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Lo que no Quema

Summary:

Una noche, un apagón, una conversación que no debía pasar, y todo lo que el fuego no puede tocar.

Notes:

https://www.youtube.com/watch?v=cXqaUBR_xzc&ab_channel=EvgenyGrinko-Topic

(See the end of the work for more notes.)

Work Text:

La electricidad se fue a las 2:17 a.m.

No fue una explosión ni un fallo del sistema. Simplemente dejó de haber luz. Como si el infierno, cansado de sí mismo, hubiera decidido cerrar los ojos por un rato.

Charlie se despertó de golpe.

El silencio era espeso. El tipo de silencio que no sucede nunca en el Hazbin Hotel. Un silencio con bordes. Pesado. Demasiado redondo para ser accidental.

Se sentó en la cama, envuelta en la oscuridad absoluta. La tenue fosforescencia rojiza del cielo infernal ya no entraba por la ventana. Todo era negro. Profundo. Como estar dentro de un pensamiento que aún no terminaba de nacer.

Y entonces, lo supo.

Él estaba despierto también.

Lo supo no porque lo oyera—Alastor no hacía ruido cuando no quería—sino porque había una especie de eco en el aire. Una frecuencia muda. Como si la estática estuviera conteniendo la respiración.

Charlie se levantó. Descalza. Caminó por los pasillos con las manos rozando las paredes, guiándose más por la memoria que por la vista. No tenía un plan. Solo un presentimiento.

Lo encontró en el salón principal, sentado en el sofá, con la espalda recta como si estuviera a punto de dar un discurso.

Había una vela encendida a un costado. No de las decorativas. Una simple. Alta. Blanca. La había encendido él, seguro, pero el fuego parpadeaba como si temiera estar presente.

Alastor no se giró cuando la escuchó llegar.

—No me sorprende que seas tú —dijo, voz baja, sin su usual timbre de teatro.

Charlie no respondió. Caminó hasta él y se sentó a su lado. No pidió permiso. No lo necesitaba. Esa noche era distinta. Estaban en territorio neutral.

—¿No puedes arreglarlo? —preguntó, sin girarse.

—Claro que puedo —respondió él.

Silencio.

—¿Entonces por qué no lo haces?

Una pausa larga. Larga como una cuerda colgando entre dos edificios.

—Porque me gusta el apagón —dijo por fin—. Me recuerda que incluso aquí, donde todo arde, aún hay cosas que pueden... detenerse.

Charlie cruzó los brazos, sus piernas encogidas sobre el sofá. La vela proyectaba sombras grandes sobre la pared, deformes. Suya. De él. De ambos, mezcladas.

—¿Eso es lo que quieres? ¿Detenerte?

—No.

—¿Entonces?

—No lo sé.

La sinceridad le dolió más que cualquier evasiva. Porque si él, con todo su poder, su control, su maldita omnipresencia, podía no saber , entonces ella no tenía derecho a pretender que lo sabía todo.

—Pensé que tú no dormías —dijo, después de un rato.

—No duermo —respondió—. Pero a veces me despierto igual.

Charlie ladeó la cabeza.

—¿Y qué soñaste?

Alastor se rió, muy bajo. No su risa habitual. Esta tenía grietas.

—No fue un sueño. Fue un recuerdo.

Ella se quedó callada.

No lo presionó.

Pero él siguió, como si su silencio fuera permiso.

—Cuando estaba vivo, hubo una noche en la que me escondí bajo la cama de mi madre. Un hombre había entrado en la casa. No sé quién era. No pude ver su cara. Solo recuerdo el sonido. Las voces. Después, nada.

Charlie lo miró.

—¿Y tu madre?

—No la vi al día siguiente. Pero en la cocina había algo... dulce. Como una olla de Jambalaya recién hecha. Con mantequilla. Y una nota que decía: “Hoy, comemos como si nada hubiera pasado.”

Charlie se acercó apenas. Muy lentamente.

—¿Y eso qué significa?

—Significa —dijo Alastor, con una sonrisa apagada— que a veces, la gente hace cosas dulces cuando todo se está rompiendo, no para consolarse, sino para convencerse de que aún pueden hacerlas.

Charlie bajó la mirada. Su voz se volvió muy pequeña.

—Entonces eso es lo que soy para ti. ¿Un plato caliente en medio del desastre?

Él giró el rostro.

Por primera vez en mucho tiempo, la miró sin filtros. Sin radio. Sin antifaz.

—No —dijo.

Y lo dijo como si le doliera no haberlo dicho antes.

—Tú eres la única cosa que no se quema cuando todo lo demás arde.

Charlie tragó saliva. Se frotó los brazos. Hacía frío, aunque no sabía si era suyo o de él.

—¿Y qué se supone que haga con eso?

La vela titiló. El fuego vaciló. El silencio fue un tercero incómodo entre ellos.

—Nada —respondió Alastor—. Solo… quédate. Esta noche. Aquí. Donde no hay luz, ni plan, ni propósito.

—¿Y mañana?

Él bajó la mirada.

—Mañana volveré a sonreír como siempre. Tú fingirás que no me entendiste. Y el hotel seguirá intentando redimir a los que no quieren salvarse.

Charlie sonrió, triste.

—Al menos lo sabes.

—Lo sé todo. Pero no lo controlo todo. Y eso… eso me está matando.

La vela seguía ardiendo.

Pequeña. Frágil. Como si el fuego dudara de su derecho a existir en esa habitación. Y sin embargo, ahí estaba. Quieto. Persistente. Iluminando apenas el contorno de dos siluetas que no sabían cómo tocarse sin romper algo.

Charlie apoyó la cabeza en el respaldo del sofá. Miraba el techo, aunque no podía verlo. Solo sentía su presencia encima, aplastante, como si el cielo les recordara que ni siquiera en un apagón uno podía escapar del peso del mundo.

—¿Sabes lo que más me duele? —preguntó, con voz seca.

Alastor no respondió. No hacía falta.

—Que cada vez que logras mostrarme algo real… al día siguiente haces como si nunca hubiera pasado.

Silencio. Otro más.

—Es tu forma de protegerte —continuó ella—. De mantener control sobre lo único que todavía no puedes entender.

Alastor bajó la mirada. Su sombra temblaba a sus pies, como si sintiera culpa. Como si también supiera que esa noche estaba quebrando las reglas que él mismo había escrito.

—¿Y tú? —preguntó finalmente—. ¿Por qué sigues viniendo?

Charlie sonrió, sin alegría.

—Porque cuando no estás, todo esto pesa más. Y cuando estás… al menos puedo fingir que el peso es compartido.

Él soltó una risa breve. Apenas un exhalo.

—Somos dos tontos.

—No —negó ella—. Somos dos personas que aún no saben cómo dejar de ser máscaras.

Una pausa.

Luego, Charlie giró hacia él.

Lo miró de frente.

Y sin pedir permiso, sin advertencia, le tomó la mano. No como antes. Esta vez con intención. Con firmeza.

Alastor no se movió. No se rió. No se burló. Solo sintió.

—Quiero que recuerdes esto —dijo ella—. No porque tenga que repetirse. Sino porque pasó.

Él tragó saliva. Un gesto humano. Innecesario. Inesperado.

—¿Y si no puedo devolvértelo?

—No te lo estoy pidiendo.

Y en ese momento, lo entendió.

Ella no lo quería entero. No quería sus gestos teatrales. Ni sus falsas promesas. Ni sus versiones editadas.

Solo quería ese segundo. Esa noche. Esa parte de él que, incluso sin saber amarla, la elegía en la oscuridad.

—Cuando vuelva la luz —dijo él—, esto desaparece.

—Lo sé.

—Y yo volveré a ser yo.

—Lo sé.

—Y tú volverás a creer que puedes salvarnos.

Charlie sonrió.

—Eso no lo he dejado de creer.

Él apretó su mano. Por fin.

El gesto era sutil. Apenas perceptible.

Pero lo cambió todo.

La vela seguía temblando. El mundo, aún roto.

Pero esa noche…

…ninguno de los dos necesitó ser salvado.

 

Notes:

“Mira cómo una sola vela puede desafiar y definir la oscuridad.” — Ana Frank​

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