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Había pocas cosas que Stan odiara más que quedarse sin cigarrillos. Excepto, tal vez, la imagen de sus preciadas armas cubiertas de una capa de humedad gracias a un "experimento inofensivo" de su genio favorito y el maldito mocoso de cabellos puntiagudos.
—¡¿QUIÉN demonios tuvo la idea de hacer llover dentro del cobertizo?! —la voz de Stan era un trueno con botas militares.
Senku asomó la cabeza desde la cocina, una gota de sudor bajándole por la sien. —Técnicamente no llovió solamente no calculamos bien la presión del agua, fue apenas una llovizna.
—¡EL CAÑÓN ESTÁ EMPAPADO, SENKU! ¿SABÉS LO QUE CUESTA DESARMARLO TODO Y SECAR CADA PIEZA?!
—Mucho, supongo. —Senku se encogió de hombros—. Pensé que con la experiencia militar ya lo hacías dormido.
Stan lo fulminó con la mirada y murmuró algo sobre "niños científicos y que son diablillos disfrazados". En ese momento, Xeno apareció desde el estudio, quitándose los lentes y con expresión entre curiosa y culpable.
—¿Pasó algo?
Senku inmediatamente lo señaló con un dedo como si fuera un abogado en juicio.
—¡Fue su idea hacer el experimento en el cobertizo!
—¡¿Y no pudieron buscar otro lugar para hacerlo?! —gruñó Stan.
Xeno levantó las manos, diplomático.
—Stanley, cariño, fue un accidente menor. Senku necesitaba espacio para el experimento. Podemos secarlo, revisar las piezas, y volverán a funcionar como nuevas.
Stan cruzó los brazos.
—Lo dijiste como si no acabaran de mojar mis fusiles de colección. ¿Sabes cuánto valen? ¿Sabes lo que significan para mí?
Xeno pestañeó. —Mucho, lo sé. Por eso… —se aclaró la garganta, y se acercó con una expresión suave— me ofrezco a ayudarte a limpiarlo… personalmente.
Stan frunció el ceño, pero ya no tan intensamente.
—¿Y vas a dejar que Senku vuelva usar el cobertizo para sus experimentos otra vez?
—No sin protección adecuada. —Xeno puso cara de “me aprendí la lección”.
Senku resopló desde la puerta.
—Me siento traicionado— bufo
—Estoy salvando la paz del hogar. Y tu trasero de una guerra química.
Stan suspiró con teatralidad.
Stan dejó caer la toalla sobre la mesa, sus dedos aún húmedos de limpiar pieza por pieza, con su mandíbula tensa.
—Van a oxidarse si no las seco por completo —gruñó para sí, aunque sabía perfectamente que Xeno estaba detrás de él, observando con esa cara que usaba cuando sabía que había metido la pata, pero aún quería salirse con la suya.
—Stanley… —la voz le llegó suave, melosa, como si cada sílaba estuviera diseñada para metérsele por debajo de la piel—. ¿Estás muy enojado?
No respondió. No iba a caer tan fácil.
—Yo, no supervise bien a Senku, lo siento. Fue un accidente. Lo tendré más vigilado la próxima vez.
Stan giró lentamente, apoyándose contra la mesa, cruzando los brazos con el ceño fruncido.
—Un accidente que me costó tres horas de trabajo y tal vez un rifle menos. ¿Y dónde está ese pequeño gremlin?
—Dormido, al fin— Xeno se acercó, lento, con ese andar calculado que conocía bien. Como si estuviera midiendo su terreno... o preparándose para atacar.
—¿Cómo puedo compensarte? —preguntó, su tono bajando una octava—. Puedo prepararte algo de comer o quizás… ¿Qué te parece un masaje?
Stan alzó una ceja, pero no pudo evitar que una sonrisa ladeada se le formara.
—Te estás aprovechando de tu atractivo, doctor—Comento Stan con un poco de diversión
—Tú te aprovechas del uniforme, especialmente cuando te ves tan elegante… Y tan irresistible con ese uniforme negro. Estamos a mano. — Contesto Xeno divertido mientras se encogía de hombros.
Stan soltó una risa nasal.
—Usas esa boca para coquetear y después actúas como si no supieras que siempre termino donde quieres.
—Si te tuviera donde quisiera… —la voz de Xeno bajó, ganando un tono más grave, como un secreto murmurado entre sombras.
Stan lo miró fijamente, perdido en esos ojos oscuros que veían más de lo que él quería mostrar. Entonces, giró un poco en la silla y lo atrajo suavemente del cinturón de la bata blanca, acercándolo hasta que Xeno quedó entre sus piernas, con las manos del científico apoyadas en sus hombros.
—... No estaría negociando con un masaje.
—Y sin embargo lo haces —replicó Stan, cerrando los ojos mientras una mano delgada le aflojaba la tensión del cuello—. Porque sabes que si me miras así… si me hablas así… me tocas asi… yo ya perdí.
Xeno bajó un poco, rozando con los labios la piel detrás de su oreja.
—Entonces llámalo un experimento… Quiero ver cuánto tarda en derretirse tu mal humor si lo hago bien.
Stan soltó el aire entre los dientes.
—Eres un cabrón manipulador, ¿lo sabías?
— Y me amas igual.
—Está bien, muéstrame—susurró Stan, con una sonrisa torcida y peligrosa— Y más te vale que este experimento valga la pena
Xeno tragó saliva. El calor que ya sentía por la tensión anterior se intensificó de golpe. La bata se le aflojaba por los lados, y sus manos con eficacia comenzaron a desabrochar la camisa de Stan, pasando los dedos por esa piel curtida con cicatrices, con historias que conocía tan bien.
—¿Estás seguro? ¿No estabas molesto? —preguntó con una media sonrisa, pero sus dedos seguían bajando cada vez más lento, dibujando el camino de sus abdominales.
Stan soltó una risa ronca, dejando caer la cabeza hacia atrás.
—Aun lo estoy y no quiero que pares, pensé que lo habíamos dejado claro, es irritante estar enojado y desearte al mismo tiempo.
El corazón de Xeno dio un vuelco. Bajó, inclinándose hasta rozar los labios de Stan sin besarle aún. Solo rozó. Tentó. Torturó. Porque eso hacían los científicos locos como él: experimentar al borde del peligro.
—Entonces deberías perdonarme de una vez —murmuró antes de besarlo.
—No será tan fácil esta vez, cariño — respondió Stan aun con una media sonrisa
—Bueno apenas estamos empezando el experimento —dijo Xeno con dramatismo fingido—. Acompáñame al cuarto. Tengo aceites, música ambiental y cero niños haciendo explotar cosas.
Se movieron a su habitación, tropezando entre besos y caricias, al cerrar la puerta volvieron a besarse y el beso ya no fue suave, ni tranquilo, ni con sabor a reconciliación. Fue hambre. Fue necesidad acumulada. Fue deseo contenido tras semanas de miradas largas, ya que al tener un niño en casa su tiempo a solas se vio disminuido. Stan le respondió con fuerza, con manos firmes desabrochando los botones de la camisa de Xeno sin prisa, pero con decisión.
Los cuerpos encajaban ya conociendo el camino. Xeno siempre había estado destinado a ocupar ese espacio con Stan, a templar sus manos frías con el fuego del otro. Sus toques eran caricia, eran trazos, eran disculpas disfrazada de deseo.
Los dedos de Xeno no eran inocentes. Sabían lo que hacían, lo que tocaban, y más importante: sabían cómo domar a Stanley Snyder sin disparar una sola bala.
Stan se mantenía firme, al menos en apariencia. Respiración controlada, mandíbula tensa, ojos entrecerrados. Pero con cada toque sentía cómo su autocontrol empezaba a resquebrajarse, aunque sabía que debía seguir molesto.
—Estás más tenso —comentó Xeno, y su voz tenía ese tono científico fingido, como si estuviera tomando nota de un fenómeno físico—. ¿Estrés acumulado? ¿Furia asesina contenida?
—Ambas, gracias a ustedes.
Xeno soltó una risita que le vibró contra su pecho.
— Hmm, entonces necesito subir la intensidad del experimento
Stan lo miró, atrapado por esa sonrisa ladeada de Xeno, puro veneno envuelto en azúcar.
—Estas convencido que esto será suficiente, ¿no?
Xeno se encogió de hombros, pero sus ojos centelleaban.
—No sería un experimento si ya supiera el resultado.
Stan frunció los labios para no sonreír. No le iba a dar ese gusto. Pero cuando Xeno caminaba hacia la cama con una seguridad felina, como si supiera exactamente qué hacer para mantener los ojos de Stan sobre él, no podía hacer otra cosa más que seguirlo.
Las velas daban como resultado una iluminación suave, con un leve aroma a eucalipto en el aire. Xeno estaba desabrochando los puños de su camisa, con toda la calma de un cirujano antes de una operación. Stan lo observo con los brazos cruzados.
—En serio te estas esforzando para que te perdone —Comento Stan observando como su esposo se miraba entre la luz de las velas.
Xeno se giró, dejando la camisa caer de sus hombros, revelando la piel pálida y los huesos marcados de su espalda.
—Digamos que… siempre estoy listo para situaciones de emergencia.
Stan dejó escapar una exhalación lenta, caminando hacia él. Cuando Xeno se volvió, Stan atrapó su cintura con una mano, tirándolo apenas hacia él.
—Aun no estas perdonado
—Por supuesto que no —susurró Xeno, rozando su nariz con la de él.
Sus bocas se encontraron en un roce suave, casi como una burla al deseo contenido. Una amenaza de lo que venía. Stan deslizó los dedos por la nuca de Xeno, profundizando el beso con una mezcla de hambre y advertencia.
—Este experimento se pone cada vez más interesante—gruñó contra sus labios.
—Te haré una tesis —jadeó Xeno, antes de dejarse llevar por las manos firmes que lo empujaban hacia la cama.
Xeno jadeó contra su boca cuando su espalda tocó las sábanas, apenas desordenada. Stan se apoyó con una rodilla en el colchón, lo observó desde arriba, devorándolo con los ojos como si calculara el siguiente movimiento con precisión.
—Siempre termino siendo emboscado por ti—acuso Stan, mientras su mano deslizaba por la cintura expuesta de Xeno.
—Yo solo quería calmarte… —murmuró con voz rasposa, sujeta con pinzas—. Pero si prefieres seguir acusándome mientras termino de desnudarte, adelante.
Stan soltó una risa baja, seca mientras desabrochaba el pantalón del científico con una facilidad que revelaba cuánta experiencia tenían en este juego. Los dedos de Xeno temblaban ligeramente cuando buscaron hacer lo mismo con él, y eso le gustó. Verlo perder un poco de ese control altivo era una de sus recompensas favoritas.
—¿Estás temblando, cariño? —susurró, bajando su rostro a su cuello, dejando un beso apenas húmedo justo donde sabía que lo haría arquearse.
—Estoy emocionado —replicó Xeno, con un deje de ironía—. Debe ser el prospecto del resultado de este experimento.
Stan rio contra su piel.
Se deshicieron del resto de la ropa entre roces y tirones controlados. No había prisa, pero sí hambre. Xeno lo recibió como quien ha esperado toda una maldita vida para sentir ese calor encima, esa mano fuerte en la cadera, esa boca que hablaba balas, pero besaba como si el tiempo se acabara.
Stan lo tenía atrapado, cuerpo a cuerpo, respiración pesada, gemidos apenas contenidos. Su espalda tensó cuando sintió las uñas de Xeno marcarle la piel.
—Mierda, Xeno...
—¿No estas feliz que haya ocurrido el accidente? —dijo jadeando, entre risas ahogadas, con los labios rojos y los ojos entrecerrados por el placer creciente.
Stan lo mordió suave en el hombro.
—Callate.
Los movimientos se volvieron más desesperados, más crudos. La fricción, el calor, el ritmo, la forma en que se buscaban como si se hubieran echado de menos por semanas. Los labios de Stan no se apartaron de su piel: cuello, clavícula, pecho, incluso su abdomen, cada centímetro reclamado como suyo.
Y Xeno... Xeno era un caos hecho gemido, ojos llorosos, voz temblorosa y sonrisa desafiante incluso al borde del clímax.
—Stanley…
—Te tengo, Xeno. Te tengo.
La tensión explotó entre ellos como dinamita. Una mezcla de respiraciones entrecortadas, cuerpos agotados y el eco del deseo satisfecho que flotaba en la habitación como humo denso.
Stan se dejó caer a su lado, el cuerpo empapado de sudor, los músculos temblando. Pero su mano no dejó de tocarlo, como si soltarlo fuera perder algo más importante que la pelea anterior.
—¿Y bien? —murmuró Xeno, aún con la voz ronca, medio riendo— ¿Me gané el perdón?
Stan giró el rostro para mirarlo, aun jadeando, el cabello mojado pegado a la frente.
—Te ganaste otra ronda —dijo, y le besó la mandíbula con una ternura que lo traicionaba.
