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23 de abril, Sant Jordi
Una preciosa adolescente de 16 años cruzaba la puerta de su casa, agotada después de un largo día en el instituto. Sólo tenía ganas de comer, tumbarse en la cama, y hablar por WhatsApp con su mejor amiga, a la que tenía que contarle que, un día más, el chico que le gustaba no le había dirigido la mirada. No había tenido un buen día, porque después de haber hablado con Jaime de libros y de flores, esperaba que en un día como era Sant Jordi le regalara una rosa como gesto de amor. Pero, evidentemente, eso no había ocurrido.
—Ya he llegado.—Gritó desde el recibidor, dejando las llaves en el cuenco de siempre.
—¡Hola cariño!—Escuchó desde la cocina, y suspiró. Su padre tenía un tono de voz alegre, y eso significaba enfrentarse a una conversación muy larga y muy caótica sobre absolutamente todo. Era lo que menos le apetecía en ese momento. Unos rizos se asomaron por la puerta, mostrando efectivamente a su padre Álvaro sonriente.—¿Qué tal tu día? Yo he cocinado. Bueno lo he intentado, ya sabes que no se me da muy bien, pero hasta la noche no viene el experto. Que tampoco es que sea experto, no nos engañemos. ¿Qué te pasa? Estás muy seria.
—Problemas de la adolescencia.—Dijo ella, rodando los ojos, pasando por su lado para dejarle un beso en la mejilla.
—¿No has tenido flores amor?—Respondió él, entendiendo rápidamente la mirada y la actitud de la chica.
—No, lo que pasa es que me han dado tantas que no sé ni dónde coño guardarlas.—Dijo, con excesiva ironía en su expresión.
—Igual que tu padre, me cago en la leche.—Dijo él, sonriendo.—Anda ven, que comemos y te cuento una cosa.
Tiró la mochila al salón como buenamente pudo y entró a la cocina, donde dos platos con un sándwich mixto y ensalada esperaban, perfectamente colocados. Cogió la jarra de agua y se sentó en la mesa, delante de su padre.
—Con 16 años, cariño, los hombres son una mierda, pero no te creas que cambian mucho con el tiempo.—Sentenció él, provocándole una pequeña sonrisa a su hija.—Mis primeras flores me las regalaron con 18 años, y yo te prometo que pensé que era el hombre con el que me iba a casar.
—Con 18 años nadie se casa con nadie.—Dijo ella, cogiendo el tenedor.
—Ya lo sé, pero yo pensaba que era el hombre de mi vida. Hasta que conocí a quien me miró de verdad.
—¿Te vas a poner cursi?—Preguntó ella.
—Por supuesto que sí.—Respondió sonriente, antes de comenzar su relato.—El amor de mi vida se recorrió media España en un día con una maleta para comprarme el primer libro y la primera rosa que vio el día de Sant Jordi. Al revés de lo que te acabo de contar, yo no pensé que esa persona fuera a ser el amor de mi vida, porque había sido una historia muy bonita y extraña, y todas las cosas que me habían pasado así siempre terminaban conmigo llorando. Pero ese chico siguió apareciendo en mi puerta cada 23 de abril con un libro y una flor para recordarme que, efectivamente, las casualidades no existían. Y que esa historia rara y preciosa iba a ser no sólo la más importante, sino la última.
—¿Papá hizo eso?
—Ahí donde le ves, tú padre es el último romántico del mundo.—Contestó él, riendo.
—Espero que no sea el último, porque yo quiero una historia así.
—Pero es que cariño, lo que te estoy intentando decir es que no sabes cuál va a ser tu historia, cuándo va a aparecer la persona que te mire de verdad. Puede que te compre rosas en Sant Jordi, o que te ayude a colocar un árbol de Navidad caído. Puede que sea alguien a quien te encuentres en cada evento al que vas, un amigo del pasado con quien coincides en un viaje a Nueva York, o el hermano de alguna amiga tuya. Sea como sea, en algún momento alguien aparecerá para cambiarte la vida por completo, aunque no sea el chaval ese que te gusta ahora.
—¿Y como sabré que es la persona?—Preguntó ella.
—Porque al mirarle, pensarás que no quieres mirar a nadie igual nunca más.—Contestó él, justo cuando sonó la puerta.
—Yeeepa, ¿están los amores de mi vida en casa?—Dijo Pablo, desde la puerta.
—¡Qué pronto vienes hoy!—Dijo Álvaro, feliz, levantándose para ir a recibirle.
—Me he escapado del estudio.—Respondió, asomándose por la puerta, con dos rosas y dos libros entre las manos.—Esto es para vosotros, feliz Sant Jordi.—Dijo tímido, pero sonriente.
Claudia se levantó corriendo a abrazarle, conmovida por la historia que le acababa de contar su padre. Y, con ella enganchada al cuerpo del moreno, Álvaro se acercó, con lágrimas en los ojos, a darle un beso al amor de su vida.
—Pero, ¿qué os pasa a vosotros dos?—Dijo sonriendo, al ver la emoción que ambos tenían reflejada en su rostro.
—Que papá me ha contado una historia sobre el amor y las casualidades, ya sabes cómo se pone a veces.—Dijo Claudia, separándose de su padre y limpiándose una lágrima que se le había escapado por la mejilla.
—Así que de casualidades, ¿eh?—Dijo Pablo, agarrando por la cintura a Álvaro.
—20 años y no has cambiado ni un poquito.—Dijo él, juntando su frente con la del chico.
—Y otros 20 que te quedan.—Contestó él, dejando un beso en sus labios.
—Te quiero.—Contestó Álvaro, al separarse.
—Yo también te quiero.—Dijo él, limpiándole un poco el cacao que se había movido de sus labios con el beso.
—Yo también os quiero, pero, ¿podemos dejar ya esta escena ñoña? Ha sido suficiente por hoy.—Contestó la chica riendo, provocando la misma reacción en ambos. Pablo miró la mesa y sonrió.
—Sándwich mixto, ¿eh?
—Mi especialidad.—Respondió Álvaro, sacando las cosas necesarias para prepararle uno al chico.
Al final era verdad, y el amor está perdido donde menos te lo esperas. En una flor de Sant Jordi, en una historia de ficción, o en unas letras de canciones.
Fin
