Chapter Text
—¡¡No me lo puedo creer!!
Aziraphale casi se levantó de un salto del susto, llevando el libro que estaba leyendo al pecho. Giró la cabeza rápidamente, con los ojos muy abiertos, para encontrarse con la figura de Anathema, quien la observaba con el ceño fruncido y los brazos en jarras.
—¿De verdad voy a tener que volver a calentar el agua de la bañera? —preguntó mientras empezaba a moverse por la habitación, recogiendo los libros que Aziraphale tenía apilados por la habitación y alisando el vestido que, hacía ya un rato, había planchado y que ahora yacía descuidado sobre la cama.
—Lo siento, me distraje leyendo —respondió Aziraphale torpemente, tratando de recuperar el aliento.
—Ya, ya, siempre es la misma historia... —replicó Anathema con un suspiro exasperado—. Pero esta noche no puede distraerse, señorita. Es el baile en la casa Dagon, el baile mas importante de toda la temporada, y todas deben estar impecables, y su hora de comenzar a arreglarse pasó hace rato. —la regañó mientras colocaba los libros en la estantería.
Aziraphale sufrió en silencio al notar que los había colocado de cualquier manera, sin seguir un orden por autor o genero, pero pensó que se merecía esa pequeña tortura por el trabajo extra que estaba dándole a la pobre Anathema.
Dejó el libro en el alféizar donde estaba sentada, disfrutando del sol mientras leía, y suspiró profundamente.
—Lo sé, es solo que... —acarició la portada del libro con un gesto melancólico y suspiró —. Otro baile... otra noche sintiéndome invisible... otra noche en la que madre me mirará decepcionada.
Anathema la observó con tristeza en los ojos.
—Aziraphale, hemos sido amigas durante mucho tiempo, y sabes que no es así solo contigo. Ya conoces cómo es la señora Francine; miraría con decepción hasta al mismísimo rey si lo viera cometer el más mínimo error. Además —añadió con determinación—, haré un hechizo de amor para que esta noche sea la definitiva.
Aziraphale dejó escapar otro suspiro, esta vez acompañado de una leve sonrisa.
—¿Qué te he dicho de hablar de brujería? —la reprendió cariñosamente. Luego, con resignación en su voz, añadió—: Me meteré a bañar; cuanto antes empiece, antes terminará todo.
Con una sonrisa apagada, se levantó y se dirigió al cuarto contiguo, donde la esperaba una bañera llena de agua.
Al entrar en la habitación, sin ventanas, las suaves luces de las velas parpadeaban, proyectando sombras en las paredes. El aroma a madera húmeda y lavanda que salían de la tina de agua flotaba en el aire.
Aziraphale deshizo con cuidado el lazo de su vestido de lino, aflojando la tira que rodeaba sus caderas. Empujó las mangas de sus hombros, y estás se deslizaron por sus brazos. La prenda cayó a sus pies, y su piel quedó expuesta al aire fresco de la habitación mientras se acercaba a la bañera de cobre que aguardaba su entrada. Evitó deliberadamente mirarse en el sencillo espejo iluminado por la luz de la lámpara de aceite que colgaba en la pared. Ya sabía lo que vería reflejado y no tenía tiempo ni ánimo para esos pensamientos ahora.
El silencio se rompió cuando Aziraphale soltó un grito al meter el pie en el agua.
—Se lo dije —murmuró Anathema, poniendo los ojos en blanco desde la otra habitación antes de ir a buscar otro cubo de agua caliente.
—Estos realzan más tus ojos, deberías llevarlos —dijo Anathema con entusiasmo, sosteniendo los pendientes cerca del rostro de Aziraphale para que pudiera verse en el espejo.
Aziraphale inclinó ligeramente la cabeza, examinando su reflejo con escepticismo.
—¿No crees que ya voy muy… extravagante con el maquillaje? —preguntó, frunciendo ligeramente el ceño—. Con esos pendientes solo llamaría más la atención.
—Oh, por favor, apenas te he puesto un poco de colorete y pintalabios —respondió Anathema con una sonrisa, rodando los ojos con afecto.
Aziraphale bajó la mirada hasta su regazo, donde sus manos jugueteaban nerviosas con un trozo de encaje de su vestido.
Anathema se colocó frente a ella y la tomo de las manos, haciéndola parar antes de romper la tela— Créeme, vas a relucir esta noche. Quiero que todos en ese salón se pregunten cómo es posible que no tengas un séquito de personas a tus pies. Y ahora… ¡NO TOQUES EL MAQUILLAJE!
Aziraphale dio un respingo, apartando rápidamente la mano de su cara.
—Lo siento, lo siento —dijo, poniéndose nerviosa y levantándose del banquito frente al espejo. Se giró hacia el espejo de cuerpo entero y dejó que su mirada recorriera el vestido blanco adornado con bordados de hilo dorado. Aunque era hermoso, parecía que cada detalle estaba diseñado para recordarle sus defectos.
Ajustó el escote del vestido, que bajaba sin control, alisó el tejido sobre su vientre una y otra vez, tratando en vano de quitar los pliegues que aparecían por lo ajustado del vestido y remarcar todo lo que quería ocultar. Cerró los ojos, intentando ignorar cada imperfección que su mente le señalaba: las mangas que se ajustaban más de lo deseado, la cintura que se sentía demasiado apretada, y la tela que abrazaba sus caderas...
Los ecos de comentarios pasados resonaron en su cabeza: "Ciertos estilos no favorecen a todas…" Sí, definitivamente este vestido no era para ella. Al menos caía hasta el suelo, pensó, cubriendo sus piernas. Algo bueno tenía que encontrar.
Anathema, notando su tensión, se acercó con cuidado y posó una mano en su hombro.
—Estas hermosa —dijo con suavidad, apoyando su barbilla en el hombro de su amiga
Aziraphale suspiró, apartando la mirada del espejo.
—Me siento ridícula —admitió en un murmullo. Bajó la vista al suelo, insegura—. ¿De verdad tengo que llevar esto?
—Su madre los encargó. Son la última moda en París. —añadió imitando cómicamente el tono serió que puso el sastre que se lo entregó
—Ni siquiera hemos estado en París… —suspiró Aziraphale, con una mezcla de resignación e ironía.
Anathema la rodeó para ponerse entre ella y el espejo y, sin previo aviso, la abrazó.
—La noche pasará rápido, ya lo verás. Pero escucha, Aziraphale: no tienes que impresionar a nadie más que a ti misma. Y, si me lo permites, creo que ya eres más hermosa de lo que imaginas.
Aziraphale sintió que su pecho se aligeraba por las dulces palabras. Correspondió al abrazo buscando el consuelo que necesitaba.
—Y ahora —dijo Anathema, separándose y tomando las manos de Aziraphale—, vamos, siéntate aquí. Vamos a peinarte y a marcar esos preciosos rizos. Vas a estar espectacular esta noche.
Con una sonrisa más segura que las anteriores, Aziraphale se dejó llevar de nuevo hasta la silla frente al espejo, donde Anathema comenzó a peinarla.
El carruaje avanzaba por las estrechas calles de la ciudad, sus ruedas resonando contra los adoquines con un ritmo constante, y se movía debido a los baches que había en la calle, hecho por los charcos de las recientes lluvias. Las ventanas con cortinas de terciopelo apenas dejaban entrever las cuatro figuras en su interior, mientras el traqueteo hacía que las palabras firmes que llenaban el espacio no pudieran oírse desde fuera.
—No quiero que olvideis lo que hemos practicado. Una reverencia firme, pero no exagerada. Hablad con gracia y no interrumpas. Este baile no es una diversión, es vuestra oportunidad. —ordenó la Francine, su tono firme y su mirada severa mientras observaba a su hija menor. Lady Francine tenía un porte imponente, reforzado por su vestido de satén gris y su cabello recogido en un moño que no permitía desobediencia
—Si, madre —dio Michael por toda respuesta. Sus cabellos castaños rojizos que brillaban incluso bajo la tenue luz que entraba por las ventanas. Llevaba un vestido bordado color rojo, que llamaba la atención. Aziraphale la observo de reojo, se percato de que, si su hermana estaba insegura o nerviosa, lo escondió, borrando cualquier defecto que pudiera sentir para esa noche.
A su lado, Uriel observaba a su madre. Su propio compromiso, forjado el año anterior la protegía de gran parte de las críticas que ahora recaían sobre ambas. Sus rizos oscuros estaban perfectamente recogidos, y el azul pálido de su vestido la resaltaba elegante. Su rostro también permaneció impasible.
Sus ojos volvieron a fijarse en el paisaje cambiante: las luces de la ciudad quedaban atrás, dando paso a las sombras alargadas de árboles que flanqueaban el camino hacia la gran mansión en las afueras. La luna iluminaba la gran casa, que empezaba a hacerse visible a lo lejos. Sus ventanas brillanban anunciando que la fiesta ya había empezado.
—Aziraphale —dijo su madre de pronto, sin apartar la vista de Michael—. Tal vez deberías ofrecerle a tu hermana algún consejo —Era la mayor de las hermanas, aunque el título pesaba sobre sus hombros. Desde su presentación, hacía ya varios años, ningún compromiso había surgido, y la mirada fugaz que su madre le dedicó fue suficiente para recordárselo nuevamente. —¿No tienes nada que decirle a Michael?
Aziraphale giró la cabeza lentamente y trato de esbozar una sonrisa —Michael lo hará bien —respondió con suavidad. Luego volvió a mirar por la ventana, dejando que el traqueteo del carruaje ahogara cualquier respuesta de su madre. Sabía que si tuviera algún consejo útil que darle a Michael, no sé encontraría en esa situación.
A los pocos minutos llegaron a la mansión, construida en piedra, con grandes ventanales con marcos con detalles exquisitos.
Al bajar del carruaje, un mozo le ayudó tendiéndole la mano a cada una de las mujeres del carruaje. Aziraphale le agradeció con una cálida sonrisa que el chico devolvió, aunque vio la mueca en el rostro de su madre.
Del asiento de delante, Anathema y otra criada bajaron sin ayuda. Mientras Anathema fue hasta situarse entre la señora Francine y Aziraphale. La otra chica corrió para ponerse al lado de Michael y Uriel.
—Te ves hermosa en ese vestido, Ann —le susurró
Ella trató de no sonreír, ya que si lo hacía se llevaría una reprimenda por parte de Francine.
Todas ellas caminaron hasta la amplia puerta de entrada principal, decorada con flores y velas, en la que fueron anunciadas. El olor a vino, comida y el aroma de flores frescas mezclado con el leve olor a cera de las velas recibió apenas entraron a la casa junto a las conversaciones que se entremezclaban con la música.
El vestíbulo de entrada estaba decorado con suelos de mármol tan pulidos Aziraphale veía su reflejo en él. Una lámpara de araña, con miles de lágrimas de cristal, colgaba del techo y un gran espejo esperaba a su izquierda para que los invitados revisaran sus atuendo.
La entrada se mantenía despejada gracias a los criados que alentaban amablemente a los huespedes de aquel baile a moverse hacia el salón principal, donde se encontraba la comida y la pista de baile. Una majestuosa escalera curvada subía a los pisos superiores que, desde los balcones interiores, también se veían llenos de gente.
Aziraphale se alisó de nuevo el vestido, notando todas las miradas en ella. Se repitió a si misma que eso no era así, que cada uno de los allí presentes tenían sus propios asuntos e inseguridades. Respiró hondo y comenzó a andar juntos a sus hermanas, seguida de cerca por Anathema.
Llegaron al amplio salón de baile. Con techos altos y paredes adornadas por molduras doradas y paneles pintados con precioso motivos clásicos. Las grandes ventanas que daban a la calle estaban tapadas con cortinas de seda permitirían que la luz de la luna se filtrara pero se mantuviera la privacidad de lo que ocurría dentro. Los candelabros iluminaban cada rincón, mientras que en una esquina, músicos en vivo tocaban desde un estrado elevado.
Aziraphale miraba todo con detalle cuando una voz la saco de su ensoñación. Al girar la cabeza, su primo Gabriel se acercaba a ellas, sonriendo.
—Mi queridísima tía, que placer verla aquí —tomó la mano de la señora Francine y la besó y esta hizo una reverencia con la cabeza.
—Lo mismo digo Gabriel, no esperaba verte en este baile
—Ya salíamos de camino a las Américas cuando mi esposa se reunió con un conocido suyo y nos invitó a venir.
Las tres hermanas giraron la cabeza rápidamente al oír aquellas palabras
—¿Esposa? —preguntó Uriel incrédula
—¿Cuando te has casado? —parpadeo confundida Michael
Gabriel se movió un poco incómodo pero no perdió su sonrisa —Pues hace pocos meses, fue un romance… apasionado. Apenas la conocí, supe que tenía que hacerla mi mujer.
Aziraphale le sonrió tiernamente, se lo notaba lo enamorado que estaba de ella
—Que feliz de oír esa noticia, espero que podamos conocer a la mujer que robó tu corazón
Gabriel le agradeció con un asentimiento de cabeza y señaló hacia la zona mas apartada de la pista de baile —Se encuentra allí, hablado con su amigo
Las cuatro mujeres dirigieron la vista hacia la zona señalada, donde había cómodos sofás y sillas tapizadas, dispuestas en grupos para que los invitados descansaran o conversaran entre baile y baile.
Rodeando una de las mesitas con bandejas de plata que ofrecerían copas de vino y champán se encontraba una mujer de pequeña estatura, con su cara morena enmarcada por su cabello negro y un vestido a juego con pequeños brillos dorados en las mangas.
Mientras sus hermanas y su madre volvieron a entablar conversación con Gabriel, Aziraphale no pudo evitar que su vista se moviera hacia el hombre que se encontraba a su lado.
Era más alto que ella, con un traje del mismo color negro. El pelo rojo, no muy común, llamo su atención, pero nada levantó tanto su curiosidad como las gafas oscuras que llevaba. ¿Por qué alguien llevaría gafas oscuras en un salón de baile por la noche?
Mientras Aziraphale lo seguía mirando con su cabeza levemente ladeada, el hombre giró su cuello e hizo una mueca de disgusto ante algo que le dijo la mujer de Gabriel. Fue a dar un sorbo de su copa pero este quedó a medio camino cuando el hombre se quedó mirando directamente a Aziraphale.
Ella, con un pequeño ataque de pánico, se movió hacia la derecha, quedando tapada por Gabriel. Golpeó a Uriel sin querer, que la miró duramente, sin embargo, no dijo nada. Tras unos pocos segundos, Aziraphale miró por encima del hombro de Gabriel, que seguía hablando con su madre, ajenos a todo.E
Ese hombre seguía mirando en su dirección. También vio como la esposa de Gabriel se giró para mirarla y después golpeó con el puño al hombre que apenas reaccionó, susurrándole algo.
En ese momento, su madre comenzó a andar y sus hermanas las siguieron y Aziraphale se movió con ellas.
Mientras andaban, vio entre los invitados como Gabriel volvía al lado de su mujer y el hombre misterioso. Este abrazó su esposa por la cintura y ella le susurró algo al oido que le hizo abrir la boca, perplejo, pero la multitud que comenzó a interponerse entre ellos no la dejó ver más.
Se dio cuenta que Anathema la miraba con una ceja levantada, pero trató de ignorar su mirada interrogante.
—.. así que quiero que os concentreís —hablaba su madre al parase junto a la pista de baile —¡Aziraphale! ¿Me estas oyendo? —la reprendió
Esta giró rápidamente la cabeza y asintió varias veces, aunque no tenía la más minima idea de que había dicho. Oyó resoplar a su madre.
Michael se movió hacia la pista de baile, uniéndose al baile que iba a comenzar ahora, mientras que Aziraphale tomó esa oportunidad para tomar del brazo a Anathema y salir de allí rápidamente.
Tenerla cerca la distrajo enormemente. Hablaron mientras recorrieron las estancias de la casa. Aziraphale se mantuvo alejada deliberadamente de las zonas donde habían puesto las distintas bandejas de entrantes y bebidas.
Subieron las escaleras y se asomaron al balcón interior que daba a la pista de baile, viendo como varios caballeros rodeaban a Michael mientras hablaban con ella o le traían bebidas. Tambien vió a su madre y a su hermana Uriel apartadas, hablando entre ellas mientras su madre sostenía una copa de vino.
Y aunque no lo admitiría, tambien paseó su vista entre los invitados, queriendo volver a ver a aquél hombre que había despertado su interés, sin embargo, ni él, ni su primo aparecieron.
Anathema golpeo suavemente con su codo a Aziraphale, que se apoyaba en la barandilla —¿Estas buscando al caballero pelirrojo?
Aziraphale se irguió rápidamente —¡No! Bueno… es decir… ¿Que pelirrojo? No sé de quién hablas…
Anathema la miró con una ceja levantada y una sonrisa en los labios —Si, ese pelirrojo al que te has quedado mirando~
—Yo no he hecho tal cosa… —se cruzo de brazos —Deberías de dejar de ser tan observadora
—Y tu deberías de dejar de hacer berrinches, ya no tienes 5 años… —rodó los ojos y se quedó paralizada —Oh, oh… Tu madre te está mirando, creo que quiere que bailes al menos una vez…
Aziraphale bajó la vista y se encontró con la dura y fija mirada de su madre. Aunque la noche continuaría después del baile, aquella era la última oportunidad de bailar y poder así hablar con los pretendientes.
Gimió lastimosamente, sabiendo que la reprimenda que se llevaría si no lo hacía le costaría varios de sus libros y con resignación, bajó las escaleras y se dirigió a la pista de baile. Anathema caminó con ella hasta la pista, dándole fuerzas, recordándole que pasaría rápido.
Antes de separarse, le susurró al oído —Tratare de averiguar cosas sobre tu hombre misterioso~ —antes de que Aziraphale pudiera decirle nada, desapareció entre la multitud.
Resignada, se colocó en el extremo designado para las damas, y echó un rápido vistazo a las parejas que iban tomando posiciones.
Vio como su primo Gabriel y su esposa se unían al baile, mirándose tan dulcemente que parecían que no estaban allí, sino en su propio baile privado. Gabriel sonrió con tanta calidez que Aziraphale, por un instante, deseó tener a alguien que hiciera eso para ella.
Fue entonces cuando lo vio.
El caballero de las gafas, aquel que había captado su atención durante toda la noche, estaba en el extremo opuesto de la fila de caballeros. Esta vez, el hombre miraba al frente, estaba serio y erguido, y aun con sus gafas puestas.
La música comenzó. Un vivo y alegre tono que resonó en toda la sala. Con un rápido movimiento, Aziraphale desvió la vista y adoptó una postura más rígida. Aziraphale se centró en el caballero mayor que le tocaba como pareja. Era un hombre de rostro afable, cuyos modales pulcros y reverencia correcta hicieron que se inclinara ante él con cortesía.
Sonrió a todas sus parejas educadamente, tratando de mantener la compostura, tal y como tantos años de práctica le habían enseñado a hacer mientras giraba en la pista de baile. Una pequeña reverencia con la cabeza y comenzaba los pasos de nuevo bajando un poco la cabeza, incómoda por mirar a un desconocido a los ojos durante el tiempo que duraba la pieza musical, ejecutando de nuevo los pasos que ha repetido tantas veces que podría hacerlo hasta dormida.
Cada movimiento parecía hacer que el vestido, ajustado a su figura, se tensara en los lugares menos favorecedores, creando pequeñas arrugas que trataba de alisar con disimulo cada vez que el baile se lo permitía. Su pareja en ese momento le preguntó algunas cosas que Aziraphale respondió rápidamente sin mucha importancia. Cuando la música cesó, hizo una leve y rápida reverencia, con sus ojos clavados en el suelo mientras murmuraba un agradecimiento apresurado, tirando hacia abajo de su vestido. Y entonces, al levantar la vista para encontrarse con su próximo acompañante, el aire pareció desaparecer de sus pulmones.
Era el hombre de las gafas.
Ahora, de pie frente a ella, se dio cuenta de que era más alto de lo que imaginaba, su figura quedaba enmarcada por un traje oscuro, y a los detalles en reluciente oro, que relucían a la luz de las velas, se le unían finas costuras rojas que bajaban por su pecho y subían por sus mangas. La luz de las lámparas de araña brillaba contra los cristales tintados de sus gafas, y hacia que su pelo rojo pareciese fuego.
Aziraphale se le quedó mirando fijamente mientras este se inclinaba ente ella cuando comenzó la nueva pieza. Se apresuró a incorporarse y apenas comenzaron a bailar, tras un par de pasos, el hombre habló:
—Creía que no tendría la oportunidad de bailar con usted en toda la noche —la voz del hombre, cargada con un marcado acento escocés, le llegó como un golpe inesperado.
Aziraphale sonrió nerviosa —Disculpe ¿Qué dijo usted?
El hombre con lentes inclinó la cabeza ligeramente dirigiéndole una sonrisa que mostraba sus colmillos.
—Dije —repitió lentamente —, que creía que no tendría la oportunidad de bailar con usted en toda la noche.
—Oh —dio por toda respuesta.
Entoces, lo había oído bien la primera vez. Aziraphale casi tropezó al dar un giro que involucraba a otra pareja, al volver a los brazos del pelirrojo, este aún seguía sonriendo mientras continuaron bailando los siguientes pasos uno frente al otro.
—Lamento si ser tan directo le ha incomodado. Es que desde el momento que nuestras miradas se cruzaron, he pensado que tenía que conocerla.
Aziraphale se quedó sin palabras, comenzando a sentir el calor subiendo por sus mejillas y simplemente negó, queriendo quitarle importancia, continuando con el baile en silencio.
La música se volvió más suave y él la guió hacia adelante con un ligero tirón de su mano. Sus pies respondieron instintivamente, haciéndola girar ligeramente mientras él daba un paso lateral, sincronizando perfectamente su movimiento con el de ella.
Aziraphale notó como los latidos de su corazón se calmaban, volviendo pensar con más claridad. No iba a dejar que ese hombre creyera que tenía todo el poder. Se aclaró la garganta
—¿Qué le trae desde Escocia hasta aquí? —preguntó, adoptando un tono serio que intentaba disimular su curiosidad.
Por un instante, el hombre pareció sorprendido por su pregunta, aunque rápidamente recuperó la compostura.
—¿Mi acento me ha delatado? —preguntó divertido.
—Es difícil no notarlo —respondió Aziraphale, moviendo ligeramente los hombros, en un gesto que intentaba parecer indiferente.
Él soltó una baja risa. —Ciertos… asuntos familiares. Y, aunque debo confesar que la idea de asistir a este baile me horrorizaba, ahora me encuentro sinceramente complacido de haber tomado la decisión de venir.
Aziraphale sonrió tímidamente y continuo bailando. Tras varios pasos, pegaron sus manos para girar uno con el otro. Ella lo miró de reojo nuevamente, notando su mirada fija a través de las lentes en ella hasta que este rompió el silencio de nuevo.
—Tiene unos ojos realmente bonitos.
Aziraphale apartó la mirada, con las mejillas sonrojada y murmuró un rápido “Es muy amable”. No era la primera vez que adulaban sus ojos, pero ese extraño la estaba poniendo realmente nerviosa ¿Cuantas veces pensaba ese hombre hacerla ruborizarse esa noche?
—No, por favor —le dijo en un susurro —Míreme
Aziraphale levantó la mirada lentamente, avergonzada, y vio como el rostro de aquel hombre se suavizaba mientras su reflejo le devolvía la mirada. Aquella leve muestra de debilidad en la fachada segura del hombre le dio un arrebato de valentía a Aziraphale.
—No es justo —fue su turno de hablar —, yo no puedo ver los suyos.
—Es lo mejor, no a todos les gustan mis ojos —dejaron de girar para volver a ponerse uno frente a otro.
—Déjeme decidir eso a mí —casi le reprendió. El descaro de la respuesta lo pilló por sorpresa haciéndolo tropezar. La sola mención de que sus ojos podía ser raros hacía que las conversaciones tomarán otro rumbo, y sin embargo, eso no la persuadió. Aziraphale sonrío por primera vez, orgullosa de haber provocado esa reacción.
El turno del cambio de pareja llegó, y ninguno de los dos se inclinó frente al otro para proceder a bailar con otra persona, así que, mientras todos los demás giraron a su alrededor, ellos siguieron mirándose.
—¿Entonces? —volvió a insistir, levantando las cejas con una súplica mal disimulada en su rostro. Una pareja pasó entre ellos, obligándolos a separarse momentáneamente. Pero tan pronto como pudieron, dieron un paso al frente, acercándose de nuevo.
—Está bien, solo un vistazo rápido. Pero le pido que no vuelva a pedirme nada con esa expresión en el rostro —respondió con un leve suspiro, tratando de recuperar la compostura.
—¿Ah, no? —la sonrisa de Aziraphale se ensanchó al darse cuenta de la pequeña vacilación de aquel hombre tan misterioso. Se sintió lo suficiente segura como para insistir un poco más —¿Por qué no?
El hombre rodeó a Aziraphale con precisión al ejecutar el siguiente paso de baile, que exigía colocar su mano en su cadera. Sin embargo, justo cuando su mano se acercó al tejido del vestido, se detuvo a escasos centímetros, tan cerca que Aziraphale pudo sentir el calor que emanaba de él a través de la fina tela. Pero no llegó a tocarla.
La proximidad sin contacto hacía que cada movimiento pareciera más intenso, más íntimo de lo que habría sido si simplemente hubiera puesto la mano sobre ella. Sentía el rubor subirle al rostro. En el salón iluminado por los candelabros, entre damas de figura más esbelta y pasos más ligeros, se había acostumbrado a sentirse fuera de lugar. Su silueta, más generosa de lo que la moda consideraba ideal, siempre había sido motivo de susurros sin disimulos y miradas indiscretas y evitaba a toda costa ser el centro de atención. No era la clase de joven que uno esperaba ver en el centro de un vals.
Y sin embargo, allí estaba ella. Bailando con un apuesto caballero que había deseado bailar con ella toda la noche.
Y con cada giro, el calor de su palma seguía presente. Aziraphale no pudo evitar mirarlo. Su rostro no mostraba nada más que concentración, pero sentía su mirada tras los cristales tintados, explorando cada matiz de su cuerpo incluso sin el contacto directo.
Aziraphale tragó saliva, creyendo que estaba llegando a su límite cuando, tras varias vuelta, aquel hombre respondió a su pregunta en un susurró, ajeno a todo los pensamientos que se arremolinaban en la mente de Aziraphale:
—Porque si me mira así, no podría negarle nada de lo que me pida, ángel —volvió a cargar con toda la seguridad de la que había hecho gala esa noche mientras que ahora fue el turno de Aziraphale de sentirse desestabilizada.
—¿Ángel? —preguntó aturdida, casi sin aliento.
El caballero volvió a colocarse frente a ella —No puedo pensar en otra cosa cuando la miro. —incluso a través de sus gafas tintadas, Aziraphale pudo notar cómo su mirada recorría su figura con una intensidad casi palpable, enviando un calor que nada tenía que ver con lo largo que había sido el baile ni con la cantidad de gente reunida en el salón.
—No... no soy... —balbuceó nerviosa, sus manos descendiendo instintivamente para alisar las arrugas del vestido que se habían formado en su cintura, haciendo que su cadera estuviera más marcada. La conciencia de que no lo había hecho desde que comenzó a bailar con aquel caballero la golpeó de repente, y un reproche resonó en su mente por haber sido tan descuidada. Sus ojos comenzaron a moverse con rapidez, buscando desesperadamente a su alrededor cualquier cosa que pudiera ofrecerle una vía de escape.
El hombre percibió su incomodidad de nuevo y está vez dio un paso atrás para darle espacio, haciendo que una pareja tuviera que cambiar el movimiento para no chocarse y recibiendo varias miradas molestas por eso. Pero no pudo importarle menos.
—Le ruego me disculpe si la he incomodado —dijo rápidamente —. No he podido evitarlo. Hay algo en usted, algo tan etéreo, tan celestial, que sería una completo pecado ignorarlo.
—No puedo sacar unas alas ni nada parecido —su voz fue temblorosa. Rió nerviosa, en un intento torpe de humor, tratando de distanciarse del halago, mientras trataba de tapar con sus manos su vientre tras estirar el vestido de nuevo sintiéndose más acalorada por momentos.
Justo en ese momento la orquesta paró, indicando que la canción había llegado a su fin. Ambos hicieron una reverencia sincronizada. Sin embargo, al incorporarse, el hombre rompió las reglas del decoro, dando un paso hacia ella e inclinándose hasta que casi rozó el oído de Aziraphale y está contuvo la respiración.
—Si pudiera sacar unas alas, no sería la primera vez esta noche que me dejaría sin aliento.
El jadeó Aziraphale fue imposible de disimular. Antes de que pudiera formular una respuesta, el hombre ya había tomado su mano.
—Si me lo permite...
Con una maestría descarada, tomó la punta del guante que cubría su mano y tiró suavemente, dejando su piel desnuda al aire y sin apartar la mirada de sus ojos, dejó un cálido beso en su mano. Un gesto natural que otros hombres había hecho antes pero se sintió tan íntimo que hizo que todo el ruido del salón pareciera desvanecerse.
—Espero verla pronto, ángel. —le dirigió una sonrisa desafiante, sabiendo exactamente el efecto que esa palabra había causado en ella. Le devolvió el guante y luego, con la misma naturalidad con la que había entrado en su vida, se desvaneció entre la multitud, dejando a Aziraphale con la respiración entrecortada y el corazón golpeando con fuerza en medio de la pista de baile que comenzaba a despejarse. Un tirón de su brazo la sacó de su ensoñación. Anathema tiraba de ella, arrastrándola en dirección contraria a donde se encontraban su madre y su hermana, ahogada por las conversaciones del salón y la música más relajante que sonaba ahora para dar ambiente.
Llegaron hasta un sitio más apartado, tras una de las columnas donde el ruido les permitía hablar
—¡¡¡Por todos las brujas vivas que quedan Aziraphale!!! —Aziraphale la miró escandalizada, reaccionando por primera vez desde el fin del baile, si alguien la oía decir eso, lo mínimo que haría serían encarcelarla allí mismo. —No me lo puedo creer ¡¿Qué fue eso?! —gritó emocionada.
—No se de que hablas. Fue un baile… —se movió algo nerviosa, tratando de disimular.
—¡¿Solo un baile?! Debieron hablar algo más que el clima… sus mejillas parecen la flor más roja del jardín, por no hablar del guante que te falta —sonrío descaradamente.
—Oh, ¡Buen señor…! —se colocó rápidamente el guante —No fue nada —insistió —Fue una conversación perfectamente normal… sobre… el salón de baile bonitamente decorado —se aclaró la garganta, tratando de no hacer tan obvia su mentira.
Anathema la miró con con el ceño fruncido, claramente no habiéndole creído —Si, claro… Porque es de lo más común que un caballero tan apuesto como ese se pase toda una danza comentando sobre el decorado de los candelabros. No me mientas. Ademas, estuviste sonriendo todo el baile —canturreó la frase final.
Aziraphale se llevo las manos a la boca, tratando de borrar la sonrisa.
—Y si hubieras visto vuestras aura… —continuó, comenzando a gritar, pero Aziraphale la hizo callar, poniendo su mano en la boca de esta.
—¡¡Sabes lo que puede pasar si te oyen hablar de eso!! —la reprendió en un susurro
Anathema se aparto —Si, si, pero es que… ¡oh! ¡Aziraphale, si las hubieras visto! Os rodeaban por completo. ¿¡Sabes lo que eso significa!?
—¡No! No quiero saberlo —exclamó, llevándose las manos a las mejillas, incapaz de ocultar su sonrisa nerviosa—. Y ni una palabra más, o harás que me arrepienta de haber bailado con él… —se detuvo, notando la ironía de sus propias palabras. Porque, en realidad, nada ni nadie podría hacerle arrepentirse de ese momento. —Será mejor que volvamos junto a mi madre, o se enfadará. —tomó a Anathema de la mano y tiró de ella, quien seguía hablando sin prestar demasiada atención.
Rodearon la pista de baile, ahora llena de personas conversando, bebiendo y disfrutando de la velada. Al llegar junto a la señora Francine y Uriel, ninguna de ellas dijo una palabra a Aziraphale, pero sintió claramente las miradas de ambas fijas sobre ella.
Entendió porque estaban tan calladas cuando, segundos después, Gabriel, tomado de la mano de su esposa aparecieron. Ambos tenían aun las mejillas sonrojadas del baile.
—Como prometí, tia Francine, mi esposa, Madame Anna Shelley Beelzebub Heaven —dijo su apellido con especial orgullo
La aludida hizo una reverencia casi desapercibida. —Hola —murmuró, su tono seco.
Por un instante, nadie supo cómo responder. Las miradas se cruzaron en silenciosa incertidumbre bajo la expresión embelesada de Gabriel mientras la miraba. Todas las saludaron de forma cortes.
—Como le comentaba a mi tia antes, en breve saldremos para America. Allí Bee posee tierras, y goza de gran respeto y admiración
Aziraphale no se el escapó el apodo cariñoso que Gabriel le había puesto a su amada y sonrió encantada.
Gabriel señaló tras ella con un movimiento con la barbilla —Y él es el Duque Anthony J. Lucifer “Crowley”, de la casa Hellfire. Su excelencia es amigo de mi mujer. Gracias a él estamos hoy aquí.
Aziraphale, se giró para saludar al Duque cuando sintió su corazón golpear con fuerza esa noche. Tras ella, él hombre con quien había bailado apenas unos minutos antes sonreía tras las lentes oscuras que seguían cubriendo sus ojos. Pero Aziraphale los sentía sobre ella, como durante su baile.
Era un duque. Y no cualquier duque, era de la familia Lucifer, la casa Hellfire.
Francine frunció el ceño al escuchar el apellido. El nombre por sí solo bastaba para abrir puertas o cerrarlas con un portazo. Nobleza antigua, poder indiscutible... y reputación infame. Se decía que los Lucifer estaban untados de escándalos, de transacciones turbias con comerciantes de baja cuna y sustancias traídas desde el otro lado del mar.
Aziraphale sintió cómo el mundo se tambaleaba bajo sus pies no por primera vez esa noche.
Un duque.
Y ella, sin título, sin fortuna, con más libros que joyas… había bailado con él. Y no cualquiera, uno cuya reputación podía arrastrar la de cualquiera por el suelo con solo un gesto.
Y, sin embargo. solo podía pensar que no había nada en su trato que se correspondiera con las criticas que la sociedad repetía. Había sido gentil. Atento. Educado. Quiso bailar con ella, quiso conocerla y no podía quitarle la vista de encima. Había sentido su aliento rozar su mejilla. Y lo había llamado por un apodo que le robaba el aliento.
Tran unos segundos procesando lo todo, se unió a la reverencia de las demás damas, obedeciendo el respeto que exigía un título que un duque merecía.
—Un gusto estar aquí esta noche —Aziraphale mantuvo la mirada baja, notando como el calor volvía a subir por sus mejillas al volver a oir su voz —Deberías de presentarnos a estas damas, Gabriel.
Gabriel dio un paso al frente y presentó a su tia, la señora Francine Heaven de la casa EastGate y la prometida señora Uriel Heaven, que Crowley saludó con una reverencia igual de cortes que la que le hicieron a él momentos antes. Pasó a la señorita Michaela, de la cual Crowley tomó su mano y se inclinó frente a ella, murmurando el gusto que era conocerla, y por último, presentó a Aziraphale.
Crowley tomó su mano y repitió el gesto sin apartar sus ojos de los de ella —Heaven… que hermosa coincidencia —susurró, con diversión contra su piel antes de besarla —. Un placer conocerla al fin, señorita Heaven.
Al ser la primera hija y soltera de la casa Heavens, no podía dirigirse a ella solo por su nombre, sin embargo Aziraphale pensó que oírlo de su boca produciría el mismo efecto de mareo.
A su lado, Anathema parecía contener el aliento, los ojos brillando como si presenciara el clímax de una novela particularmente escandalosa.
—El placer es mío —murmuró Aziraphale, en un tono apenas audible, aunque no apartó su mano de la de él. No inmediatamente.
El silencio entre ambos se alargó más de lo aceptable, hasta que la señora Heaven se aclaró la garganta. Aziraphale retiró la mano con torpeza. Crowley llevo ambas manos tras su cuerpo, manteniendo la espalda recta, y una leve sonrisa en sus labios.
—¿Y se puede saber qué hace alguien de la familia Lucifer en una fiesta como esta? —el tono de Francine fue tan frío y afilado como un cuchillo. Aziraphale cerró los ojos por un instante. Conocía ese tono. Y siempre, siempre, presagiaba desastre.
Crowley, sin embargo, no parpadeó. Su sonrisa permaneció firme, aunque la forma en que ladeó la cabeza dejaba ver que captaba muy bien el desdén.
—La señora de esta casa, la Señora Dagon, se podría decir que es una vieja buena amiga mía. Y dado que la serñora Beelcebú estaba de visita desde América, no pude resistirme a invitarla. Me pareció que sería... enriquecedor que se conocieran. La señora de los archivos de todas las transacciones siempre puede tener algo interesante que ofrecer para comerciar —sus mirada se desvió hacia Beelcebú, cuya sonrisa parecía cortada con la misma navaja afilada que el tono de Francine.
—Sí, ha sido una charla interesante. Una buena socia comercial —su voz era suave, pero su sonrisa dejó ver que había sido mucho más que algo simplemente interesante.
—¿Le ha valido esa explicación, señora Heaven? —el Duque se volvió hacia Francine con una inclinación apenas perceptible de la cabeza, y su sonrisa se ensanchó justo lo suficiente como para mostrar el destello de sus colmillos. Aziraphale se estremeció.
Francine sostuvo su mirada sin pestañear, con el mentón en alto, sin dejarse intimidar.
—Solo espero que sus... charlas no traigan consecuencias desagradables —replicó, con el mismo tono.
La tensión quedó suspendida en el aire y por unos segundos, nadie se atrevió a hablar.
Finalmente, Gabriel se aclaró la garganta con un exagerado carraspeo y comenzó a hablar sobre las últimas reformas en su casa de campo, con un entusiasmo que sonaba forzado hasta para sus propios oídos.
Os dejo un pequeño arte que he hice del duque 🫣 Espero que os guste!!!!
Aqui la version sin gafas!!! Porque no podia decidir cual me gustaba mas, asi que ahi van las dos 🤣🤣
