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Neil estaba tirado en el sofá de la habitación de los monstruos, rodeado de apuntes que no le pertenecían, mientras Andrew leía en silencio en el escritorio. Llevaban horas ahí, y Andrew no había dicho una sola palabra desde que entraron. Neil lo había intentado todo: comentarios sobre el clima, estiramientos deliberadamente exagerados, incluso robó una de sus galletas. Nada.
Así que su mirada se deslizó lentamente hacia el objetivo más fácil del cuarto: Aaron Minyard, sentado en su cama, escribiendo algo en su portátil con una expresión de pura concentración.
Un error.
—¿Sabes, Aaron? —comenzó Neil con una sonrisa perezosa—. Creo que soy tu tipo.
Aaron no levantó la mirada, pero su ceja tembló, y eso ya era una victoria.
—Vete a la mierda. No lo eres —replicó con sequedad.
—Vamos, admítelo. Tu novia es literalmente mi versión femenina.
Aaron alzó los ojos con lentitud, la furia contenida chispeando justo bajo la superficie.
—No, no lo es.
—Es pelirroja, con ojos azules, sarcasmo afilado y un gusto cuestionable en hombres peligrosos —enumeró Neil, contando con los dedos—. ¿Necesito seguir?
Andrew giró la cabeza solo un poco, lo suficiente para mirar a Neil con un gesto neutro, pero claramente atento.
—Ella no corre hacia los problemas. —Aaron entrecerró los ojos—. Tú, en cambio, corres de frente contra ellos como si fueran metas de Exy.
Neil sonrió, satisfecho.
—Entonces admites que me has observado lo suficiente como para notar la diferencia.
Aaron lanzó una almohada, que Neil esquivó sin esfuerzo, carcajeándose.
Andrew volvió a su libro como si nada.
—Sigan así y cierro la puerta con llave. Desde afuera.
—¿Por qué, para que por fin tengamos privacidad? —respondió Neil con una sonrisa burlona.
—Para que Aaron te mate. —Andrew ni siquiera levantó la vista—. Sería entretenido ver cuánto tardas en dejar de hablar.
Aaron ya estaba buscando algo más pesado para lanzarle.
Neil solo sonrió más.
Neil sabía exactamente qué cuerdas tocar para molestar a Aaron, y lo peor —o lo mejor, según desde dónde se mire— era que lo hacía con una sonrisa casi inocente. Aaron, por su parte, estaba al borde de clavarle el portátil en la cara.
---estas mirando fijamente Aaron --- dijo neil sonriendo.
—No necesito observarte para saber que eres insoportable —dijo Aaron entre dientes.
—Y sin embargo, me observas —replicó Neil, recostándose con las manos detrás de la cabeza—. ¿Sabes quién más observas? Katelyn. Probablemente preguntándote si tienes un tipo muy, muy específico.
—No metas a Katelyn en esto —gruñó Aaron, ahora de pie, claramente listo para pelear por algo que solo Neil consideraba una broma.
Andrew soltó un suspiro.
—Si le das un golpe, Aaron, asegúrate de que no le rompas nada que impida que juegue el sábado —dijo sin levantar la vista.
—Gracias por tu preocupación —dijo Neil.
—No es preocupación. No quiero soportar tus quejas por perderte un partido.
Aaron bufó y salió de la habitación sin decir nada más. Neil esperó tres segundos antes de girarse hacia Andrew, ojos brillantes de travesura.
—¿Crees que Katelyn se uniría a la broma si le digo que somos gemelos separados al nacer?
Andrew cerró su libro. Despacio. Medido.
—Si lo haces, me voy a asegurar de que tu raqueta exy este rota.
Neil sonrió más. Ya era demasiado tarde.
El entrenamiento conjunto con las Vixens era una de esas ideas de Wymack que prometía caos desde el principio. Alguien pensó que sería buena idea fortalecer la camaradería entre los equipos. A los Zorros les daba igual. A las Vixens les daba más igual aún. Pero a Neil… a Neil le brillaban los ojos de emoción pura.
En cuanto vio a Katelyn estirando en el borde de la cancha, se le acercó con una sonrisa conspiradora.
—Katelyn, ¿alguna vez te has planteado que podríamos ser gemelos?
Ella lo miró con desconfianza al principio, pero luego sonrió con la misma chispa. Era el tipo de humor absurdo que compartía con Aaron todo el tiempo. Verlo en Neil la desconcertaba… y también la divertía.
—¿Separados al nacer? —preguntó.
—Exacto. Dramática historia, dos cunas, un error en el hospital. Trágico. Injusto. Altamente probable.
—¿Y tú eres… qué? ¿El gemelo del caos?
—Y tú, la versión que Aaron puede tolerar sin necesidad de analgésicos.
Katelyn soltó una carcajada.
Desde ese momento, todo se salió de control.
Durante los ejercicios, Katelyn y Neil comenzaron a coordinar movimientos como si llevaran años entrenando juntos. Cuando Neil gritó “¡hermana, el pase es tuyo!” y Katelyn respondió con un “¡a tus órdenes, hermano!” al lanzar el balón a Allison, esta casi se atragantó de la risa.
Los Zorros miraban, desconcertados.
—¿Estamos presenciando una línea temporal alternativa? —preguntó Nicky.
—Estoy asustada y fascinada al mismo tiempo —murmuró Renee.
Aaron, por su parte, ya se estaba frotando las sienes.
—Van a matarme. Es personal ahora —gruñó.
—Creo que es adorable —comentó Dan mientras observaba a Neil y Katelyn practicar una coreografía innecesaria para una celebración de gol imaginaria.
—Es una señal del apocalipsis —dijo Kevin, horrorizado.
—¿Podemos dejarlos así por una semana? Quiero ver si destruyen el sistema solar o si fundan una religión —añadió Nicky.
Andrew, callado, miraba a su nueva gemela y a Neil como si estuviera decidiendo cuál de los dos iba a apuñalar primero.
Neil giró la cabeza, sudado, sonriente, e hizo un gesto de “corazón” con las manos hacia Andrew.
Andrew se limitó a levantar el dedo medio.
Katelyn lo imitó. Neil aplaudió. Esos dos eran realmente un dolor de cabeza.
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El asunto de los “gemelos del caos” no se detuvo después del entrenamiento. Para desesperación de Aaron y la ligera preocupación de Andrew, Neil y Katelyn empezaron a verse más seguido. A veces en el comedor, a veces en los pasillos, y otras tantas en las gradas del estadio mientras los equipos entrenaban.
Y el problema era que… funcionaban juntos.
Katelyn entendía los silencios de Neil como si fueran parte del idioma común. No necesitaba que él lo explicara todo, ni sentía la necesidad de hacerlo ella. Lo observaba con la misma intensidad que lo hacía Andrew, pero sin juicio. Solo curiosidad.
Y Neil, por su parte, descubrió que Katelyn tenía un sentido del humor seco y brutal, como un bisturí. Le encantaba. Ella se reía sin miedo cuando él decía algo estúpido, le daba cuerda en sus planes absurdos y lo respaldaba de Kevin cuando este lo regañaba por no seguir la dieta del equipo.
—Si Neil se quiere morir comiendo papas fritas, es su elección, Kevin. Respeta la autonomía alimenticia —dijo Katelyn una tarde.
—¡Gracias! —respondió Neil con la boca llena.
—Eres una mala influencia —gruñó Aaron desde el otro lado del comedor.
—¿Yo o tu novia? —preguntó Neil, señalándose con el pulgar.
Katelyn levantó las cejas, desafiante.
—Soy una influencia excelente, gracias. ¿Verdad, Neil?
Neil lo pensó un segundo.
— depende del día querida hermana.
Katelyn se rió. Aaron se levantó de la mesa.
—
Con el tiempo, Katelyn dejó de llamarlo “Neil” para pasar a usar apodos que confundían a los demás: “twin”, “mini yo”. Neil, por su parte, la llamaba "Rouge".
Allison aprobaba.
—Los adoro. Son como Bonnie y Clyde, pero sin armas. Por ahora.
Renee asentía con una sonrisa en los labios, aunque admitía que a veces tenía que intervenir antes de que quemaran algo.
Dan lo describía como una “amistad basada en el caos compartido y la mutua necesidad de molestar a Aaron Minyard”.
Y Aaron… bueno.
Aaron consideraba pedir una orden de alejamiento. Pero en secreto, notaba algo curioso: desde que Katelyn y Neil se hicieron amigos, Neil sonreía más. Se tensaba menos. Y Andrew también parecía menos a la defensiva cuando Neil regresaba de pasar tiempo con ella.
Porque Katelyn no intentaba arreglar a Neil.
Solo lo escuchaba. Y eso era más valioso de lo que nadie quería admitir.
Una noche, en las gradas, mientras el cielo sobre la cancha se teñía de púrpura, Neil le preguntó:
—¿Por qué no te molesta que Aaron me odie?
Katelyn miró al cielo un momento.
—Porque sé que no lo hace. Lo niega, sí. Pero no te odia.
Neil no respondió. Solo dejó que el silencio lo cubriera como una manta.
—Además —añadió ella—, si tú y Andrew son un accidente esperando ocurrir, Aaron y yo somos la advertencia en letras rojas. A veces el caos solo necesita su propio lenguaje.
Neil sonrió.
Y en ese momento, sin palabras, entendieron algo que ni Aaron ni Andrew ni nadie más terminaría de comprender del todo: que entre todas las conexiones improbables, la suya era una pequeña anarquía que, por alguna razón, funcionaba.
