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Hilos de plata

Summary:

Casca cepilla el cabello de Griffith.

Work Text:

Todos dormían profundamente. No había pasado mucho tiempo desde que habían conquistado otro castillo, por lo que luego de una brava batalla y una buena cena proporcionada por el comandante de la banda, todos estaban en su quinto sueño.

Ya avanzada la noche no había quien merodeara los alrededores de las tiendas, a excepción de la una mujer en el grupo que no podía conciliar el sueño. A veces Casca merodeaba alrededor del campamento cuando le hacía falta recibir algo de aire fresco para disipar los malos pensamientos que resurgían en las noches mucho más allá de la guerra sangrienta. Nada podía ir peor para ella, el día y la noche intentaban torturarla cada uno a su manera.

A la lejanía estando recostada sobre el pasto fresco de su colina preferida bajo el cielo estrellado vio algo que le hizo fruncir el ceño: apenas era una chispita diminuta en medio del campamento que no estaba encendida minutos antes de que ella abandonara su lecho. Arrastrada por la curiosidad fue a ver de qué se trataba y ciertamente no se sorprendió demasiado al percatarse de que se trataba de su adorado comandante.

«Ah, solo es Griffith…», pensó. Supuso que él más que nadie tenía demasiado en qué pensar y comprendió las razones de su insomnio.
Cuando se dio la media vuelta para retirarse escuchó su nombre siendo susurrado desde esa misma tienda, en donde al muchacho de cabellos plateados asomaba la cabeza alzando levemente la tela de la entrada.

—Disculpa, Griffith. Estaba merodeando, pero… —Se encogió de hombros. No sabía si era causante de preocupaciones o si tan siquiera era digna de tener un espacio en algún rincón de su mente, pero de igual manera dijo—: Perdón por despertarte. Ya me iba.

Él negó con la cabeza sin borrar su ligera sonrisa.

—¿Puedo pedirte un favor?
—Lo que quieras.
—Entonces, ¿podrías venir un momento conmigo? Necesito ayuda con algo.

Lo dudó. La idea de estar a solas con Griffith ya avanzada la noche le ponía nerviosa, pensativa, ansiosa. Sin embargo, hacía mucho que se había prometido a sí misma no negar ninguna orden o petición recibida por parte de él.

—Claro.

Y caminó hacia la tienda en donde vio a Griffith sentarse frente al tocador, tomó un peine de madera y se lo tendió a su capitana. Ella lo miró confundida y él la tranquilizó.

—Tranquila, solo te pido que me cepilles el cabello. Hay algunos nudos que no salen luego de esconder mi cabeza bajo el casco de la armadura. —Se puso un momento en los zapatos de Casca y sintió la pena que ella podría estar experimentando—. Oh, pero caminabas de noche porque esperabas conciliar el sueño. Si gustas puedes irte a dormir y yo me…
—¡No! —lo interrumpió de inmediato tomando el peine con ambas manos—. Lo haré con mucho gusto.
—Gracias. —Sonrió con sinceridad.

Se alegró de que ella no se hubiera negado. Si perdía esa oportunidad, era posible que nunca más se prestara el momento para poder conseguir algo de contacto humano. Después de todo, los humanos necesitan cuidar minuciosamente unos de otros para no sentirse como simples muñecos de paja.

Casca caminó hacia Griffith y con mucho cuidado tomó el primer mechón. Era suave, bello… Sintió que sus manos eran sucias en comparación.
Con la luz de las velas, sus blanquecinas hebras de cabello se percibían ámbar y ello resaltaba aún más su auténtica preciosidad. De pronto por la mente de Casca pasó el pensamiento fugaz de que su bonita cabellera no debería ser peinada con un peine de madera tan simple como el que ella llevaba en la mano, sino que era merecedor de un cepillo de plata. Pero, ¿qué se podía hacer? No contaban con el dinero suficiente para nada más allá de permitirse dos comidas diarias.
 
A lo lejos se escuchaba el canto de los grillos y el aleteo de las aves nocturnas y nada más. El conticinio era tal que la morena podía escuchar los latidos de su propio corazón e incluso la respiración de Griffith. Deseaba no estar tan nerviosa pero la situación era algo irrepetible y no podía perderse la oportunidad de conseguir un nuevo bonito recuerdo junto con el hombre que admiraba, que amaba y que respetaba.

Se sintió confundida por sus propias emociones. No entendía cómo el amor, la tristeza y la admiración podían convivir en sintonía dentro de su pecho. Y era que, lo que sentía por Griffith iba mucho más allá del propio sentido de comprensión, pues no le miraba como si fuese su hermano, su amigo, su capitán o su amante. No, ni siquiera un amante… El grado de amor era tan grande que al sentirse protegida bajo su ala solamente podía llegar a compararse con el cariño y regocijo que podía llegar a sentirse hacia su propio ángel de la guarda.


Casca siguió pasando el peine por el cabello de Griffith. Con la mano izquierda tomó un mechón y con la otra cepilló cada parte hasta dejarlo totalmente liso. Pudo ver que era cierto que tenía algunos nudos, pero no los consideró lo suficientemente terribles como para que él mismo no hubiese podido haber resuelto su problema. Aun así, hizo lo mejor que pudo y dejándose llevar por el deseo pasó su mano por la larga cabellera, permitiéndose sentir una vez más aquella suavidad absoluta. Su melena era tan preciosa como para tan siquiera pensar en cortarla alguna vez. Griffith era un encanto; la belleza encarnada, y ella se sintió muy afortunada de vivir en compañía suya.

Él sonrió sin poder evitarlo. Los dedos de Casca que de vez en cuando le rozaban la nuca le provocaron cosquillas y una curiosa sensación placentera. Estaba seguro de que ella conseguiría provocarle un sueño profundo pronto.

—Tienes tacto suave, Casca.

Ella se sonrojó ligeramente. Sabía que la respuesta correcta a dar era un agradecimiento o una contestación que alargara la conversación, pero embobada por su infantil enamoramiento habló sin pensar.

—Me gusta tu cabello. Parecen hilos de plata.

De pronto ella volvió a quedarse en silencio muy avergonzada por sus palabras y él sonrió para apenas decir tenuemente:

—Gracias.

Ambos hablaban con un tono tan bajo como si alguien estuviera durmiendo justo a un lado de ellos.
Casca siguió cepillando el cabello de Griffith con dedicación y aunque cada nudo fue deshecho muy pronto tuvo que fingir que aún quedaban algunas marañas porque no quería separarse de él. La tarea era tan frágil y placentera que le hubiera gustado que se quedasen atrapados en ese momento para siempre. Pero no podía quedarse pretendiendo toda la noche, por lo que puso el peine sobre la mesa mientras anunciaba: “Listo”.

—¿Ya? —preguntó él pasándose los dedos por los mechones desenredados.
—Sí, espero que no te haya lastimado ninguna vez.
—Claro que no. Se parece al tacto de mi madre.
—¿Ah, sí?

Casca tembló de emoción ante la declaración y él le dedicó una sonrisa que terminó de derretirle el corazón. Así era Griffith: capaz de infligir en ella emociones fuertes en base a sus acciones.

Sin embargo, Griffith no pudo sentirse igual de aliviado ante la mentira porque no había ninguna madre de la que hablar ni a la cual recordar, aunque, inventar falsas memorias para compartirlas le pareció un recurso dulce para interactuar con la única mujer de su banda. Y, ella, inocentemente se sintió especial al pensarse la única persona con la que el halcón había compartido algún recuerdo de su familia.

Se vieron fijamente a los ojos hasta que ella desvió la mirada primero y Griffith le habló con calma.

—Descansa, Casca. Y gracias por cumplir mi capricho.
—Estoy siempre a tu disposición, Griffith.
—Lo sé. —Las comisuras de sus labios se curvaron hacia arriba.

La muchacha vio un puñado de cabellos mal acomodados en su frente. Antes de retirarse y atreviéndose demasiado, pasó sus dedos por el flequillo de él para alisarlos gentilmente. Él no se esperaba aquel movimiento, por lo que la sensación le provocó un sonrojo involuntario muy impropio de su parte.

“Buenas noches”, dijo Casca y salió directo a su propia tienda sin esperar respuesta. Al estar una vez sola se hundió en la oscuridad sin atreverse a encender ninguna vela que le ayudara a sobrevivir ante la ansiedad que resurgía en la noche y se metió entre las frías mantas. Todavía sentía la suavidad de la cabellera de Griffith en su mano y no pudo evitar sonreír ante el recuerdo que recién había creado. Él era bello, realmente bello, pero el saber que jamás sería su mujer le destrozaba el corazón y por ello se preguntaba a sí misma: «¿Por qué debo seguir jugando a la familia feliz?» Y a pesar de ese constante autosabotaje se permitió sentir abiertamente una felicidad creciente al estar siempre a un lado de Griffith, o, hablando literalmente, a sus espaldas.

Se durmió pensando en que pronto las cosas podrían resultar un poco mejor para ella y sus ardientes deseos de correspondencia. Aunque, el destino pronto le traería a alguien que rivalizaría con ella en cuanto al completo amor de Griffith, y fuera quien fuera, no dejaría que se lo arrebataran.

Pero no importaba… Griffith era Griffith, irremplazable e importantísimo en su vida. Su razón de seguir viviendo y de superar cualquier obstáculo.

Él era su único ángel de la guarda. Inolvidable y su ejemplo a seguir.