cautela, su varita iluminando apenas unos centímetros frente a él.

“Esto es una estupidez” pensó, pero el rencor lo empujaba hacia adelante. Quería pruebas, quería ver con sus propios ojos qué tramaban Potter y sus idiotas amigos. Quería…

Un sonido.

Un gruñido bajo, gutural, que heló su sangre.

Severus se detuvo.

Algo respiraba en la lo alto de la casa.

Ojos amarillos brillando en la penumbra.

Dientes largos, afilados, goteando saliva.

Pelaje erizado, una silueta enorme, encorvada, lista para atacar.

Un hombre lobo.

Pero él sabía quién era realmente. Remus Lupin.

El único alfa del grupo mediocre de Potter, por fin pudo conseguir la prueba que había estado buscando desde hace tiempo cuando unió las piezas.

Cuando notó que Lupin lucía igual a lo que decían los libros sobre hombres lobo.

El corazón de Severus se detuvo cuando Lupin lanzó un rugido que retumbó en las paredes del túnel, y antes de que pudiera reaccionar, arremetió contra él.

Severus apenas tuvo tiempo de levantar un escudo débil.

Una de las garras del hombre lobo lo golpeó en el hombro, lanzándolo contra la pared. El dolor explotó en su cuerpo, pero el instinto lo mantuvo en movimiento. Se arrastró hacia atrás, levantando la varita con mano temblorosa.

—¡Impedimenta!—Gritó, pero el hechizo apenas desvió a la bestia.

El hombre lobo gruñó, sacudiendo la cabeza como si fuera solo una molestia.

Severus jadeó, sintiendo la sangre caliente deslizarse por su brazo.

"Esto es el fin" pensó con amargura y odio a sí mismo por hacerle caso a Black.

Pero un ciervo entró y arremetió contra el lobo, lo lanzó con tanta fuerza que probablemente se desmayó al golpearse contra un mueble viejo de madera.

El animal le mordió la manga y lo jaloneó hasta la salida.

Severus no supo en qué momento dejó de caminar por sí mismo y empezó a dejarse llevar por el impulso del ciervo. Solo sintió el frío del suelo bajo su cuerpo y la sangre goteando en la nieve cuando salieron del túnel.

El aire libre lo golpeó en la cara como una bofetada, pero estaba demasiado aturdido para moverse. El ciervo lo soltó, y por un segundo, Severus creyó que simplemente lo dejaría ahí, tirado. Lo miró con desdén, pero sus ojos brillaban con una inteligencia reconocible.

Entonces, el ciervo dio un paso atrás y comenzó a transformarse.

El pelaje se encogió, los huesos crujieron y se reacomodaron, y frente a él, temblando por el esfuerzo y con las mejillas rojas por el frío, apareció James Potter.

James se arrodilló junto a él sin pensar en lo que eso implicaba, sin pensar en cómo olía Snape —sangre, miedo, rabia—, solo lo miró con ojos amplios y voz temblorosa.

—¿Estás bien?

Severus apretó los dientes. Quería gritarle, escupirle una maldición, decirle que era un idiota, que todo esto era su culpa.

Pero no pudo. No cuando James lo sujetó con cuidado, como si temiera romperlo. Como si no fueran enemigos desde los once años.

—¿Estás herido? ¿Snape?

—Claro que estoy herido, maldito imbécil.—Gruñó Severus, con la voz ronca.—Me lanzaste a una maldita trampa con un hombre lobo, ¿qué crees?

James tragó saliva. No tenía respuesta.
No una que valiera la pena decir.

—Yo no… No sabía que Sirius me dijo eso hace unos minutos, nunca te diría algo así, yo…

Severus se rió, una risa amarga y rota. James bajó la mirada. Por primera vez en su vida, no tenía el coraje para sostenerla.

—No quería que esto pasara.—Murmuró, y por alguna razón, su voz tenía un dejo de miedo que Severus no comprendía.

Y entonces lo sintió.

El tirón en su pecho. El zumbido en su oído. El calor que no tenía nada que ver con el fuego.
James lo miró de nuevo, y sus ojos eran dorados por un instante.

Severus palideció.

—No.

—Lo sentí cuando te golpeó.—Susurró.—Sentí tu dolor. Mi omega…

—Cállate.—Espetó Severus, queriendo incorporarse, pero su cuerpo no le respondía bien.

James no se movió, pero sus manos temblaban. No de miedo, sino de certeza.

—Eres mi alfa, ¿verdad?

—No.—Escupió con más fuerza de la que pensó que tenía.

James abrió la boca pero a lo lejos, pasos apresurados lo interrumpieron. Chasquidos de hechizos de detección. Murmullos que se volvieron más nítidos.

Y luego, una luz blanca los envolvió.

—¡Merlín bendito! ¡Severus! ¡James!—La voz alarmada de Madam Pomfrey resonó justo antes de que cayera de rodillas junto a ellos.

Detrás de ella, Dumbledore y McGonagall se acercaron con rapidez, sus rostros tensos, iluminados por la varita del director.

—¿Qué demonios ha pasado aquí?—Espetó McGonagall, su tono tan filoso como su mirada.—¡Potter, Snape, están sangrando los dos!

—Remus.—Murmuró James, como si intentara decir algo más, pero sus labios se cerraron de golpe.

Dumbledore ya estaba evaluando con la mirada el lugar, los restos del caos, la sangre, el olor inconfundible de transformación reciente. Su rostro se endureció al instante.

—Minerva, ayúdame a llevar a Severus. Poppy, ocúpate de James. No los interrogaremos hasta que estén completamente estables.

El trayecto a la enfermería fue borroso, pero Severus recordó el apretón en su brazo roto, el murmullo de algún hechizo de contención para el dolor, y los ojos de James mirándolo como si descubriera algo nuevo.

Horas después, Severus estaba sentado, con el hombro vendado y una poción caliente entre las manos. Estaba cansado, harto, humillado y dolido. Pero su mente no podía dejar de repetirse lo mismo: James Potter es mi omega destinado.

Frente a él, Dumbledore y McGonagall intercambiaban miradas graves, como si debatieran en silencio qué decir.

—Severus.—Empezó Dumbledore con suavidad, caminando hasta su cama.—Lo que ocurrió esta noche fue peligroso. Injusto. Y lamentablemente, un malentendido.

—¿Un malentendido?—Gruñó Severus, su voz aún áspera.—Me mandaron con un hombre lobo sin advertencia. Casi me mata.

Dumbledore asintió, entrelazando los dedos sobre su regazo.

—El joven Black actuó de manera imprudente. Ya está recibiendo el castigo correspondiente, y puedo asegurarte que será severo. Pero lo que más nos preocupa ahora es lo que viste.

Severus levantó la mirada, con ojos afilados.

—¿Qué, exactamente, creen que vi?

—Lo suficiente como para poner a un estudiante en peligro si esa información llegara a oídos incorrectos.—Respondió Dumbledore sin rodeos.—Sé que eres inteligente, Severus. Sé que ya dedujiste la verdad sobre el señor Lupin.

Hubo silencio.

—Entonces lo saben. Y aun así, lo dejan estar aquí, cerca de alumnos…

—Controlado, medicado, supervisado.—Interrumpió McGonagall.—Lupin es un joven extraordinario. No es su condición lo que lo hace peligroso. Es el prejuicio de los demás.

Dumbledore dio un paso más cerca, su tono más firme.

—Y por eso, Severus, debido a que fuiste expuesto a esta verdad por medios incorrectos, queremos otorgarte una compensación. Un hechizo de respaldo mágico, una especie de Deuda de Silencio.

Severus entrecerró los ojos.

—¿Me están ofreciendo un soborno?

—No.—Dijo McGonagall rápidamente.—Es un hechizo antiguo que se usaba en casos donde un mago era obligado a presenciar información confidencial por accidente. Se te concederá una ventaja mágica a cambio de mantener esa información en secreto.—Continuó McGonagall con seriedad.—El hechizo no solo protege la confidencialidad. También otorga al portador una especie de deseo, por así decirlo. Un único beneficio mágico que tú podrás decidir.

Severus parpadeó.

—¿Un deseo?—Preguntó con incredulidad.

—No es algo omnipotente.—Aclaró Dumbledore con una ligera sonrisa.—Pero es poderoso. Puede ser una protección, un favor mágico, algo que se ajuste a tu necesidad inmediata.

Severus bajó la mirada. Lo que necesitaba en ese momento era silencio. Era distancia. Era no sentir ese vínculo extraño que se le había pegado al pecho como una cicatriz abierta.

¿Un deseo?
Sus pensamientos se alinearon rápido.
James Potter.
Su mirada dorada.
Su voz preocupada.
Su condena.

—Quiero que Potter y sus amigos no puedan acercarse a mí.—Dijo de pronto, alzando la vista.—Quiero una barrera mágica que los mantenga al menos a dos metros de distancia. En todo momento.

McGonagall lo miró con sorpresa.

—¿Severus, estás seguro?

—Más que nunca.—Respondió con frialdad.

Dumbledore lo observó en silencio, como si leyera más allá de sus palabras.

—¿Esto tiene que ver con lo que sentiste esta noche?

Severus apretó la mandíbula.

—No sentí nada.—Espetó.—Salvo rabia. Dolor. Asco. Siempre hemos peleado, desde el primer día. Él me odia. Me ha humillado frente a medio colegio durante años.

—Y sin embargo te salvó la vida.—Añadió Dumbledore suavemente.

—¡Porque fue culpa de su amigo que estuviera ahí! —Replicó Severus, con los ojos brillando.—Y no cambia nada. Que lo diga una maldita poción, que lo diga la naturaleza o el destino, no significa que funcione. Potter no me quiere. Y yo no pienso obligarlo a nada. Nunca funcionaría.

McGonagall suspiró, bajando ligeramente la cabeza.

—A veces los lazos designados no se forman de inmediato. Requieren tiempo, voluntad. Comprensión. Lo que pasó esta noche podría ser el inicio de algo.

—No quiero algo.—Interrumpió Severus con frialdad.—Quiero paz. Y distancia. Lo que nunca me han dado desde que entré a esta escuela.

Dumbledore lo miró con una tristeza que no se molestó en ocultar.

—Entonces así será.

McGonagall sacó su varita. El aire se volvió más denso, cargado de magia antigua.

—Este hechizo permanecerá activo hasta que tú decidas anularlo.—Dijo.—Nadie, ni siquiera ellos, podrán romperlo. Ni tú tampoco por accidente. Solo si cambias de voluntad conscientemente.

—No lo haré.—Susurró Severus.

—Así será. —Murmuró Dumbledore.

Un círculo dorado se dibujó en el aire, cruzando por el pecho de Severus antes de desvanecerse.

Le habían concedido su deseo.
Y sin embargo, no se sintió en lo absoluto como una victoria.

Del otro lado de la enfermería, oculto tras un biombo que no servía para nada cuando las voces se alzaban, James escuchó cada palabra.

Dos metros de distancia. Siempre. Nunca funcionaría. Me odia.

El dolor que lo atravesó no fue físico, aunque Poppy todavía trabajaba en su pie torcido. No, ese dolor nació en el centro de su pecho, como si alguien lo hubiera alcanzado con un hechizo de ruptura directa al vínculo.

—Ah… —Gimió, llevándose la mano al estómago sin poder evitarlo.

Poppy, que había estado aplicando un ungüento espeso con aroma a salvia, levantó la mirada rápidamente.

—¿James? ¿Qué ocurre?

James no respondió al principio. Solo cerró los ojos con fuerza, tragándose la angustia que amenazaba con salir como un grito. Todo era un revoltijo dentro de él: la culpa, la vergüenza, el miedo y esa maldita sensación de vacío que había llegado justo cuando Snape dijo “no lo haré”.

—Me rechazó.—Susurró finalmente, con la voz quebrada.

—¿Perdón? —Poppy frunció el ceño, dejando el frasco a un lado y acercándose más.

James lo miró con los ojos enrojecidos, el ceño fruncido en frustración.

—Snape me rechazó. Pidió un hechizo para mantenernos separados. A mí. A su omega.

Poppy lo miró con compasión, y sin decir nada, pasó una mano por su cabello, despeinándolo con cuidado. Luego bajó la voz, suave como una caricia.

—Cariño, acabas de salir de una situación traumática. Estás herido, física y emocionalmente. No saques conclusiones aún. Las heridas cambian a las personas. Y Severus Snape tiene muchas, incluso más que tú.

James negó con la cabeza, las lágrimas comenzando a correrle sin que pudiera detenerlas.

—Le hice tanto daño, Poppy. Tantos años burlándome, insultándolo. Y esta noche… esta noche casi lo matan por una estúpida broma. ¿Cómo podría siquiera mirarme sin odiarme?

—Los vínculos designados no siempre nacen del amor.—Susurró ella, acariciándole la mejilla.—A veces nacen del caos. Y florecen después, si se les permite. Pero primero tienen que sanar. Ambos.

James sollozó una vez, bajito, y se dejó caer un poco sobre la almohada.

—No quiero que me odie. No quiero que tenga miedo de mí.

—Entonces tendrás que demostrárselo.—Dijo Poppy, sin rodeos, con ese tono firme que usaba para curar huesos rotos y corazones rotos por igual.—No con palabras. Con tiempo. Con acciones. Con silencio y espacio, si es lo que él necesita ahora.

James asintió débilmente.

Cuando el sol apenas comenzaba a calentar los cristales de las ventanas, la puerta se abrió y Sirius entró con paso contenido. Peter iba tras él, visiblemente incómodo, como si supiera que nada de lo que dijera sería útil.

—¿Prongs? —Preguntó Sirius, alzando la voz apenas lo suficiente para romper el silencio. James alzó la vista desde su cama, los ojos hinchados de tanto llorar. Remus, en la cama contigua, ni siquiera se giró a mirarlos.

—¿Qué haces aquí, Sirius? —Preguntó James con una voz cansada, demasiado tranquila como para ser una tregua.

Sirius parpadeó, el impacto de esas palabras haciendo que sus hombros se hundieran.

—Yo no quería que… —Comenzó, pero no terminó la frase.

James lo miró un segundo más y luego desvió la mirada hacia el techo.

—Snape pidió un hechizo para mantenernos a dos metros. A mí. Su omega.—Dijo con un deje de ironía amarga.—Supongo que me lo merezco.

Peter se acercó a James y le dió una rebanada de pastel.—Poppy no dijo nada sobre no darte algo.—Murmuró con una sonrisa, recibiendo una risa leve a cambio.

—Gracias wormy.

Sirius se acercó con pasos cautelosos a la cama donde Remus descansaba. Dudó unos segundos, jugando con el dobladillo de su túnica antes de hablar, con la voz más suave de la que creía tener.

—Moony… ¿puedo…?

Remus no respondió de inmediato. Solo giró lentamente el rostro hacia él, los ojos oscuros y ojerosos. Cansados. Sirius se sintió pequeño bajo esa mirada.

—Lo siento. De verdad. No pensé que Snape llegaría tan lejos, yo… solo estaba enojado, frustrado, no fue para que acabara así.

Remus lo observó en silencio por un largo momento, luego bajó la mirada. Cuando volvió a hablar, su voz fue serena, pero sin calidez.

—No puedes usar a la gente como parte de tus reacciones, Sirius. No cuando hay tanto en juego.

Sirius tragó saliva.

—Yo… sé que la cagué. Pero solo quería protegerte, que Snape no vuelva a investigar sobre tu condición, por favor alfa…

Remus abrió los ojos lentamente. No parecía sorprendido, pero su rostro estaba tenso. No se incorporó ni se giró del todo, solo lo miró desde su almohada, con una expresión impenetrable.

—No me llames así. —Respondió, sin enojo, pero con una firmeza que hizo que Sirius se quedara inmóvil.

—¿Por qué no? —Preguntó en un susurro.—Lo siento, Remus. Yo… yo no quería que pasara nada malo. Solo fue una broma, no pensé que Snape iría tan lejos. Solo quería que te dejara en paz.

Remus lo miró con una mezcla de tristeza y algo parecido a resignación.

—Eso no es lo que importa ahora, Sirius.

—Sí importa.—Insistió, dando un paso más hacia la cama.—Me importas tú.

Remus frunció apenas el ceño. No por ira, sino por cansancio emocional.

—No puedes llamarme “alfa” solo cuando te conviene.—Dijo finalmente.—No cuando has estado con otras personas. No cuando nunca te tomaste en serio lo que había entre nosotros.

Sirius abrió la boca para defenderse, pero Remus levantó una mano.

—No estoy enojado por celos. No me molesta que hayas tenido otras relaciones. Me molesta que solo me reconozcas cuando las cosas van mal. Como si estuvieras buscando un lugar donde refugiarte, no a alguien a quien respetar.

Sirius bajó la mirada, sintiendo cómo algo le apretaba el pecho. Le picaban los ojos, pero no podía llorar ahí. No frente a él. No todavía.

—Remus… yo sí te veo. Siempre lo he hecho. Solo soy un idiota que no supo cómo… decirlo antes.

—Y ahora es tarde.—Dijo Remus, con voz suave, casi con lástima.—Porque si realmente me vieras como tu alfa, me habrías elegido antes de que todo esto explotara.

Sirius dio un paso atrás. La herida no fue ruidosa, pero ardió profundo.

—¿Quieres que me vaya?

Remus cerró los ojos.

—Sí.

Sirius se detuvo a mitad de camino, con la espalda tensa y los puños cerrados. Su pecho subía y bajaba con fuerza, como si le costara respirar.

—No me voy a ir.—Dijo.—No quiero dejarte así. No puedo.

Remus abrió los ojos de nuevo, su mirada fija en él. Ya no estaba tan sereno. Su mandíbula se apretaba con fuerza.

—Sirius.

—No. No me importa si estás enojado. Me lo merezco. Pero no me alejes.—Rogó, girándose apenas para mirarlo con los ojos vidriosos.—No tú.

El aire entre ellos era denso, tenso como una cuerda a punto de romperse.

Remus se sentó con dificultad en la cama. No gritó. No alzó la voz. Pero su tono fue más cortante que cualquier hechizo.

—Te dije que te vayas.

Sirius se quedó helado.

Remus nunca le había hablado así. Jamás. Ni siquiera cuando discutían, ni cuando se herían sin querer. Siempre había sido suave, paciente.

—¿De verdad? —Su voz se quebró—¿Me estás echando?

Remus apretó los labios por un segundo, como si esa pregunta le doliera también.

—Sí. Necesito espacio. Necesito pensar. Y no puedo hacerlo si estás aquí, con los ojos enrojecidos y llamándome “alfa” como si eso lo arreglara todo.

El golpe fue limpio. Letal.

Sirius parpadeó, y las lágrimas que había estado conteniendo comenzaron a deslizarse sin permiso por sus mejillas.

—Está bien.—Murmuró, apenas audible.—Ya entendí.

Dio un paso atrás, luego otro, y cuando llegó a la puerta de la enfermería, no pudo evitar volver la vista una vez más hacia la cama.

Remus no lo miraba.

Sirius se fue con el corazón hecho pedazos, llorando por primera vez en años.

Peter y James vieron todo con la respiración contenida.

—Sirius no ha dejado de llorar desde anoche. —Comentó Peter en voz baja.—Nunca lo había visto así.

Remus cerró los ojos con fuerza, como si esas palabras lo golpearan más de lo que quería mostrar.

—No me alegra verlo así. —Susurró.—Pero tampoco puedo hacerme cargo de sus emociones ahora. No cuando nunca se hizo cargo de las mías.

James bajó la mirada, sintiendo el peso de esas palabras con una punzada de culpa.

—¿Lo sigues queriendo? —Preguntó en un susurro.

Remus lo miró, y por primera vez, no hubo certeza en su voz.

—Claro que lo sigo queriendo.—Respondió, y la sinceridad de esas palabras dolía más que cualquier grito.—Pero querer a alguien no siempre es suficiente.

Peter asintió despacio, con una tristeza muda en la expresión.

James apretó los labios, sin atreverse a decir más. En lugar de eso, simplemente se quedó ahí, sentado cerca, en silencio.

Y Remus, sin mirar a ninguno de los dos, se giró lentamente hacia la ventana.

No dijo más.

No hizo falta.

La puerta de la enfermería se abrió de golpe, rompiendo el silencio con una brusquedad que hizo que James y Peter dieran un respingo. Madam Pomfrey alzó la vista desde su escritorio con una ceja levantada, pero no llegó a reprender. Sabía perfectamente quiénes eran los recién llegados.

—¡Severus! —Exclamó Lily, abriéndose paso con decisión entre las camas.—¿Estás bien?

Regulus Black venía justo detrás, la túnica impecable, los ojos oscuros paseando rápidamente por la habitación antes de detenerse en James. Su expresión se endureció. Lo mismo hicieron Barty Crouch Jr. y Evan Rosier, que traían un par de flores flotando detrás de ellos, encantadas para moverse al ritmo de su paso.

—Dioses, Snape, te ves muerto.—Dijo Barty, dejándose caer con poca gracia una silla junto a la cama del mayor.

—¿Estás despierto? —Preguntó Evan, acercándose con una expresión mucho más suave que la habitual, sentándose al borde de la cama con toda la confianza de alguien que pertenecía ahí.—Te ves horrible.

—Gracias, Rosier, qué amable. —Gruñó Severus, aunque había un tinte de diversión en su voz.

James, desde su cama, los miró con una mezcla de tensión y anhelo. No podía evitarlo. Sus ojos se detuvieron en Lily primero, que le pasaba los dedos con ternura por el cabello a Severus mientras murmuraba algo en voz baja. Luego en Evan, que tenía la mano sobre la sábana, peligrosamente cerca de la de Snape. Demasiado cerca.

—¿Evan no es omega? —Murmuró James, sin mirar a nadie.

—Sí. —Respondió Peter con cautela.

—Y Lily también. —Añadió James, con un dejo amargo.

—También. —Asintió Peter, con más lentitud.

James apretó la mandíbula, su mirada clavada en Severus. En cómo sonreía levemente con ellos, incluso si aún parecía cansado. En cómo parecía más relajado. Más seguro. Más querido.

Una parte de él se encogió. Otra ardía.

—No lo soporto. —Murmuró James, más para sí mismo que para su amigo.

—¿El qué? —Preguntó Peter.

James negó con la cabeza, sin despegar los ojos del grupo junto a la cama de Snape.

—Que se ve más feliz con ellos. Con sus amigos. Con otros omegas. No conmigo.

Peter le puso una mano en el hombro, con cuidado.

—Tal vez porque no le has dado razones para sentirse feliz contigo. Todavía.

James tragó saliva, el corazón apretado.

Tenía razón, pero eso no lo hacía doler menos.

Unos días después, el ambiente en Hogwarts se había vuelto más espeso. Los rumores sobre lo ocurrido entre Sirius, Severus y el resto aún flotaban en los pasillos como nubes pesadas que nadie se atrevía a disipar del todo.

Sirius caminaba por los corredores con la cabeza gacha, los hombros encorvados de forma inusual para él. Ya no se reía a carcajadas, ya no encendía cada aula con su presencia. Cada vez que se cruzaba con Remus —en el Gran Comedor, en el pasillo del aula de Encantamientos, en la biblioteca— parecía intentar decir algo.

—Rem… —Empezaba, con la voz ronca, y luego se detenía, los labios aún entreabiertos.

Y bajaba la mirada.

Remus nunca se detenía a verlo. No era cruel, pero tampoco miraba hacia atrás.

Mientras tanto, James empezaba a mirar a Severus con otros ojos. No con burla, no con desprecio, sino con una extraña mezcla de respeto, deseo y anhelo contenido.

Lo observaba en clase, cómo se inclinaba sobre su pergamino, cómo giraba la pluma entre los dedos, cómo su voz se mantenía baja pero firme cuando respondía a McGonagall. Notaba todo lo que antes se había negado a ver: la inteligencia afilada, la elegancia sutil en sus movimientos, la manera en que sus ojos se encendían cuando hablaba de pociones. Y, sobre todo, cómo ahora caminaba con más firmeza, como si el dolor de esa noche lo hubiera hecho aún más fuerte.

Severus lo sentía. Sentía su mirada sobre él. Cada vez que entraba al aula, cada vez que se sentaba a comer. Y no hacía nada.

No lo miraba de vuelta.

No reaccionaba.

Se comportaba como si nada hubiera pasado, como si no llevara un hechizo en el pecho que lo protegía —lo aislaba— de James Potter. Y eso, justamente eso, era lo que más lo estaba matando por dentro.

Severus no era idiota.
Sabía reconocer una mirada cargada. Sabía cuándo alguien intentaba parecer indiferente y fallaba estrepitosamente. James Potter no era sutil. Nunca lo había sido, y ahora menos.

Lo notó por primera vez durante la clase de Pociones, tres días después del incidente. James, sentado con Remus —más callado que nunca—, no apartó la vista de él durante casi toda la clase. Y no era la típica mirada de burla que Severus conocía tan bien. Era algo más.

Hambre contenida.
Curiosidad.
Una necesidad torpe y mal disimulada.

Y Severus lo miró de vuelta. Solo una vez. Lo justo para confirmarlo.

Así que decidió probar hasta donde llevaría todo sabiendo que dos metros los separan.

La siguiente mañana llegó temprano a la biblioteca, fingiendo que necesitaba el silencio para estudiar —aunque sabía perfectamente que James solía pasar por ahí para molestar a Remus con deberes a medio hacer. Cuando lo vio aparecer por la puerta, Severus fingió no notar su presencia, pero cruzó lentamente una pierna sobre la otra, con un suspiro sutil y elegante, como si estuviera solo.

Funcionó. James se quedó parado en seco.

Cuando Severus se inclinó sobre el libro, su túnica cayó justo lo suficiente como para dejar ver parte del cuello —y la piel suave que olía a menta y enebro, gracias a la crema que usaba desde niño y que nadie sabía que aún guardaba como secreto.

Y James se quedó mirando desde su lugar.

—¿Necesitas algo, Potter? —Preguntó Severus sin levantar la vista.

El tono fue frío. Pero el “Potter” casi sonó como una invitación.

—No. Solo pasaba.

—Ya veo. —Pasó la página con calma, aunque sentía el cosquilleo en la nuca de ser observado.—Entonces sigue pasando.

Y ahí estaba. El temblor leve en los pasos de James al marcharse. El respiro contenido que soltó al llegar a la esquina. Severus apenas sonrió, una curva ínfima en sus labios. No de triunfo. De curiosidad.

¿Cuánto podía tensar esa cuerda antes de que se rompiera?

James estaba perdiendo la cabeza.

No lo decía en sentido figurado. Lo decía con absoluta certeza mientras caminaba por el pasillo del tercer piso, con el corazón latiéndole tan fuerte que sentía que todos lo escuchaban.

Severus.

Severus estaba jugando con él. No había otra explicación posible. Cada cruce de mirada, cada movimiento delicado pero calculado, cada palabra que no sonaba tan hostil como antes, todo era una trampa. Y James, idiota que era, la pisaba con gusto.

—No puedo más. —Susurró en voz baja mientras se sentaba en un banco del patio interior, como si necesitara aire. Como si respirar fuera una tarea complicada desde hacía días.

Peter, que pasaba con una caja de fichas para Ajedrez Mágico, lo miró preocupado.

—¿Te sientes mal? ¿Quieres que llame a Poppy?

James lo fulminó con la mirada.

—No. Quiero… quiero arrancarme el cerebro. O los ojos. O las manos. O todo.

—¿Otra vez con lo de Snape? —Preguntó Peter, ya resignado.

James se dejó caer hacia atrás, dejando que el viento frío de la mañana le golpeara el rostro.

—Me está torturando. Sabe que lo miro. Sabe que me muero por acercarme. Y lo hace a propósito. Se sienta más erguido. Camina más lento cuando paso. Ayer en el comedor, ¿sabes qué hizo? ¡se chupó el dedo! ¡Porque se manchó con mermelada! ¿Tú sabes lo que eso hizo en mi cabeza?

Peter parpadeó.

James soltó un gruñido y se cubrió los ojos con una mano.

—Estoy soñando con él. Con su voz. Con su olor. ¡A veces juro que lo escucho reír! ¿Desde cuándo Severus Snape se ríe?

—Tal vez desde que empezó a verte sudar como idiota —Dijo Peter, encogiéndose de hombros.

James suspiró, y bajó la voz con una intensidad que helaba.

—Me está volviendo loco. Y no puedo acercarme. No puedo hablarle. No puedo tocarlo. Cada vez que lo tengo a menos de dos metros, el hechizo tiembla. Literalmente tiembla. Y yo también. Me tiemblan las piernas y el corazón.

Peter esbozó una sonrisa al escuchar a su amigo.—Hay algo en el mundo muggle, se llama psicólogo, podrías ir.

—Me está matando lentamente. —Murmuró James, mirando al cielo como si buscara consuelo en las nubes.—Y yo me estoy dejando matar con gusto.

Peter se quedó un rato en silencio, viendo a James debatirse entre su obsesión y su culpa. Luego carraspeó suavemente, cambiando de tema con torpeza, como quien lanza una cuerda a alguien que se está ahogando.

—Y… ¿Sirius? ¿Te ha dicho algo de Remus?

James frunció el ceño, como si la pregunta le doliera en otro sitio.

—No mucho. Está raro. Evita hablar de él. Cada vez que ve a Remus, se queda parado como idiota, como si quisiera decirle algo, pero termina bajando la cabeza y yéndose.

Peter asintió.

—Remus lo ignora completamente.

—Remus está en su derecho. —Dijo James, sin dudarlo.

—Sí, pero Sirius no está bien. Lo vi esta mañana en la torre. No durmió. Tenía los ojos hinchados y olía a whisky de fuego viejo. Del que escondíamos en tercero.

James suspiró. No podía negar que, a pesar de todo, Sirius seguía siendo su hermano. Verlo así dolía. Pero Remus también era su amigo. Uno que no pedía ayuda, pero la merecía más que nadie.

—¿Tú crees que se arrepiente? —Preguntó Peter, bajito.

James dudó.

—Sí. Pero… no sé si por las razones correctas. A veces pienso que Sirius solo quiere que todo vuelva a ser como antes. Como si pudiera decir “lo siento” y esperar que Remus lo reciba con los brazos abiertos.

—No funciona así. —Peter meneó la cabeza.—No cuando Remus fue claro. No cuando dijo que “no puede hacerse cargo de sus emociones”.

James miró hacia el jardín, pensativo.

—Nunca lo había escuchado hablar así. Siempre era el más tranquilo, el que mediaba. Pero esa noche fue como si algo se quebrara.

—Se quebró. —Dijo Peter, sin más.

El silencio volvió a instalarse entre ellos.

Después de un rato, James se giró hacia él con una ceja alzada.

—¿Sabes qué es lo más jodido?

Peter no respondió.

—Que ahora los dos estamos enamorados de alguien que no nos quiere cerca.

Peter sonrió sin humor.

—Y probablemente con razón.

James soltó un suspiro dramático, dejando caer la cabeza hacia atrás.

—Necesitamos un milagro.

—O una máquina del tiempo.

—O que Snape deje de ser tan sensual cuando se saca la túnica del uniforme con ese movimiento lento y cabrón que usa.

Peter lo miró escandalizado. —Definitivamente tú omega está hormonal, y tú también.

James se encogió de hombros, sonriendo levemente al recordar a Snape. Ese maldito alfa destinado suyo que no acepta que es suyo y encima lo castigó alejándolo.

Sirius se había propuesto no mirar. Había pasado días enteros evitándolo, girando en los pasillos, escapando de la biblioteca, saliendo temprano de clases si sabía que Remus estaría ahí.

Pero esa tarde, cuando cruzó por el pasillo del tercer piso y escuchó una risa baja —una que conocía mejor que su propia voz—, no pudo evitar detenerse.

Se asomó apenas al salón de lectura, escondiéndose tras la pared con el corazón martillando.

Ahí estaba Remus. Sentado en su butaca favorita, con una manta sobre las piernas, un libro abierto en el regazo y un grupo de estudiantes a su alrededor. Betas en su mayoría, un par de omegas, todos con los ojos puestos en él como si narrara la historia más fascinante del mundo.

Sirius apretó los puños.

Remus sonreía. Sonreía de verdad. Esa sonrisa suave, pequeña, pero real. La que Sirius no veía desde hacía semanas. Desde antes de que todo se fuera a la mierda.

Un omega rubio —¿de qué año era ese mocoso?— se inclinó hacia Remus para preguntarle algo. Remus rió bajo, corrigió una frase del libro con un gesto amable, y Sirius sintió que algo le arañaba el pecho por dentro.

No era su lugar.

No tenía derecho a estar celoso. Él fue quien rompió todo. Y sin embargo, ahí estaba, escondido en un pasillo como un idiota enamorado, deseando que esos omegas se esfumaran y que Remus lo mirara solo a él.

—Mierda. —Murmuró, rascándose el cabello con desesperación.

Remus lo notó. Alzó la vista por un segundo y su mirada se cruzó con la suya a través de la rendija de la puerta entreabierta.

Sirius contuvo el aliento. Esperó algo. Una ceja alzada. Un gesto. Un saludo mínimo.

Pero Remus simplemente bajó la mirada y siguió leyendo.

Como si Sirius ya no existiera.

Como si nunca hubiera existido.

Sirius se apoyó contra la pared, cerró los ojos y reprimió el impulso de gritar. Se estaba ahogando en el espacio que él mismo construyó.

Y Remus, mientras tanto, parecía estar aprendiendo a respirar sin él.

Se había quedado ahí, medio escondido tras una columna, fingiendo que buscaba una carta perdida en su bolsillo, cuando en realidad contaba los segundos entre cada sonrisa de Remus.

—Pareces un acosador, Black. —Susurró una voz a su lado.

Sirius pegó un brinco.

Era Marlene. Se cruzó de brazos y lo observó con una ceja arqueada.

—¿Qué haces aquí?

—Nada. —Masculló él.

—¿Nada, como en “vigilar a tu amigo desde las sombras mientras su nuevo séquito de adoradores se ríe con él”?

Sirius apretó los dientes. No respondió.

—Remus está bien. Mejor que antes. —Agregó Marlene, sin crueldad.—Y tú… tú pareces desmoronarte por dentro.

—No estoy desmoronándome. —Dijo Sirius, la voz tensa como una cuerda.

Marlene suspiró.

—Entonces míralo a los ojos y díselo. Dile que sigues aquí. Que te importa. Pero si vas a quedarte escondido como un cobarde, al menos deja de mirar como si quisieras morder a cualquiera que lo haga sonreír.

Sirius bajó la cabeza.

—No puedo. No después de lo que le hice. No cuando ni siquiera me deja acercarme.

—Tal vez eso es lo que necesitas entender. Que a veces no basta con querer. —Dijo ella, suavemente.—A veces, hay que merecerlo.

Regulus, Evan y Barty lo rodearon, cada uno con una mirada diferente. Regulus, como siempre, tenía esa expresión algo distante, pero con una leve preocupación en sus ojos. Evan, más relajado pero observador, lo miraba como quien espera una explicación. Y Barty, sin el menor filtro, fruncía el ceño, claramente impaciente.

[…]
—¿Por qué lo hiciste, Snape? —Preguntó Barty, rompiendo el silencio como un hechizo que no quería soltar.

Severus no levantó la mirada, pero su tono fue claro y firme cuando respondió.

—Porque no podía seguir dejándome arrastrar por lo que él significa. No cuando todos estos años nos hemos estado peleando, odiándonos.

Regulus levantó una ceja, acercándose un paso más.

—Pero… ¿no ves que eso solo lo complica todo más? Lo separaste de ti, pero al final, el vínculo sigue ahí. ¿No lo sientes?

Severus apretó los dientes, y aunque no lo dijo en voz alta, lo sintió en cada fibra de su ser. El vínculo. La conexión que ahora parecía ser más fuerte que cualquier hechizo. James no había hecho nada más que mirarlo, y aún así, todo dentro de él se estremecía de una forma nueva y peligrosa.

—Lo sé. Lo siento, pero no podía seguir permitiéndome que se acercara. No cuando, por todos estos años solo hemos sido enemigos. Lo que quiero ahora es espacio. Necesito espacio para entender lo que está pasando dentro de mí. No puedo simplemente actuar como si fuera fácil.

Evan, que había estado en silencio, dio un paso adelante, su mirada más cálida de lo que Severus esperaba.

—Snape, ¿crees que alejarte de él realmente va a hacer que esto desaparezca? El hechizo solo lo está aplazando. No lo estás solucionando, solo lo estás ignorando.

Barty, sin rodeos, añadió:

—Y te está matando por dentro, ¿verdad?

Severus no respondió de inmediato. En lugar de eso, su mirada se dirigió hacia la pared opuesta, como si eso pudiera ayudar a disipar sus pensamientos. Su mente estaba llena de James, de la imagen de sus ojos hinchados por llorar, de cómo todo había cambiado entre ellos en un solo encuentro. ¿Y ahora? ¿Cómo podía enfrentar todo esto si no entendía nada?

—Quizás sí.—Dijo, finalmente, con voz baja.—Pero no puedo dejar de sentir que si no lo alejo, si no freno esto ahora, voy a perderme. Y voy a perderlo a él también.

Regulus lo miró por un momento, antes de suspirar y hablar en tono grave.

—Eso no es lo que necesitas, Severus. No más distancia. No más escape. Lo que realmente necesitas es ser honesto contigo mismo.

Severus apretó los puños en los bolsillos de su túnica, su respiración ligera pero agitada.

—¿Y cómo se supone que sea honesto conmigo mismo cuando no sé ni qué siento?

Evan, con su calma característica, hizo un gesto como si estuviera dispuesto a ser el apoyo que Severus no quería pedir.

—La única forma de saberlo es enfrentarte a ello. Ya no puedes seguir huyendo.

Barty levantó una ceja.

—¿Te vas a quedar ahí toda la vida, Snape? Haciendo como si todo esto fuera algo que puedes simplemente borrar con un hechizo de separación y listo. A este paso, te vas a ahogar en tus propios pensamientos.

Severus los miró en silencio, y por primera vez en mucho tiempo, se permitió un suspiro largo. Los tres eran sus amigos, sí, pero a veces sentía que ellos no podían entender la magnitud de lo que estaba viviendo.

—Tal vez tengan razón.—Dijo al final, con una mezcla de frustración y resignación.—No sé qué hacer. Pero sé que lo que hice no está funcionando.

Regulus dio un paso más cerca y lo miró fijamente.

—Entonces, haz algo diferente.

Con esas palabras resonando en su cabeza, Severus se quedó en silencio.

Severus tenía los ojos fijos en el suelo mientras pensaba en el dilema que lo atormentaba. Había lanzado el hechizo para mantener a James alejado, para darle espacio y, en su mente, para protegerse de lo que empezaba a ser una conexión demasiado fuerte para ignorar. Pero cada vez que lo veía, algo en su interior se revolvía, algo que no podía seguir ignorando.

Sabía que tal vez lo que hizo estuvo mal, pero en ese momento solamente quería hacer sufrir a James como él lo hizo. Quiso castigarlo por cada broma y pelea que tuvieron.

Pero no contempló sus propios sentimientos.

Severus se había dado cuenta desde hace tiempo que James era su omega, por eso mismo trató de ignorarlo.

Y ahora estaba ahí, sentado en una clase viendo como el omega ponía atención y acomodaba cada cierto tiempo sus lentes cuando resbalaban.

Cada movimiento de James, cada suspiro, cada vez que pasaba una mano por su despeinado cabello, hacía que la garganta de Severus se cerrara. Era como si su cuerpo lo traicionara, recordándole una y otra vez lo que su mente se negaba a aceptar: James Potter era su omega.

Y eso lo aterraba.

—Severus.—Susurró una voz a su lado.—Vas a romper el pergamino si sigues aplastándolo así.

Severus parpadeó y miró hacia abajo. Sus dedos habían arrugado inconscientemente el borde del pergamino donde debía estar tomando notas. Con un movimiento brusco, lo alisó, evitando el contacto visual con quien le había hablado.

—No es asunto tuyo.—Murmuró, pero sin verdadera fuerza.

Lily, sentada a su lado, lo observó con una mezcla de curiosidad y preocupación.

—¿Estás bien? —Preguntó en voz baja.—Pareces distraído.

Distraído. Una palabra demasiado simple para el torbellino que sentía.

—Estoy perfectamente bien. —Mintió, clavando la vista en su libro, aunque las letras se mezclaban frente a sus ojos.

No podía concentrarse. No cuando el aroma de James, dulce y cálido como el sol después de la lluvia, se filtraba hasta él incluso a esta distancia. Era apenas perceptible, pero para Severus, era como si alguien hubiera encendido un fuego en su pecho.

Esto es ridículo.

Se obligó a respirar hondo, a contener el impulso de girarse y mirarlo otra vez. Pero entonces, como si lo supiera, James se volvió ligeramente, sus ojos dorados encontrándose con los de Severus por un instante fugaz.

Un instante fue suficiente.

Severus sintió cómo el aire escapaba de sus pulmones. James no sonrió, no hizo una mueca burlona como solía hacer. Solo lo miró, con una expresión que Severus no podía descifrar, pero que le hizo latir el corazón con violencia contra las costillas.

Apartó la mirada primero, sintiéndose cobarde. No podía permitirse esto. No podía permitirse sentir lo que fuera que esto era.

Pero cuando James volvió a su posición original, Severus no pudo evitar observar de reojo cómo sus hombros se tensaban, cómo sus dedos tamborileaban nerviosos sobre el libro.

¿Lo afectaba tanto como a él?

Una tarde, mientras caminaban por el patio, James decidió que no podía seguir así. Necesitaba hablar con Severus, aunque solo fuera para aclarar las cosas entre ellos. Se acercó lo suficiente como para que el hechizo de distancia comenzara a temblar, pero no lo suficiente como para romperlo.

—Severus, necesito hablar contigo —Dijo James, con voz firme pero suave.
Severus se detuvo, sus ojos brillando con una mezcla de sorpresa y cautela.

—¿De qué quieres hablar, Potter? —Preguntó tratando de mantener un tono indiferente.

James respiró hondo antes de responder.

—Sobre lo que pasó. Sobre el hechizo. Sobre todo esto. No puedo seguir ignorándolo. Necesito saber si hay alguna posibilidad de que podamos… —James dudó, buscando las palabras adecuadas.—De que podamos encontrar una manera de entender esto sin que sea tan doloroso.

Severus lo miró en silencio por un momento, como si estuviera considerando sus palabras. Luego, con un suspiro, respondió.

—Potter, tenemos que respetar el hechizo. Esto no es una broma como las tuyas, esto es algo más, algo…

—¡¿Y entonces qué quieres que haga?!—Explotó con la voz temblando.—Sé que la cagué demasiado, sé que fue un error y esa broma de Sirius fue demasiado, pero eres mi alfa, Snape, por más que quieras negarlo lo eres. Y no se tu, pero yo sí quiero estar con mi destinado.

Snape abrió los labios y los volvió a cerrar.—¿Qué estás diciendo?

James lo vió con los ojos brillantes y temblando de rabia tanto por el semblante tranquilo del alfa como por el hechizo.

—Que te quiero, idiota. No me importa que nos hayamos peleado, si el destino nos quiso juntos que así sea. Por Merlin, te salvé de Remus y no fue por salvar a mis propios amigos, realmente te quiero y apenas me di cuenta. Solo… rompe el hechizo.—Murmuró débilmente.—Perdón por no ser lo que esperabas, si pudiera tomaría un giratiempos y evitaría hacer todo eso, pero no puedo.

El omega sollozó. Severus tragó saliva con los puños cerrados evitando el impulso de acercarse.

—Solo… perdóname por todo lo que te hice, pero dame a mí alfa destinado.—Terminó con la voz baja y anhelante.

Severus lo miró en silencio, la expresión en su rostro era una mezcla de sorpresa, dolor y una profunda confusión. El corazón le latía con fuerza en el pecho, y cada palabra de James resonaba en su mente como un eco que no podía ignorar. Sabía que lo que James decía era cierto, pero también sabía que el camino hacia la reconciliación no sería fácil.

James, con los ojos llenos de lágrimas y el cuerpo tembloroso, esperaba una respuesta. Severus podía ver el dolor en su rostro, el arrepentimiento y el deseo de ser perdonado. Y aunque una parte de él quería mantener la distancia, otra parte, una parte más profunda y sincera, anhelaba lo mismo que James: una oportunidad para entender y aceptar lo que el destino les había impuesto.

—James… —Comenzó Severus con su voz temblorosa.—Entiendo lo que dices, pero…—La cara decepcionada y adorable lo interrumpió. Exhaló, sabiendo que había perdido cualquier orgullo que haya tenido y sus barreras bajaron.—Bien. Romperé el hechizo.

James sonrió enormemente aún con las lágrimas bajando por su rostro.—Gracias.—Susurró.

Probablemente se veían patéticos a dos metros de distancia, pero afortunadamente estaban solos.

Severus se acercó.

—¿Qué haces?—James chilló horrorizado.—Te vas a hacer daño, tonto.

Severus sonrió socarronamente.—Rompo el hechizo.

—¿Qué?—James parpadeó.

Snape se encogió de hombros.—Así se rompe, si yo quiero acercarme de manera voluntaria no sucede nada y rompe el hechizo.

James se quedó en silencio viendo como el Slytherin daba pasos cortos hasta llegar a él. Alzó la mirada y por primera vez notó cuan alto era Snape. Se sonrojó al pensar en algo.

Antes de que diga algo, sintió cono Snape lo tomaba de la nuca y acercaba sus rostros. El alfa se inclinó hasta llegar a la misma estatura.—Tonto omega.—Murmuró viéndolo directamente a los ojos antes de capturar sus labios con los suyos.

James se aferró a la túnica del alfa con fuerza, sus dedos cerrándose en el tejido como si necesitara algo real, algo tangible que le asegurara que eso estaba pasando, que no era un sueño ni un delirio provocado por la distancia y el deseo reprimido. El beso era torpe al principio, cargado de emoción cruda, de lágrimas no secas y corazones heridos que aún latían al mismo ritmo.

Pero luego, Severus deslizó su mano por la nuca de James, acariciando con ternura su piel sensible. Sus labios se amoldaron mejor, sus movimientos se sincronizaron y el beso se volvió lento, profundo, casi reverente. Un “lo siento” se coló entre cada roce de boca, un “te quiero” escondido entre suspiros entrecortados.

James gimió suavemente contra sus labios, sintiendo un calor trepidante que le recorría el cuerpo desde el pecho hasta la punta de los dedos. Su corazón parecía latir al ritmo de Severus, como si por fin su alma hubiera encontrado el sitio exacto donde quería descansar.

Y Severus se sentía desbordado.

No recordaba la última vez que había sentido paz. Pero allí, con James entre sus brazos, con su boca temblando de emoción y el cuerpo cediendo al toque de su alfa, entendió que todo ese tiempo había estado buscando esto sin saberlo. Su olor, su calor, su rendición y el cariño aún no dicho lo mantenían como un ancla.

El beso no necesitaba palabras. Era un pacto.

Cuando por fin se separaron, apenas unos centímetros, sus frentes quedaron apoyadas, sus respiraciones entrelazadas.

—Maldito seas, Potter. —Murmuró Severus, sin abrir los ojos.—Voy a terminar queriéndote demasiado.

James sonrió, aún con las mejillas húmedas y la voz quebrada.

—Con que me quieras demasiado me conformo.

A unos metros de distancia, entre los árboles del jardín del castillo, dos figuras observaban la escena en silencio.

—¿Lo ves, Minerva? —Dijo Dumbledore con una sonrisa serena, sus manos entrelazadas detrás de la espalda mientras contemplaba a los jóvenes abrazados en medio del césped.—Sabía que solo necesitaban un poco de… motivación.

La profesora McGonagall, con los brazos cruzados y una ceja alzada, bufó con suavidad, aunque sus ojos brillaban de alivio.

—Motivación, dices. Eso fue un hechizo que casi los desgarra emocionalmente. Pudo haber terminado fatal.

—Pero no lo hizo. —Albus ladeó la cabeza, divertido.—A veces el amor necesita atravesar tormentas para volverse indestructible. Además, sabíamos que eran destinados. Lo importante era que lo descubrieran por sí mismos.

McGonagall dejó escapar un suspiro largo pero resignado.

—No deja de sorprenderme lo mucho que confías en el caos emocional de los adolescentes para que arregle las cosas. Y aún más que solamente necesitaban alejarse para anhelarse.

—La juventud tiene una magia propia, Minerva. Solo hay que saber observarla florecer. —Dumbledore sonrió, viendo cómo Severus acariciaba suavemente el cabello de James mientras este reía entre sollozos.—Míralos. Están exactamente donde deben estar.

McGonagall bajó la mirada por un instante y asintió.

—Supongo que sí.

Ambos guardaron silencio, dejando que el viento de primavera les llevara el murmullo lejano de dos corazones destinados, por fin en sincronía.

Y el hechizo que los mantuvo separados, se desvaneció por completo, como si nunca hubiera existido.

[extra de wolfstar: bésame o te juro que te amenazo]

Remus no sabía muy bien cómo había llegado ahí. Solo caminó. Quería un lugar donde no tuviera que ver a Sirius en cada pasillo, en cada banco, en cada recuerdo. Un lugar donde pudiera leer sin pensar en él. Donde pudiera respirar sin sentir que estaba traicionando su propio dolor.

Y la Sala de los Menesteres, como siempre, le respondió con exactitud inquietante: una chimenea, un par de sillones, una estantería con sus libros favoritos, y Sirius. De pie, al centro de la habitación, como si lo hubiera estado esperando todo el tiempo.

Remus se detuvo en seco.

—No. —Dijo sin pensarlo, girándose para irse.

—Espera, por favor. —La voz de Sirius lo alcanzó, más baja de lo habitual, como si el aire mismo la arrastrara con timidez.

—No quiero discutir. —Murmuró Remus sin mirarlo.

—No vengo a discutir. Vengo a pedir perdón. —Sirius bajó la cabeza.—Otra vez, sí. Pero esta vez… esta vez no voy a suplicar que vuelvas.

Remus giró lentamente, observando al alfa con cautela. Sirius se veía derrotado. Exhausto. Pero por primera vez, no había ego en su postura. Solo vulnerabilidad.

—Sigo queriéndote. —Confesó Sirius.—Pero no estoy aquí para que me perdones y vuelvas a mis brazos como si nada. Estoy aquí porque entendí que te hice daño. Que usé tu paciencia como escudo. Que te convertí en mi lugar seguro sin cuidar el tuyo.

Remus se mordió el labio, conteniendo la avalancha de emociones. No respondió.

Sirius dio un paso adelante, pero no se acercó más. Sabía que si Remus quería irse, no debía detenerlo.

—Te rompí. Y por primera vez, no quiero arreglarlo. Quiero que lo hagas tú, a tu ritmo. Pero… —Respiró hondo.—Estoy aquí si alguna vez quieres intentarlo de nuevo. Si no, también. Pero ya no voy a huir de mi culpa.

Remus lo miró en silencio, con los ojos húmedos. Algo dentro de él, algo que había estado congelado, comenzó a derretirse.

—¿Y si no puedo volver a confiar en ti como antes? —Preguntó con voz temblorosa.

Sirius sonrió, triste pero sincero.

—Entonces empezaré de cero. Te conoceré otra vez, si me dejas. Como si nunca te hubiera tenido. Como si solo pudiera aspirar a merecerte.

Hubo un largo silencio.

Y luego, en un gesto silencioso pero poderoso, Remus dio un paso hacia él.

—No vuelvas a hacerme cargar con tus emociones como si fueran responsabilidad mía. —Dijo, con la voz firme.

Sirius asintió con rapidez.

—No lo haré.

—Y esta vez, vas a escucharme cuando hable.

—Lo prometo.

Remus respiró hondo. Aún dolía. Aún no era perfecto. Pero también era real. Y frente a él estaba Sirius, su Sirius, dispuesto a reconstruir todo sin exigencias.

—Entonces, tal vez.—Murmuró mientras sus dedos rozaban los de él.—Podemos empezar con una taza de té.

Sirius sonrió.

—¿Con galletas de chocolate?

Remus resopló.

—No mereces galletas aún.

—Está bien. Me las ganaré.

Sirius lo miraba con ojos brillantes, como un cachorro que por fin había encontrado su manta favorita después de perderla entre un millón de cosas inútiles. Remus, sentado a su lado en el sillón, intentaba no derretirse por dentro. Pero era difícil. Era Sirius. Y Sirius, aunque torpe y dramático, también era suyo. Siempre lo había sido.

El silencio entre ellos era cómodo, tibio, casi como si no hubieran estado rotos.

—Oye Remus.—Murmuró Sirius, ladeando un poco la cabeza.

—¿Hmm?

Sirius sonrió juguetón.

—¿Me puedes dar un beso?

Remus levantó una ceja.

—¿Así nada más?

—Sí, bueno. —Sirius fingió pensarlo un momento.—También puedo amenazarte si lo prefieres.

—¿Amenazarme?

—Ajá. —Sirius se inclinó un poco más cerca, los ojos encendidos de travesura.—Si no me das un beso ahora mismo, juro por Merlin y por las calzones de Dumbledore que voy a cortarme el cabello.

Remus soltó una carcajada inmediata, tan fuerte que tuvo que llevarse una mano a la boca.

—¿Qué clase de amenaza es esa?

—Una muy seria. ¿Quieres llevar esa culpa en tu conciencia, Lupin? ¿Quieres vivir sabiendo que tus labios causaron una tragedia capilar?

Remus se mordió el labio, aguantando la risa. Lo miró por un segundo, con esa expresión que solo él podía darle. Mezcla de amor, resignación y una ternura que no necesitaba palabras.

—Eres un idiota.

—Pero tu idiota. —Sirius sonrió, esperanzado.

Remus negó con la cabeza, pero se inclinó. Le sujetó el rostro con ambas manos, suave, como si todavía le costara creer que podía volver a tocarlo. Y entonces lo besó.

Fue un beso lento, pero lleno de cosas que no necesitaban decirse. De “te extrañé” y “no me vuelvas a soltar” y “maldito seas, Black, por hacerme amarte tanto”. Cuando se separaron, Sirius tenía los ojos cerrados, los labios apenas curvados.

—Creo que ya no necesito cortarme nada. —Dijo con una sonrisa boba.

Remus resopló y apoyó la frente en su hombro, sonriendo también.

—Por suerte. Sería un desperdicio de algo hermoso.

Notes:

Bueno… escribí esto porque estaba triste y enojada por algo, así que disculpen si ven algo que no concuerda.