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La flor estaba muerta.
Nadie lo decía en voz alta, pero estaba allí. En el jarrón del pasillo. Marchita, vencida, tan reseca que parecía de papel quebradizo. Era blanca en su tiempo, según recordaban algunos. Una flor sencilla. Una margarita, quizás. O una dalia, más probable, dada la cursilería de la dedicatoria que Charlie había dejado a un costado.
"Para cuando florezca algo nuevo."
Eso fue hace seis meses.
Nadie se atrevía a tocarla.
Ni Niffty, que lo limpiaba todo.
Ni Husk, que ya no miraba las paredes.
Ni Angel, que hacía bromas sobre todo, menos eso.
Y por supuesto, Alastor.
Él pasaba por el pasillo todos los días. Puntual. Como un ritual. Su bastón hacía eco entre las baldosas y su sombra se deslizaba por la pared como una mancha que no quería despegarse del mundo. Pero al llegar a la flor… detenía el paso.
Nunca por mucho tiempo. Tres segundos. Tal vez cuatro.
Suficientes para que algo se agitara en su pecho. Algo que no admitía tener.
Charlie no le preguntaba.
Charlie no decía nada.
La flor era suya. El silencio, de ambos.
Una tarde, después de una tormenta ácida que había teñido el cielo de un color verde bilis, Charlie encontró a Alastor en la azotea.
Estaba de espaldas, con el abrigo largo ondulando al viento, sus dedos entrelazados en la baranda metálica que chirriaba con cada ráfaga. Miraba el horizonte, ese paisaje de ruinas que componía el infierno, pero parecía ver algo más.
Ella no dijo su nombre. Solo se acercó, pasos lentos, su sombra extendiéndose hasta rozar la de él.
—De todas las cosas en este lugar —dijo finalmente—. ¿Por qué no dejas que esa flor se caiga?
Alastor no respondió de inmediato. Su voz, cuando llegó, parecía venir de un sitio más profundo que su garganta.
—Porque aún no ha terminado de morir.
Charlie ladeó la cabeza. El viento le enredaba el cabello, y por una vez no intentó apartarlo.
—¿Y si ya está muerta, pero no lo sabe?
Él rió. Una risa pequeña, quebrada, sin radio.
—Entonces es como tú.
Ella no se ofendió. Ya no lo hacía. Alastor hería con precisión quirúrgica, y Charlie había aprendido a leer la intención detrás de sus cuchillas.
—Yo sé que estoy rota —dijo—. Solo no decidí en qué dirección quiero quebrarme del todo.
Él giró, finalmente.
Sus ojos eran brasas. Sus labios, una línea firme. Pero había algo nuevo en él. Algo contenido. Como un veneno que se había acostumbrado a sí mismo.
—¿Sabes lo que se me ocurre cada vez que paso frente a esa flor?
Charlie negó lentamente.
—Que tú la dejaste ahí para mí. Como una trampa.
—¿Y caíste?
—Caigo cada día —admitió con una sonrisa que no tenía dientes, solo pesar—. Pero tú lo sabías, ¿verdad? Que un día iba a pudrirme con ella.
Charlie dio un paso más cerca. El último. Ahora estaban frente a frente, sus alientos mezclándose, cálidos y corrosivos.
—Te ofrecí una promesa —susurró—. No una flor.
—Y yo la rechacé —asintió él—. Pero no la devolví.
El silencio se estiró entre ellos, denso como alquitrán.
Charlie alzó la mano y la colocó sobre el pecho de Alastor. No en un gesto romántico. No esta vez. Lo hizo como si buscara algo. Un latido. Un indicio de que aún quedaba algo allí dentro que pudiera salvarse.
Alastor bajó la vista. Sus ojos recorrieron sus dedos, finos y suaves, tan diferentes de las garras con las que él solía sostener el mundo. Tan frágiles… y tan peligrosos.
—No deberías tocar lo que ya aceptaste perder —dijo con una voz baja, rasposa.
—No estoy tocando lo que perdí —respondió ella—. Estoy tocando lo que se niega a irse.
Sus ojos se encontraron.
Y por primera vez, ni uno ni el otro supo cómo terminar esa conversación sin destruir algo.
El pecho de Alastor no se movía.
Era un detalle sutil, pero Charlie lo notó. Él no respiraba como los demás. No necesitaba hacerlo. Y sin embargo, a veces fingía que sí. Como un reflejo que se había vuelto costumbre. Como un gesto aprendido para parecer menos… cosa.
Pero ahora, bajo su mano, no fingía. Estaba absolutamente inmóvil.
—¿Qué estamos haciendo, Charlie? —preguntó sin mirarla.
—Lo mismo que hacemos siempre —respondió—. Fingir que no sentimos nada, mientras todo se nos desborda por dentro.
Él rió. Pero fue un sonido sin vida. Un eco. Un residuo.
—¿Y qué quieres que sienta, exactamente?
Charlie bajó la mano. No por miedo. Sino porque no hacía falta mantener el contacto cuando la herida ya estaba abierta.
—No lo sé —dijo—. Pero si el infierno va a tragarnos, al menos me gustaría que supieras quién soy cuando pasa.
Alastor entrecerró los ojos. No con sospecha, sino con una especie de dolor fatigado que ni siquiera sabía cómo nombrar. No era el tipo de dolor que se expresa con gritos. Era ese que se esconde detrás de años de sonrisas perfectas, de juegos de control, de rutinas tan meticulosamente estructuradas que ya no sabían cómo ser desobedecidas.
—No sé quién soy cuando no estoy ganando —dijo, bajando la mirada al suelo de la azotea—. No sé amar si no puedo manipular. No sé desear sin destruir.
Charlie se acercó otra vez. Ya no había distancia entre ellos. Y, en un gesto lento, se alzó de puntillas y apoyó su frente contra la de él.
—Entonces destrúyeme —susurró.
Él no respondió. Sus pupilas vibraron, delgadas como hilos en un dial que perdía frecuencia. Su sombra, a unos metros, parecía debatirse entre lanzarse al vacío o fundirse con la de ella.
Charlie cerró los ojos.
—Hazlo. Dime que nada de esto importa. Que nunca lo hizo. Que soy un error más en tu historia. Y lo acepto.
El silencio fue tan largo que dolió. El viento rugía entre los barrotes oxidados, trayendo consigo un olor metálico, a ozono y azufre.
Pero Alastor no habló.
No pudo.
Sus labios se movieron… pero no dijeron lo que querían. Porque lo que querían decir era una sentencia. Era una confesión. Y una vez pronunciada, no podría quitarla.
“ Me importas. ”
“ Te quiero. ”
“ Estoy atrapado en ti como una maldición. ”
Pero todo eso requería ceder. Y Alastor no sabía ceder.
En vez de eso, retrocedió. Un paso.
Charlie bajó los brazos. No sorprendida. No herida. Solo… entendiendo.
—Aún no —dijo, sin rencor.
Alastor asintió una vez. Una sola.
—Aún no —repitió.
Y con eso, se alejó.
Descendió las escaleras sin hacer ruido. Su sombra lo siguió a rastras, como un perro cansado que había dejado de ladrar.
Charlie se quedó en la azotea unos minutos más. El cielo estaba encapotado, como si el mismo infierno se negara a mostrar las estrellas esta noche. Pero ella no lloró.
Porque no era una tragedia.
Aún no.
Al día siguiente, la flor seguía allí. Marchita. Pero a su lado, había otra.
Pequeña. Oscura. Una dalia roja, aún cerrada.
Sin nota. Sin dedicatoria.
Solo una promesa sin palabras.
Una no nacida.
Una que tal vez nunca florezca.
Pero esta vez, alguien la había plantado.
Y Charlie… no la quitó.
