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Mandatum Novum Do Vobis (Conclave)

Summary:

Thomas Lawrence, decano del colegio apostólico, comete el grave error de dejar fluir sus más profundos deseos al tocar el cielo besando los pies del Papa Inocencio. La vergüenza, el placer y la culpa religiosa lo arrastran de nuevo a una crisis de fe. Sin embargo, Vincent nunca dejará de ser comprensivo con el prójimo.

(Thomas chupa pies)

Notes:

Este es mi primer fic para el fandom de Cónclave y siento que es demasiado personal por mi extraño gusto por Tarantino y el footfetish.

Como sea, quiero dedicarle este fanfic raro a mi mejor amigo AngieFool; este es su regalo de cumpleaños y espero de todo corazón que le guste mucho. 💞

Al igual, tengo muchas expectativas sobre el buen recibimiento que podría tener por parte de ustedes. :3

Sí, Lawrence tiene un fetiche con los pies (no, el autor no se está reflejando en él).

(See the end of the work for more notes.)

Chapter 1: Tentación

Chapter Text

Thomas Lawrence es, sin duda alguna, la mano derecha del nuevo Santo Padre. Después del cónclave, las palabras no fueron necesarias; Vincent simplemente sabía que su relación con el británico sería fuerte como el concreto o como la fe de ambos.

—¿Realmente es necesario hacer eso? —preguntó Benitez, quien se acomodaba su sotana blanca —. La idea de que su eminencia Tedesco me bese los pies me da escalofríos

Lawrence volteó su cuerpo para ver al Santo Padre y no pudo evitar soltar una risa corta.

—Sería un escándalo, ¿no crees? —comentó él, mirando los converse negros que su Santo Padre se negaba a cambiar por zapatos más formales —. Aún así es necesario... según el protocolo, claro.

El Papa Innocencio le sonrió a Thomas antes de proseguir.

—Jesucristo se inclinó a besar los pies de sus fieles como símbolo de reverencia y respeto —comentó, a sabiendas de que Thomas ya sabía esta información —. Pero, sé que algunos sólo se limitarán a seguir el protocolo, así como lo dices tú.

—Sé que no te gusta la idea de que tus pies sean besados por todos, peor aún así las cosas deben seguir su curso.

A decir verdad, Lawrence no era un gran entusiasta de besar pies ajenos y, es más, si los pies hubieran sido de otro ganador del papado, como Tremblay o Tedesco, no habría duda de que habría presentado su renuncia en ese preciso momento. Pero con el Papa Innocencio era todo muy diferente. Había un deseo que venía de sus adentros más borrozcosos; desde la primera vez que vio los pies delgados y morchos del Santo Padre, sintió el impulso de tocarlos, besarlos y hasta probarlos. Este pensamiento debería de haber sido reprendido, pero Lawrence realmente ya se sentía con la moral bastante baja viendo todos los escándalos en los que sus compañeros estaban envueltos, así que no le pareció algo que lastimara a nadie más que quizás a él mismo.

Y fue en esa habitación poco iluminada que la magia (o los pensamientos intrusivos de Thomas) fueron desprendiéndose frente a la cara curiosa de su santidad.

Lawrence miró a ambos lados, la habitación estaba vacía. Estaban solos en la antesala del palacio apostólico y la ceremonia tendría lugar en un par de minutos que ambos sabían que eran cruciales y debían aprovechar.

Benitez entendió lo que ocurría y posicionó sus pies a merced de Lawrence, quien ya se estaba agachando para poder contemplarlos.

Lawrence alzó la mirada y notó cómo Benitez empuñaba una ligera sonrisa que lo invitaba a seguir.

Thomas apartó la sotana blanca de su santidad con muchísimo cuidado. Alzó uno de los pies de Benitez y con la misma devoción empezó a soltar el nudo de los cordones para poder quitar el calzado.

—¿Esos son calcetines de aguacate? —preguntó el rubio con algo de gracia; era extraño, pero esperaba un color más sobrio.

—Uno de los fieles me las dio, también tengo de flamingos y de la bandera de México — Benitez lo miró desde lo alto; era gracioso explicar algo así en un momento tan íntimo como ese.

—Un gran detalle, no hay duda —el de ojos claros apreció los calcetines del moreno y por un segundo dudó en proseguir.

—Puedes seguir, Lawrence. No tengo problema contigo —murmuró Benitez con un hilo de voz que Lawrence jamás había oído. Se oía deseoso de la sensación tanto como él.

Y fue entonces, que con los nervios a flor de piel y una sonrisa boba en los labios, Lawrence dejó desnudo uno de los piel de su santidad.

Su pie era tal y como lo recordaba e imaginaba. Estaba limpio, las uñas bien recortadas, tenía algunos vellos creciendo en sus dedos y el olor a talco de manzanilla impregnó la nariz de Lawrence. El pie morocho del Santo Padre era tan pulcro y delicado, que el de ojos azules se sentía como un pobre depravado por lo que estaba a punto de hacer.

Empezó con un beso casto, delicado y no tan superficial que hizo que los dedos de Vincent se movieran por una reacción natural de su cuerpo, haciendo que también soltara una risita. Después de tantear el terreno, Lawrence sintió la necesidad de marcar más sus besos, intentando sin éxito que la marca de su boca contra la piel del moreno jamás fuera quitada por ninguna otra eminencia.

—Lawrence — murmuró, su rostro estaba algo confuso y sonrosado —. Tenemos exactamente diez minutos para salir de aquí.

—Déjame disfrutar de este momento, Vincent, te lo ruego —clamó como si de un niño pequeño pidiendo más tiempo en el parque se tratara —. Jamás había sentido tanto gozo en toda mi existencia, querido.

Su santidad sonrió, con gusto complaceria a su fiel mano derecha, el que estuvo acompañándolo desde el inicio de todo. A decir verdad, el hombre de los ojos tristes también merecía saciar cualquier clase de impulso que tuviera dentro de su mente.

Lawrence respiró profundamente antes de abrir la boca y acercar su lengua hasta los dedos de Inocencio. El contrario se sobresaltó por la sensación que nunca antes había conocido, pero con los segundos se fue acostumbrando a ella.

Benitez se sentía como un extraño, en su vida como hombre de fe, jamás había sucumbido a la tentación, pero a esto... no sabía como llamarlo. No era un acto sexual, pero tampoco era algo muy puritano que digamos que otro hombre te bese los pies con la pasión con la que Thomas lo estaba haciendo y mucho menos al mismísimo Papa. Sin duda se encontraba en medio de algo grande con Lawrence, mas el tiempo para hacer preguntas sería más adelante.

No iba a decir que la sensación le desagradaba ya que era todo lo contrario. Sentía una mezcla de emociones que vibraban en su adentros: primero, la curiosidad; segundo, el cosquilleo; tercero, el gusto y por último el placer. El placer le estaba invadiendo y no tenía reparo en soltar pequeños quejidos que intentaba acallar mordiendo sus uñas.

Por otro lado, Lawrence continuaba con noble labor de lavar los pies del Santo Padre con la lengua. Se tomaba el tiempo para cada uno de los dedos y no dejaba ningún rincón de estos sin saliva, el talco de manzanilla fue un problema al principio, pero a medida que la saliva invadía el pie, Thomas dejaba de sentir ese sabor artificial en la punta de su paladar, más bien, este fue cambiado por un sabor natural que en tiempos pasados solo se quedó en el fondo de sus fantasías a cajón cerrado, cajón que creyó nunca poder abrir por la impotencia sexual que le afectó al llegar a la vejez.

Pero por otro lado... le gustaban los pies, era lo primero en lo que se fijaba cuando tenía la oportunidad de ver a alguien con los pies desnudos. Al principio y hasta hace pocos minutos, ese gusto culposo no tenía ningún contexto sexual de por medio, mas ahora era distinto. ¿Lo que estaba haciendo con su queridísimo Vincent era sexual? Lo empezó a notar de ese modo en el momento en el que percibió que sus partes nobles empezaban a sentirse cálidas por debajo de las ropas modestas que llevaba puestas.

¿Acaso Vincent sentía lo mismo que él? Alzó un poco la vista para comprobarlo, pero al verlo, quedó un poco MUY desconcertado. Benitez tenía su rostro moreno cubierto por su mano, pero sus ojos cerrados con fuerza y su respiración apresurada lo delataban completamente.

En ese preciso momento su corazón se aceleró y tomó el pie del moreno para frotarlo contra su pecho y rostro, su apariencia era la misma que la de un animal que habían privado de alimento por mucho tiempo. Lawrence se habría sentido horrorizado si hubiera tenido un espejo frente a él para poder notar hasta que punto había llegado, pero en realidad poco le importaba. Si lo descubrían, no se preocuparía por ser excomulgado

Esa sensación de adrenalina hizo que su tentación desborde su cordura: ya no eran roces mojigatos, sino caricias firmes y desesperadas. El morocho, entre respiraciones que dejaban de ser suaves, respondía a los toques moviendo su pie en dirección al rostro de Lawrence.

—Jesucristo... —murmuró Vincent conteniendo la respiración y cerrando sus ojos con fuerza.

Lawrence volvió a la realidad al escuchar la voz de Vincent. Como si le hubieran tirado un balde de agua helada, un choque que hizo "¡bang!" directo en su moral.

—Vincent —separó su cuerpo, devolviendo el espacio personal de ambos —. Esto está mal... —soltó en tono ambiguo, ninguno sabía si era pregunta, afirmación o arrepentimiento.

Su santidad se mantuvo con los ojos cerrados por unos segundos más y volviendo a regular su respiración. Thomas, desesperado por ver al moreno en ese estado se aferró a la sotana de Vincent, deseaba que le mire a los ojos.

—Su Santidad... —la palabra salió de su boca de manera casi natural a pesar de que solo tenía la costumbre de decirle así en público. Sin embargo, pronunciarla le quemaba la garganta —. Discúlpeme, no sabía lo que hacía.

Claro que sí sabía lo que hacía. Sólo que era más fácil apretar con fuerza la sotana de Vincent que enfrentarse a él y ver si sus hermosos ojos tranquilos ya lo estaban juzgando. Se sentía más un viejo imbécil que un calculador pecador. Simplemente... ¿en qué diablos estaba pensando al hacer esa escena?

Vincent se acomodó en el asfixiante mueble en el que estaba bastante cómodo minutos atrás. ofreciéndole sus manos a Lawrence para que se levante. Ambos se encontraban bastante desconcertados.

—Thomas, ¿me puedes alcanzar una servilleta de papel? —pidió con la mirada clavada en su pie desnudo, no se atrevía a mirarlo a los ojos —. Por favor.

Thomas fue rápidamente hacia el cajón más cercano y le entregó un paquete de pañuelos desechables a Vincent.

—Muchas gracias. —respondió.

—Debo irme, su santidad.

Vincent no objetó. Solo asintió con rigidez, esperando a que Thomas saliera de la habitación para soltar todo el aire que había contenido en sus pulmones hace ya algunos minutos atrás.