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—Me estás jodiendo.
—No, culiado, ¿vos te pensás que yo soy adivino?
—No puede ser.
Escuchó el profundo suspiro de Julián al otro lado de la línea.
—¿Por qué mierda no me avisas cuando vas para Madrid antes de viajar? De verdad, ¿sos boludo?
Fue el turno de Enzo de suspirar. No era culpa de él si la última vez Julián no le había creído. Venía amenazando con volver a Madrid hacía tiempo, con todo el asunto de su pase, y Julián se seguía cagando de risa cada vez que lo mencionaba. Se había presentado la oportunidad de viajar, había sido idea de sus compañeros de equipo, y Enzo había creído que podía darle una sorpresa. Después de mucho tiempo iban a poder ver un Superclásico juntos y la perspectiva lo había tenido a Enzo tan emocionado que había aceptado la invitación casi sin pensarlo, casi sin tiempo de planificar nada. Enzo solamente había escuchado Madrid y había dicho que sí. Sospechaba que Marc ya sabía la respuesta a su invitación incluso antes de hacer la pregunta.
¿Qué carajos hacía Julián en Ibiza cuando tenía que estar ahí en Madrid, con él?
—No pensé que ibas a estar de viaje.
Julián volvió a suspirar al otro lado de la línea y Enzo casi podía ver la frustración en su rostro incluso sin estar observándolo. Había visto al cordobés molesto las suficientes veces como para saber exactamente de memoria cómo lucía.
—¿Hasta cuándo te quedás? —preguntó Julián después de un breve silencio.
—Hasta mañana a la tarde —respondió—. Tenemos que volver para el partido del jueves.
—¿Tenemos?
—Vine con Cucu, Nico y Pedro —explicó brevemente.
Julián volvió a quedarse en silencio. Si no hubiese sido porque el castaño parecía estar en un lugar bastante ruidoso, el mediocampista hubiese jurado que se había cortado la comunicación.
—Ah —soltó después de un tiempo.
Enzo lo conocía bien. Julián no solamente estaba frustrado, también estaba enojado. No sabía exactamente hasta qué punto pero el morocho estaba tan decepcionado que no quería seguir teniendo esa conversación. Pedro le hizo gestos desde el fondo del corredor donde se encontraba hablando, indicándole que tenían que salir. Probablemente estaba por comenzar el partido.
—Me tengo que ir, ¿podemos hablar después? ¿Te llamo cuando termine?
Julián aceptó y Enzo pronto cortó la comunicación. La charla le había dejado un sabor amargo en la boca, pocas ganas de seguir a donde estaba. Era un viaje corto hasta Ibiza después de todo, no podía ser más de hora y media. Quizás podía conseguir la forma de ir...
El morocho fue hasta su lugar y se acomodó con el grupo, con la mente lejos de ahí. Quería darse la cabeza contra el piso. De todos los domingos del año, ¿Julián tenía que elegir justo ese para viajar? No podía tener tanta mala suerte.
—¿Por qué tenés esa cara? —le preguntó Valentina, interrumpiendo el curso de sus pensamientos.
Enzo no puso voluntad en cambiar su expresión. Sabía que le había estado haciendo puchero a la nada. Ya había empezado el día como el orto.
—Por nada.
Su pareja suspiró, volviendo a enfocarse en el encuentro frente a ellos. Dios, ¿qué mierda hacía Enzo mirando tenis? Ni siquiera tenía las energías para pretender que aquél partido le importaba. Le gustaba el deporte, sí, usualmente lo hubiese disfrutado mucho, pero aquello había sido solamente una excusa para poder ir a Madrid y ver a Julián. Pero Julián estaba en Ibiza, en el único lugar donde no tenía que estar: lejos de él.
Enzo suspiró sonoramente, ganándose otra mirada exasperada de Valentina, que tampoco parecía con muchas ganas de estar ahí. Sabía que después iba a tener que hacer buena letra con ella por su actitud pero en aquel momento poco le importaba.
Cuando el encuentro llegó a su fin, el único objetivo en la mente de Enzo era irse, escaparse de una vez. Ya no tenía la voluntad para pretender que tenía otros planes, que estaba disfrutando de aquel itinerario.
—¿Vamos a comer algo? —sugirió Marc. Era temprano todavía para cenar pero todo el mundo parecía coincidir en que era un buen plan.
Los ojos de Pedro se posaron en Enzo cuando tomó su bolso.
—Yo me voy para el hotel —se excusó el argentino—. En un rato es el partido…
Hubo un asentimiento generalizado cuando Enzo dejó la frase en el aire porque todos sabían sobre el Superclásico. Dios, si Marc no lo había dejado tranquilo por días cuando se había enterado que la había echado a Valentina de su casa una vez mientras miraba el partido entre River y Boca. El español parecía querer hacer un chiste pero le dio una mirada a Valentina y no dijo nada. De alguna manera, no era sólo él el que podía notar que el humor no estaba para bromas. La madre de sus hijos parecía haber descubierto exactamente por qué Enzo tenía ese humor. Probablemente lo había visto online, a juzgar por la expresión cuando estaba mirando su teléfono, o se lo había contado Emilia, no lo sabía. Valentina era perfectamente consciente de que el objetivo de aquel viaje no era mirar tenis, tampoco conversar sobre su pase al fútbol español, comer bien o hacer turismo en la capital.
La única razón por la que Enzo había aceptado viajar a España había sido para ver a Julián. Un mes había sido suficiente tiempo lejos después del último encuentro, después de cómo se habían dado las cosas entre los dos durante sus días en Argentina. Se seguían hablando, nunca se dejaban de hablar, pero aquello ya no era suficiente para Enzo. La distancia entre los dos parecía cada vez más larga, más difícil de sortear, como si hubiera algo que los seguía separando cada vez más. Enzo no quería eso. Bajo ninguna circunstancia aceptaba ya estar separado de quien era una parte tan importante de él.
Pero Julián estaba en Ibiza.
El morocho intentó comunicarse con el cordobés cuando estaba en el auto hacia el hotel pero no lo consiguió. Suspiró, pensando que Julián estaba de vacaciones. No tenía por qué estar al pendiente de él ni de su teléfono. Era una rareza tener algún día libre durante la temporada, por lo que todos intentaban aprovecharlo y desconectarse del mundo mientras podían.
Cuando llegó a la habitación, Enzo apoyó el bolso, se sacó el suéter y se dejó caer en el amplio sofá ubicado en medio de la suite. La perspectiva de ver el partido solo no lo emocionaba, sino que lo tenía más bien de mal humor. Había ido a España con un plan tan claro en su cabeza que nunca había pensado que podía fracasar tan rotundamente. Se quedó recostado sobre el sillón, mirando el techo del amplio ambiente y pensando que era realmente un boludo.
Menos de una hora faltaba para el comienzo del partido entre River y Boca cuando Enzo por fin recibió un mensaje de Julián.
—Estás en el mismo hotel de siempre?
Enzo frunció el ceño.
—Sí, en la suite.
Julián tardó unos momentos en responder.
—Habitación 1845, tocá la puerta.
El morocho frunció el ceño, mirando la pantalla de su teléfono fijamente. Casi en piloto automático fue hasta la puerta de su habitación, todavía observando el celular con desconfianza. No podía ser lo que estaba pensando porque Julián estaba en Ibiza. Había visto las fotos. Lo había leído en redes sociales. Él mismo se lo había confirmado cuando habían hablado antes.
Después de ir hasta el piso dieciocho hecho un manojo de nervios, el morocho llamó a la puerta con aquel número de habitación y esperó. La misma se abrió lentamente y Enzo se dio cuenta que había estado aguantando la respiración sólo cuando largó todo el aire de golpe ante la imagen frente a él.
Julián estaba en Madrid.
Enzo se abrió paso y cerró la puerta de la habitación casi de un portazo, para atraer luego a Julián en un abrazo. El repentino movimiento desestabilizó al más bajo, que cayó contra el cuerpo de Enzo y obligó al morocho a recostarse contra la puerta, aunque sin soltarlo. Los brazos del mediocampista se apretaron más alrededor de sus hombros, sintiendo que tenerlo tan cerca no era ni por asomo lo suficientemente cerca. Dejó un beso en su pelo y cerró los ojos, sabiendo que los abrazos entre los dos siempre decían más que mil palabras. Esos abrazos, que hacían que la distancia y el tiempo separados desaparecieran en un instante.
—Te voy a matar la próxima vez que vengas sin avisar, ¿sabés? —murmuró Julián contra su hombro, después de un largo rato en silencio sin que ninguno de los dos se moviera.
—Dah, ya te pedí perdón, ¿querés que me ponga de rodillas también? —murmuró contra su pelo, con una sonrisa que se había instalado en su rostro de forma indeleble desde que lo había visto ahí.
Cuando Enzo hizo el amague de arrodillarse, todavía sin soltarse de aquél abrazo, Julián lo mantuvo donde estaba sujetando la parte de atrás de su remera en un puño. Los brazos de Julián finalmente envolvieron su cintura con fuerza y los dos se mantuvieron ahí por otro rato en un abrazo posesivo. Enzo no podía decir a ciencia cierta cuánto habían estado ahí: el tiempo pasaba siempre de forma distinta para él cuando estaban juntos.
—Che… ya está por empezar el partido —murmuró Julián, interrumpiendo aquel agradable silencio, aunque no se movió. Su voz había sido apenas audible, con su rostro todavía hundido en el pecho del menor.
—Mhm —fue la única réplica de Enzo, que estaba muy bien donde estaba. El plan original había sido ir a ver a Julián para compartir el Superclásico pero repentinamente el partido no parecía algo tan trascendental en su agenda.
—No puedo creer que me haya tenido que enterar por fotos que estabas acá —le dijo el castaño, separándose finalmente de él con extrema lentitud y obligando al menor a aflojar el agarre de sus hombros—. Posta, Enzo, podés usar el teléfono de vez en cuando para otra cosa que no sea subir dumps o repostearle fotos a Neto.
El morocho rodó los ojos, aunque tenía todavía la sonrisa pegada a los labios. Enzo vivía para ver a Julián celoso, para verlo poner esa cara de falso desinterés mientras soltaba comentarios pasivo-agresivos de aquella forma. No era algo usual, por lo que el morocho disfrutaba de esos momentos todo lo que podía y los prolongaba con falsa inocencia hasta que terminaba dando el brazo a torcer.
—¿Viste las fotos?
Julián le dio la espalda, caminando por la amplia habitación. Aunque no era tan grande como la suite en la que Enzo se estaba quedando, la habitación tenía una cama amplia en el fondo y un cómodo sofá frente a ella, ubicado precisamente delante del gran televisor de plasma. Al costado había una pequeña cocina con una barra y unas banquetas altas. El ventanal al otro lado de la puerta, a la izquierda del sofá, tenía vistas de la ciudad, que poco a poco comenzaba a ser cubierta por la oscuridad de la noche y las luces artificiales.
—Sí, mucha foto con el portugués vos —se quejó Julián, mientras sacaba su termo y el mate del bolso. A juzgar por la insistencia en el tema, parecía que había tenido eso atragantado desde hacía un tiempo—. Ay, mi argentino —le dijo, con exageración en su voz.
—¿Estamos celosos?
Julián hizo un ruido sarcástico con la boca, dejando el mate sobre la mesa, apoyándose contra el respaldo del sillón y cruzando los brazos sobre su pecho. Aunque el cordobés no tenía ni idea, a Enzo le hacían bien las demandas. Hacía unos meses, parecía inimaginable que su acompañante fuera tan abierto sobre cómo se sentía. De alguna manera, Julián había pasado de caminar sobre vidrios alrededor de él a moverse con paso seguro, sin dudar un minuto en decirle lo que pensaba.
—¿Celoso de qué? Si cambiás de portugueses como si fueran figuritas vos.
Enzo se rio con ganas, recordando alguna conversación similar cuando compartía equipo con João Félix. Le encantaba hacer enojar a Julián, en especial si la causa del enojo tenía que ver con los celos. Era una faceta del cordobés que no siempre tenía la posibilidad de ver, que rara vez exteriorizaba, por lo que Enzo nunca perdía oportunidad de disfrutarla.
—Me olvido que a vos te gusta más cambiar noruegos —le dijo con una sonrisa, solamente para hacerlo enojar más, mordiéndose ligeramente el labio inferior. Aquel también había sido un tema de conversación durante una de las últimas veces que se habían visto. Enzo no se olvidaba de la forma de festejar de Julián con el rubio insulso ese con el que compartía equipo.
Por el rabillo del ojo vio como el castaño ponía los suyos en blanco y hacía un ruido con la boca como para desestimar la afirmación. Había una extraña tensión entre los dos, que no se sentía necesariamente como algo malo pero que tampoco estaba bien.
—Perdón —murmuró Enzo finalmente, acercándose un poco más a él y poniéndose repentinamente serio—. Te juro que ni pensé que podías no estar acá…
Julián le dio un golpe en el brazo con el puño cerrado, quizás con más fuerza de la necesaria. Enzo aprovechó el movimiento para tomarlo por la muñeca y tirar un poco de él. Julián parecía reticente pero Enzo sabía exactamente cómo aflojarlo. No era la primera vez que el cordobés se enojaba por algo y el morocho tenía que pedir perdón. Tampoco iba a ser la última, de eso estaba seguro.
El pulgar de Enzo dejó una pequeña caricia en la muñeca de Julián y luego levantó la vista para observarlo. El castaño mantuvo sus ojos en las manos de ambos.
—¿Me podés llamar la próxima vez que vengas? —pidió suavemente el mayor—. ¿Antes de venir, no después?
Julián levantó la vista y sus ojos se encontraron. Enzo sonrió un poco, casi como un nene que se había mandado una cagada y estaba quedando exento de un castigo con solamente una advertencia.
—Sí, te prometo que sí.
Julián suspiró, sus ojos sin abandonar los suyos.
—Hacete unos mates, dale —pidió el delantero, todavía con aquel tono medio contrariado que había usado desde que había llegado, señalando con la cabeza hacia las cosas que había sacado de su bolso—. La picada te la debo.
Enzo le sonrió, con esa calidez que sentía en la boca del estómago cada vez que Julián demostraba, casi de forma desinteresada, que le seguía los pasos incluso a la distancia. El morocho fue hasta la cocina integrada y calentó el agua en la pava eléctrica mientras su acompañante se movía por la habitación para agarrar el control remoto y sintonizar el partido. Una vez que Enzo cargó el agua en el termo y puso la yerba en el mate, llevó todo hasta la mesa que había frente al sofá, donde Julián ya se encontraba sentado. Enzo se sentó junto a él, innecesariamente cerca para un mueble donde entraban tres personas sin problemas.
—¿Vas a volver a Ibiza? —preguntó suavemente mientras en la televisión los jugadores se preparaban para salir a la cancha.
Julián se acomodó sobre el respaldo, apoyando el brazo derecho sobre él, su mano casi tocando el cuello de Enzo.
—No, ya me quedo acá en casa, mañana tenemos que volver a entrenar igual.
—Perdón por cagarte las vacaciones —murmuró el morocho, estirando su mano para apoyarla en el muslo de Julián. Los ojos castaños pasaron brevemente por su regazo y luego fueron a los ojos de Enzo—. No quería obligarte a venir.
La mirada oscura del menor quedó sostenida por los ojos castaños del cordobés. A veces era difícil leerlo pero Enzo podía notar como poco a poco empezaban a aflojarse. Julián no era una persona a la que el mal humor se le fuera fácil pero el chico de San Martín sabía siempre que corría con un poco de ventaja cuando de Julián se trataba. Cuando eran ellos dos, Enzo sabía siempre que arrancaba jugando con varios puntos a su favor.
—Cómo no iba a venir si estabas en todas las fotos con una cara de culo…
Enzo soltó una risa honesta, sus ojos aún conectados y la previa del encuentro entre River y Boca siendo ignorada por completo. Sabía que aquella era la manera de Julián de decirle que realmente no importaba.
—¿Tan obvio soy?
—Ya sé que no viniste a Madrid a mirar tenis, Enzo —le contestó seriamente—. Mirá si no iba a venir antes sabiendo que estabas acá —una de sus cejas se alzó apenas un poco y el mediocampista sabía el tipo de comentario que seguía a eso—. Aunque viniste bastante bien acompañado... —masculló luego, casi como para sí mismo aunque con toda la intención del mundo de que Enzo lo oyera.
—Qué agrandado —murmuró el morocho, todavía con una sonrisa sobre la cara. Pensar en la cara de Emilia cuando Julián le había dicho que se volvía antes a Madrid también había provocado que la sonrisa se mantuviera ahí, casi transformándose en una de satisfacción—. Por ahí quería venir a comerme unos churros nada más.
—A freír churros te tendría que haber mandado yo cuando me llamaste hoy, culiau —respondió rápidamente Julián y Enzo volvió a reírse con ganas, sabiendo que el cordobés estaba dando el brazo a torcer. Tenía la risa tan fácil cuando estaban los dos juntos, que parecía escaparse constantemente ante la menor provocación.
La mano de Enzo fue a la mejilla del mayor y la mirada del cordobés volvió a suavizarse. Aunque el morocho sabía el poder que Julián tenía sobre él, también era perfectamente consciente que era un camino de doble mano. Enzo sabía que Julián siempre tenía la voluntad de perdonarle cualquier cosa, incluso cuando lo hiciera remarla un poco.
—No me digas eso, que no sabés lo que te extrañé —confesó, como hacía cada vez que se veían. Nunca era una mentira. En todo caso, con el paso de los años, era cada vez una verdad más grande.
La mano de Julián que estaba sobre el respaldo dejó una caricia en la parte posterior de su cuello, haciendo que Enzo estuviera tentado a cerrar los ojos.
—Yo también.
Enzo se impulsó un poco hasta alcanzar los labios de Julián. El simple contacto entre las bocas de ambos hizo que el menor se estremeciera. El menor no se caracterizaba por ser una persona paciente, por tomarse las cosas con calma, pero con Julián todo parecía pedirle tiempo para disfrutar del momento, para prolongar la despedida tanto como fuera posible. Su mano se acomodó en ese espacio detrás de la oreja del castaño mientras el otro lo atraía por el cuello para profundizar el beso. Julián no parecía tan de acuerdo en tomarse las cosas con tanta tranquilidad. Enzo sabía que todavía estaba un poco enojado, conocía el lenguaje corporal del mayor como para darse cuenta. El morocho se inclinó sobre él, pasando una pierna por arriba de las suyas y apoyando el antebrazo en el respaldo del sofá. La mano que estaba en el cuello de Julián subió un poco para hundirse en su pelo, para atraer su cabeza y poder controlar el beso. Aunque Julián buscaba acelerar las cosas, la mano libre del castaño atrayéndolo por la cintura y metiéndose por debajo de su remera, Enzo quería tomarse su tiempo. Controlando la urgencia que le generaban los dedos de Julián sobre su piel, el morocho separó sus labios momentáneamente, sólo para volver a besarlo con paciencia. Tomando su labio superior, tirando de él suavemente, ocupándose luego del inferior, Enzo siguió buscando el contacto pero evitando que todo fuera tan rápido, que todo estuviera más cerca de terminarse otra vez.
Cuando el pitido inicial dio comienzo al partido, ninguno parecía tan interesado en el Superclásico como en no pasar ni un segundo alejado del otro.
Julián estaba en Madrid, y Enzo no iba a desaprovechar la oportunidad.
