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—Y aquí es donde vivo —señaló Homura, refiriéndose a la casa de curioso estilo colonial que se erguía, imponente, en medio de aquella tranquila urbanización.
A su lado, su amiga Madoka, observaba la bonita construcción con ojos brillantes. Pensaba que Homura debía vivir con estilo, pero eso superaba, por mucho, sus expectativas.
—Es… hermosa —opinó Madoka, sorprendida. Había pasado muchas veces por las cercanías de ese lugar y, realmente, no había reparado en tan llamativa construcción.
—Gracias —fue toda la respuesta que dio Homura para luego quedarse callada, sin saber qué otra cosa decir con el fin de evitar que la conversación muriera.
Aunque no lo demostrara debido a su, casi siempre presente, estoica expresión, justo en ese momento, Homura estaba tan nerviosa que podría morir.
A Homura le gustaba Madoka, eso era un secreto a voces. De hecho, en ocasiones, tenía la impresión de que, incluso, su amada pelirrosa era consciente de ello.
«Podría hurgar en su mente», pensó Homura una vez, cuando tenía la sospecha de que Madoka sabía lo del enamoramiento que sentía por ella. Cuando caía en esas cavilaciones, casi al instante, el pendiente púrpura que llevaba en su oreja izquierda comenzaba a brillar.
«No, mejor no. Leer las mentes de los habitantes de este mundo, que yo misma creé, es lo único que no haré. Estaría invadiendo la poca privacidad que les queda… es lo único de ellos, incluyendo a Madoka, que no buscaré tener bajo mi control».
Cuando pensaba en ello, el pendiente paraba de brillar y la mirada de Homura, que se tornaba rojiza cuando sus poderes demoníacos se activaban, regresaba a la normalidad.
Un día, de la nada, adoptaron la costumbre de volver a casa en compañía de Madoka.
La idea de hacer aquello había sido de la pelirrosa, quien, aunque acostumbraba a volver a casa en compañía de su amiga Sayaka, desde que esta última comenzara a salir con Sakura Kyouko, decidió que era momento de pasar más tiempo con la pelinegra.
La rutina que habían establecido era la siguiente: a) salían de la preparatoria juntas; b) pasaban por algún lugar —ya sea un arcade, una cafetería o hasta un parque— y pasaban un buen rato divirtiéndose con las actividades que ofrecían alguna de estas locaciones; c) después de ello, Homura acompañaba a Madoka hasta la puerta de su hogar y la dejaba allí. Se despedía de ella y procedía a tomar el camino hacia su propia casa.
Sin embargo, justo ese día, Madoka le había hecho el comentario de que, aunque Homura y ella eran amigas y la más alta sabía, incluso, donde vivía la más baja, la primera no tenía ni la menor idea de dónde estaba ubicada la vivienda de su amiga.
Era en esos momentos en los que Homura se lamentaba de haber tomado la determinación de no husmear en la mente de las personas; mucho menos en la del amor de su vida.
Ese día, Homura notó, desde la mañana, que Madoka se andaba comportando de una forma diferente. Parecía estar en las nubes, se sonrojaba cuando su mirada y la de Homura se encontraban y hasta mostraba nerviosismo en todo momento.
Para más extrañeza, había estado esquivando a Homura toda la mañana, yendo de aquí para allá, sin dejar un lugar de la preparatoria que no hubiera pisado.
No obstante, cuando llegó la hora de la salida, Madoka fue hasta el asiento de la chica demonio y, como si no la hubiera estado esquivando ni se hubiera comportado de forma extraña en toda la mañana, le dijo —tal como lo hacía todos los días— que se fueran juntas a casa.
Y ahora estaban ahí, frente a la morada de Homura.
Madoka caminó hasta la puerta, con paso inseguro pero constante. Cuando estuvo frente a ella, estaba tan nerviosa que parecía tambalearse en su sitio.
Homura se quedó muy quieta en su lugar mientras Madoka se quedaba de pie ante la puerta cerrada, como si estuviera esperando a que su amiga la invitara a pasar. Pero eso no ocurría.
Homura solo estaba ahí, estática y sin saber qué hacer. Ni siquiera el hecho de tener poderes divinos podía ayudarla a tomar una decisión sobre qué era lo siguiente que tenía que hacer.
—¿Homura-chan? —llamó Madoka, al ver que la mencionada no hacía nada al respecto—. ¿No me invitarás a pasar?
Homura, que tenía justo delante de ella una oportunidad que no había podido considerar alguna vez, pues, desde su perspectiva, era algo demasiado bueno como para ocurrirle a un ser de oscuridad como ella, se negó.
—¿Cómo? —preguntó Madoka, girándose, con lentitud, hacia ella. Una especie de oscuridad empezó a envolverla—. ¿No… me dejarás pasar, Homura-chan?
Homura sintió como un escalofrío le recorría la espalda, desde arriba hacia abajo. Sin embargo, eso no fue suficiente como para que su mente entendiera el mensaje y dejara que su crush pasara a su “humilde” morada.
—No puedes, Madoka —prosiguió Homura, con su mejor voz neutra—. Se hará tarde y ya sabes que, aunque me llevo bien con la señora Junko, tu papá es otra historia. No me gustaría perder la poquísima estima que aún me tiene si ve que te llevo tarde a casa.
Madoka frunció el ceño y Homura pudo ver como, por unos instantes, la más pura decepción cruzó por su adorable rostro. Luego, dejó escapar un sonoro suspiro y se alejó de la entrada para tomar la ruta que la llevaría a su casa, seguida por Homura. En ningún momento miró a la pelinegra directamente a la cara.
—Está bien, Homura-chan. Si tú lo dices…
Y emprendieron el camino de regreso. En ningún momento del trayecto Madoka le volvió a dirigir la palabra.
☼☼☼
—Bu-bueno, Madoka —tartamudeó Homura, cuando estuvieron ante la residencia de los Kaname—. Nos vemos mañana.
Madoka, quien, por algún motivo, tenía una fría expresión plasmada en su semblante, se despidió de ella con un escueto “hasta mañana” y procedió a entrar a su hogar, sin mirar atrás; dejando a Homura confusa e incómoda.
«¿Qué le pasa?», se preguntó, mientras chasqueaba los dedos, esfumándose en medio de aquel frío atardecer.
☼☼☼
Tras aparecer en medio de su sala, Homura decidió que lo mejor era tomar un pequeño descanso.
Lanzó su maletín en uno de los tantos muebles de la sala y se dejó caer en el amplio sofá que se encontraba en medio de esta.
Mientras reposaba, su mente comenzó a trabajar.
Recordó todo lo ocurrido ese día, empezando por los eventos que tuvieron lugar en la mañana.
Evocó los momentos más interesantes, como el hecho de que Madoka estuviera rara desde temprano o el instante en el que la pelirrosa le preguntó, con aquel curioso sonrojo y esa tímida expresión, si no la iba a invitar a pasar.
Mientras rememoraba ese momento, algo hizo un sonoro “click” en su cabeza, haciendo que se levantara rápidamente. Llevaba plasmada una expresión que parecía decir “ay, no” con todas sus letras.
—¿Qué tan imbécil puedo llegar a ser? —se preguntó, en voz alta, mientras intentaba controlar las inmensas ganas que sentía de estrellar su estoico rostro contra una de las enormes y macizas paredes que componían su vivienda.
Sin notarlo, comenzó a dar vueltas en círculo por todo el amplio salón.
—No puede ser, no puede ser —repetía, fuera de sí—. ¡Tuve la oportunidad de acercarme más a ella! —Sus pálidas mejillas enrojecieron al comprender otra cosa que tenía que ver con una de las miradas que su Madoka le había dedicado ese día—. Qué… atrevida puedes llegar a ser, Madoka.
Decidió calmarse un momento y respirar. Ya no solo era una chica de tercer año de preparatoria; era muchísimo más que eso. Ahora mismo, era una diosa. Debía comportarse y pensar como una.
Esos arranques de ansiedad y estrés no eran propios de una deidad.
—Esto tiene una solución —dijo al fin, una vez que se hubo calmado. Cuando estaba sola, podía permitirse ser tan habladora y emocional como quisiera, pues no tenía que intentar verse cool para nadie—. Lo arreglaré ahora mismo.
Chasqueó los dedos una vez más, desapareciendo en medio de un estallido de brillante energía.
☼☼☼
Madoka estaba en su habitación del segundo piso. Estaba disponiendo todo para ponerse a estudiar cuando escuchó unos golpecitos que provenían de su ventana.
Extrañada, fue a ver qué sucedía. Al descorrer las cortinas, se encontró con que al otro lado del cristal estaba su amiga y crush: Akemi Homura.
De Madoka haber sido una chica más detallista, se habría preguntado algunas cosas como, por ejemplo, ¿de qué forma Homura había llegado hasta su ventana si esta no se encontraba cerca de algún árbol, tubería o algo que sirviera para trepar hasta allí? O mejor, ¿encima de qué se hallaba parada Homura como para estar erguida frente a su ventana si el muro no tenía cornisa alguna ni algo más donde ponerse de pie en el exterior?
Pero Madoka no tuvo tiempo para pensar en nada de esto, ya que estaba muy ocupada pensando en el hecho de que la chica que le gustaba estaba ahí, de pie afuera de su ventana cuando, justamente ese día, había sido incapaz de leer el ambiente y le había negado la entrada a su casa que, para más inri, estaba sola porque, como todos sabían, Homura vivía sola.
No podía entender qué rayos era lo que estaba pasando ahí.
—¿Homura-chan? —Madoka quitó el seguro y corrió uno de los cristales—. ¿Qué haces aquí?
—Madoka —Homura dio un paso al frente, justo encima de la nada. Pero no cayó, pues el aire bajo su zapato se solidificó, fungiendo como apoyo—. Solo vine para disculparme por lo que pasó hoy. Yo… fui una tonta.
—Y lenta —añadió Madoka.
—Sí… espera, ¿cómo?
—Nada, Homura-chan —Madoka dejó ver una sonrisita. No estaba pensando cuando se le escaparon esas palabras, sólo las dejó salir por inercia—. Continúa, por favor.
Homura entrecerró los ojos, pero entonces decidió que lo que tenía que decir, y hacer, era más importante; así que debía continuar.
—Hemos pasado mucho tiempo juntas últimamente y no tenía pensado ser tan sincera con lo que siento —mientras ella hablaba, Madoka apoyó un codo encima del borde de la ventana. Aún no se había dado cuenta de que la más alta se encontraba de pie en el aire, literalmente—. No tenía pensado decirlo, pero, en vista de que tú pareces sentir lo mismo que yo…
«Sería justicia», pensó Madoka, con ironía.
—Seré lo más directa posible porque, como sabrás, no soy buena con las palabras y esas cosas. —Homura tomó una honda inspiración antes de proseguir—. Me gustas, Madoka. Por favor, sal conmigo.
—Homura-chan.
—¿Sí?
—Pensé que nunca lo dirías.
—Lo… siento —el tenue sonrojo que la emo tenía en sus mejillas denotaba el hecho de que se encontraba terriblemente avergonzada.
—Tú también me gustas, Homura-chan —respondió Madoka, al fin—. Acepto salir contigo.
Homura tuvo unas intensas ganas de saltar en su lugar y gritar de felicidad, pero su lado kuudere no podía permitírselo, por lo que solo esbozó una media sonrisa mientras sentía cómo el calor se expandía por su rostro.
Sin embargo, una nueva cuestión asomó en la mente de Homura: ¿Y ahora qué? ¿Qué era lo que debía hacer ahora? Estaban allí, una frente a la otra y acababan de confesarse, entonces, ¿qué era lo que venía ahora?
Como toda buena persona reservada y cauta que era Homura —cosa que ni siquiera su estado divino había podido cambiar—, decidió que lo mejor era retirarse por hoy. No contemplaba el hecho de que había otras opciones que podía considerar.
—Bueno, Madoka —Homura retrocedió un paso—. Nos vemos mañana.
Homura iba a dar media vuelta cuando la mano de Madoka, que se había cerrado en torno a una de sus muñecas, la detuvo.
—¿A dónde vas, Homura-chan?
—¿Uh?
—¿No quieres… pasar un rato? —preguntó Madoka, con timidez. Tenía las mejillas arreboladas—. Mis padres están abajo, pero no subirán a buscarme hasta la hora de la cena. Es decir, en unas dos horas, creo. —Hizo una pausa—. La puerta tiene seguro así que… no hay problema. Tendrían que tocar primero y solo entrarían a mi habitación si yo decido abrir la puerta.
Homura estuvo a punto de decir que no quería ser una molestia, que Madoka probablemente necesitaba estudiar, que ella solo la iba a desconcentrar y un montón de otras excusas.
Sin embargo, decidió que tenía que pensar un poco más y ver las señales antes de hablar. Fue un poco más cauta con respecto a esos pensamientos.
Al meditarlo mejor durante unos segundos, Homura cayó en cuenta de lo que Madoka realmente estaba tratando de decirle. Fue entonces que casi se le sale el corazón del pecho y tuvo que tragar fuerte para mantener la compostura.
—¿Estarás bien conmigo? —preguntó Homura, con la mirada baja y la cara tan roja, que podría confundirse fácilmente con un tomate bien maduro.
Y Madoka, al verla, tuvo que llevar su mano libre a su nariz con el fin de evitar que algo de sangre escapara de ella.
«¡Qué linda!», pensó Madoka con ojos brillantes, tratando de mantener la compostura. Se le hacía muy difícil no hacer algo teniendo esa adorable versión de Homura justo frente a ella.
—Claro que sí, Homura-chan —Madoka tiró de ella y la mencionada, dejándose llevar, apoyó un pie y luego el otro en la orilla de la ventana—. ¿No dije que me gustabas? Eso es más que suficiente para saber que estaré bien contigo.
—Está bien —respondió Homura, esbozando una pequeña sonrisa.
«De verdad», pensó Homura, entrando a la habitación de su amada. «Para considerarme un demonio, soy demasiado inocente».
Una vez que Homura estuvo dentro del cálido dormitorio, Madoka procedió a cerrar la ventana y a correr nuevamente las cortinas.
