Chapter Text
Katsuki pasa los dedos entre el cabello rizado, acariciando los mechones peliverdes sin prisa, dejando que se enreden entre sus nudillos. Lo hace con cuidado, como si tocara algo frágil, algo que podría romperse con un movimiento brusco. No importa que la posición sea incómoda para su pierna; aún se está acostumbrando a ciertos movimientos con la prótesis, y aunque ya no tiene mayores problemas, estar hincado más de media hora sería cansado para cualquiera. Héroe o no.
Mierda, ya no tiene quince años.
Pero se niega a moverse. Ni siquiera lo piensa.
Tiene a Deku durmiendo entre sus brazos, los músculos relajados después del colapso emocional que lo dejó vacío. El frío de la madrugada junto con la nieve de enero le quema las mejillas, tiñéndolas de un rojo que no tiene nada que ver con la vergüenza. Sabe que lo más sensato es entrar, cubrirse, dejar que ambos descansen en una posición más cómoda después de la semana tan larga que han tenido. Pero no puede hacerlo. No todavía.
Siente la respiración de Izuku en la curvatura de su cuello, cálida y entrecortada, como si todavía quedaran restos del llanto en sus pulmones. Ese sonido leve, casi imperceptible, le rompe el corazón. No quiere moverlo por miedo a despertarlo.
No soportaría volver a verlo llorar.
Y con ese simple pensamiento Katsuki sabe que está perdido.
Porque carajo, ni siquiera le importa que todo su peso esté encima de él, o que el maldito traje de metal del hermano de Iida se le esté clavando en las costillas. Podría quedarse así toda la noche si eso significara que Izuku seguiría durmiendo tranquilo, que dejaría de cargar el mundo en los hombros por un rato. Solo quiere permanecer así un poco más.
Un poco más.
¿Pero qué es un poco más?
Un minuto. Una hora. Una vida. No lo sabe.
Hasta hace apenas unos meses su vida era simple, perfectamente funcional. Tenía rutinas, horarios, estabilidad. Todo estaba en orden, y ese orden lo mantenía progresando. Había aprendido a no pensar demasiado en Deku, más allá de un par de veces por semana. Aprendió a convivir con su ausencia y se permitía recordarlo solo de vez en cuando; en los silencios de las madrugadas, o en esos sueños difusos que tenían lugar después de una misión de rescate fallida.
Porque claro que pensaba en él.
Sería una maldita mentira negarlo. Nunca pudo sacarlo de su cabeza.
A veces los recuerdos llegaban sin aviso. La imagen de un niño torpe siguiéndolo por las calles, la voz emocionada gritando un apodo infantil, el brillo verde que siempre lo perseguía incluso cuando cerraba los ojos. Lo odiaba.
Odiaba cómo Izuku lograba colarse en cada rincón de su memoria, cómo lo hacía sentir pequeño, vulnerable, insuficiente. Por eso lo reprimió, lo enterró debajo de entrenamiento, victorias y reconocimientos. Era más fácil fingir que lo había superado.
Y, durante un tiempo, lo logró.
Deku fue el principal motivo por el que a Katsuki le gustaba fingir que su vida antes de la U.A. no existía. En sus primeros años como héroe profesional —cuando la agencia lo obligaba a asistir a las entrevistas— llegó al punto de evadir cada una de las preguntas a cerca de su infancia, excusándose con un gesto despectivo y saltando a la siguiente pregunta.
Cada momento antes de la preparatoria estaba distorsionada bajo el recuerdo de Deku, el murmullo de su admiración ciega.
No lo soportaba
No quería recordar.
Hasta que tuvo lugar una batalla en su segundo año después del debut.
Actuó de forma arrogante, se crecía superior a los demás y eso casi le cuesta la vida. No es algo de lo que se sienta orgulloso, pero ese momento en su carrera fue el shock que necesitaba para abrir los ojos de una vez por todas, el casi morir le hizo tener una claridad aterradora de las cosas, y no le gustaba la imagen.
En retrospectiva, aceptar que lo que sentía no era odio sino miedo —miedo a no cumplir jamás esas malditas expectativas— fue el paso más difícil de su vida. El orgullo siempre fue su peor enemigo. No estaba exactamente seguro sobre que hacer con toda la vergüenza y culpa que sentía, eran emociones totalmente nuevas y el surgimiento de todo el remordimiento que llevaba años negando empezó a ahogarlo.
Aceptarlo era un inicio, pero no se sentía listo para enfrentarlo y cuando maduró lo suficiente para hacer algo al respecto, ya era demasiado tarde.
Para entonces, Dynamight ya era un héroe reconocido, su rostro estaba en todas partes, y la distancia entre ellos se había vuelto un silencio imposible de llenar, llevaba años sin saber nada del peliverde. Pensó en contactarlo, pero como Izuku nunca había intentado volver a aparecer en su vida lo entendió. No necesitaba decirle nada. Izuku había hecho lo correcto: seguir adelante y Katsuki no tenía derecho a irrumpir en su vida otra vez, no después de todo.
De nada sirven las disculpas cuando solo buscan limpiar la propia culpa.
Así que se resignó a vivir con ese peso, con esa punzada constante que nunca desapareció del todo.
Entonces, sucedió un segundo accidente que volvió a cambiar su vida y lo volvió a ver.
El día en que Izuku cruzó esa puerta, Katsuki sintió que el tiempo se detuvo. Había pasado una década, y el cambio era tan radical que, por un segundo, ni siquiera lo reconoció; pero cuando lo hizo, el aire escapó de sus pulmones. Los ojos esmeraldas que le devolvían la mirada estaban llenos de intensidad, parpadeando entre la determinación, cansancio y poder.
Culpa, remordimiento, rabia, vergüenza, alivio. Todas las emociones se arremolinaron en su pecho dejándolo abrumado.
Durante diez años, pensó que lo tenía todo. Una carrera sólida, reconocimiento, su nombre en los titulares, su rostro en los noticieros. Siempre apuntó a la cima y estaba tan cerca de lograrlo, una vida perfectamente construida sobre las ruinas de lo que alguna vez fue un mocoso arrogante. Todo brillaba. Todo parecía encajar.
Y entonces, todo ocurrió.
Izuku volvió.
Y ese simple hecho bastó para que Katsuki entendiera —sin necesidad de palabras— que su vida, esa en la creía estar brillando, podía ser incluso más deslumbrante.
La sensación era nueva.
Como descubrir que el mundo que creías conocer siempre estuvo cubierto por una neblina. Que lo que veías, lo que tocabas, lo que dabas por sentado, no era más que una figura distorsionada tras un cristal empañado. Y entonces, sin aviso, el sol sale, La calidez se cuela por las rendijas, disipa el frío, ves todo con claridad: los contornos, los matices, los colores que antes ignorabas.
Izuku devolvió esa nitidez.
Solo existiendo. Solo acompañándolo.
De repente, todo pareció tener sentido. Katsuki se dio cuenta de que llevaba años funcionando en automático, moviéndose de misión en misión, de logro en logro, sin detenerse a mirar realmente lo que tenía delante. Izuku lo había sacado del estupor del que ni siquiera sabía que estaba atrapado. Podría haber pasado toda una vida sin volver a verlo, sí. Habría seguido siendo un buen héroe, un hombre satisfecho, alguien que logró cumplir cada una de sus metas.
Pero ahora sabe con certeza que puede aspirar a más.
Algo más humano. Más complejo.
Amor.
Por eso lo sostiene con delicadeza entre sus brazos. Entiende que Deku lleva demasiado tiempo siendo lo que el mundo espera de él; un médico, un salvador, una figura con todas las respuestas, que siempre da, que siempre cede, que siempre se sacrifica. Entiende el peso de la culpa sobre uno mismo, lo que duele creer que todo recae sobre los propios hombros, lo que significa vivir con la idea constante de que podías haber hecho las cosas de forma diferente.
Katsuki lo entiende mejor que nadie, y entiende también lo fácil que sería dejarse caer, cerrar los ojos y rendirse al cansancio, dejar que todo siga su curso, que la respiración se apague en un suspiro y todo se disuelva en el silencio. Sabe lo tentador que resulta cuando el cuerpo está agotado y la mente, saturada, ruega por paz.
Así que no quiere soltarlo.
—Tienes que despertar —murmura con voz ronca, un tono que intenta sonar firme, aunque fallando en el intento. Sus dedos, toscos y fríos, se deslizan con una delicadeza casi antinatural entre los rizos desordenados de Izuku—. No puedo cargarte aún, nos caeremos.
Lo dice con sinceridad. Su cuerpo está al límite. Los músculos le arden, las rodillas le tiemblan por la tensión constante, y siente la nieve filtrarse por los bordes de su ropa, pegándose a la piel. Tal vez en otras circunstancias, con el cuerpo descansado y el aire menos gélido, podría hacerlo; pero ahora sería estúpido intentar levantarlo. Las piernas no le responderían, y ambos terminarían hundidos en la nieve. Entiende sus nuevas limitaciones, aún luchando por aceptarlas.
Pasa los dedos por las mejillas de Izuku, limpiando los restos de lágrimas que se han mezclado con los copos de nieve . El contacto es breve, delicado. Se toma un instante para contornear con la yema de los dedos la línea de sus pómulos, los labios agrietados, el temblor leve que acompaña a cada respiración irregular. Lo hace sin pensarlo demasiado, guiado por un impulso que no puede contener. Izuku se mueve ligeramente, buscando refugio de manera instintiva, acurrucándose más cerca del espacio donde el cuello de Katsuki se encuentra con su hombro, como si la calidez que desprende fuera el único motivo que le impide caer del todo en la inconsciencia.
Murmura algo ininteligible, un conjunto de sonidos que se pierden en la piel ajena, en el vapor tenue de su aliento. Luego, un par de manos temblorosas se aferran con fuerza al abrigo del rubio, como si temiera que soltarlo significara desaparecer.
—Hablo en serio, Zuku —gruñe Katsuki, moviendo con insistencia el hombro—. Despierta ya, idiota.
—Un minuto más —susurra Izuku, con la voz débil y arrastrada, apenas audible.
—No hemos sobrevivido a esos malditos villanos para morirnos de una maldita hipotermia —responde con un irritación que intenta disimular la ternura que siente—. Hora de despertar. Puedes seguir durmiendo una vez que entremos.
Sin mucha paciencia, toma un mechón del cabello peliverde y lo jala con suavidad hacia atrás.
El quejido ahogado que recibe como respuesta le saca un resoplido casi divertido. Pero cuando Izuku abre los ojos, lo que ve en ellos hace que su corazón se acelere. Por primera vez en años se encuentra con una calidez desarmante, con el brillo de quien todavía cree en la esperanza, a pesar de las adversidades del mundo. En esa mirada, entre seguridad y amor, Katsuki alcanza a ver al Izuku de sus recuerdos, sin mascara de por medio, dejando ver sus emociones con claridad, sin temor.
—Kacchan no dejaría que eso pasara —es una afirmación, por un momento, lo sonroja.
Su apodo, vuelto a ser pronunciado por los labios de Izuku lo congelan, y antes de que Katsuki pueda formular una réplica ingeniosa, o formular cualquier tipo de oración, el peliverde se incorpora con lentitud. El traje de metal le da un aire extraño, discordante en medio de tanta nieve, pero aún con los movimientos rígidos y el temblor evidente, se mueve con la familiar determinación de quien se ha negado a rendirse. Extiende una mano hacia él.
—¿Entramos?
La toma sin dudar.
El trayecto hasta la entrada de la casa es corto, pero cada paso se siente igual de importante. La nieve cede bajo sus botas con un crujido sordo. Katsuki siente cómo el aire helado le corta la piel expuesta, mientras la neblina del aliento de ambos se entrelaza en el aire. Izuku no lo suelta en todo el camino.
La casa se alza frente a ellos como un refugio. Una construcción tradicional japonesa, de madera oscura, con tejados curvados y faroles encendidos que proyectan un resplandor cálido sobre la nieve. El viento hace titilar las campanillas colgadas en el alero, un sonido tenue pero constante, que contrasta con el crujir de la escarcha bajo sus pies.
Al cruzar el umbral, el contraste del calor interior los golpea de inmediato. La calidez casi abruma después del frío cortante del exterior, haciendo que el aire húmedo les nuble momentáneamente la vista. Nueve pares de ojos se giran hacia ellos, y durante un segundo, el silencio se instala. Hay sorpresa, curiosidad y un deje de alivio en las miradas que los reciben.
Mina, sentada al lado de Kirishima, parece a punto de saltar de su lugar, los ojos brillando con emoción contenida. Alterna la mirada entre las manos entrelazadas y el rostro de Katsuki, con una sonrisa que amenaza con escapar en cualquier momento. Su prometido, sin embargo, le pone una mano firme en el hombro, negando con un gesto casi imperceptible.
Y entonces, el sonido que rompe el silencio no es otro que un grito agudo.
—¡Mirio! —exclama Izuku, con una voz que de inmediato parece recuperar vida.
Por un instante, su expresión se ilumina. Parece debatirse entre correr hacia su viejo amigo o quedarse junto a Katsuki, alternando una mirada entre ambos. Katsuki, deja ir su mano con un último apretón antes de soltarlo; a Izuku lo vence la emoción y da unos pasos rápidos hacia el otro héroe rubio.
El abrazo que intercambian es casi violento, una colisión desordenada de cuerpos y emociones que estallan en medio del cansancio general de la sala. Las risas nerviosas se cortan a medias por el ahogo de la sensación de alivio. Nejire no tarda ni un segundo en abalanzarse sobre ambos, enredando los brazos alrededor de ellos con una calidez casi maternal; su energía rebosa por todos lados, no se conforma con abrazarlos, sino que también desordena el cabello de Izuku con una efusividad casi salvaje. Tamaki, situado un poco más atrás, observa con la sombra de una sonrisa en los labios, creando un contraste silencioso con el caos afectivo que se desarrolla a centímetros de él.
Katsuki los observa desde una distancia prudente, dándoles espacio. Mantiene las manos hundidas en los bolsillos del abrigo, aún sintiendo en la piel el eco del contacto reciente con Izuku; ese toque fantasmal sigue ahí, persistente, quemando. No quiere interrumpir el momento, no quiere atravesar la línea de intimidad que los otros han creado alrededor de Izuku como un escudo temporal. Sin embargo, una parte suya anhela volver a tenerlo entre los brazos, un instante más. Aún así, a pesar de la punzada de celos que le presiona la boca del estómago, agradece ver al peliverde sonreír de nuevo. Sin cargas, sin la oscuridad que lo ha seguido desde que volvieron a reencontrarse. Sin máscaras.
Esa imagen, tan simple y luminosa, le resulta casi insoportable.
—¿Qué hacen aquí? —pregunta Izuku por fin, todavía con la respiración algo inestable.
—Escuchamos que necesitabas un poco de ayuda —responde Nejire, guiñando un ojo hacía Katsuki con descaro.
Izuku lo mira entonces, con los ojos rebosantes de un agradecimiento tan puro que se clava en su corazón. Katsuki se aclara la garganta, intentando borrar cualquier rastro de nerviosismo de su rostro, y fallando de forma innegable. De reojo, alcanza a ver a Shinsou escondiendo una carcajada detrás de esa maldita bufanda de captura, como si fuera la cosa más graciosa del mundo. Mina, Kirishima y Sero tampoco se ven muy distintos; los tres intentando disimular las risas con una tos ridículamente artificial. Por alguna razón, os únicos que parecen mantener la compostura son Tokoyami y sorprendentemente Uraraka.
—Pensé que estaban en una misión fuera del país —Izuku parpadea, confundido.
—Las cosas cambiaron —Mirio responde, con más seriedad de la usual.
El ambiente de la habitación cambia, coincidiendo con el clima de afuera. La tensión se instala sin pedir permiso.
—Las personas no esenciales deberían retirarse —carraspea Sero, rompiendo el silencio—. Cada uno conoce su misión. Mañana será un día clave para la operación
A partir de ahí, todo ocurre con demasiada prisa. Uraraka y Mina prácticamente arrastran a Izuku hacia una habitación contigua para quitarle el estúpido traje de Ingenium, entre regaños y críticas por quitarse el casco para que la nieve se filtrara por dentro, junto a un interrogatorio de su ubicación. En el alboroto, Shinsou, Tokoyami y Sero aprovechan para escabullirse hacia una esquina oscura de la sala, hablando en susurros rápidos sobre los últimos detalles del próximo movimiento.
—Hey, hermano —empieza Kirishima, con un tono lo bastante firme para que Katsuki entienda que no es una charla casual—. Aún estás de baja temporal, no lo olvides. Pero cuando la Comisión note la ausencia de Midoriya, serás el primero al que llamen.
—No tienes que recordármelo, mierda —responde en un susurro irritado, demasiado cansado para discutir.
Su mirada sigue a la figura de Mirio y el dúo de idiotas que le acompañan mientras cruzan el pasillo rumbo al jardín, moviéndose listos para iniciar su parte.
—Nos turnaremos para cuidarlo mientras tanto —sigue Kirishima, intentando sonar tranquilo—, pero Mina es la única con servicio de campo inactivo. Ella se quedará todo el tiempo a su lado.
—No me tendrán por más de 72 horas, cabello de mierda.
—Aceptar un interrogatorio voluntario es arriesgado —Kirishima se mueve inquieto—. Sigo creyendo que no es la mejor opción.
—Es la opción más rápida —Katsuki repite, harto de la misma discusión con la que llevan días.
—Si, pero no creo...
—Necesito estar a su lado —lo corta con dureza—. Denki está herido por intentar protegerlo. Y Mina puede ser una gran heroína, pero ahora mismo debe priorizar su jodida salud.
—¡No eres mi jefe, no puedes darme ordenes!
Una voz chillona junto a un maletín que golpea sus costillas fuerza detienen la conversación. Mina, a pesar de ser más baja posee una fuerza sorprendente. La pelirosa parece lista para lanzarse encima de Katsuki por intentar tratarla con delicadeza. Kirishima por suerte, reacciona rápido y la sostiene por la cintura antes de que pueda saltar sobre su yugular.
—Está un poco sensible —Uraraka explica, palmeando el hombro de Katsuki con una chispa de diversión—. Llevaré a Shinsou-kun y a Tokoyami-kun a sus posiciones en la ciudad.
Katsuki asiente con la cabeza.
—También intentaré pasar por aquí todas las veces que pueda —lo tranquiliza—. Ambos estarán bien, yo me encargo.
—Gracias, mejillas.
Cuando las voces del equipo se desvanecen por completo, la casa se vuelve silenciosa de una manera que resulta casi ofensiva. Katsuki respira hondo, tratando de estabilizar el pulso que aún siente acelerado por debajo de las costillas. Se obliga a caminar hacia la habitación donde Izuku está, avanzando despacio, escuchando cada crujido leve del piso como una cuenta regresiva.
No está listo para despedirse.
*
A lo largo de su vida, Izuku ha desarrollado una habilidad que no sabe si considerar un don o un recordatorio constante de sus traumas: la capacidad de identificar cuándo alguien está ocultando algo.
No puede explicarlo con precisión, es como la suma de pequeños gestos inconscientes, microexpresiones; la tensión en los hombros, respiraciones controladas, pausas al hablar, movimientos demasiado lentos o medidos. Señales diminutas que para cualquier otra persona pasarían desapercibidos, pero que su mente registra de forma automática. Su terapeuta le dijo una vez que esa hipervigilancia había nacido del hecho de vivir tanto tiempo incapaz de bajar la guardia y quizá tenga razón. Pero por más que sea agotador, es una habilidad demasiado útil como para querer desprenderse de ella.
Como médico, reconocer mentiras es crucial. Saber cuándo un paciente oculta un síntoma, cuándo minimiza su dolor, cuándo pretende seguir indicaciones que claramente no cumple. Le permite salvar vidas, prevenir complicaciones, intervenir antes de tiempo. Pero la verdad es que vivir así —con el cerebro funcionando como un radar incesante, analizando hasta el parpadeo más inocente— es agotador. Lo ha sido desde siempre. Nunca se ha permitido relajarse del todo. La última vez que lo hizo, las cosas no terminaron bien.
Es un mecanismo de supervivencia, uno que lo mantiene a salvo.
No quiere apagarlo
Por eso lo percibe en cuanto Katsuki entra a la habitación. No sabe qué es, no puede descifrar qué cambió en esos pocos minutos desde que se separaron. Pero el modo en que Katsuki mantiene los hombros, tan tensos que parecen hechos de piedra, no miente. Nada en él miente, no para Izuku. Por eso el corazón se le encoge apenas lo ve.
—¿Kacchan?
Su voz sale baja, cansada, apenas un hilo que busca una explicación. Ha sido una noche larga, interminable, pesada, y por la ventana puede ver cómo el cielo empieza a aclararse, como si incluso el amanecer dudara en aparecer. Pero no recibe una respuesta. No con palabras.
En su lugar, Katsuki cruza la distancia en tres zancadas largas y lo besa. No es como los otros besos que han compartido, esos que nacieron de la desesperación, de la adrenalina del momento. Ese beso es distinto: lento, profundo, cargado de un anhelo que se siente antiguo, casi doloroso. Hay una necesidad cruda en la forma en que los labios de Katsuki se mueven sobre los suyos, como si intentara memorizarlo, grabarlo, guardarlo en algún sitio al que sabe que no podrá volver tan fácilmente.
Las manos de Katsuki se posan con un cariño inesperado sobre sus mejillas, acariciando la piel sensible donde hace apenas una hora habían caído lágrimas. El gesto es tan suave, tan lleno de cuidado, que se siente peligrosamente similar a una despedida. Izuku reconoce ese matiz y, sin embargo, no tiene fuerzas para preguntar. No quiere, no ahora. En su lugar, responde al beso con el mismo sentimiento.
Amor.
Está cansado de fingir que no lo ama. Cansado de negar algo que siempre estuvo ahí, incluso cuando intentó negarlo durante años. Reprimirlo solo lo ha destruido por dentro y no quiere hacerlo más. Sus dedos se enredan en el abrigo que Katsuki aún lleva puesto, aferrándose con la misma fuerza con la que un náufrago se aferra a un salvavidas. No quiere dejarlo ir.
No puede.
—Te amo.
Las palabras, susurradas contra sus labios, son dichas sin romper el beso por completo.
—Kacchan...
—Te amo —repite Katsuki, con la voz desgarrada.
Izuku cierra los ojos, apoyando su frente contra la de Kacchan, respirando en el mismo pequeño espacio compartido. Se encuentra frente a un dilema imposible. Lo ama. Lo ama como nunca podrá amar a otra persona. No quiere que se separen nunca más. No quiere perderlo. No quiere que esas palabras —esas palabras que ha esperado toda una vida escuchar— sean el preludio de un adiós.
Pero lo son. Lo sabe. Y por eso duelen tanto.
—Te amo —vuelve a decir, esta vez la oración se rompe en la última silaba.
Son, definitivamente, las palabras más dolorosas que jamás le han dicho.
El corazón de Izuku late tan fuerte en su pecho que casi no puede respirar. Tira de Katsuki hacia él, sellando un nuevo beso con la urgencia de alguien que intenta detener el tiempo. Lo devora con hambre, mordiendo su labio inferior con fuerza antes de lamer la zona, suavizando la quemadura. Quiere imprimir su existencia en él. Quiere que lo recuerde.
—Zuku —el gemido de su nombre suena como súplica desgarrada.
¿Para detenerse?
¿Continuar?
Katsuki es brillante. Siempre lo ha sido. Izuku sabe exactamente que está intentando detenerlo, razonar, frenarlo. Pero no se lo permite. No ahora.
Con una determinación feroz, profundiza el beso hasta que su lengua invade la boca del rubio sin pedir permiso. Lo besa sin piedad, sin darle respiro, explorándolo con una desesperación que en cualquier otra circunstancia lo avergonzaría. Se embriaga del sabor de Katsuki, del aroma a cereza quemada de su piel, de la calidez que irradia. Se queda sin aire, pero no le importa. No lo necesita. Solo necesita a Kacchan.
Sus manos temblorosas luchan con los botones del abrigo, torpes por la urgencia, hasta que la frustración finalmente gana y decide arrancarlo. Los botones salen disparados y el sonido al golpearse contra el piso de madera queda ahogado por el jadeo sorprendido —y deliciosamente afectado— de Katsuki.
Con una barrera menos entre ambos, Izuku baja los besos hasta su cuello. Lo recorre con labios, dientes y lengua, marcando el camino sin la más mínima delicadeza. Besando, mordiendo, succionando. Reclamándolo como suyo.
—Zuku —las manos de Katsuki se aferran a sus caderas, intentando detenerlo sin demasiada convicción—. Por favor.
Pero Izuku no se detiene. Aprovecha la distancia para tomar el dobladillo de su propio suéter y camisa, y se los quita de un solo tirón. Su torso queda expuesto, trabajado, definido, algunas cicatrices de su secuestro a la vista, pero lo que más llama la atención del rubio es el ligero camino de vello que baja hasta perderse bajo sus pantalones. Katsuki lo mira fijamente, sin pestañear. Sus pupilas se dilatan.
Izuku no espera una invitación. Se deja caer de rodillas frente a él.
La respiración de Katsuki se vuelve irregular, entrecortada, como si se le hubiera olvidado como respirar. Lo mira con adoración y deseo, una mezcla que lo motiva aún más. Los dedos callosos del rubio toman su mentón, obligándolo a alzar la cabeza.
Existe una clara lucha reflejada en sus ojos.
Perdido. Indefenso. No son palabras para describir al Gran Dios de las Explosiones Asesinas: Dynamight; pero ahí está, luchando sin saber qué hacer.
Izuku decide darle la oportunidad de detenerlo. Se mueve despacio. Muy despacio. Lleva las manos hasta la cremallera del pantalón de Katsuki y la baja con una lentitud casi exasperante. Lo mira directamente, sin apartar la vista de los ojos granate, atento a cualquier señal de rechazo. La prenda cae hasta la mitad de los muslos.
Katsuki no se mueve e Izuku Midoriya nunca se ha sentido tan poderoso como ahora, hincado entre las piernas del héroe, su amigo de la infancia. La vista desde abajo es perfecta. El poder recorre su columna, pero necesita más, no le basta con saber que es el motivo por el que el héroe se ve tan alterado.
Necesita verlo completamente destrozado.
Inclina la cabeza, sin perder el contacto visual y deja un beso sobre la ropa interior, justo donde la punta ya gotea. La escena es lascivia. Izuku es consciente de ello, pero eso no lo detiene de restregar su rostro por la erección de Katsuki, inhalando el aroma almizclado con fuerza.
—D... Z-Zuku... —Katsuki cierra los ojos, temblando.
Con la lengua, Izuku sigue el contorno del miembro a través de la tela, lento, detallado, provocador. Sus dedos juegan con el resorte, subiendo y bajando. Tentándolo.
—Di mi nombre —ordena, con la voz más ronca de lo habitual.
—Izuku.
El peliverde muerde con fuerza el muslo interior en reprimenda. Katsuki suelta una maldición ahogada, pero no se aparta. Su erección late frente a sus labios.
—Di mi nombre —repite, dejando un beso en el mismo punto.
—¡Mierda! —Katsuki gruñe, jalando el cabello verde con fuerza—. Ese es tu maldito nombre.
Izuku gime con la cabeza inclinada hacia atrás por el tirón, sintiendo el miembro adolorido dentro de sus propios pantalones. Le sonríe, ladeando los labios, y niega.
—Kacchan —la voz sale en un susurro sugestivo—. Di mi nombre.
Una luz de reconocimiento iluminan los ojos de Katsuki.
—Deku.
Izuku deja de jugar, baja la ropa interior de un jalón, abarcando toda la circunferencia del miembro con la boca. Un sonido profundo y grave nace en la parte posterior de la garganta de Katsuki.
Debe concentrarse en respirar a través de la nariz para evitar arcadas, mueve la cabeza de adelante hacia atrás, simulando embestidas e intenta relajar la mandíbula lo más que puede, hasta que después de unos minutos, logra que la cabeza roce hasta su garganta. Es un trabajo complicado, el pene es más grande de lo que alguna vez imaginó, así que con una mano se dedica a masturbar desde la base hasta lo que no logra abarcar su boca.
—¡Joder! — Katsuki cierra los ojos, enredando ambas manos entre los rizos verdes.
No se queja. Sentir como Kacchan utiliza su boca, cada vez con más intensidad, hace que empiece a lagrimear, pero no lo detiene. Acaricia la erección con la lengua, sintiendo cada una de las venas resaltadas y no se preocupa por la saliva que empieza a escurrir de sus labios. El sonido que llena el espacio es sensual, húmedo.
Le gusta. Katsuki tiene un sabor almizclado, profundo. El presemen tiene un matiz denso, rico, dulce y ácido a la vez, con toques ahumados; lo más probable es que se deba a su quirk, y aunque se muere por anotarlo en el viejo cuaderno que aún conserva, dedicado al don de Kacchan, en este momento no tiene espacio para pensar en cosas técnicas.
Solo puede concentrarse en la polla de Katsuki, golpeando una y otra vez el fondo de su garganta. Sin descanso. Su propia erección se encuentra necesitada, puede sentir el impulso moverlas en busca de cualquier tipo de fricción.
—¿Te gusta? —el gruñido ronco de Katsuki pregunta entre dientes.
El peliverde gime como única respuesta, provocando una vibración que hace temblar al héroe.
—¿Esto querías? Tu pequeña... —Izuku succiona con fuerza— ¡Carajo!
Unos ojos brillantes y rojos lo observan desde arriba. Es una batalla de voluntades. Siguen así por un tiempo, hasta que el peliverde empieza a sentir la articulación de la mandíbula cansada, de un modo menos placentero y más adolorido. Lo ha alargado lo suficiente, es hora de terminarlo.
Aprieta el muslo de Katsuki, una petición silenciosa para alejarse. El rubio, a pesar de estar desenfocado del presente, capta la idea y relaja las manos que lo sostienen por el cabello. Izuku, da unas bocanadas en busca de aire. Tiene los labios adoloridos, e incluso sin hablar, es consciente que su garganta no está mejor.
—Mierda, ¿Estas bien? —la voz preocupada de Katsuki le da un vuelco en el corazón.
Los mismos dedos que hace un momento se enterraban en sus rizos, ahora contornean sus pómulos, casi en forma de disculpa por la intensidad. Nunca ha estado más enamorado en su vida.
En su mirada, reconoce que Katsuki está dispuesto a detenerse e ignorar su propio placer para centrarse únicamente en él y su bienestar. Esa clase de atención, es algo con lo que siempre ha soñado, codiciado. Podría volver adicto a esa mirada.
Vuelve a sumergirse en el rubio, pero esta vez es diferente, se enfoca en la cabeza del pene. Primero presionando suavemente el frenillo con la lengua, disipando cualquier rastro de duda del semblante de Katsuki; después, lame en círculos la corona y termina succionando solo la punta. En esta ocasión, no se esfuerza en ir tan profundo, de todos modos la cabeza es la zona con mayor concentración de sensibilidad. Con la mano libre —la otra se aferra al héroe por la cadera— se encarga de acariciar los testículos, con delicadeza.
—¡Joder, voy a...!
No termina la oración. Katsuki apenas alcanza a inhalar con fuerza cuando Izuku vuelve a rozar su hendidura con la lengua, ignorando cualquier intento de apartarlo. La reacción es inmediata; un espasmo recorre todo el cuerpo del rubio, un gemido quebrado que le raspa la garganta, y luego el estallido. El sabor lo golpea con fuerza, caliente, intenso, embriagante. Lo sostiene con ambas manos mientras lo traga todo, cada gota, con desespero.
Katsuki pierde el equilibrio, sus rodillas ceden por un segundo. Izuku lo sujeta instintivamente por las caderas, manteniéndolo firme, guiándolo a través de cada estremecimiento mientras su respiración se rompe, volviéndose errática, vulnerable. Izuku no puede evitar correrse en sus propios pantalones, sin necesidad de tocarse.
En medio de su propia caída, levanta la vista y observa cómo los ojos nublados, casi vidriosos de Katsuki, vuelven poco a poco a enfocar. Lo ve regresar del abismo, desorientado, destrozado, hermoso. Con extremo cuidado, aún sosteniéndolo, lo ayuda a sentarse en la cama. Sabe que tal vez se excedió un poco, la pierna con la prótesis no responde del todo, inestable, un recordatorio cruel de como volvieron a reencontrarse. Katsuki se deja guiar, respirando con dificultad, con el pecho subiendo y bajando en oleadas irregulares.
Aunque no sabe nada de la vida sexual de Katsuki, está de más deducir que al menos desde el accidente no ha permitido que nadie lo tocara. Y, por la forma en que se derrumbó en sus manos, incluso lleva meses. Tal vez más.
Él no está mejor. No recuerda cuando fue la última vez que tuvo un orgasmo sin la necesidad de ponerse un dedo encima, como un adolescente. Debería sentirse avergonzado, pero no se arrepiente. Siente las manos de Katsuki atraerlo hacía él, lo rodea por la cintura y dibuja círculos suaves en su piel.
Es egoísta. No hay otro modo de describir el intento desesperado por mantener a Katsuki a su lado.
Se quedan así un momento, recostados uno junto al otro sobre las sábanas. Izuku siente el temblor residual que aún recorre el cuerpo de Katsuki, y Katsuki puede sentir cómo Izuku lucha por mantener las lágrimas de nuevo.
El silencio solo es roto por el lamento de Katsuki.
—Te amo.
Izuku cierra los ojos. El peso emocional de esas palabras lo golpean sin piedad. No quiere llorar. No ahora.
—Quédate... —su voz se quiebra—. Kacchan, quédate
No le importa suplicar. Esconde el rostro en la camisa de Katsuki como si pudiera desaparecer dentro de él, como si pudiera mantenerlo a su lado, para siempre.
Katsuki lo envuelve entre sus brazos, firme pero dulce.
—Volveré —susurra contra su cabello—. Lo prometo
El beso que le da entonces es un pacto.
Los dedos alargados de Katsuki recorren su abdomen, delineando cada zona para recordarlo. Pasa por cada peca, cada marca, cada curva, tocándolo con un amor tan palpable que Izuku teme que su corazón no pueda soportarlo. Quiere abrazarlo con fuerza, ser aún más egoísta y retenerlo aunque el mundo se derrumbe a su alrededor. Pero no puede. No debe. Hay un plan del que no sabe nada y Kacchan jamás se alejaría sin una razón.
El cansancio acumulado de toda la semana lo alcanza sin avisar, como una ola que por fin lo derriba. No quiere dormir. No quiere cerrar los ojos y despertar con el hueco de Kacchan frío a su lado, ver que se ha ido. Pero Katsuki acaricia su cabello con una ternura que desarma cualquier intento de resistencia, tarareando una melodía suave que Izuku reconoce vagamente de la infancia, aunque ahora suena distinta, más triste.
Su respiración se vuelve profunda. Sus párpados ceden.
Se rinde al sueño antes de poder frenarlo.
Cuando vuelve a parpadear, el sol entra directo por las ventanas. Los rayos de luz lo hacen sentir desorientado, no ha dormido lo suficiente y tarda unos segundos en recordarlo todo. El olor a dulce quemado lo envuelve en forma de un abrigo puesto sobre su cuerpo, como un último abrazo dejado a propósito.
—Tenemos que empezar a movernos —la voz femenina retumba con impaciencia detrás de la puerta—. Despierta.
*
Lo primero que sucede cuando Katsuki Bakugo —Dynamight para la prensa, el próximo dolor de cabeza para la Comisión— cruza la entrada principal del edificio es que ni siquiera le permiten avanzar más de diez pasos. Dos héroes que apenas logra reconocer, con expresiones completamente rígidas lo esposan y empiezan a escoltarlo sin decir una palabra, girando por los pasillos a la mira de todos.
Lo llevan directo a las salas de interrogatorio,
Son idéntica a las que Katsuki ha utiliza decenas de veces a lo largo de su carrera. Habitaciones de apariencia simple: paredes grises, una mesa metálica atornillada al suelo, dos sillas incómodas, un reloj que hace demasiado ruido con el correr de las manecillas. Pero Katsuki conoce cada rincón y cada secreto. Sabe que ese cristal de doble vista incrustado junto a la puerta no es solo para observar; está diseñado para controlar condiciones de contención en caso de que un quirk se active.
Es un cuarto disfrazado de neutralidad, construido para soportar la peor versión de cualquiera.
Incluida la suya.
El acero reforzado puede resistir explosiones equivalentes a cargas de granadas militares. Las paredes fueron diseñadas específicamente para lidiar con los tres grandes tipos de quirks: emisores, transformadores y mutantes. Nada puede atravesarlas. Nada puede romperlas. Nada puede salir sin permiso.
Una precaución ingeniosa, en teoría.
Es un insulto para lo que tiene planeado.
Katsuki no permite dejar salir ninguna señar de nerviosismo. Ha pasado por esto desde ambos lados de la mesa, gracias a su entrenamiento. Conoce los manuales, los trucos, los silencios planeados para ponerlo a sudar. Sabe que dejarlo esperando solo sirve para desgastarlo, para medir sus reacciones, y ver si se quiebra antes de alguien entre.
Así que se sienta. Relaja los hombros. Apoya las piernas sobre la mesa. Cuenta los segundos, identifica cómo la ventilación cambia cada diez minutos, cómo el sonido del pasillo se acentúa cada vez que pasa un guardia. Son detalles que cualquier otra persona ignoraría, él no.
Cuando la puerta finalmente se abre, Katsuki no se sorprende.
—Detective Tsukauchi —saluda, sin tensión. Se endereza en la silla y da un leve asentimiento.
El oficial responde de la misma forma antes de tomar asiento frente a él. Hay respeto entre ambos, pero también algo parecido a resignación. El detective no es idiota. Lo conoce. Sabe con quién estará tratando por las siguientes horas.
—Dynamight —dice con tono inocuo—. ¿Conoces tus derechos?
Katsuki afirma con la cabeza, los ojos granate sin parpadear.
—¿Quieres un abogado?
—No.
Tsukauchi frunce el ceño. Una mínima reacción de resignación. Como si ya esperara esa respuesta de parte de Katsuki.
—Pareces muy tranquilo —observa el detective—. Supongo que ya tienes una idea del motivo por el que estás aquí.
El rubio apoya los codos en la mesa, entrelaza los dedos lo mejor que puede con las esposas puestas e inclina levemente la cabeza.
—El caso del héroe Shoto —responde sin rodeos—. No hay otra jodida razón para que me llamen estando aún de baja médica.
El silencio es pesado. Medido. El hombre de mediana edad lo analiza con detenimiento, no con hostilidad, sino con el lenguaje corporal en busca de descifrarlo.
—Es correcto —dice el detective finalmente—. Estuviste presente cuando Shoto Todoroki fue secuestrado por la Liga de Villanos. ¿Cómo te sientes al respecto?
La pregunta suena casual, como lo que preguntaría un conocido preocupado. No lo es.
—¿Cómo espera que esté? —responde Katsuki, con un humor ácido que no alcanza a esconder su preocupación—. Es un jodido idiota, pero es uno de mis idiotas. Estudiamos juntos. Es un buen héroe. Y la única razón por la que se lo llevaron fue porque yo no estaba listo para regresar al campo.
—Por la herida del año pasado —completa Tsukauchi, observando cuidadosamente cada microgesto, en busca de una reacción.
Katsuki aprieta la mandíbula, pero no se inquieta.
—Todo el mundo sabe lo que me pasó —espeta.
Otro silencio. Más largo. Espeso. Katsuki puede escuchar su propio pulso, pero no porque esté alterado, sino por estar a la defensiva, listo para leer cada señal.
El detective suspira.
—Tengo algunas preguntas, sí estás dispuesto a responderlas.
—De acuerdo. Terminemos con esta mierda.
Tsukauchi asiente, acomodándose en la silla. Da una señal con la mano en dirección hacía el espejo de doble vista.
—Por ley, debo informarte —empieza con el tono monótono del protocolo— que mi quirk me permite detectar mentiras. Ya lo sabes. Y también sabes que el interrogatorio estará siendo grabado y cualquier discrepancia puede ser usada en tu contra si se presentan cargos.
Katsuki ladea la cabeza, con una sonrisa torcida.
—Podrían empezar diciéndome de qué coño se supone que me están acusando.
El hombre cruza las manos.
—El doctor Izuku Midoriya desapareció esta madrugada de las instalaciones de la Comisión. Y según nuestro reporte, eres una de las pocas personas con el conocimiento de que la Liga está ofreciendo un intercambio: él, por el héroe Shoto.
Katsuki no pestañea.
No respira más rápido.
No muestra absolutamente nada.
—¿Y eso a mí qué? —pregunta con un tono perfectamente diseñado para parecer arrogante, irritado, pero no involucrado. Le interesa saber la teoría de la Comisión, a partir de ella será más sencillo saber que cartas deberá jugar.
—Tú y Todoroki son, según varias personas: mejores amigos —dice el detective, sin apartar la vista de su rostro—. Así que dime, Dynamight. ¿Qué estarías dispuesto a hacer por un amigo?
Katsuki siente un calor ácido subir por su garganta, pero lo contiene. Muerde la punta de su lengua detrás de los dientes para evitar cualquier reacción visible.
—¿De verdad me estás preguntando si cambiaría a un civil por Todoroki? —pregunta despacio, muy despacio, cargando cada sílaba de incredulidad.
Está ofendido por el rumbo que están tomando las cosas, pero también es consciente de que es el camino más sencillo, de entre todas las posibilidades.
—Pero el doctor Midoriya no es un simple civil —responde Tsukauchi—. Crecieron en el mismo vecindario. Asistieron a las mismas escuelas. A la misma clase, durante años.
Sí. Eso lo esperaba.
Katsuki imita un aplauso —lo mejor que puede— lento, con una sonrisa venenosa.
—Felicidades. Hiciste tu jodido trabajo.
Tsukauchi ni se inmuta.
—No es lo único que encontramos. Hay un reporte policial antiguo, un incidente con un villano de Lodo. Testigos afirman que mostraste una reacción particularmente agresiva después de que Midoriya intentara ayudarte.
Katsuki se echa hacia atrás en la silla, con los ojos entrecerrados, como si el tema le pareciera un fastidio del pasado.
—¿Y entonces qué? ¿Suponen que después de diez años sigo resentido? ¿Qué entregaría a una persona inocente por una pelea infantil?
Era un mocoso con un ego demasiado grande en ese entonces, cualquiera que viera los videos recopilados en los festivales deportivos de la U.A. podría deducirlo. No esperaba que los altos mandos pensaran que no había madurado desde entonces.
Ahora, es un puto héroe.
Es consciente de que, sí existieran registros escolares detallados de la secundaria estaría en graves problemas. Odia que los profesores nunca le pusieran un alto a su bravuconería, pero al menos es una cosa menos que esquivar en este maldito campo minado.
—¿Lo harías? —pregunta Tsukauchi, directo.
—Carajo, no —responde Katsuki, tajante, sincero. Absolutamente sincero.
El detective asiente una sola vez. Nada en el quirk se activa. Ninguna alerta. Katsuki lo sabe. Tsukauchi también.
El juego mental continúa.
—¿Dónde estuviste anoche?
—En una propiedad de Momo Yaoyorozu —contesta sin dudar—. Afuera de la ciudad.
—¿La noche entera? ¿La heroína Creati puede confirmarlo?
—No salí hasta que recibí la notificación de la Comisión —explica—. Yaoyorozu no estaba, fui con Mina Ashido. Su boda es pronto y estoy ayudándola con la organización porque su prometido no tiene tiempo, es el coordinador de la búsqueda de Todoroki.
Todo verdadero. Todo cuidadosamente calibrado.
Tsukauchi toma nota. Otra pausa.
—¿Por qué se quedaron la noche entera?
—Mi auto falló. Red Riot tuvo que venir por nosotros, pero ya era tarde y Mina estaba agotada. Así que decidimos quedamos.
Verdad.
Una verdad fabricada, pero verdad al fin. No tenía que decir que se encargaron de que su auto no arrancara.
—¿Por qué es importante que Mina Ashido estuviera cansada? Es una heroína, es normal que lo esté siempre.
Mierda, olvidó ese detalle.
—Está embarazada —admite a regañadientes—. Tiene seis semanas.
El hombre parece sorprendido por primera vez, pero como no parece relevante para el interrogatorio lo deja pasar.
—¿Sabes la ubicación actual de Izuku Midoriya? —pregunta, después de recomponerse.
Katsuki agradece la forma exacta en que está formulada.
—No.
Y no es mentira.
Va a ser un día largo. Debe mantenerse enfocado, no puede cometer otro desliz, tuvo suerte.
Mierda, está cansado. Tal vez —y solo tal vez— tuvo que haber dormido al menos dos horas antes de entrar a éste infierno.
Maldito Deku.
De todos modos, ama a ese estúpido bastardo.
*
Cuando a Izuku se le informó que sería trasladado a una casa de seguridad, la primera imagen que cruzó por su mente fue el del departamento neutral y sin alma donde la Comisión lo había obligado a convivir con Katsuki después de que la cada del rubio quedara reducida a cenizas, apenas semanas después del atentado en Kyoto. Un lugar pensado para tener lo mínimo indispensable, sin importar la comodidad, con paredes amarillentas por el paso del tiempo, muebles genéricos, arte de catálogo mal impreso, como sí todo allí existiera solo para llenar el espacio y no para ser habitado.
Un cascarón. Un sitio que pretendiera ser un hogar sin tener la menor idea de lo que eso significaba.
Nunca había estado tan equivocado en la vida.
Mina —acordaron llamarse por sus respectivos nombres para evitar formalidades— lo llevó por una ruta demasiado abstracta que incluso logró que a Izuku le doliera la cabeza de solo intentar seguirla mentalmente. Todo para que, cuando por fin llegaran, el peliverde reconociera el lugar de inmediato.
Una agencia de soporte tecnológico.
Hatsume Inc.
Izuku conoce el lugar desde hacía años, aunque solo desde su faceta profesional. La mente detrás de una de las empresas más proliferas de todo el mercado, Hatsume Mei, con quien tiene una buena relación por haber contactado incontables veces para discutir sobre aleaciones o materiales inusuales para sus pacientes. A simple vista sus campos de trabajo son totalmente diferentes; Izuku está en la biotecnología médica, mientras que la pelirosa pertenece al desarrollo experimental. Pero ambos coinciden en el terreno peligroso donde la ciencia deja de ser teórica y se convierte en piezas reales colocadas sobre cuerpos reales.
Ambos son los únicos capaces de seguir las divagaciones del otro, con ideas tan complejas que inclusos sus colegas se intimidaban, o simplemente no comprendían del todo.
Nunca pensó conocerla en persona. Hatsume no es de viajar ni siquiera por trabajo e Izuku llevaba años sin salir de la Isla I. Toda la amistad era llevada a través de videollamadas y correos electrónicos pidiendo la opinión del otro en algunos proyectos o temas de interés. Así que no, jamás imaginó que terminaría escondido en la parte trasera de su empresa, camuflado por cajas de prototipos fallidos y estantes llenos de herramientas.
Pero sin duda lo mas sorprendente es que la estrategia de "esconderse a simple vista" estaba funcionando de maravilla.
Se encontraban a solo un par de cuadras de la U.A., la maldita academia de héroes más prestigiosa del mundo.
Dos días y nadie los había encontrado aún.
Simplemente brillante.
El lugar nunca estaba en silencio. De día, de noche o de madrugada, da igual. Las alarmas contra incendio sonaban sin previo aviso —muchas veces porque Hatsume olvidaba que una de las máquinas estaba diseñada para no sobrecalentarse—, se escuchaban soldadoras eléctricas crepitando a cada hora, explosiones que hacían vibrar el suelo, y martillazos rítmicos que parecían seguirlo incluso en sus sueños. Izuku está tentado a pedir unos tapones para los oídos, solo para escuchar algún pensamiento sin ser ahogado por el incesante alboroto.
Cuando recién llegaron, Hatsume apenas les dedicó una mirada al pasar. Estaba cubierta en cinturones de herramientas, googles protectores y una camiseta que alguna vez había sido blanca. Parecía estar en un brote de inspiración. Así que cuando observó a Izuku, levantando una ceja y murmurando algo sobre no tocar nada que tuviera luces rojas parpadeantes, el peliverde no se inmutó; la dejó regresar al trabajo.
—Tiene una presentación importante en unos días —explicó Sero, rascándose la nuca con una sonrisa resignada el primer día—. Después de eso, volverá a ser una persona.
Y esa fue otra sorpresa. Descubrir que el héroe pelinegro y Hatsume estaban en una relación, desde hace varios años al parecer.
—Hatsume nunca te mencionó —Izuku abrió los ojos con sorpresa.
Mina a su lado no parecía sorprendida.
—Oh, tal vez lo olvidó —sonrió divertido Sero, con un encogimiento de hombros que denotaba costumbre—. De hecho, sí pueden recordarle comer o tomar un descanso de vez en cuando lo agradecería.
—Tampoco le vendría mal ducharse —apuntó Mina, acostumbrada a la novia excéntrica de su amigo.
En esos dos días, muchos de los antiguos compañeros de la U.A. de Katsuki han entrado y salido del lugar. Todos quedándose apenas un par minutos —excepto por algunas excepciones que lo hicieron por más tiempo— solo para cerciorarse que él y Mina estuvieran bien.
Ver a varios héroes profesionales debería alegrarlo, pero por más pláticas triviales que intentara entablar, no lo distraían del hecho más importante.
No tenía noticias de Katsuki.
Y ese silencio, ese vacío entre un día y otro, se hacía cada vez más insoportable.
Sin las especificaciones que la Liga exige, Izuku no puede empezar a construir nada. Y Mina le ha asegurado que Shinsou y Tokoyami están tratando de establecer contacto a través de los canales del bajo mundo que son de confianza, pero incluso con todo ese esfuerzo combinado, no han recibido nada. Ni un mensaje, una coordenada o incluso una amenaza.
Solo queda esperar.
Esperar en un refugio improvisado entre metal caliente y humo, rodeado de los amigos de Katsuki que intentan distraerlo, aferrado al olor tenue del abrigo que Kacchan dejó sobre sus hombros la última vez que lo sostuvo.
Esperar.
En este punto, esperar más tiempo en aquel cuarto improvisado, un espacio que claramente no está diseñado para que nadie viva allí, es una tortura. Lleva horas sentado en el suelo, con las rodillas recogidas y la barbilla apoyada en ellas, mirando un punto fijo del piso como si en cualquier momento ese punto fuera a revelarle alguna respuesta.
No quiere seguir esperando.
Nota como su respiración se acelera sin motivo aparente. Siendo hiperconsciente de que se frota las menos entre sí una y otra vez hasta irritarse la piel. Nota cada ruido que le hace sobresaltarse. Mina y Uraraka lo habían visto temblar esa mañana mientras tomaba café y alegó que simplemente tenía frío.
Pero no. Conoce la sensación demasiado bien. Es ansiedad, hirviendo bajo su piel.
Tiene la sensación fantasmal de insectos caminando por su cuerpo e intenta ignorarlo en vano. Está enfrascado en esa percepción confusa de estar perdiendo el control de absolutamente todo, cuando una hebra de su cabello cae sobre su rostro. Izuku parpadea, sintiendo el mechón rozar con la mejilla, insistente. Sus rizos, ahora le llegan por debajo de los hombros, no puede recordar la última vez que los recortó. En las últimas semanas se había vuelto pesado, enredado e incómodo. Le gustaba fingir indiferencia, pero no podía continuar así.
Sí quería ser eficiente cuando llegara el momento, no podía permitirse que cada vez que lo atara para trabajar, se soltara. Está harto de acomodarlo detrás de su oreja, solo para que vuelva a resbalarse al poco tiempo. En este punto, el simple roce lo desespera.
No puede seguir así.
Necesita hacer algo.
Existen muchas cosas que no puede controlar. No puede controlar lo que está pasando. No puede intercambiar lugar con Todoroki. No puede traer de vuelta a Kacchan. No puede acelerar el contacto con la Liga. Pero esto sí.
Izuku lleva una mano temblorosa a su cabello, lo jala suavemente hacia delante, observando cómo cae sobre sus hombros en ondas desordenadas.
Esto sí puede controlarlo.
—Uraraka —dice, apenas un murmullo.
La castaña levanta la mirada desde el escritorio portátil donde trabaja desde una laptop.
—¿Qué pasa? —la voz es baja, intentado no despertar a Mina quien dormita en la cama del fondo.
Izuku respira de forma profunda, sin estar del todo seguro de lo que está por hacer.
—¿Me ayudarías a cortarlo?
Uraraka parpadea, sorprendida. Aparta la vista de la pantalla y lo analiza durante unos segundos, indecisa.
—¿El cabello?
El peliverde asiente.
—Siento que... —se toca el pecho, avergonzado de no encontrar las palabras que describan cómo se siente realmente—. Siento que necesito hacer algo y esto es algo que puedo controlar.
La heroína se acerca sin decir nada al principio. Se arrodilla frente a Izuku, observando su rostro, su mirada temblorosa, el modo en que aprieta los nudillos contra el abrigo de Katsuki. Su mirada se suaviza poco a poco.
—¿Qué tienes en mente? —susurra, con una pequeña sonrisa, protectora.
