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El Bosque donde nadie llega

Summary:

Una caminata sin destino, dos almas que no saben volver, y lo que se encuentra cuando no se busca redención.

Notes:

https://www.youtube.com/watch?v=COJl8GYPzNM&ab_channel=Lysander-Topic

(See the end of the work for more notes.)

Work Text:

Decían que aquel bosque no tenía salida.

No porque estuviera encantado —el infierno no necesita magia para enredarte— sino porque se expandía en espiral. Cada vez que creías encontrar el camino de vuelta, algo cambiaba. Un árbol se movía. La niebla bajaba. Las raíces crecían donde antes no había nada.

Charlie no lo sabía cuando entró.

Solo había seguido un susurro de aire fresco. Una sensación. Una intuición. De esas que no vienen del pensamiento, sino de las entrañas. Sentía que si no salía del hotel, iba a partirse por dentro.

Llevaba dos horas caminando. Tal vez más.

El suelo era rojo oscuro, cubierto de hojas secas que parecían oxidarse al contacto. El aire olía a humedad vieja, a madera rota. Pero no era desagradable. Era... honesto. Como un lugar que no prometía nada.

Ella no temía perderse.

No todavía.

Y entonces, lo escuchó.

No pasos. No palabras.

La estática.

Su cuerpo se tensó. No por miedo, sino por costumbre. Porque Alastor tenía una forma de aparecer en los sitios como si siempre hubiera estado allí.

—Creí que odiabas los árboles —dijo sin volverse.

—Odio lo que esconden —respondió él.

La voz vino de detrás. Muy cerca. Más de lo necesario.

Charlie giró. Y ahí estaba.

Impecable, como siempre. Con su abrigo a rayas, su sonrisa más contenida de lo habitual, y esa forma de mirar que no era mirar: era diseccionar.

—¿Me seguiste? —preguntó.

—No. —Pausa—. Me encontré siguiéndote.

Ella frunció el ceño.

—Eso no es distinto.

—Lo es si no lo planeé.

Charlie se cruzó de brazos. El viento movía su coleta, dejando escapar mechones que se pegaban a su mejilla enrojecida por el aire. Parecía cansada. Pero no de caminar.

—¿Por qué estás aquí, Al?

Él miró alrededor. El bosque parecía observarlos. Como si tuviera oídos.

—No lo sé aún. —Sonrió sin dientes—. Quizás vine a perderme contigo.

Siguieron caminando sin dirección. No hablaron durante un rato. No hacía falta. Cada paso hundía las botas en un suelo que parecía blando, como si respirara. Los árboles crujían muy por encima, pero no dejaban caer nada. La luz era tenue. Falsa.

—Este lugar está mal hecho —dijo Charlie.

—¿Comparado con qué?

Ella se encogió de hombros.

—Con los lugares que extraño. Aunque no los haya vivido nunca.

Alastor asintió lentamente.

—El bosque no te da lo que quieres —dijo—. Solo lo que aún no sabes que buscas.

Charlie se detuvo.

—¿Y tú qué buscas?

Él la miró.

No como antes. No con su expresión usual de juego o burla. La miró como si acabara de ver algo que llevaba años evitando.

—Una razón para no volver.

El silencio que siguió no fue incómodo. Fue grave.

Charlie avanzó dos pasos. Se sentó sobre una roca negra, desgastada. Alastor no se sentó, pero se apoyó en un árbol cercano. Sus sombras se tocaron, aún si ellos no lo hacían.

—¿Qué hay en ti que aún no pueda tocar? —preguntó ella.

—Todo lo que aún me sostiene —respondió él.

—¿Y si yo no quiero derrumbarte?

—Eso da más miedo.

El bosque exhaló una ráfaga suave. Las ramas crujieron. La niebla bajó, como si quisiera cubrirlos, esconderlos del mundo.

Charlie se inclinó hacia adelante. Juntó las manos entre las rodillas. Miró el suelo. Luego lo miró a él.

—No quiero que esto sea redención. Ni propósito. Ni destino. Quiero que sea… aquí .  Ahora.

Alastor no respondió.

Pero se sentó a su lado.

No se tocaron.
No se miraron.

Solo respiraron el mismo aire, bajo los árboles que no recordaban sus nombres.

Y por un momento —un momento muy pequeño, y muy verdadero— el bosque no los quiso devolver.

El silencio del bosque no era vacío.
Era denso.
Vibrante.
Casi cálido.

Charlie se inclinó hacia atrás, apoyando las palmas en la roca. Alastor estaba a su izquierda, con las piernas cruzadas de forma elegante, sus manos sobre las rodillas, el bastón ausente por primera vez en años.

Parecía... quieto. No dormido, no relajado. Quieto como un secreto bien guardado.

—Si no supiera quién eres —murmuró Charlie, sin mirarlo— diría que estás cómodo.

—Si no supiera quién eres —replicó él, casi con una sonrisa— diría que estás tratando de hacerme hablar.

—¿Y si sólo quiero estar contigo?

La frase quedó ahí. Suspendida. Ligera. Pero también cargada. Como una cuerda floja entre dos torres.

Alastor giró la cabeza. No abruptamente. Con una lentitud que parecía medida al milímetro. Su mirada no era como antes. No inquisitiva. No burlona. Era... vulnerable.

Y eso la hizo contener la respiración.

—¿Conmigo? —repitió—. ¿O con la versión que haces de mí para poder quererme sin destruirte?

Charlie lo pensó. No mucho. No necesitaba.

—Con lo que me permites ver —dijo—. Porque aunque duela… eso ya es más de lo que la mayoría da.

Él la miró en silencio.

Y por primera vez, no supo qué responder.

Las hojas crujieron a lo lejos. No era peligro. Solo el bosque recordándoles que seguía allí. Que los estaba mirando. Que les daba tregua... por ahora.

—Siempre supe que ibas a ser un problema para mí —confesó Alastor—. Pero no imaginé que iba a ser uno que no puedo resolver.

Charlie sonrió, sin quitarle los ojos de encima.

—No estoy aquí para ser resuelta.

—No. —Su voz bajó— Estás aquí para arruinarme con belleza. Y lo estás logrando.

Ella no dijo nada. Sólo se inclinó hacia él. No lo suficiente para tocarlo. Sólo lo justo para acercar el calor.

—¿Eso te asusta? —susurró.

—No —respondió—. Pero me está cambiando. Y no sé si quiero eso.

—¿Por qué?

—Porque si cambio por ti… todo lo que era antes deja de tener sentido.

Ella bajó la cabeza. Se mordió el labio. Luego levantó la mirada, y su voz salió baja, firme.

—Entonces quédate así.  Pero deja que yo me acerque.

Y esta vez sí lo hizo.

Lenta, precisa, se inclinó hasta que sus frentes casi se rozaban. El aliento de él era como ozono y fuego. El de ella, como azúcar quemada.

Alastor no se alejó. No sonrió. No dijo nada.

Solo la dejó estar ahí. Justo en ese punto donde los labios casi se tocan, pero no se atreven.

—¿Por qué no lo haces? —preguntó Charlie, sin moverse.

—Porque si te beso —dijo Alastor, con voz quebrada— ya no voy a poder fingir que esto no importa.

Y esa, para él, era una sentencia.

Charlie cerró los ojos. Se mantuvo quieta. No por miedo. Sino porque entendía el peso de lo que no ocurrió.

Y eso —eso también era intimidad.

Después de un momento, se separó apenas. Lo suficiente para mirarlo.

—No te pedí que lo hicieras.

—Pero lo quisiste —dijo él.

—Sí.

—Y aún así me perdonas.

—Siempre.

Alastor tragó saliva. Un acto humano, otra vez.

—Odio lo mucho que eso me duele.

Charlie alargó la mano. La apoyó sobre la suya. Esta vez, él no esperó. Cerró los dedos sobre los suyos, con fuerza. Con necesidad.

No se besaron.
No se prometieron.
No se salvaron.

Pero el bosque los dejó ir.

No porque supieran el camino.
Sino porque, al fin, habían dejado de huir.

 

Notes:

“La vulnerabilidad es la esencia de la conexión y la conexión es la esencia de la existencia”. —Leo Cristóbal ​

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