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Bueno... oficialmente, mi vida es una completa mierda.
Luego de terminar mi trabajo de medio tiempo, recibí dos noticias que puedo categorizar como la buena y la mala.
¿La buena? Me aceptaron la beca en la Universidad XX, en la carrera de Bioquímica y Nanotecnología.
Una maravillosa noticia, debo decir. Quería gritar de emoción... pero, bueno, qué vergüenza hacerlo en un transporte público.
Toda mi vida amé la naturaleza. Y más aún, el experimentar con todo lo que tuviera a mi alcance.
Mis sueños siempre estuvieron entrelazados con lo mismo: las ciencias, el arte de una simple roca o metal...
Todo eso y más fueron mis sueños de niña.
Y estoy 110% segura de que siguen siendo mis mayores metas en la vida.
Pero ahora...
Esto debería ser ilegal.
Bueno, ahora vamos por la mala.
Muy, muy mala noticia.
Tengo leucemia aguda. Leucemia mieloide aguda, en realidad.
Esa noticia me cayó como un balde de agua muy helada.
¿Y ahora qué hago?
No estaba en mis planes universitarios enfermarme de esta manera.
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Me dirigí a casa de mi madre, con la ansiedad por los cielos.
¿Cómo se lo contaría?
Antes de llegar a su puerta, la llamé.
—Madre, bella de mi corazón, estoy yendo a casa. Tengo algo importante que decirte.
—Oh, hija… está bien. Te espero. ¿Son buenas noticias?
—La verdad es que...
Estaba frente a su puerta.
¿Qué debo hacer ahora?
Mis ojos comenzaron a humedecerse. Mi voz no logró salir.
—¿Qué pasa, corazón? —preguntó del otro lado.
Finalmente toqué la puerta, preparando mi alma para dejar salir la horrible noticia.
Cuando mi madre abrió… solo eso salió de mis labios:
—Tengo cáncer.
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El transcurso de mi vida al principio no fue tan malo, al menos no hasta que las quimios me pasaron factura.
Luego de contarle la noticia a mi madre y que toda mi familia se enterara, fue... horrible. Si esa es la palabra, horrible, espantoso, repugnante. Odio ser el centro de atención y mas aun si es por algo tan malo como esto.
Cuando menos lo espere, cuando creí que podría... Me encontraba postrada en la camilla de un hospital, uno del cual reconozco de pies a cabeza, cada mínimo lugar por las tantas visitas.
-Lo siento tanto, en serio que si- Fue un pequeño susurro, pero en el silencio sepulcral, se oyó demasiado fuerte.
-No, mi amor. No tenes que disculparte por nada. Esto no es tu culpa, no es culpa de nadie ¿Si?-
-El culpable debe ser Zeus, no hay duda. Se harto de escucharme hablar mal de el y sus idioteces- Quería alivianar un poco el ambiente, funcionó, se escucho las risillas un poco bajas, pero estaban ahí.
Me estaba sintiendo muy débil, el dolor estaba ahí. ¿Que debería decir? Ya estoy muy cansada, pero no quería irme, no aun.
—En serio, los amo mucho… ¿lo saben? —dije, con la voz temblorosa—. Les agradezco infinitamente por apoyarme tanto, por estar para mí, por escuchar mis estupideces y mis sueños… por escuchar mis pesadillas. Las lágrimas comenzaron a nublar mi vista. No podían parar.
—No quisiera cambiar esto por nada del mundo… pero tengo que irme. Ya no puedo quedarme. —Inhalé suavemente para calmarme.—
—Quiero descansar bien, pero no puedo estar tranquila si no me prometen una cosa… —Miré a todos, expectante.
Varios asintieron.
—¿Qué es? Te prometo que lo haremos —dijo mi hermano, con voz firme.
Mi hermana asintió con determinación.
—Yo me voy a asegurar de eso.
—No quiero que lloren mucho por mí. Quiero que me recuerden con felicidad, por la linda persona que soy. —Varios resoplaron entre lágrimas.
—¿Pueden prometerme eso? ¡Ah! Y claro, cómo no… que veneren a AURORA por mí.
Las risas estallaron, aunque los ojos seguían brillando de tristeza. Lágrimas silenciosas caían, incluso mientras reían.
—Mami… ya pueden llamar al Doc.
Había accedido al procedimiento. La eutanasia. Parece un nombre elegante…
Todos guardaron silencio.
Yo estaba lista.
No hay vuelta atrás. Aunque si volteo, será solo para verlos a ellos: mi familia, mi corazón, mi vida.
—Diana —el doctor llegó. No tenía la mejor de las caras… Debe ser duro esto de proceder con una eutanasia—. ¿Comenzamos?
Miré a cada persona en la habitación. Algunos parecían aguantar la respiración; otros, estoicos… pero las lágrimas los delataban.
Miré a mi mamá: las lágrimas le caían como cascadas, pero aun así… tenía una gran sonrisa para mí.
No pude evitar llorar.
Tan inevitable.
Tan necesario.
—Estoy lista.
—Procedamos.
El cansancio me pedía ceder.
Miré por última vez, detenidamente, a todos. Uno por uno. Para grabarlos en mi mente, así… sea cual sea el lugar en el que termine, ellos estén en mí.
—En serio… realmente los amo.
Finalmente, mis ojos, mi cuerpo y mi mente cedieron.
—Bye...
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-Mama, me siento muy mal...-
