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Summary:

A Olivia le daban miedo las arañas. A Enzo, el paso del tiempo. A Julián, la vida sin Enzo.

Notes:

(See the end of the work for notes.)

Work Text:

Enzo se rio sonoramente, observando como Olivia corría al gato por el jardín, que se escapaba de ella dando largos saltos por el pasto. Era un día primaveral en Londres, con un sol radiante y sin una nube en el cielo. Era algo que escaseaba bastante en aquella época, por lo que la chiquita estaba disfrutando de poder estar al aire libre sin tener que escaparse de la lluvia. Incluso el felino parecía contento de poder estar corriendo al sol. El morocho los observaba atentamente mientras le preparaba la merienda a Olivia. Valentina se había ido con Benjamín, por lo que estaban ellos dos —tres, en realidad— solos en la casa. 

El morocho apoyó sus antebrazos sobre la mesada, descansando el peso de su cuerpo sobre ellos y pensando en lo rápido que su hija estaba creciendo. Por momentos le parecía que el tiempo pasaba a una velocidad alarmante. Sabía que la vida útil de un jugador era terriblemente corta, pero aquello no era lo que más lo asustaba. A pesar de la incertidumbre de su vida una vez que no pudiera jugar más, lo que más le aterraba era el crecimiento de sus hijos. A veces no sabía si era un buen padre; en más oportunidades de las que deseaba admitir, creía que no lo era. Más de una vez sentía que era un pibe que estaba aprendiendo todo sobre la marcha, como podía, y sabía que con los años iba a volverse cada vez más difícil. Por momentos se sentía confundido y aterrado con la mera perspectiva de ser padre de una preadolescente, aunque faltara mucho para eso. El tiempo pasaba tan rápido que a veces perdía la noción de cuánto quedaba para cada etapa. En su mente, Olivia todavía era una bebé. 

Pero lo que más lo asustaba era pensar en cuando sus hijos no lo necesitaran más, cuando ya no dependieran de él para ser felices. 

Su teléfono vibró con una llamada entrante, sacándolo pronto de sus pensamientos, que lo habían tenido extrañamente nostálgico en los últimos días después de su visita a Argentina. Sonrió ante el nombre familiar, incluso cuando ya lo había estado esperando ansiosamente. 

—Pensé que no me ibas a llamar —dijo, atendiendo con una expresión afectuosa que desestimaba cualquier tipo de reproche en su voz. 

Perdón, estaba entrenando y se me pasó la hora —dijo Julián del otro lado de la pantalla, con el pelo todavía húmedo adherido a la frente y los cachetes un poco colorados, probablemente recién salido de la ducha. 

Enzo hizo un pequeño sonido apreciativo. 

¿Vos estás bien? 

El morocho asintió, aún recostado sobre el mueble de la cocina, suponiendo que Julián podía ver algo en su cara que había quedado ahí después de pensar tanto en el futuro. Enzo se impulsó un poco para moverse, estirándose hasta la heladera para sacar la leche. 

—Sí, es un día espectacular, vi el sol más de cuatro horas seguidas, me estoy por largar a llorar —le confesó el morocho, apoyando la botella en la mesada y cambiando a la cámara principal para que pudiera ver la ventana de su casa y como Olivia seguía corriendo por el jardín—. Estamos todos contentos. 

¿Está corriendo al gato? —preguntó el castaño del otro lado, con una sonrisa divertida. 

—Sí, lo ama —confesó Enzo—. Y el bicho ese le tiene una paciencia… Lo vuelve loco y no le hace nada.

Me hace acordar a alguien

—¡Eu! —se defendió el menor, entendiendo pronto la comparación—. Yo no te vuelvo loco —hizo una pausa, conteniendo una sonrisa—. Es al revés y lo sabés.

Si vos decís… 

—Sos malo, eh —le dijo, aunque todavía sonriendo inevitablemente. Era imposible ocultar la sonrisa que se le dibujaba sola en la cara durante aquellas conversaciones, que siempre le hacían tan bien—. Te extraño.

La expresión alegre en el rostro de Julián se suavizó un poco, transformándose en aquella mirada que a Enzo le aflojaba las piernas. Cuando Julián lo miraba así, era capaz de sacarle lo que quisiera. Habían pasado sólo unos pocos días desde la última vez que se habían visto para los partidos contra Uruguay y Brasil, pero parecía muchísimo más. Enzo se acostumbraba con tanta facilidad a tener al cordobés a su alrededor todos los días, que a veces el tiempo parecía ser una medida que giraba en torno a la presencia de Julián y que pasaba de forma diferente cuando él estaba lejos. 

Yo también —respondió el castaño suavemente, pasándose una mano por el pelo y peinándose un poco con los dedos. 

Enzo sonrió ampliamente al verle la muñeca.

—¿Tenés las pulseras puestas todavía? —inquirió, refiriéndose a las pulseritas de mostacillas que les habían regalado durante la fecha FIFA. Los dos tenían un par haciendo juego y Julián lo había obligado a usarlas durante el tiempo que habían estado en Argentina.

—dijo, con una pequeña sonrisa cálida, levantando el brazo y mirándolas con cariño—. Me hacen acordar a vos siempre que las veo.

Enzo bajó la mirada a lo que estaba haciendo, sin desdibujar aquella sonrisa de su rostro, con una calidez en el pecho que muy pocas personas podían darle. Desde la última vez que se habían visto, Julián había estado siendo extrañamente franco sobre cómo se sentía. Era un buen cambio, uno que Enzo ciertamente apreciaba cada vez que le decía aquellas cosas con tanta naturalidad o que actuaba despreocupadamente alrededor de él. Si tenía algo que ver con su plan de llevarlo a jugar al Atlético, Enzo tenía que reconocer que estaba dando buenos resultados. Cada vez que Julián le decía algo así, le daban ganas de saltar en el primer avión a España que encontrara. 

Mientras los dos compartían un silencio cómodo, el jugador del Chelsea apoyó el teléfono contra una botella para poder utilizar las dos manos. Le había preparando a Olivia unas tostadas con queso y miel y estaba sirviendo leche en un vaso de plástico. Julián lo observaba atentamente del otro lado, algo que solían hacer más de lo usual. A veces era la única forma de sentirse como si estuvieran en la misma habitación, como si estuvieran compartiendo la vida en la misma casa, en la misma ciudad, en el mismo país. Cada uno hacía sus actividades cotidianas con la presencia del otro en el teléfono como si fuera lo más normal del mundo. Era una manera de sentirse cerca. 

¿Estoy invitado a tomar la leche yo también?

Julián pareció notar lo que había dicho apenas había dejado su boca, mientras la mirada pícara de Enzo observaba la pantalla al mismo tiempo que cerraba la botella con una sonrisa de lado. El cordobés lo conocía tan bien que sabía exactamente la respuesta que le había dejado en la punta de la lengua. Enzo a veces se olvidaba de todas las cosas que podían decirse casi sin hablar. 

Sos un guarango hijo de puta, está tu hija ahí… La puta madre, no se te puede decir nada, culiau, tenés la idea fija.

Enzo soltó una fuerte risa entre dientes mientras acomodaba las cosas en la mesada, conteniendo una carcajada. Tuvo que tomarse un momento para poder hablar porque no podía dejar de reírse de toda la secuencia de las caras entre que Julián se había dado cuenta de lo que había dicho, cuando había visto su expresión y la forma ofuscada en la que le había salido aquel insulto, que no era algo frecuente en los labios del cordobés. 

—¡Pero si yo no dije nada! —exclamó el chico de San Martín, aunque la expresión de su cara lo hacía indefendible. 

Esa mirada la conozco, Jeremías, no te hagas el boludo conmigo. 

Enzo siguió riéndose ante la cara y el tono de voz de Julián, sumado al hecho de que lo llamara por su segundo nombre. Al menor siempre le causaba gracia porque, incluso con el paso de los años y el roce con tantos futbolistas y un ambiente bastante vulgar en sí mismo, con ciertas cosas el cordobés todavía era terriblemente correcto. Y Enzo siempre había tenido pocos filtros en ese sentido, Julián se lo había recriminado siempre. 

Olivia apareció poco tiempo después en la cocina. Enzo le sonrió, levantándola en sus brazos para que la chiquita pudiera quedar también a la altura del teléfono.

—Mirá quién está ahí, Oli.

La nena sonrió radiante cuando se encontró con la sonrisa cálida de Julián al otro lado de la pantalla, cuya expresión se había derretido por completo al ver a la pequeña frente a él. 

Hola, Oli —le dijo con voz tierna, moviendo la mano efusivamente para saludarla.

—Hola, Juli —respondió ella, desenroscando uno de sus pequeños brazos del cuello de su papá para saludarlo de la misma forma.

¿Estuviste jugando mucho? —le preguntó el castaño en el mismo tono de voz suave, mientras Enzo utilizaba su mano libre para seguir acomodando las cosas de la merienda en una bandeja.

La pequeña le contó cómo había estado jugando desde temprano, explicando cada cosa que había hecho y lo celeste que estaba el cielo. A Olivia le encantaba hablar. Julián la escuchaba con atención del otro lado, con su sonrisa haciéndose cada vez más ancha y cruzando ocasionalmente alguna mirada cómplice con Enzo, que estaba siempre encantado de escucharlos conversar entre sí. Olivia adoraba a Julián y su papá no podía estar más orgulloso de la relación que tenían dos de las personas más importantes de su vida. 

—Andá a poner la tele en el living, princesa, que ahora voy para allá, ¿si? —le dijo Enzo mientras volvía a ponerla en el suelo. 

La chiquita asintió alegremente y se fue de la cocina dando pequeños saltos. 

Es tan linda  —murmuró Julián del otro lado, con una media sonrisa. 

Enzo asintió despacio, frunciendo un poco el ceño al darse cuenta que no iba a poder llevar la bandeja y seguir con la charla al mismo tiempo. Sin embargo, antes que pudiera hacer o decir algo al respecto, escuchó un grito. Era la voz de Olivia. Sin pensarlo ni un segundo, dejó todo y salió corriendo para la otra habitación con el corazón latiéndole como loco dentro del pecho. 

Su hija estaba llorando a moco tendido cuando llegó, señalando hacia adelante. Aunque Enzo no podía ver exactamente qué pasaba, preocupado pensando que podía haberse lastimado, pronto la nena se lo hizo saber entre lágrimas. 

—Araña —le dijo entrecortadamente. 

Enzo suspiró con tranquilidad al darse cuenta que no era nada grave, sintiendo que el corazón le volvía al pecho. Pronto se puso a buscar por el living a la dichosa intrusa, con Olivia todavía llorando desconsoladamente. Sólo pudo encontrarlo después de un par de vueltas desesperadas, en las que se debatía si abrazar a su hija o deshacerse de la araña primero. 

El jugador encontró a la invitada no deseada debajo de la mesa y comprendió por qué Olivia estaba tan asustada. No había sido difícil encontrarla porque era bastante grande. La araña pronto comenzó a moverse cuando la empujó en dirección al jardín. Su gato lo miraba desde la parte más alta de la torre de juego con desinterés, con aquella expresión casi condescendiente, como si el arácnido no fuera suficiente problema como para molestarse e interrumpir su descanso. Enzo le dio una mirada recelosa.

—Vos tranquilo, eh, no te calentés —le dijo al gato de mala manera.  

El animal ignoró olímpicamente el reproche mientras metía la cabeza entre sus patas para volver a dormir, ajeno a cualquier cosa que estuviera sucediendo en la casa. Enzo se sentía un poco estafado.  

El futbolista consiguió eventualmente correr a la araña fuera de la habitación, aún con el llanto de Olivia y la ansiedad de querer estar en dos lugares al mismo tiempo. La araña ya no estaba en la casa, pero en esa época siempre había algunas dando vueltas por el jardín. Por más que lo intentara, su hija seguía pensando que podía volver. 

El futbolista cerró el ventanal y corrió a alzar a la pequeña de la familia, que seguía llorando y pronto enroscó los brazos alrededor de su cuello. 

—No pasa nada, Oli, ya está, ya no está más acá, se fue, no va a venir más —le dijo suavemente, acariciándole la mano con una espalda mientras volvían a la cocina. 

Cuando volvió frente al teléfono, Julián lo estaba observando con una expresión alarmada. 

¿Qué pasó? ¿Todo bien?, ¿está bien Oli? —preguntó el cordobés atropelladamente. 

—Sí, vio una araña grande y está asustada —murmuró Enzo, con la chiquita oculta en su cuello y todavía sollozando. El morocho la abrazó más fuerte, poniendo una mano detrás de su cabeza y siguió meciéndola un poco y acariciándole el pelo mientras se movía, pero no había caso—. Les tiene pánico. 

El llanto de Olivia siguió llenando la habitación. Julián se quedó por algunos instantes observándolos y luego abandonó la cara compungida, volviendo a poner la voz dulce que usaba cuando hablaba con su hija. 

Oli, ¿me escuchás? —le dijo suavemente—. No podés tener miedo de las arañas —agregó y la nena sacó muy lentamente la cabeza del cuello de su papá para mirarlo, con los ojos rojos y las lágrimas todavía brotando de sus ojos—. ¿A mí me tenés miedo? 

La pequeña negó con la cabeza, todavía llorando pero prestándole atención a la voz de Julián. Enzo se encontró a sí mismo prestando atención también, sintiendo que el tono de voz era casi como un calmante. Los dos Fernández parecían encontrar tranquilidad en sus palabras, en la forma suave y cálida que Julián tenía de hablar. 

Y vos sabés cómo me dicen a mí.

La chiquita asintió, todavía con un puchero en sus labios y los ojos brillosos por las lágrimas, conteniendo los hipidos pero dejando de llorar y enfocándose solamente en las palabras del cordobés. 

¿Cómo? —presionó suavemente Julián, con una sonrisa. 

—Araña —replicó ella en un hilito de voz. 

—¿Cómo hace Juli cuando hace un gol? —intervino Enzo en un murmullo, haciendo el gesto con una de sus manos para distraerla. Olivia lentamente levantó su manito y lo imitó, todavía haciendo puchero. Julián se sumó del otro lado de la pantalla, moviendo sus manos atrás y adelante con una sonrisa. La pequeña conocía el festejo muy bien: siempre lo imitaba cuando veía al cordobés meter un gol, ya fuera cuando Enzo sintonizaba en casa los partidos del Atlético o cuando él y su papá estaban jugando juntos con la Selección.

¿Yo soy malo? —presionó el mayor. 

La chiquita negó fervientemente con la cabeza, bajando la mano y apretando los labios. 

No te pueden hacer nada, yo les dije que no te hagan nada, son buenas como yo —le dijo, con esa sonrisa que podía calmar hasta la peor de las tempestades—, ¿sí, Oli?

Julián algún día iba a ser un padre espectacular. Tenía papá de nena escrito por todos lados. El pensamiento le daba a Enzo cierta calidez, aunque también le generaba una extraña ansiedad. Era un sentimiento egoísta pero inevitable saber que algún día él iba a formar su propia familia también, una dentro de la cual Enzo no tendría ningún papel principal. No el que quería tener, de cualquier manera. 

Olivia volvió a asentir y hundió la cabeza de nuevo en el cuello de su papá, todavía respirando entrecortadamente pero ya sin llorar. Enzo le acarició el pelo, él y Julián todavía observándose a través de la pantalla del teléfono con una mirada significativa. Se quedaron un tiempo en silencio, observándose cálidamente por el celular, mientras la respiración de la menor se volvía cada vez más tranquila. Enzo hizo un gesto con la cabeza hacia arriba y el cordobés rápidamente comprendió que se refería a que iba a acostar a Olivia, que parecía estar relajándose en los brazos del futbolista hasta el punto de comenzar a dormirse. 

Llamame después —susurró el castaño tiernamente, para cortar luego la llamada. 

El morocho se quedó moviendo de un lado a otro a su hija, que se había acomodado contra su cuello y se había quedado ahí. Con extremo cuidado comenzó a subir las escaleras de la casa, pronto dándose cuenta que la pequeña ya estaba dormida. 

Tomando a Olivia delicadamente por la cabeza, Enzo entró a su habitación y la apoyó en la cama con extremo cuidado. La chiquita se movió un poco en sueños y el morocho dobló el acolchado para poder taparla con él. 

Enzo observó a su hija durmiendo profundamente por unos instantes y dejó escapar un suspiro de tranquilidad, alejándose lentamente y apoyándose contra el marco de la puerta. Con una sonrisa cargada de nostalgia, pensó que en algún momento iba a extrañar cuando aquel pequeño humano ya no necesitara de toda su atención, cuando ya no tuviera miedo, cuando ya no lo llamara como si fuera un superhéroe para que la salvara.

Y, si se trataba de superhéroes, Enzo sabía que tenía también el suyo propio y le daba siempre terror el paso del tiempo. Le asustaba pensar en que las cosas pudieran cambiar, perder aquella armonía que encontraba en algunos momentos de su vida. Él tenía miedo también de algún día no poder recurrir a la única persona que aparecía en su mente cuando necesitaba ser feliz.

Saliendo de la habitación con extremo cuidado y volviendo a la planta inferior, Enzo volvió a conectar la videollamada. 

¿Todo bien? —preguntó el castaño, todavía con aquella sonrisa con la que había mirado a Olivia a través de la pantalla. 

—Sí, ya está dormidisima… —murmuró—. Te amo, Julián, te debo lo que quieras. 

El castaño le sonrió cálidamente por la pantalla. 

Te va a salir caro la próxima que nos veamos —le dijo con esa sonrisa el cordobés, sabiendo Enzo perfectamente que era una broma.

Por ahí nos vemos antes de lo que vos pensás y te la podés cobrar —replicó el morocho, con una expresión que pretendía ser inocente pero difícilmente lo era. 

No estarás pensando en volver a caer de sorpresa acá de nuevo, ¿no? —inquirió Julián divertido, alzando una ceja—. ¿Tantas ganas de venir a Madrid tenés?

Enzo se encogió de hombros.

Yo te avisé que iba, vos no me quisiste creer se defendió, como restándole importancia al hecho de que se había tomado un vuelo privado a Madrid solamente para verlo algunas horas, y evitando deliberadamente responder la segunda pregunta. No era como si no hubiese pensado ya en hacerse otra escapada cuando tuviera la oportunidad. 

La risa de Julián fue la única réplica que tuvo, algo que siempre era bien recibido. 

—Si pasa algo, llamame —pidió el cordobés seriamente.

—Siempre te llamo primero a vos, no te preocupes. 

Me va a preocupar el día que no me llames —le dijo, quizás con un dejo de nostalgia, y los dos compartieron una de esas miradas que nunca necesitaban palabras para tener un significado. Enzo le dio una sonrisa llena de afecto, las que el cordobés siempre se guardaba con él. 

Julián nunca lo iba a decir en voz alta pero el hecho que Enzo siempre eligiera llamarlo a él era una de las cosas que más felices lo hacían. Tenía miedo que llegara el día en que no fuera más el primer contacto en su lista de llamadas, el primero que aparecía en su cabeza cuando pensaba en alguien que pudiera ayudarlo. Temía algún día no formar parte de la vida de Enzo al punto de conocer a sus hijos, saber qué les pasaba con sólo mirarlo a los ojos, poder apoyarlo, poder estar cuando lo necesitaba incluso con la distancia física entre los dos. Julián esperaba poder siempre dedicar una parte de su vida a él. Le generaba una profunda sensación de angustia, un vacío en el pecho de tan sólo pensar en no poder hacerlo. 

Julián podía tener el peor día, el más agotador o caótico, pero siempre tenía tiempo para Enzo. Aunque fuera lo más simple, lo más aleatorio o tonto, Julián iba a estar ahí para escucharlo. Y deseaba con todas sus fuerzas que Enzo estuviera siempre ahí para contárselo primero, para llamarlo cuando tenía un problema o cuando simplemente necesitaba alguien para hablar, alguien que le diera su atención. Julián esperaba poder seguir siendo esa persona, incluso a pesar de la distancia, los años y todas las otras relaciones en su vida. Deseaba ser siempre ese que le diera su tiempo, todo el tiempo del mundo, cada vez que lo necesitara. 

—Gracias, araña.

Notes:

No sé. Tananai escribió una canción muy linda y yo la estuve escuchando mucho y escribí esto sin ningún tipo de trama mientras viajaba. Ya tenemos foto, pero la historia será actualizada debidamente cuando tengamos nombre del gato.

Espero que les haya gustado. Gracias a los que se toman siempre el tiempo de dejar kudos y comentar, disfruto de leerlos siempre 🧡

Nos leemos pronto.
MrsVs.

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