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El Lugar donde no llega el Ruido

Summary:

Una noche entre confesiones implícitas, contacto no dicho, y una tregua que nadie pidió.

Notes:

https://www.youtube.com/watch?v=dzqucn29zM4&ab_channel=JuanArenosa-Topic

(See the end of the work for more notes.)

Work Text:

Había un rincón en el Hazbin Hotel donde el ruido no llegaba. No por falta de escándalos—el infierno, después de todo, se construía con gritos y fuegos artificiales emocionales—sino porque ese rincón no los permitía.

Era una pequeña biblioteca en desuso. Nadie sabía quién la había ordenado por última vez. Algunas páginas estaban comidas por el moho, y otras parecían susurrar en voz baja cuando las dejabas solas. Niffty la evitaba porque odiaba el polvo. Husk la odiaba porque había demasiadas palabras y cero alcohol. Angel nunca la encontró lo suficientemente fotogénica para sus transmisiones.

Charlie la amaba.
Y Alastor… bueno. Alastor simplemente estaba allí.

Cada jueves, sin acordarlo, sin invitarse, coincidían.

Ella llegaba con una manta delgada sobre los hombros, su taza de chocolate endemoniadamente dulce, y un cuaderno lleno de planes que nadie tomaría en serio.

Él traía un libro que no leía, un fonógrafo que nunca encendía, y una sonrisa que no usaba con nadie más.

Y entonces, se sentaban.
Sin hablar.
Sin actuar.
Solo… existiendo .

Una vez, Charlie lo llamó el lugar donde no llega el ruido . Él no corrigió el nombre.
Otra vez, Alastor le dijo que ese rincón olía a tregua , como si la guerra esperara fuera de la puerta.
Ella le creyó.

Esa noche, en particular, hacía frío. No el frío del clima—que en el infierno era una rareza volátil—sino uno que venía desde dentro. De esos que ni el fuego podía derretir.

Charlie estaba sentada en el sofá, las piernas dobladas bajo sí misma, el cuaderno en las rodillas, pero sin escribir. Observaba la taza humeante en su mano como si esperara que el vapor le contara un secreto que aún no sabía.

Alastor llegó sin anunciarse. Como siempre. Como si nunca se fuera, en realidad.

Se quedó de pie por un momento, observándola. No con deseo. No con lástima. Con algo más complejo. Como si verla en silencio le ayudara a recordar algo que solía ignorar a propósito.

—El chocolate se enfría —dijo finalmente.

Ella levantó la vista, sus ojos brillando a la tenue luz de las lámparas. Sonrió.

—Y tú llegas tarde.

—La realeza siempre se hace esperar, princesa.

Ella dejó escapar una risa breve, y con un gesto de la cabeza, indicó el lugar vacío a su lado.

Alastor no dudó. Se sentó.

No con distancia.
No con contacto.
Exactamente a medio camino entre lo que quería y lo que no se atrevía.

El silencio volvió.

Pero era cálido. Como una manta invisible que los cubría sin pedir permiso.

Charlie bebió un sorbo de su taza. Luego se la ofreció.

Alastor la miró de reojo, una ceja arqueada.

—¿Intentas envenenarme con dulzura?

—Quizás.

Él aceptó. No por el chocolate. Sino porque sus labios aún dejaban una estela tibia en el borde de la porcelana.

—Demonios —murmuró tras tragar—. Esto es repugnante.

—Gracias —sonrió ella, con los ojos cerrados.

—Tiene más azúcar que alma un político.

Ella se rió. Una risa real. Sin barniz.

Y por un instante, la habitación se sintió como otro lugar. No infierno. No castigo. No propósito. Solo eso: una biblioteca olvidada con dos almas que habían dejado de pelear.

Alastor dejó la taza sobre la mesa baja. Luego, sin decir nada, se quitó los guantes.

Charlie parpadeó.

Nunca lo hacía. Nunca frente a nadie.

—¿No tienes frío?

—Lo tengo —dijo—. Pero también estoy cansado de no sentir las cosas cuando las tengo frente a mí.

Ella no supo qué responder.

Entonces él estiró la mano. Despacio. Como si aún tuviera miedo de romper algo. Como si tocarla implicara cruzar un umbral del que no podría volver.

Apoyó los dedos sobre el dorso de la mano de Charlie. No la sostuvo. Solo la tocó.

Y lo dejó ahí.

Su piel estaba caliente.
La de ella, tibia.
Ninguna huyó.

Charlie no se movió. Pero su mirada bajó. Y su voz, cuando habló, fue un susurro.

—¿Sabes que esto cambia todo?

Alastor asintió.

—Por eso sólo lo hago aquí. Donde no llega el ruido.

La mano seguía ahí.

No se movía, no apretaba, no temblaba. Simplemente estaba. Y en ese pequeño acto —en ese toque sin pretensiones— Alastor estaba diciendo algo que no podía poner en palabras. O tal vez que nunca quiso.

Charlie no tiró de la suya. Tampoco habló. La quietud era suficiente.

Durante unos minutos —o quizás fueron horas— los sonidos habituales del infierno parecieron haberse silenciado: las explosiones lejanas, los gritos, el tintineo eterno de vasos rompiéndose en algún bar cualquiera. Todo eso había quedado fuera.

Aquí, sólo existía la respiración acompasada de dos seres que no sabían amarse, pero que al menos estaban intentando no destruirse.

—¿Puedo contarte algo? —preguntó Charlie, sin alzar la vista.

Alastor no respondió con palabras. Solo giró levemente la mano y enredó los dedos con los de ella. Su tacto era cuidadoso. Atento. Como si temiera hacerlo mal.

Charlie tragó saliva. Respiró hondo.

—Cuando era pequeña, mi padre me dijo que un día iba a reinar algo más que el infierno. Que lo iba a… transformar. —Pausa—. Que yo tenía el corazón más fuerte de la familia, porque no sabía cuándo rendirse.

Alastor observó su perfil. Su mandíbula temblaba apenas. Sus ojos estaban perdidos en un punto del suelo que sólo ella podía ver.

—¿Y eso te parece bueno o malo? —preguntó él.

—A veces creo que lo decía como una bendición. Otras… como una maldición.

El demonio de la radio asintió despacio, sus pupilas apenas visibles en la penumbra. Sus dedos apretaron un poco los de ella.

—Es curioso —dijo—. El corazón más fuerte... pero tan fácil de romper.

—No se rompe —corrigió Charlie, alzando la vista, sonriendo con tristeza—. Se dobla. Y se cansa. Pero no se rompe. Si se rompiera, no estaría aquí contigo.

Eso le dolió. Pero no por lo que decía de ella.

Sino por lo que decía de él.

—Charlie…

—No —interrumpió—. No quiero que lo digas. No ahora.

Alastor frunció el ceño. No con enfado. Con miedo. Porque cuando uno como él empezaba a sentir, no sabía cómo detener la caída.

—¿Entonces qué quieres?

Ella lo miró, y por primera vez en mucho tiempo, no parecía una princesa del infierno, ni una heredera de redención imposible, ni siquiera una figura trágica. Parecía… una chica.

Una persona. Cansada, pero viva.

—Quiero que estés aquí. Conmigo. Sin tener que hacer ningún trato.

Y lo dijo como quien lanza una cuerda a alguien que se está ahogando, sin saber si la tomará.

Alastor tardó un segundo. Dos. Y luego…

—Estoy —susurró.

Así. Simple.

No fue una promesa. Fue un hecho. Porque las promesas, en sus bocas, pesaban demasiado. Pero el “estoy” era suficiente. Por ahora.

Charlie se acurrucó contra su hombro. Lenta, sin aviso. Él no se movió. Su cuerpo, por un instante, pareció no saber cómo recibir el gesto. Pero luego, con torpeza adorable, giró un poco y la acomodó con el brazo libre.

Y así quedaron.

Un demonio que no creía en el amor.
Una princesa que no sabía rendirse.
Dos cuerpos que no se tocaban más que lo justo,
Dos corazones que, por una noche,
dejaron de fingir que no se buscaban.

El libro de Alastor quedó cerrado sobre la mesa.
El cuaderno de Charlie sin una sola línea nueva.
El ruido, afuera.
Ellos, dentro.

Y la flor que nadie cuidaba en el jarrón polvoriento de la biblioteca…

…floreció.

Nadie supo cómo. Nadie supo cuándo.

Pero floreció.

 

Notes:

“Alguien que puede estar en silencio contigo sin incomodidad es alguien que realmente te entiende.” —Anónimo

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