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I
John se despertó antes de que el reloj pudiera sonar, como solía hacer siempre. Una costumbre vieja, tan grabada en su cuerpo como las cicatrices. Se quedó un segundo con los ojos cerrados, reconociendo la habitación solo por el olor: madera vieja, café frío, algo cítrico que Bob había traído, probablemente de uno de sus paseos. Entonces intentó moverse.
Y no pudo.
El peso sobre su pecho era inmenso. Cálido, respirando hondo, con una pierna lanzada por encima de las suyas y un brazo cruzado como una traba bajo su cuello.
Bob.
Estaba profundamente dormido, el rostro escondido entre su cuello y el hombro de John, como si buscara refugio en el lugar más improbable. El brazo de John estaba completamente dormido, pero no se atrevía a moverlo.
Parpadeó hacia el techo.
Había algo pegado con cinta en la lámpara. Una especie de nota doblada en triángulo. Probablemente obra de Ava, o de Bob mismo. En la repisa junto a la ventana, un cactus deshidratado luchaba por su vida en una maceta con la palabra 'SUNBOY' pintada de forma torpe, como si Bob hubiera intentado escribirlo en una tarde de distracción. Y sobre la cómoda, una manta que no combinaba con nada más, tejida a mano por la abuela de Alexei, según contaba Bob, aunque nadie creía eso.
John suspiró por la nariz. Tenía que levantarse. Hacer ejercicio, entrenar con Yelena, revisar el equipo. Pero Bob murmuró algo en sueños, algo apenas audible, y su cuerpo se estremeció contra el suyo. Lo apretó, inconsciente. Como si tuviera miedo de caerse.
La tensión que llevaba John se quebró.
No era la primera vez que lo sentía así. Las pesadillas no eran ajenas a ninguno de los dos. Pero Bob… Bob las vivía como si el cielo se partiera en su cabeza. Como si cada sombra pudiera volverse real. A veces lo encontraba sentado en la sala, con los ojos brillando levemente, los nudillos blancos de tanto apretarse las manos. “Estoy bien”, decía. Y lo decía tan tranquilo, que asustaba más.
No sabía cómo ayudarlo.
Porque él tampoco era un refugio perfecto.
Su mente voló hacia su hijo.
Lo había visto hace poco, en una llamada corta, seca, con silencios incómodos. Su ex no quería que lo metiera en “cosas de superhéroes”. Y, sinceramente, John no sabía si podía culparla. A veces él tampoco se reconocía. Las decisiones que había tomado, las sombras de su pasado que aún lo perseguían, las pérdidas que jamás podría superar “Lamar”.
Pero ahí estaba Bob.
Unos cuantos kilos de poder inestable, ansiedad crónica y una ternura que a veces parecía sobrepasarlo todo, como si necesitara estar constantemente cerca para sentirse real. Que le pedía que probara nuevas recetas, que le hablaba del espacio como si le tuviera miedo y amor al mismo tiempo. Que lo abrazaba como si no supiera hacerlo suave, como si necesitara asegurarse de que John no se iría, de que estaba ahí.
Y en momentos como ese, cuando el mundo todavía dormía, y Bob lo envolvía entero como una manta eléctrica de carne y hueso, John sentía algo parecido a paz.
Se movió apenas. Bob gruñó.
—Tranquilo… —murmuró John, en voz baja, pasando una mano por su espalda.
El movimiento fue lento, medido. Como acariciar a un oso dormido que había tenido una semana difícil.
La respiración de Bob empezó a calmarse. El ceño dejó de fruncirse. Sus labios, entreabiertos, dejaron escapar un suspiro.
John se quedó así. Uno, dos, diez minutos.
Solo por hoy, pensó.
Solo por hoy puedo llegar tarde al desayuno del equipo. Solo por hoy puedo quedarme.
Lo rodeó con ambos brazos, dejando que su barbilla descansara sobre la cabeza de Bob.
Cerró los ojos.
Respiró.
II
John entreabrió los ojos al sonido vibrante de un mensaje entrante.
06:31.
Mierda.
Había prometido estar en la sala común a las 6:15 para jugar ajedrez con Alexei, que insistía en que las partidas a esa hora “fortalecían el espíritu y destruían el ego". Yelena había traído café fuerte. Ava había prometido no hacer trampa (lo cual era mentira).
Pero John no podía moverse.
Literalmente.
Bob estaba extendido encima suyo como un perro gigante buscando calor. No abrazándolo esta vez —no del todo—, sino simplemente... recostado. Brazo derecho debajo del cuello de John, pierna cruzada hasta la cadera, cabello revuelto sobre su mentón. Y estaba profundamente dormido.
John intentó deslizarse hacia un costado.
Bob murmuró algo. Lo apretó más
Intentó levantar la cabeza.
Bob la sujetó con el mentón, inconsciente, como si fuera una almohada especial con función anti escape.
—Bob… —susurró.
Nada. Solo un ronquido leve.
John resopló, resignado.
Agarró el teléfono con su mano libre y escribió con el pulgar:
“Voy tarde. Causa de fuerza mayor. No es una metáfora.”
Alexei respondió con una carita enojada y un gif de un oso roncando. Yelena con un: “Típico.” Ava solo mandó una foto de la taza con café que le había preparado
John sonrió, dejó el teléfono y miró el techo.
Había temido el momento de contarlo. Al principio, lo suyo con Bob fue casi secreto. No porque se avergonzara, sino porque no sabían cómo explicarlo. Cómo explicar lo mucho que se necesitaban sin sonar como dos soldados rotos que se aferraban al primero que les tendía la mano. Pero Bob no era así. Bob era luz. Torpe, enorme, emocional. Y un día lo abrazó de frente al equipo, como si fuera lo más natural del mundo.
A nadie pareció sorprenderle.
Alexei solo dijo: “Finalmente. Estaba apostando contra ti, Walker.”
Ava preguntó si eso significaba panqueques.
Celebraron con panqueques.
Yelena los observó en silencio un momento. Luego, sin soltar su cuchillo para pelar manzanas, advirtió:
—Si lo haces llorar, tendrás que vértelas conmigo.
Y Bucky, que apenas hablaba durante los desayunos, levantó la mirada por primera vez en semanas y agregó con toda la calma del mundo—Con nosotros
John solo alcanzó a decir “Lo sé” antes de que Bob regresara con más sirope y se sentara junto a él como si no hubiera pasado nada.
Desde entonces, John tuvo la ligera impresión de que Yelena y Bucky formaban una especie de comité silencioso de vigilancia. No lo decían, pero siempre estaban atentos. Yelena con sus comentarios casuales como “¿dormiste bien, Walker?”, que siempre llevaban doble filo. Bucky con su mirada fija, como si evaluara cada centímetro emocional de Bob desde lejos.
A veces le incomodaba.
Pero la verdad era otra: lo aliviaba.
Porque ellos también sabían que Bob era especial. Frágil en su fuerza. Un punto de luz que, si se apagaba, arrastraría a todos con él.
Y a John… John no confiaba en mucha gente. Pero confiar en ellos para proteger a Bob, cuando él no pudiera, era un consuelo silencioso que no se atrevía a admitir en voz alta.
No eran una familia convencional.
Pero eran algo. Y eso bastaba.
Desde esa perspectiva, notó un pequeño sol pintado con marcador sobre el marco de la lámpara. Era infantil, torpe, y claramente obra de Bob. Otro intento de “hacer el lugar más cálido”, como había dicho. El cuarto, con su mezcla de orden militar y detalles absurdos, era ahora tan suyo como de él.
Miró a Bob de reojo.
Había algo en la forma en que dormía: desparramado, vulnerable, con plena confianza de que nadie lo lastaría en ese estado. Como si su cuerpo, tan poderoso que podía destruir edificios, supiera que ahí —en ese cuarto, en esos brazos— podía descansar.
John sintió que se le aflojaba el gesto.
—Cinco minutos más, ¿eh? —susurró, medio para sí, medio por si Bob lo escuchaba.
Y entonces, en una perfecta sincronía dormida, Bob gruñó:
—Cinco minutos más…
John se rió bajito.
Los chicos podían esperar un poco. De todos modos, el ajedrez no era lo suyo.
III
Bob se despertó solo.
Lo supo por la ausencia de peso y por el frío. Por la forma en que su cuerpo, sin darse cuenta, buscó a ciegas en la cama el calor de John, y no lo encontró.
El sol entraba por la persiana en líneas claras. El reloj decía 7:04. Tarde, pero no tanto. Solo lo justo para sentirse fuera de ritmo
Y sin embargo, algo dolía.
No físicamente. Era otra cosa. Una punzada tenue en el pecho que aparecía cada vez que abría los ojos y no había nadie cerca. Que lo hacía preguntarse, en silencio: ¿Me quedé dormido demasiado tiempo? ¿Molesté? ¿Dije algo raro otra vez? ¿Lo espanté?
Se incorporó a medias, el cabello alborotado y una marca en la mejilla de haberse dormido sobre el brazo. La cama estaba deshecha, pero no caótica. John la había dejado con cuidado.
Y eso era lo que más le dolía.
La amabilidad siempre le dolía más que el abandono.
Se desplomó en la almohada, cubriéndose el rostro con las manos. Había días en los que su mente iba más rápido que él. Recordaba cosas viejas, frases sueltas, errores. Una mirada que no fue, un gesto que no entendió. El tipo de pensamientos que hacían eco. Que lo hacían dudar de sí mismo. De su lugar. De si de verdad era alguien digno de todo esto.
—No lo arruines —murmuró para sí, como un mantra desesperado.
Porque no sabía por qué John se quedaba. Solo que lo hacía. Y eso, en vez de calmarlo, a veces lo desarmaba más. Como si en cualquier momento alguien pudiera tocar su hombro y decirle: ‘Ya, Bob, despierta. Esto era un sueño.’ Y aunque sabía que no lo era… había días en que se sentía así.
Estaba a punto de levantarse cuando escuchó pasos. Rápidos. Decididos. El sonido de una puerta abriéndose sin cuidado.
—Juro haber dejado la gorra por algún lado—la voz de John, ronca por el apuro—. ¿Estás despierto?
Bob no respondió. Solo levantó la cabeza desde la almohada.
John lo vio. Se detuvo.
Sus ojos se suavizaron al instante.
—¿Todo bien?
Bob no supo qué decir. Asintió con una lentitud poco convincente.
John caminó hasta él, se arrodilló junto a la cama. No preguntó más. No lo presionó. Solo apoyó la frente en la de Bob y cerró los ojos.
Ese gesto.
Ese gesto lo salvaba cada vez.
—Volvía en cinco minutos igual —murmuró John—. ¿Qué te pasa?
Bob tragó saliva. Quiso decir “nada”, pero le tembló la voz.
—A veces no sé por qué me quieres.
John abrió los ojos. No se apartó. Solo frunció el ceño y lo miró con una intensidad que hizo que el aire en la habitación se sintiera más denso. No era la primera vez que Bob planteaba esas dudas. A veces, John se sentía cansado de dar respuestas. Sabía que no había palabras que pudieran quitarle a Bob esa inseguridad, pero se aferraba a la esperanza de que, con el tiempo, la respuesta sería clara, incluso sin palabras.
—Solo fui a desayunar.
Bob rió, bajito. Fue más un respiro que una risa.
John lo sostuvo de la nuca y lo acercó.
—Yo te quiero —dijo, con la claridad de quien no necesita argumentos— porque cada maldito día haces que quiera ser mejor. Porque cuando sonríes, me olvido del resto. Porque incluso en tus peores momentos, cuando te derrumbas, sigues intentando. ¿Eso no es suficiente para ti?
Bob lo miró. Tenía los ojos llenos. Pero no lloró.
Solo asintió.
—Está bien que a veces dudes —agregó John, con suavidad inusual en él—. Pero la próxima vez, espérame. Te juro que siempre vuelvo.
Bob lo abrazó. Con fuerza. Como si pudiera anclarse a ese instante.
Y entonces, sin pedir permiso, sin decir palabra, John se quitó las botas, el cinturón y volvió a meterse en la cama. Bob aún seguía sin soltarlo no se atrevía hacerlo.
John lo acomodó con cuidado, lo arropó con la manta y se recostó junto a él en silencio, acercando a Bob aún más a su lado. Lo abrazó por la cintura y dejó que el más bajo apoyara la cabeza en su pecho.
Esta vez, no pensaba soltarlo.
Y John, sin necesidad de palabras, lo entendió.
—Diez minutos más.
Bob sonrió contra su camiseta.
—Eso pensé.
IV
Bob intentó levantarse con cuidado, como si desactivar una bomba se tratara.
El brazo de John estaba cruzado sobre su pecho, tan firmemente que parecía un cinturón de seguridad. Su respiración seguía pesada contra su cuello, y cada vez que Bob se movía un centímetro, el agarre se apretaba más.
—Vamos… —susurró Bob, arrastrando las palabras mientras trataba de girarse sin despertar del todo a su pareja.
Nada.
John gruñó medio dormido, y en vez de aflojarlo, lo rodeó por completo con ambos brazos y lo atrajo más cerca. Ahora su nariz estaba enterrada en el hueco entre el hombro y el cuello de Bob, y murmuró algo ininteligible que sonaba vagamente como “te quedas.”
Bob exhaló, vencido.
—No vas a dejarme ir, ¿no?
Silencio. Y luego, el más ligero de los asentimientos contra su piel.
La mañana estaba tibia. Como nunca Los Nuevos Vengadores tenían el día libre al mismo tiempo, aunque eso no significaba demasiado. Cada uno tenía su propia forma de descansar, y en el caso de John, aparentemente, significaba convertirse en una especie de oso hibernando encima de él.
Bob pensó en intentarlo otra vez. Pero en vez de eso, pasó la mano por la espalda de John, despacio, como si puliera una estatua dormida. El gesto provocó un suspiro, una especie de ronroneo apenas audible.
—Eres increíblemente fuerte para alguien que no quiere entrenar por las mañanas —bromeó, sin esperar respuesta.
Pero la obtuvo.
—Estás caliente.
La voz de John era espesa, pegajosa de sueño.
—¿Eso es un cumplido? —dijo Bob, sonriendo. Luego se giró un poco, lo justo para poder ver el rostro de John. Ojos entrecerrados, cabello revuelto, expresión pacífica. Vulnerable.
Le gustaba verlo así.
Le gustaba que solo él pudiera verlo así.
—Lo es —murmuró John, y sin decir más, lo besó.
No fue un beso apurado. Tampoco uno hambriento. Fue cálido, lento, como si quisiera asegurarse de que Bob supiera que era real. Que estaba ahí. Que siempre estaba ahí.
Bob se quedó quieto, sintiendo el roce de los labios de John sobre los suyos. Sintiendo el peso de ese amor que a veces aún le costaba procesar. Cerró los ojos. Le devolvió el beso con la misma calma.
—¿Puedo moverme ahora? —susurró Bob cuando se separaron, sin demasiada convicción.
—No —dijo John, ya con los ojos cerrados otra vez—. No hoy. Hoy te quedas conmigo.
El menor rió por lo bajo, apoyando la frente contra la de él.
— Pareces un oso de peluche patriótico..
John sonrió, apenas.
—Y tú te quejas mucho para alguien que parece no planear moverse.
*
—No hay forma de que sigan durmiendo —murmuró Yelena desde la puerta entreabierta, con una taza de café en la mano y el ceño fruncido con cariño.
—Técnicamente, uno está dormido. El otro... atrapado —acotó Bucky, apoyado contra el marco con los brazos cruzados.
Adentro, en la habitación apenas iluminada, se veía la escena: Bob completamente envuelto por los brazos de John, quien lo sostenía con esa terquedad casi militar que usaba incluso al dormir. Bob no se movía, pero tenía los ojos abiertos, mirando al techo con resignación serena.
—¿Deberíamos despertarlo? —preguntó Ava desde el pasillo—. Acordamos desayunar todos juntos.
—No quisiera intentarlo —respondió Yelena sin apartar la vista—. Bob te mirará como si hubieras pateado un gatito, y John... bueno, es John.
Alexei apareció con un tazón de cereales y una expresión divertida.
—Esto me hace acordar los tiempos jóvenes míos y de tu mama cuando...
—Ay, no empieces. — se quejó Yelena rodando los ojos.
Walker se movió un poco, como si respondiera al sonido de las voces. Bob aprovechó el hueco mínimo de aire y sacó una mano. Levantó el pulgar, en dirección a la puerta.
—Estamos bien —dijo en voz baja, sonriendo.
—¿Seguro? —preguntó Yelena, más suave.
Bob miró a John. Su pareja murmuró algo ininteligible, lo atrajo de nuevo y apoyó la cabeza en su pecho. Bob soltó una risa, y asintió sin despegarse.
—Más que seguro.
La puerta se cerró en sus caras con un click suave.
—¿Quieren panqueques? —preguntó Ava
Entre bromas y discusiones, la mañana siguió.
La familia que habían formado estaba lejos de ser convencional. Pero por primera vez era de ellos.
