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Rating:
Archive Warning:
Category:
Fandom:
Relationships:
Characters:
Additional Tags:
Language:
Español
Series:
Part 15 of Romance a lo Puella✯Magic
Stats:
Published:
2025-05-31
Words:
1,736
Chapters:
1/1
Kudos:
14
Hits:
169

Inesperada aparición || Homura x Madoka

Summary:

Madoka no se esperaba esa situación.

Aunque el hecho de no esperarselo, no significaba que no pudiera hacer algo al respecto.
.
.
.

♡ Akemi Homura x Kaname Madoka ♡

☆ One Shot ☆

•••Disclaimer: Puella Magi✯Madoka Magica no me pertenece, es propiedad de Magica Quartet.

Advertencias:
*Semi AU
*Personalidades algo Ooc
*Algunas partes pueden carecer de sentido ;v
*Errores ortográficos
*Contenido algo subido de tono

Work Text:

            Madoka tomó asiento frente al enorme escritorio que le habían comprado sus padres. Estaba lista para iniciar su jornada de estudio. Sin embargo, al estar frente a ese mueble, no pudo evitar darse cuenta, por enésima vez, de lo amplio que era su nuevo escritorio.

Era realmente grande.

No sabía en qué pensaban sus padres cuando se lo compraron. Según ellos, su hija debía tener algo acorde a una chica en su último año de preparatoria. Por lo que, sin pensarlo, compraron ese gigante de madera y lo pusieron en su habitación, justo en el lugar donde había estado, por muchos años, su antiguo escritorio.

Con una gotita resbalando por su nuca, Madoka aceptó el exagerado regalo. Y ahora estaba ahí, delante del enorme mueble de madera, mirándolo como si fuera la cosa más interesante del mundo.

En medio de sus cavilaciones, Madoka pensó que una persona podría entrar, con suma facilidad, debajo de ese escritorio y hasta le sobraría espacio para acomodarse allí.

Sacudió la cabeza para alejar ese pensamiento y se dio unas palmadas en el rostro. Puso sus libros a su izquierda y sacó los apuntes para dejarlos encima de la superficie de brillante caoba.

En ese momento, mientras se hallaba cómodamente sentada en su silla giratoria, Madoka escuchó una voz que provenía desde abajo del enorme escritorio.

—Hola.

Dio un respingo y, antes de poder levantarse de su lugar, unas manos salieron desde ahí abajo y se posaron en sus piernas, impidiéndole escapar.

—Tranquila, Madoka —dijo la voz.

Al escucharla de nuevo, Madoka pudo reconocerla.

—¿Homura-chan?

—Así es —respondió la pelinegra, asomando la cara desde debajo del escritorio. Tenía una divertida expresión plasmada en su semblante—. ¿Cómo está mi hermosa novia?

—Homura-chan —comenzó Madoka, ignorando la pregunta de su novia—, ¿cómo llegaste ahí?

Homura esbozó una media sonrisa mientras hacía un ruidito con la garganta, dándole a entender que no tenía intenciones de responder a esa pregunta.

—Eso, Madoka, es un secreto.

La mencionada dejó escapar un pequeño bufido, otro misterio de su novia que no tendría solución.

Era curioso cómo, a estas alturas, a Madoka ya no le sorprendía que, en ocasiones, Homura hiciera ciertas cosas que iban más allá de la lógica y la razón. Cosas que no parecían ser de este mundo, como hacer aparecer objetos de la nada, llevar a cabo increíbles proezas físicas o, como justo ahora, aparecer —como por arte de magia— debajo de su escritorio nuevo.

Homura salió un poquito más; dejando ver que se hallaba ataviada con un suéter de líneas púrpuras y negras. En ningún momento quitó sus manos de las acaneladas piernas de la pelirrosa.

—Bueno, Homura-chan…

—¿Te duchaste recién?

Madoka ladeó la cabeza ante la pregunta.

—Sí, hace como diez minutos. ¿Cómo lo supiste?

—Es que todavía hueles a jabón —Homura acercó la nariz a una de sus rodillas y procedió a inhalar con suavidad, dejando ver una expresión de deleite en su, generalmente, estoico rostro—. Hueles muy bien, Madoka.

Al ver lo que su novia estaba haciendo, Madoka cayó en cuenta de la situación en la que se encontraban.

Ella, Madoka, estaba sentada en una silla rodante justo frente a un escritorio, debajo del cual se encontraba, parcialmente oculta, su novia, Akemi Homura, quien, además, tenía el rostro a la altura de sus piernas debido a la posición en la que se encontraba —Madoka no podía verla por completo, pero asumía que Homura debía estar acuclillada debajo del pesado mueble—.

Además, las manos de Homura estaban encima de sus muslos y ahora su novia estaba olisqueando su rodilla derecha. No es que hubiera pasado algo realmente escandaloso, pero Madoka presentía que era cuestión de tiempo para que algo “malo” ocurriera.

—Ho-Homura-chan, ¿qué-qué haces? —Intentó levantarse una vez más, pero las manos de la pelinegra hicieron fuerza en sus piernas una vez más, deteniendo su nuevo intento de escape.

Madoka solo llevaba una ligera blusa pastel y una falda color crema que no ocultaba demasiado sus piernas.

—Tranquila, Madoka. ¿Por qué tan nerviosa? —preguntó Homura, con voz melosa, mientras empezaba a mover sus manos sobre los tersos muslos de la chica de coletas, quien tembló levemente ante sus acciones—. No estamos haciendo nada malo… aún.

—¿Aún? —Madoka iba a decir algo, pero entonces Homura, sin dejar de mirarla, acercó nuevamente su rostro a una de sus rodillas y depositó un beso encima de esta.

En ese momento, Madoka sintió cómo el calor se le subía a la cara con tal intensidad que, por unos segundos, se sintió mareada. ¿Pero qué rayos tramaba esa chica?

No obstante, en medio de todo eso, el hecho de que estuvieran en esa extraña situación, influyó en Madoka, quien empezó a sentirse algo… “rara”. Estaba consciente de que su temperatura corporal se hallaba en incremento y que algo entre sus piernas había comenzado a humedecerse un poco debido a todo lo ya mencionado.

Además, ver a su novia allí, por debajo de ella, con la cara tan cerca de sus piernas y esa mirada tan incitante la hacían pensar en… muchas cosas.

Cosas que, por algún motivo, empezarían a calentarla, influyendo en su forma de actuar.

Homura, viendo que algo había cambiado en el semblante de la pelirrosa, decidió aprovechar el “bug” y, sin dejar de acariciar las piernas de su amada, llevó su boca a la otra rodilla y depositó un beso también en esa.

Pero este, en comparación con el otro, que había sido un beso casto y rápido, fue más largo y húmedo, dejando una pequeña marca encima del área que acababa de cubrir con sus labios.

Fue entonces cuando Madoka, que ya no estaba pensando demasiado, llevó una mano al rostro de la pelinegra y procedió a acariciar su mejilla, llamando su atención, consiguiendo que Homura la mirara con inusitada fijeza.

Madoka podía verlo en sus ojos, sí.

Deseo.

Eso era todo lo que revoloteaba por las oscurecidas pupilas de Homura mientras la miraba, expectante frente a lo que sea que su Madoka estuviera pensando hacer.

Madoka se sentía rara. Es decir, Homura la miraba como si se la quisiera comer y a ella no le desagradaba eso en absoluto.

—¿Ya cenaste, Homura-chan? —susurró, de la nada, con voz melosa.

—No.

—¿Y tienes hambre?

—Sí —Homura parecía hipnotizada. En ningún momento despegó sus purpureas orbes de las rosadas de su novia.

Esperaba algo y Madoka sabía, más que bien, de qué se trataba.

—Entiendo —Madoka se acomodó en su sitio, echándose un poco hacia atrás en su asiento.

Esta acción llamó la atención de la joven semioculta debajo del escritorio.

—Entonces, Homura-chan —canturreó Madoka, con voz traviesa mientras, poco a poco, abría las piernas, sorprendiendo a la aludida que, por primera vez en todo ese rato, dejó de verla a los ojos y bajó la mirada.

Las pupilas de Homura se dilataron cuando, al ver hacia el frente, se encontró con que debajo de la falda que llevaba su novia no había nada más que su desnuda intimidad.

Madoka no llevaba ropa interior.

No había un motivo en especial por el que no la llevara, solo se sentía más cómoda cuando, por las tardes, después del baño, evitaba ponérsela. No era algo que hiciera siempre. Pero, justamente, ese día era uno de esos pocos en los que había decidido hacerlo.

Y vaya que no se arrepentía de ello.

La pelirrosa miró, complacida, la expresión de sorpresa y anhelo que apareció en el rostro de su novia. Se sentía muy bien tener el control por una vez, podría decirse que tenía a Homura en la palma de su mano.

—Es todo lo que puedo ofrecerte —Homura estaba estática, parecía no creer lo que estaba sucediendo—. ¿Quieres comerme, Homura-chan?

Homura no respondió, sino que se inclinó hacia delante, apretando con sus manos las piernas de la pelirrosa con un poco más de fuerza de la que había aplicado hasta hace poco.

Sin embargo, no pudo llegar a su húmedo objetivo, debido a que Madoka atrapó su rostro con sus manos, impidiendo que siguiera avanzando.

—No escuché tu respuesta, Homura-chan —Madoka se divertía con la situación y el impulsivo comportamiento de su novia ante su intimidad expuesta bajo su falda.

Aunque tenía muchas ganas de que Homura siguiera y llevara a cabo lo que tenía que hacer, pues ella se había excitado solo con los toques en sus piernas que le había dado la pelinegra —era increíblemente sensible cuando se trataba de las manos de Homura encima de su piel—, no estaba de más poder divertirse a costa de ese incontrolable deseo que la más alta le tenía, ese que parecía no apagarse nunca y que, en lugar de disminuir con el paso del tiempo, solo incrementaba en cada ocasión.

Homura, al verse detenida, alzó la mirada, encontrándose con la oscurecida de Madoka.

—Madoka…

—¿Sí?

—Quiero… comerte, sí. —Homura asintió repetidas veces, más para sí que para Madoka—. Esa es mi respuesta.

—¿Qué tanto? —Homura la miró con mal disimulado reproche—. No te escucho, Homura-chan.

No supo si fue su imaginación, pero, por unos segundos, Madoka tuvo la impresión de que la joya purpura del pendiente que Homura siempre llevaba puesto brillaba por unos segundos. Sin embargo, al parpadear, vio que la piedra seguía igual que siempre.

Por su parte, Homura la miró un poco más y tragó grueso mientras dejaba escapar un suspiro de frustración.

—Mucho —dijo la pelinegra, al fin—. Muchísimo, quiero hacerlo y dejarte satisfecha, Madoka —acarició sus piernas una vez más, consiguiendo que el cuerpo de la pelirrosa temblara de nuevo—. Necesito probarte —bajó nuevamente la mirada, rompiendo el contacto visual, para centrarse en aquello que necesitaba lamer con tormentosa necesidad—. Lo necesito.

Madoka, que ya estaba más que excitada, dejó escapar una risita. Aquello había salido mejor de lo que esperaba.

Se había divertido a costa de Homura, quien, por lo general, era quien solía tener el control en esa clase de situaciones.

Además del placer experimentado de tener a su novia haciendo lo que ella quería, Madoka tendría la recompensa de sentir la diligente lengua de la pelinegra dándole placer.

Oh, sí, ¿qué más podía pedir?

—Está bien, Homura-chan —Madoka aflojó el agarre mientras abría un poco más las piernas, dándole total acceso a su necesitada novia—. Sírvete.

No tuvo que decirlo dos veces. Apenas estuvo libre, Homura, tras relamerse, ni corta ni perezosa, hundió su rostro entre las piernas de su novia y comenzó con su gustosa labor.

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