Actions

Work Header

Estabas ahí todo el tiempo.

Summary:

Isagi descubre por casualidad que Nagi tiene una foto de Reo como fondo de pantalla. Lo que parecía un detalle sin importancia termina removiendo sentimientos.

Work Text:

Un día que estaban descansando en la habitación, Isagi simplemente se percató. Sus ojos volaron hasta donde estaba Nagi, toqueteando su móvil y se fijó en algo que le llamó mucho la atención; tenía de fondo de pantalla una foto de Reo.

Aunque ese mismo día no pudo quitárselo de la cabeza, los días siguientes quiso restarle importancia. Se dijo a si mismo que lo olvidaría, haría como si no hubiese visto nada y lo dejaría estar. Pero nada más lejos de la realidad, algo por dentro le atormentaba y necesitaba preguntarle a Nagi, para poder quitarse esa incertidumbre de encima.

Pasaron un par de días más. Isagi intentaba concentrarse en los entrenamientos, en los partidos, incluso en las reuniones de estrategia, pero su mente se desviaba constantemente hacia esa imagen. Cada vez que veía a Nagi, no podía evitar recordar la pantalla de su móvil.

"¿Por qué Reo?", se preguntaba. Sabía que eran muy íntimos, prácticamente inseparables por lo que había podido apreciar en su corta estancia en Blue Lock. Pero aun así, había algo en esa elección, en esa intimidad implícita de llevarlo como fondo de pantalla, que le provocaba una inquietud persistente, imposible de ignorar. 

Una tarde, mientras volvían juntos al dormitorio después del entrenamiento, Isagi ya no pudo más. Miró de reojo a Nagi, que caminaba con la misma expresión relajada de siempre, con pasos ligeros, completamente ajeno al torbellino de pensamientos que hervía en su cabeza.

—Oye, Nagi —dijo de repente, cortando el silencio.

Nagi no le miró y simplemente siguió con su vista al frente, como si esperara que no fuese nada importante.

—¿Hmm?

Isagi vaciló un segundo. Tal vez era una tontería. Tal vez solo estaba imaginando cosas. Pero necesitaba indagar.

—Tu fondo de pantalla... es una foto de Reo, ¿verdad?

Nagi parpadeó, como si la pregunta le pareciera completamente trivial.

—Ah, sí. ¿Y?

—No sé —Isagi desvió la mirada hacía el lado opuesto a Nagi, intentando que no se le notara la incomodidad —. Me llamó la atención, eso es todo.

Nagi esta vez tomó la iniciativa de girarse hacía Isagi, sin entender el por qué de esa pregunta repentina.

—¿Y qué pasa?

La pregunta fue directa. Tanto que Isagi se sintió atrapado.

—Nada. Solo... me sorprendió. Pensé que tal vez tú... ya sabes, tenías puesta otra foto.

Nagi se encogió de hombros.

—Es una foto que me puso Reo y nunca la he cambiado.

Isagi detuvo el paso de golpe, sorprendido por la respuesta y Nagi ante el gesto hizo lo mismo.

—¿Él te la puso?

—Sí —respondió Nagi, como si no tuviera la menor importancia —. Estábamos en su casa, me quitó el móvil de las manos, eligió esa foto y dijo algo como "así no te olvidas de mí". Desde entonces no la he cambiado.

Isagi se quedó serio. Quiso bromear, decir algo ligero como "vaya posesivo", o "¿y tú simplemente lo dejaste?", pero las palabras se le atragantaron. Había una familiaridad en esa historia, una especie de cariño demasiado profundo, que lo incomodaba más de lo que podía explicar.

—¿Y nunca te dieron ganas de poner otra? No sé... una tuya jugando fútbol, o del equipo, o... —calló antes de decir "una mía".

Nagi se le quedó mirando, ladeando la cabeza apenas, como si de verdad se lo planteara por primera vez.

—No pienso mucho en eso, la verdad. Reo se tomó el tiempo de ponerla... y no me molesta. Está bien así.

Esa frase, tan sencilla, tan desprovista de intención, hizo que algo se revolviera dentro de Isagi. No entendía por qué lo afectaba tanto. Quizá porque esperaba —en el fondo— que Nagi ya hubiera dado vuelta a la página, que su vínculo con Reo fuera cosa del pasado.

Pero no. Reo seguía allí. No en persona, pero sí cerca de Nagi, cada vez que encendía la pantalla.

Por supuesto que Isagi era consciente, no solo de la amistad que unía a esos dos, sino de que el lazo entre ellos, iba mucho más allá. "Inseparables", pensó la primera vez que presenció de cerca su conexión. Eran ese tipo de almas destinadas a permanecer juntas por el resto de su vida.

—Supongo que vosotros seguís siendo muy cercanos —murmuró, más para si mismo que para Nagi.

—Bueno, no sé... —dijo Nagi, volviendo a caminar —. Pero eso no cambia lo que fue. O lo que es.

Isagi asintió lentamente, mirando al suelo. Sentía un nudo en el estómago, y odiaba no saber por qué.

—¿Y tú? —preguntó Nagi de repente, rompiendo el silencio.

Isagi le seguía, mientras volvían caminando hacía la habitación.

—¿Yo qué?

—¿Qué fondo tienes tú?

Isagi abrió la boca, pero tardó en responder. Porque ni siquiera recordaba qué fondo de pantalla tenía. Era alguna imagen genérica, quizá un campo de fútbol o algo por el estilo.

—Nada especial. Solo... una imagen cualquiera.

—Hmm. Deberías poner una que te guste. O alguien que te importe.

La frase quedó flotando en el aire, con una tranquilidad engañosa.

Isagi lo miró y, por un instante, sintió que Nagi pertenecía a otro mundo. Uno en el que él no existía, y apenas era una imagen borrosa. Como en una película: un actor secundario al que nadie nota, ni presta atención.

Esa noche pensó en poner a Nagi como fondo de pantalla.

¿Pero en qué demonios estaba pensando? ¿Estaba loco? ¿Qué excusa le pondría si por un descuido, Nagi se diese cuenta de que había puesto una foto suya de fondo? Quedaría en absoluta evidencia.

No lo haría, claro. Pero el pensamiento se instaló en su mente, como una semilla. Y esa noche, cuando apagaron las luces, no pudo dormir pensando en cómo se sentiría si Nagi hiciera lo mismo con él.

ꚰꚰꚰ ꚰꚰꚰ

Al día siguiente y cuando la calma parecía haberse instaurado en el chico de ojos azules, Nagi volvió a sacar la maldita conversación que hizo que se le pusiesen los pelos de punta.

—Entonces, ¿Ya has cambiado el fondo? —dijo Nagi, desde su cama, con la voz tranquila —. Yo te ayudo a elegir uno.

Isagi se quedó quieto en su lugar.

—¿Eh? No hace falta, está bien así.

—No lo está. Dijiste que el que tienes puesto, no es nada especial. Vamos, pásame tu móvil —extendió la mano sin moverse demasiado. Estaba cómodo en su cama y se volvía perezoso cuando estaba a gusto.

Isagi dudó. Miró su teléfono como si fuera una bomba a punto de estallar. Una parte de él quería negarse, decir cualquier excusa y terminar con eso. Pero la otra… la otra no quería que Nagi pensara que algo iba mal.

—En serio, Nagi, no hace falta —repitió, intentando mantener la voz firme.

—Isagi —lo interrumpió Nagi con un tono inusualmente serio. No alzó la voz, pero su mirada era firme —. ¿Por qué tanto misterio?

Isagi tragó saliva. Finalmente, con algo de resignación, se acercó y le tendió el teléfono, después de desbloquearlo.

Nagi se deslizó rápido por la galería, revisando sus fotos.

—Tienes muchas de partidos, pero todas son bastante repetidas —murmuró Nagi con un leve gesto de desaprobación —. Y aquí... fotos del equipo. Y de jugadores; Bachira, Kunigami... ¿No tienes una donde salgas tú?

—No suelo tomarme fotos.

—Ya veo... —Nagi se detuvo un momento, luego le lanzó una mirada fugaz —. ¿Te hago una?

—¿Ahora? —Isagi estaba perplejo.

—Sí. Una buena. Que te guste. Para que tengas una tuya para poner.

—No creo que sea necesario...

Pero antes de que pudiera negarse con más fuerza, Nagi ya estaba levantándose, con el móvil en la mano, buscando el mejor ángulo de la habitación.

—Ponte ahí —señaló con la cabeza una esquina —. Mira hacia aquí.

—Nagi, esto es ridículo.

—No lo es. Quiero ayudarte.

Había algo en su voz. Algo tan genuino que desarmó por completo las defensas de Isagi. Se quedó donde le indicó, torpemente de pie, sin saber cómo posar.

—No te pongas tenso —dijo Nagi, ya enfocando—. Solo sé tú.

Click.

Tomó una. Luego otra. Y otra.

Isagi no sabía cómo reaccionar. Sentía que el corazón le latía más rápido de lo normal, y no era por vergüenza. Era por el modo en que Nagi lo miraba a través de la cámara. Como si realmente pudiera desnudarle.

Después de un par de minutos, Nagi volvió al colchón y revisó las fotos.

—Mira esta —dijo, girando el móvil para mostrársela.

Isagi se vio en pantalla. Salía ligeramente despeinado, con una expresión distraída. Se le hacía extraño mirarse a si mismo, pero había quedado bien.

—No está mal... —murmuró.

—Sales bien. Yo la pondría —dijo Nagi, sin dudar. Y antes de que Isagi pudiera responder, ya había colocado la imagen como fondo de pantalla. Le devolvió el móvil —. Listo. Ahora es algo más que una foto cualquiera.

Isagi miró la pantalla, luego a Nagi. Quería decir algo, agradecerle, decirle que esa simple acción había hecho que algo dentro de él se agitara, se rompiera y se reordenara. Pero las palabras no salieron.

Solo pudo asentir, apretando el teléfono entre sus manos como si fuera algo frágil.

El ambiente se había quedado en silencio, suave y cargado de algo difícil de nombrar. Isagi seguía mirando su fondo de pantalla, con la extraña sensación de que ya no era solo una imagen. Era una huella. Algo que Nagi había elegido.

Unos minutos después, Nagi habló de nuevo.

—Oye... —dijo con la mirada puesta en el techo —. ¿Tú crees que Reo aún tenga una foto mía en su teléfono también?

El cuerpo de Isagi dio un pequeño brinco, sorprendido.

—¿Eh?

—No sé. Antes de que me uniese a tu grupo, él tenía una foto mía puesta.

—Yo creo... —Isagi titubeó, sin saber exactamente qué decir. Porque sí, la idea de que Reo tuviese también una de Nagi, había cruzado su mente, pero no pensó que Nagi se lo diría en voz alta, con tanta naturalidad.

Nagi giró la cabeza para mirarlo desde su cama, apoyado en un brazo.

—¿Tú qué piensas? ¿Crees que la haya cambiado?

Isagi tragó saliva, sintiendo que había algo más profundo en esa pregunta.

—No tengo ni idea... Reo ya no es tan transparente como antes, ¿no?

—Mmm, ya... —Nagi miró al techo de nuevo, con expresión pensativa —. Siento que lo perdí un poco.

La confesión fue tan simple, tan honesta, que a Isagi le dolió escucharla.

—¿Tanto te importa? —preguntó sin pensar demasiado.

—Claro que me importa. Fue mi primer amigo. Siempre estuvo ahí para mí. Fue el que me enseñó todo lo que sé sobre el fútbol —respondió Nagi, con un tono contundente y nostálgico.

Isagi apretó el móvil en sus manos, sin saber cómo interpretar eso. Parte de él se sentía culpable, como si Nagi estuviera ocupando un lugar que no le correspondía. Y otra parte... otra parte deseaba que Nagi siguiera allí con él, codo con codo.

—Tal vez... no necesitas que te tenga en su fondo para seguir siendo importante —se atrevió a decir Isagi.

Nagi le observó extrañado por lo que le había dicho.

—¿Importante? —inquirió sin entenderlo del todo.

—Si Reo te ha quitado es porque estará cabreado, pero tú sigues siendo tú.

—¿Crees que me quitó de su vida? —preguntó al fin, con una voz mucho más baja que de costumbre.

Isagi se sintió tenso, incómodo. No había querido llegar tan lejos en esa conversación, pero ya era tarde.

—No lo sé. A veces la gente se aleja sin darse cuenta. Pero eso no significa que ya no le importes.

Nagi hizo un par de estiramientos antes de volver a tomar la palabra.

—Es que yo... No pensé que esto llegase a volverse así de frío. Incluso si no estábamos en el mismo grupo, podríamos vernos en los descansos, en el tiempo libre o enviarnos mensajes, pero él simplemente empezó a ignorarme —mustió decaído —. Un día simplemente ya no me escribía, ya no estaba ahí después de los partidos. Y yo...

Isagi apretó los labios. Sentía una incomodidad rara, como si estuviera viendo a Nagi sin sus capas habituales de indiferencia. Quiso reconfortarle, aunque aquello le hacía sentirse fuera de lugar.

—No es tu culpa —dijo, en voz baja.

—Tal vez sí lo es. Yo nunca sé cómo cuidar de nadie. Con Reo era fácil, él lo hacía todo. Yo solo lo seguía... sin pensar. Como siempre.

—Pero tú no eres un mal amigo. Solo... eres tú. No te das cuenta de muchas cosas, pero no lo haces con maldad.

Sus ojos, que casi siempre parecían medio dormidos o distraídos, ahora tenían un brillo distinto. Tristeza.

—Reo se cansó de mí, ¿no?

La pregunta le cayó a Isagi como un golpe en el pecho.

—No lo creo. Pero tal vez... cambió. Como cambiamos todos.

—¿Tú también cambiarías? —preguntó Nagi, de repente.

Isagi lo miró, sorprendido.

—¿Cómo?

—Si dejo de ser interesante. Si me distraigo, si no soy suficiente. Si me uniese a otro equipo. ¿Tú también te alejarías?

Esa pregunta, tan directa, tan vulnerable, hizo que todo en Isagi se detuviera por un momento.

—No —dijo sin pensarlo—. Yo no me iría.

Nagi lo observó fijamente. Luego, desvió la mirada, como si algo le doliera más de lo que estaba dispuesto a admitir.

—Es bueno saberlo.

Isagi asintió. 

No hablaron mucho más. Pero el silencio entre ellos no fue incómodo. Fue compartido. Y ninguna palabra más fue dicha, hasta que se escuchó la puerta abrirse.

—¡Buenas! —entró Bachira con su energía habitual, lanzando sus cosas a un rincón y sacudiéndose el pelo como si acabara de salir de una tormenta —. ¿Interrumpo algo?

Isagi le saludó.

—No, solo hablábamos.

—¿De cosas profundas o de fútbol? —preguntó Bachira mientras se dejaba caer en su cama con una sonrisa torcida.

—De fondos de pantalla —respondió Nagi, sin rodeos.

Bachira hizo una mueca, divertido.

—¿En serio? Eso sí que no me lo esperaba de ti, Nagi.

—Es importante, al parecer —dijo, y se dirigió hacia él, con un deje de curiosidad —. Oye, Bachira... ¿tú qué fondo de pantalla tienes?

Bachira levantó una ceja, sacando su móvil del bolsillo.

—¿Yo? Mmm... espera, te lo enseño.

Encendió la pantalla y la giró hacia ellos.

Era una foto compartida: él e Isagi sudados, sonrientes, luego de un partido. No era perfecta, pero había una energía viva en esa imagen.

—Me gusta esta —dijo Bachira, con una sonrisa genuina —. Fue un buen día. Y me recuerda por qué amo esto.

Nagi lo miró en silencio durante unos segundos, luego desvió la vista.

—Tú sí sabes guardar recuerdos —murmuró.

—¿Y tú qué tienes? ¿A Reo todavía? —preguntó Bachira, sin malicia, solo con la curiosidad de siempre.

Isagi sintió el aire tensarse un poco.

Nagi no respondió enseguida. Miró su móvil, como si pensara en qué decir. Luego, lentamente, se lo enseñó a Bachira.

—Tenía una foto que él me puso hace tiempo. Pero ahora puse esta.

Bachira miró la pantalla. Se quedó callado un segundo. Luego levantó las cejas.

—¡Oh!

Nagi no dijo nada. Solo volvió a lo suyo.

—¿Cómo está Reo? —preguntó Bachira al cabo de un momento, con su expresión característica. 

—No lo sé. No hablamos —Nagi se contuvo —. Supongo que me alejé más de lo que pensaba. Lo extraño. Y a veces siento que ya no tengo derecho.

Isagi observaba en silencio. Algo en el pecho se le cerró al oírlo hablar así. Pero podía llegar a empatizar con ese miedo. De haber dejado ir algo sin saber si podrías recuperarlo.

—Si lo extrañas, deberías decírselo —intervino finalmente Isagi.

Nagi alzó la vista, sorprendido de que lo dijera precisamente él.

—¿Tú crees?

—No es tarde. Solo duele más si te quedas con la duda.

Bachira observó a Isagi de reojo, su expresión más seria de lo habitual.


Días después.

El entrenamiento había terminado. Todos salían exhaustos, comentando jugadas, riendo. Pero Nagi se quedó atrás en los vestuarios, móvil en mano.

Miró la pantalla, donde aún seguía la foto de Choki. Dudó. Luego, por impulso, entró en la galería.

Pasó varias imágenes. Hasta que se detuvo en la antigua foto que tenía puesta. Era una de Reo, que había admirado tantísimo, que se le hacía muy raro no verla cada vez que abría el móvil.

—Quizá es momento —murmuró.

Esa noche, Nagi le escribió a Reo. Dudó antes de enviarle algún mensaje, pero al final pulsó el botón.

Nagi:
eh

Nagi:
estás… molesto todavía?

Reo:
qué

Reo (unos segundos después):
no sé
por?

Nagi:
por… lo de nosotros

Reo:
pensé que tú ya habías pasado de eso

Nagi:
no
solo no supe cómo
o sea
no sabía cómo...

Reo:
ya

Nagi:
es que me pareció que estabas muy enfadado,
no quería molestarte

Reo:
molestar ? esa no es tu palabra
desaparecer sí

Nagi:
joder...

Nagi (después de unos minutos):
tampoco sabía si querías que volviera a hablarte

Reo:
y no dijiste nada

Nagi:
me daba miedo que me ignoraras

Reo:
pues lo hiciste tú primero

Nagi:
soy un imbécil
y no sé cómo se arreglan estas cosas

Reo:
bienvenido al club

Nagi:
...

Nagi:
pero si tú… no sé, si tú todavía me quieres hablar
yo sí quiero arreglarlo

Reo:
estás escribiendo como si te diera igual
pero sé que no te da

Nagi:

pero no sé decirlo mejor

Reo:
entonces dilo así
como puedas

Nagi:
ok
te echo de menos

La conversación fue torpe al principio. Pero poco a poco, como quien encuentra de nuevo una melodía olvidada, se sintieron menos distantes.

Reo:
idiota

Nagi:

un poco

Reo:
un mucho

Nagi:
te reíste?

Reo:
¬¬

Nagi:
:(

Reo:
y ahora qué?

Nagi:
no sé
pero no quiero volver a no hablar contigo

Reo:
y yo no quiero que finjamos que no pasó nada

Nagi:
no, no haremos eso. Será todo mejor

Reo:
mejor cómo?

Nagi:
no sé
pero contigo
ya es mejor

Reo:

Reo (escribiendo...)
puedo verte?

Nagi:
ahora?

Reo:
cuando podamos

Nagi:
vale
quiero eso
aunque no sepa qué decirte en persona

Reo:
ya lo haré yo

Nagi:
entonces estamos bien
aunque seamos un desastre

Reo:
el desastre eres tú

Nagi:

eso

Y cuando Reo le pidió verse después del próximo partido, Nagi dijo que sí. Porque definitivamente añoraba volver a ser cercano a Reo, y aunque no le gustaba la idea de tener que enfrentarle, después de todo, tendría que esforzarse y dar más de si.


Mientras tanto...

Isagi estaba con Bachira en el campo, durante un entrenamiento.

—Estás en las nubes ¿En qué piensas? —preguntó Bachira, sin rodeos.

—¡¿Eh?! —Isagi al verse descubierto se puso tenso de inmediato —. Solo estaba distraído...

—Pensando en alguien… —quiso picarle.

Isagi suspiró.

—Puede ser...

Bachira sonrió con suavidad.

—¿En quién?

Isagi miró al suelo, luego al horizonte, buscando una excusa rápida, una respuesta vaga. Pero no encontró ninguna.

Porque sí... había estado pensando en alguien.

—En Reo —contestó sincerándose, incapaz de mentirle.

Bachira soltó una carcajada, sorprendido.

—¡¿En Reo?! ¿De todas las personas posibles?

—Sí —repitió Isagi, esta vez con firmeza, pero frunciendo un poco el ceño, como si le costara admitirlo —. No de esa forma... no como tú crees.

Bachira lo observó, esperando.

—Estuve confundido un tiempo —confesó Isagi —. Pensé que me gustaba Nagi. Tal vez sí me gustaba. Había algo en él que me atraía... su forma de ver el mundo, de jugar, de vivir sin pensar demasiado. Quería entenderlo, estar cerca.

Bachira no lo interrumpió.

—Pero entonces... vi cómo miraba a Reo. Cómo hablaba de él. Y cómo se apagaba un poco cuando lo mencionaba. Y me di cuenta de que yo nunca ocuparé ese lugar.

—Y empezaste a pensar en Reo —murmuró Bachira, entendiendo.

—Sí. Como rival. Como alguien que ya tenía ese espacio al que yo quería llegar — Isagi se pasó una mano por el cabello, frustrado —. Todo eso me hizo pensar demasiado. Y tú...

Bachira ladeó la cabeza, más serio.

—¿Qué pinto yo en todo eso?

Isagi levantó la mirada, encontrándose con los ojos de Bachira.

—Que ahora lo entiendo.

—¿Y qué es lo que entiendes, exactamente?

Isagi sonrió, por fin, como si algo dentro de él se hubiera alineado.

—Que no debo perseguir a alguien que ya está mirando a otra parte. Se trata de ver quién ha estado mirándome desde el principio. —el silencio que siguió hizo que Bachira por primera vez se sintiese ansioso por lo que iba a decir Isagi —. Y tú siempre estabas ahí, conmigo —continuó Isagi—. No exigiste nada. Solo estabas... y ahora lo sé. Ahora entiendo lo importante que fue eso. Lo importante que eres tú.

Bachira tragó saliva, sintiendo un nudo en la garganta. Su voz, cuando salió, no fue firme como solía ser.

—No voy a meterme en tu vida. Estoy bien si me dejas estar cerca de ti.

—Gracias por quedarte. ¿Sabes? Esto se siente como cuando me das un pase perfecto. Siempre te esfuerzas para que lo pueda chutar con facilidad.

—Sí —murmuró Bachira—. Confío en que lo meterás.

Isagi lo miró, conmovido. No era solo por las palabras, sino por la forma en que Bachira hablaba.

—Ahora quiero que todos mis goles... empiecen contigo.

El pecho de Bachira se agitó, como si las palabras de Isagi le hubieran golpeado justo en ese lugar, donde había estado guardando todo en silencio.

Abrió la boca, como si fuera a decir algo, pero solo logró exhalar aire. Bajó la mirada por un instante, mordiéndose el labio, y cuando volvió a levantarla, sus ojos brillaban con una emoción que ya no intentaba ocultar.

—No sabes cuánto quise oír eso.

Isagi dio un par de pasos hasta quedar enfrente de él.

—Y no sabes cuánto me arrepiento de no habértelo dicho antes.

Bachira esbozó una sonrisa.

—No importa. Ya lo dijiste.

—Juntos podemos ser invencibles.

Bachira cerró los ojos un segundo, como si necesitara ese breve momento para creérselo.

—Y si me vuelvo mucho más fuerte y si te supero, ¿vas a seguirme? —preguntó, medio en broma, medio en serio.

Isagi sonrió, esa sonrisa que reservaba para cuando todo en él se alineaba con su propósito.

—Siempre. Haré lo que sea para volver a recuperarte. Pase lo que pase, debemos seguir jugando juntos.

Bachira rió bajo, aliviado.

—Entonces… —de un impulso, Bachira se lanzó sobre Isagi.

Este cayó de espaldas sobre la hierba, mientras Bachira quedaba encima de él, apoyado con las manos a ambos lados de su cabeza.

—¡Oye! —protestó Isagi —. ¿Qué fue eso?

—Una entrada táctica —respondió Bachira, encogiéndose de hombros como si nada —. Para asegurar la posesión del balón.

—¿Qué balón...? —empezó a decir, pero Bachira ya estaba inclinado, sus rostros separados por apenas unos centímetros.

—El de tu atención —susurró, sus ojos brillando con picardía y ternura.

Isagi se quedó quieto, atrapado entre el ritmo acelerado de su corazón y la cercanía del otro. Pero no había incomodidad. Solo esa extraña sensación de paz, como si todo encajara.

—Podrías haber pedido un pase, ¿sabes? —dijo Isagi en voz baja.

—Lo intenté —sonrió Bachira—. Pero a veces, hay que presionar alto para que el rival reaccione.

—¿Y yo era el rival?

—Lo fuiste —admitió, inclinándose un poco más, su frente rozando la de Isagi—. Pero ya no. Ahora ya no.

El viento sopló suavemente alrededor, y por un momento todo quedó en silencio, solo sus respiraciones y la calma de ese instante.

—Entonces... pásame el balón, Bachira —susurró Isagi, con una sonrisa tranquila—. Que estoy listo para jugar solo contigo.

Y Bachira, con los ojos más brillantes que nunca, se inclinó al fin y lo besó.
Suavemente al principio, como una prueba. Pero Isagi no dudó. Lo sostuvo por la cintura y respondió con la misma claridad.

ꚰꚰꚰ ꚰꚰꚰ

Nagi no podía dormir.

Llevaba al menos una hora dando vueltas en la cama del dormitorio del equipo, con la pantalla de su móvil iluminándole el rostro.
No había ningún nuevo mensaje de Reo. Y tampoco se atrevía a escribirle otro.

Habían acordado que se verían al día siguiente, después de un partido y empezaba a sentir muchos nervios.

Suspiró, girándose hacia la pared, el móvil todavía en la mano. Se quedó mirando la pantalla.

"Tal vez... ya le dé igual si la tengo puesta o no", pensó.

La noche se le hizo larga, pero el momento tan esperado llegó y con ello el estremecimiento que se instauró en cada célula del cuerpo de Nagi, cuando sus ojos colapsaron con esos ojos violeta que tan bien conocía.

Reo estaba de pie a unos metros, con la camiseta colgando del hombro y la mirada fija en él. No en el equipo. No en el campo. Solo en él.

Nagi se detuvo en seco a una distancia prudencial. No supo si avanzar o quedarse ahí.

Reo fue el primero en moverse. Se acercó un poco más, sin prisas, manteniendo la compostura y una expresión que no daba pie a interpretación alguna.

—Hace tiempo que no nos veíamos —dijo Reo, con una voz más baja de lo que Nagi recordaba.

—Estabas muy cabreado...

—Lo estaba. Pero ahora... creo que es otra cosa...

Nagi no respondió de inmediato. Miró al suelo, luego volvió a alzar la vista.

—No sabía cómo seguir cerca...

—Típico —Reo frunció el ceño —. Empezaste a ir con los otros y pensé que me estabas dejando atrás —soltó sincero.

—Yo pensaba lo mismo de ti.

El silencio cayó entre ellos como una pausa larga.

Nagi tragó saliva antes de formular esa pregunta, que sabía que al pronunciarla le quemaría la garganta, por miedo a la respuesta.

—¿Crees que aún podemos... volver a ser lo que éramos?

Reo sintió una punzada en el pecho.

—No.

—Reo…

—No podemos volver a ser lo que éramos, Nagi. Porque eso... eso ya no existe. Lo rompimos. Los dos.

El silencio cayó pesado entre ellos.

—Entonces... ¿ya está? —preguntó Nagi, y por primera vez en mucho tiempo su voz sonó rota.

Reo lo miró. Lo miró de verdad. Como cuando lo conoció por primera vez, como cuando eran indestructibles. Pero ya no había idealización. Solo realidad. Le sostuvo la mirada a Nagi, con una calma que no tenía hacía mucho.

Nagi bajó la mirada, sacó su móvil lentamente del bolsillo del pantalón deportivo y se lo tendió a Reo, pantalla encendida.

Reo frunció el ceño, confundido, hasta que vio el fondo de pantalla.

Una foto de ellos dos. Algo antigua. Reo abrazándolo desde atrás, ambos en ropa de colegio, con el sol bajando detrás.

—Esa foto... —murmuró Reo, reconociéndola al instante.

—La cambié —Nagi habló sin rodeos —. Había puesto una de Choki. No sabía si tú aún querrías que conservase esa tuya. Me pareció gracioso poner a Choki al principio... una tontería para no pensar.

—¿Y entonces?

—La volví a cambiar. A esta. Porque no importa cuánto intente distraerme o hacer como que no me afecta... nada hace que deje de pensar en ti. Te tenga o no de fondo de pantalla.

Reo se quedó paralizado por un instante.

—¿Por qué me dices esto?...

Las palabras le calaron más hondo de lo que esperaba. Su expresión cambió, como si no supiera si sonreír o dejarse llevar por el temblor en su pecho.

—Porque necesito saber si para ti... yo también sigo ahí. Aunque sea solo en tu pantalla.

Reo entrecerró los ojos, sorprendido por la pregunta. Luego sacó su móvil, en silencio. Se lo mostró.

La foto de fondo era de Nagi. Una más reciente, tomada sin que se diera cuenta. Estaba de espaldas, caminando por el pasillo del complejo de entrenamiento, con la luz cayéndole encima.

Nagi parpadeó varias veces seguidas sin saber qué decir. No se lo esperaba.

—Yo también la cambié —dijo Reo.

El corazón de Nagi bombeaba furioso y jamás creyó poder experimentar esa sensación tan dentro.

—Entonces… ¿aún estoy ahí?

—Nunca dejaste de estarlo.

Nagi bajó los ojos por un momento, tragando saliva.

—Qué complicados somos, ¿no?

—Sí, lo somos —dijo al fin, después de varios segundos en los que dejó el tiempo pasar —. Pero... tú nunca me gustaste por ser fácil.

Nagi se estremeció al escuchar, como de la voz de Reo, salía esa palabra "gustar".

—Me siento tan torpe contigo. Como si fuera el único que no sabe qué está haciendo.

—No tienes que saberlo todo —respondió Reo.

—Reo… —empezó, su voz más baja que antes.

—¿Hm?

Nagi trató de encontrar las palabras adecuadas, pero supo que dijese lo que dijese, iba a sonar extraño.

—¿Esto que siento por ti... es "gustar"?

Reo se quedó quieto. La pregunta no lo tomó por sorpresa. Tal vez porque la había esperado. Tal vez porque era la forma más honesta en la que Nagi sabía acercarse.

—¿Tú qué crees que es? —preguntó, sin ironía. Solo con la calma de quien entiende que para Nagi, ponerle nombre a las emociones es como aprender a caminar otra vez.

Nagi reflexionó. Se quedó muy quieto.

—No dejo de pensar en ti —dijo, como si fuera lo más extraño del mundo —. Y cuando estoy lejos, te echo de menos. Pero cuando estás cerca, no sé dónde ponerme —se detuvo un segundo, y añadió —. Y cuando vi que habías cambiado la foto... sentí que algo dentro de mí se encendía. Como si hubiese marcado 100 goles yo solo en un partido —Reo lo escuchaba en silencio —. Eso... ¿es gustar? —preguntó Nagi otra vez, con un tono casi infantil, pero tan sincero que sobrecogía.

Reo sonrió un poco, sin burlas.

—Es gustar. Y es querer, tal vez. Pero no tienes que llamarlo nada si eso te abruma. Lo importante es que lo sientas.

—Lo siento —admitió Nagi.

Reo se acercó hasta que su torso estuvo casi rozando el cuerpo de Nagi, con los ojos cerrados por un momento.

—Entonces está bien. No pongas etiquetas. Solo... quédate conmigo. Así. Como eres.

Nagi asintió, respirando profundamente.

—Vale. Pero... —la voz de Nagi se quebró un poco, como si lo que iba a decir le costara más que cualquier otra cosa —, ¿y tú?

Reo entreabrió los ojos, todavía tan cerca que su respiración se mezclaba con la de él.

—¿Yo qué?

Nagi frunció apenas el ceño, no de molestia, sino de esfuerzo. Era difícil hablar de lo que no había aprendido a nombrar. Difícil pero necesario.

—¿Qué sientes tú por mí? Ahora. No lo que sentías antes. Lo de ahora. Después de todo lo que pasó. Después de que me alejé. Después de que te hice esperar...

Reo bajó la mirada por un instante, tratando de buscar las palabras justas.
Cuando volvió a mirarlo, lo hizo sin máscaras.

—Siento que todavía te elijo. Siento que me doliste... sí. Pero no lo suficiente como para dejar de quererte.

Nagi cerró los ojos. El pecho le dolía, pero no de angustia. ¿Qué le pasaba? Era otra cosa. Era emoción desbordada. Era algo que por fin podía liberar.

—Yo no sabía cómo arreglar esa mierda — Reo le miraba y no lo interrumpió —. No sabía si aún querías que lo intentara, o si ya habías... —se interrumpió, tragando saliva con fuerza, las palabras amontonándose en su garganta —. Si ya ibas a la tuya —las manos de Nagi temblaron un poco, pero no se las escondió a Reo —. Pensaba en ti todo el tiempo, pero cuando imaginaba acercarme, algo en mí... se bloqueaba. Me daban ganas de arrancarme la piel —. Me sentía un inútil —Nagi bajó la cabeza, la respiración agitada, como si todo lo que estaba sintiendo al fin le explotara en el cuerpo —. Me sentía desesperado. Como si todo el mundo se estuviera moviendo hacia adelante, menos yo. Como si me hubiera quedado atrapado en el día en que me alejé.

El silencio pesó un momento.

—¿Por qué no me dijiste nada antes? —preguntó Reo, en voz baja, pero no con reproche.

—Porque me daba miedo que ya no me quisieras —soltó Nagi, de golpe.

Y entonces, Reo lo abrazó. Sin aviso. Sin palabras. Fuerte, como si lo estuviera recogiendo del suelo.

Nagi se quedó quieto al principio. Luego, como si ese abrazo fuera lo único capaz de sostenerlo, dejó que su cuerpo se rindiera.

Lo rodeó también. Se aferró a él. Hundió su cara en su clavícula. Y tembló.

—Estoy aquí, Nagi. Estoy aquí —la voz de Reo sonó determinante, y su abrazo era firme como una promesa.

—No te vayas —susurró Nagi, casi ahogado, con desesperación —. No te…

Reo le interrumpió.

—No me voy a ir. Ni aunque me empujes. Ni aunque no sepas cómo quererme bien todavía.

Nagi cerró los ojos, apretándolo más fuerte. Por fin, había soltado todo.

Y aun así, Reo seguía ahí. No como antes. Sino mejor.

ꚰꚰꚰ ꚰꚰꚰ

Isagi estaba sentado junto a Bachira cerca del borde del campo, ambos con las piernas estiradas, respirando tranquilos.

—¿Todavía tienes esa foto tuya en tu teléfono? —preguntó Bachira, con una sonrisa traviesa.

Isagi ladeó la cabeza, un poco sonrojado.

—¿La que me hiciste poner tú?

—Esa misma. Con tu cara toda seria. Es perfecta.

—Sí… aún la tengo —y al decirlo, no pudo evitar sonreír, con cierta timidez.

Bachira sacó su móvil.

—Yo cambié la mía.

—¿Ah, sí? ¿A qué?

—A una tuya. Una en la que solo sales tú. Pero no te lo quería decir hasta que tú lo notaras.

Isagi lo miró de golpe, entre sorprendido y divertido.

—¿Me estás diciendo que tengo que revisar tus cosas para darme cuenta que te gusto?

—No dije eso —rió Bachira, encogiéndose de hombros —. Pero tampoco lo negué.

Antes de que pudieran seguir, una sombra se acercó.

—¿Hablan de fondos de pantalla otra vez? —interrumpió Nagi, de pie frente a ellos, con una botella de agua en la mano.

—¿"Otra vez"? —preguntó Isagi, medio riendo.

—Sí. Parece que ahora eso dice mucho de lo que sientes por alguien —murmuró Nagi, sentándose con ellos, sin pedir permiso.

—¿Y tú qué tienes de fondo ahora? —preguntó Bachira, directo como siempre.

Nagi se encogió de hombros, pero no tardó en sacar el móvil. Les mostró la pantalla.

Era la foto de Reo.

—Pensé que la habías quitado —comentó Isagi, sin malicia.

—Lo hice —dijo Nagi, bajando la mirada—. Pero la volví a poner. Porque… bueno. Quiero a Reo.

Isagi y Bachira se miraron entre si. Hubo complicidad ahí. Y una madurez distinta en la voz de Nagi.

—¿Y tú? —preguntó Nagi de repente, mirando a Isagi con calma —. ¿Isagi? ¿Alguna novedad?

Isagi se quedó un segundo en silencio. Miró de reojo a Bachira. Lo vio sonreír. No con burla. Con esa luz especial, que siempre tenía en los ojos cuando estaba feliz.

—Yo... —respondió Isagi finalmente —. Estoy listo para una nueva etapa. 

—¿Y tú, Bachira?

Bachira apoyó la cabeza en el hombro de Isagi.

—Yo solo quiero jugar con él. Siempre. Aunque no haya partido.

Nagi los observó. Y comprendió a que se refería.

—Entonces supongo que todos estamos aprendiendo.

Los tres se quedaron ahí un momento más, sin prisa. Con el sol bajando, y el viento leve, preparados por lo que estaba por venir.

Cuando el sol ya se había escondido casi por completo, dejando al cielo teñido de tonos rosados y dorados, Nagi seguía sentado junto a Isagi y Bachira, los tres en silencio. A lo lejos, se escuchaban pasos acercarse.

Reo.

Venía con su mochila colgada de un solo hombro, la camiseta medio desordenada y una ligera expresión de duda, hasta que vio a Nagi sentado con los otros dos.

Nagi lo vio. Y sin decir nada, solo levantó ligeramente una mano, como si le estuviera guardando sitio.

Reo se acercó.

—¿Interrumpo?

—Un poco —dijo Bachira con una sonrisa juguetona.

—No —respondió Nagi, con una voz tranquila.

Reo se sentó al lado de Nagi. No hubo palabras. Solo una breve mirada entre ellos, silenciosa pero cómplice. Como si todo lo que necesitaban decir, ya se hubiera dicho antes.

Bachira miró a Reo, luego a Nagi, luego a Isagi.

—Vaya fondo de pantalla grupal tenemos aquí, ¿eh? Tendremos que hacernos una foto.

Isagi rió suavemente.

Y en medio de esa risa , Isagi sintió que Bachira rozaba su mano con la suya. Lo miró de reojo. No había presión. Solo ese gesto que decía "estamos juntos".

Y él, sin pensarlo demasiado, entrelazó sus dedos con los de Bachira.

Reo se dio cuenta. Y también entrelazó su mano con la de Nagi.

El viento sopló otra vez, moviendo el césped, las camisetas, las pequeñas cosas que nadie nota pero que siempre están ahí.

Como ellos. Distintos, pero cerca. Cambiados, pero más sinceros.

Y por primera vez en mucho tiempo, ninguno sentía que tenía que correr detrás de nadie.

Estaban exactamente donde querían estar.