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El Tren Número 122.
Genzo Wakabayashi había llegado a Japón con la firme intención de hacer una rápida y fugaz visita al hogar en donde había pasado sus primeros años de vida; su plan era muy simple: pretendía recoger algunas pertenencias que había dejado en su casa para después partir de ahí en cuanto las obtuviera, por lo que pensaba estar en la ciudad a lo mucho una noche, siendo que proyectaba llegar a su casa sin previo aviso, sorprendiendo quizás a sus padres y hermanos con su llegada pero esto era algo que no le inquietaba en lo más mínimo, ése era su plan y pensaba cumplirlo, siendo que el único cambio que modificó fue el hecho de que quizás en el trayecto también podría ver si aún existía su fiel mascota, quien pacientemente le había estado esperando desde el día de su partida hacia ya tantos años atrás.
Así pues, luego de llegar al Aeropuerto Internacional de Narita, Wakabayashi había abordado un taxi que le llevó directamente a la Estación de Tokio, en donde una vez obtenido su pase de abordaje, se entretuvo buscando el andén en donde se encontraría el tren que le llevaría a Shizuoka. Genzo caminó por los largos andenes de la estación, viendo cada una de las pantallas que se desplegaban ahí para poder darse una idea de en dónde se podría hallar el transporte que buscaba, hasta que en una de las plataformas al fondo de la estación vio un extraño tren que parecía encontrarse desierto pues nadie se acercaba a él, se veía además que era un modelo ya viejo y obsoleto pues su apariencia era algo descuidada, situación que le sorprendió un poco al portero pues los japoneses siempre solían ser muy responsables con su trabajo y eso incluía el mantenimiento y pintura que le daban a sus trenes.
Sin embargo, el tablero electrónico que se encontraba junto al tren decía que su destino era precisamente la prefectura de Shizouka, terminando en la ciudad del mismo nombre y lugar a donde se dirigía Genzo. La pantalla indicaba también que dicho tren saldría en cuestión de escasos minutos, siendo además que tenía marcado el número 122 como su distintivo; Wakabayashi miró de nuevo su ticket y éste efectivamente le indicaba que el tren a Shizuoka era el que estaba marcado con el número 122 y con el mismo horario de partida que el indicado en la pantalla, por lo que no podía haber ningún error al respecto, por muy maltratado que éste se viera, era ese tren el que a él tocaba abordar de acuerdo a todos los indicativos y señalamientos, por lo que así lo hizo.
Una vez en el interior del tren, Genzo pudo notar que el deterioro del mismo se limitaba exclusivamente a la capa exterior de pintura, pues el vagón al que había ingresado se veía en muy buen estado y limpio, por lo que decidió buscar un buen sitio en dónde acomodarse; el lugar no estaba lleno en la totalidad de su capacidad pues sólo algunos pasajeros se encontraban sentados en los primeros asientos y otros más al final, siendo que el portero optó por quedarse en la sección de la parte media del vagón para estar más cómodo, tranquilo y a solas. Una vez llegada la hora indicada, el tren partió de la estación sin ningún tipo de inconveniente, relajando al joven que había estado algo preocupado por la funcionalidad del vehículo, por lo que al verlo salir con normalidad como cualquier otro se dijo que, a pesar de su apariencia vieja y maltratada, el transporte aun debía tener una buena maquinaria y que debido a esto aún lo mantenían en circulación.
El trayecto parecía ser de lo más normal, de manera que Wakabayashi decidió sacar su reproductor de música para entretenerse durante la hora y media que duraría el trayecto, pero a poco más o menos de una hora de camino, el joven aburrido decidió apagar la música y miró a través de la ventanilla justo al tiempo en que el tren pasaba por la ciudad costera de Atami ya en la prefectura de Shizuoka; sabiendo que ya se encontraban cerca de la ciudad de Shizuoka, Genzo decidió guardar su reproductor y estirar un poco las piernas pues comenzaba a entumirse por el asiento, cuando de pronto las luces del tren comenzaron a parpadear y éste ingresó a un túnel, haciendo que todo quedara completamente obscuro en el vagón.
Cuando la luz finalmente regresó, las cosas en el interior del tren se veían muy distintas a como habían estado segundos atrás, el vehículo ahora lucía mucho más desvencijado y acabado como si en cuestión de instantes hubieran pasado muchos años sobre él, los asientos se veían raídos, rotos y decolorados, los pasillos manchados y las partes metálicas estaba oxidadas, y al ver a las personas que se hallaban sentadas a su alrededor éstas lucían también diferentes pues ahora parecían traer ropas antiguas, decoloradas y remendadas, cuyas modas iban desde unos cuantos años atrás hasta indumentarias realmente antiguas como lo eran las que provenían de la Era Edo. Wakabayashi se encontraba realmente confundido, su mente racional no podía encontrarle una respuesta lógica a lo que veía por lo que se decía que seguramente debía estar soñando y que no podía ser real lo que veía. Fue entonces cuando al frente del vagón se levantó un extraño personaje, el cual iba vestido con la indumentaria de un antiguo samurái.
“¿Y ahora qué?”, pensó el portero, al ver que el hombre se había parado en el pasillo y le miraba fijamente.
Por alguna extraña razón, a Genzo le parecía ligeramente familiar el individuo frente a él, pensando que tenía cierto aire de semejanza con los miembros de su familia y recordándole un poco a su padre.
— Has deshonrado a tu familia —comentó el hombre en ese instante y sin quitarle la mirada de encima.
— ¿Qué? —exclamó el portero, realmente confundido—. ¿De qué diablos hablas?
— Genzo Wakabayashi —comentó el samurái señalándolo con el dedo—. Tú has deshonrado a tus antepasados al negarte a seguir con las tradiciones que te impone tu familia.
— ¿Cómo sabes mi nombre? —preguntó el portero, realmente sorprendido.
— Porque yo soy Eiji Wakabayashi —respondió el samurái—. Por lo que sé muy bien quién eres.
Genzo entonces creyó recordar vagamente que alguna vez su padre, quien estaba muy orgulloso de su noble dinastía, le había hablado, cuando aún era un niño muy pequeño, de un antiguo antepasado suyo que había vivido en la era Edo y que había sido un noble militar al servicio del emperador, siendo guardia en el castillo imperial.
— ¡Ah! Entonces eres ese Eiji —respondió Genzo, sin sentir miedo del espectro sino más bien curiosidad, pues su mente no lo dejaba creer que esto fuera real.
“Esto debe de ser alguna especie de broma de mal gusto”, pensó Wakabayashi.
— ¡Has deshonrado a tus antepasados! —volvió a decir el samurái, molesto de ver que al joven parecía no importarle sus palabras.
— Sí, ya lo dijiste antes —comentó Genzo, con cierto fastidio—. Ahora bien, dime tú, ¿qué han hecho ellos por mí? —preguntó, sin amedrentarse por la mirada del otro.
El samurái le miró con furia en los ojos, ¿cómo se atrevía Genzo a responderle de ese modo? Él era un antepasado y debía honrarlo, ¡no ser un irrespetuoso con él!
— ¡Ellos son tus ancestros! —volvió a repetir, con enojo.
— Sí, pero ellos jamás estuvieron a mi lado ni han hecho nada cuando yo he necesitado ayuda —respondió cínicamente Genzo—. No han impedido que me lesione o que tenga otro tipo de problemas, así que reitero lo dicho, ¿qué han hecho ellos para que yo tenga que venerarlos?
— ¡No tienes respeto por tus ancestros! —exclamó con furia el samurái.
En ese instante, los pasajeros que se encontraban sentados en los asientos alrededor del samurái se levantaron de sus lugares para encarar al joven portero, mirándolo con severidad, todos parecían ser antiguos parientes suyos pues el parecido era más que notorio y fue entonces cuando Genzo comenzó a creer que esto ya no era una broma y que efectivamente las personas que veía frente a él sí eran los fantasmas de sus antepasados.
“Eso no puede estar sucediendo”, pensó Wakabayashi, con cierto temor.
Un escalofrió comenzó a recorrer el cuerpo del japonés al mirar las expresiones realmente molestas de sus antepasados, claramente estaban enojados con él por no venerarlos como ellos creían que era su obligación, pero el joven no era particularmente adepto a seguir las costumbres y tradiciones de su país por lo que no veía razón de hacer algo semejante.
— ¡Pagarás por tus ofensas! —dijeron todos al unísono.
Acto seguido, el samurái dejó relucir su brillante espada con la cual cortó el aire en el vagón haciendo que Genzo se tirara al suelo para eludir la filosa hoja, siendo que ésta cortó algunas partes metálicas del tren las cuales cayeron a escasos centímetros de donde se hallaba tirado Wakabayashi. El terror finalmente se apoderó del portero, quien claramente no deseaba en lo más mínimo pelear con su antepasado pues sabía de sobra que llevaba las de perder si enfrentaba a un samurái.
— ¿Quieres calmarte? —exclamó Genzo, en un intento de que no lo mataran.
— Demasiado tarde —respondió el samurái—. Has deshonrado a tus antepasados y te has burlado de nosotros, esa ofensa se debe pagar.
Como pudo Genzo se levantó del suelo justo a tiempo para evitar un nuevo ataque, esta vez ya no intentó dialogar con el samurái sino que más bien salió corriendo por el pasillo con rumbo a otro de los vagones, siendo que Eiji le persiguió a través de todo el tren con espada en mano y lanzándole ataques cada determinado tiempo, los cuales el portero a pesar del miedo evadía con destreza; al correr por los diferentes vagones, el joven se encontró con personas muertas de todas las épocas, viendo desde personas fallecidas en la era Edo, desfigurados por las bombas nucleares, gente que parecía haberse ahogado pues estaban hinchadas y azules, otras más asesinadas con la sangre manchando sus cuerpos, algunas destazadas por los trenes y muchas otras más, lo que aterró por completó a Wakabayashi.
Genzo llegó al final del último vagón y miró hacia todos lados, no tenía más sitio a donde correr por lo que se hallaba completamente perdido a merced de su cruel antepasado quien le miró fijamente durante unos instantes antes de levantar su espalda, sosteniéndola con ambas manos para darle una honorable muerte. Wakabayashi cerró los ojos para esperar su cruel final, cubriéndose con las manos cuando de pronto el tren pasó nuevamente por un túnel que puso todo completamente obscuro.
Genzo sintió como alguien le movía insistentemente el hombro por lo que al abrir lentamente los ojos se halló con dos personas cuyos atuendos parecían ser de montañistas, escaladores o senderistas y quienes claramente le miraban con mucha preocupación, al sentarse se dio cuenta de que se hallaba en medio de un espeso campo con árboles frondosos y muy cerca de un camino de lavandas y con una hermosa vista a una montaña que él no supo ubicar cuál era.
— ¿Te encuentras bien? —preguntó una de las personas que estaba a su lado.
— Creo que sí —respondió Genzo, realmente confundido—. ¿En dónde estamos?
— En el Monte Aino, muy cerca de la ciudad de Minami, en la prefectura de Yamanashi —respondió la otra persona que lo había encontrado.
— ¿Cómo es que llegue aquí? —se preguntó el portero, más para sí mismo que como una pregunta real para los otros dos.
“¡Es imposible que me encuentre en Yamanashi, eso está a muchos kilómetros de distancia de Shizuoka!”, pensó Genzo realmente sorprendido y sin explicarse como había llegado hasta ahí.
— Realmente no sabemos —respondió uno de ellos, con cortesía—. Te acabamos de encontrar aquí tirado, ¿quieres que llamemos a los servicios de emergencias?
— No es necesario, estoy bien gracias —respondió Wakabayashi, poniéndose en pie y queriendo cortar la situación.
Los senderistas entonces se despidieron del joven y continuaron con su camino. Genzo se quedó mirando a su alrededor sin explicarse cómo es que había terminado en un lugar así, el cual se hallaba muy fuera de la ruta que debía seguir; al mirar hacia el pasto pudo ver que sus pertenencias estaba junto a él, por lo que tomó su mochila para rebuscar entre ellas en un intento de responder sus dudas y para ver si había sido sólo un sueño lo del tren, hallando el boleto en uno de sus bolsillos.
Nadie supo cómo es que Genzo llegó a ese lugar del país si la última vez que se le vio por medio de las cámaras de seguridad, y sólo una hora antes de que los senderistas lo encontraran, se hallaba en la estación de Tokio dirigiéndose a los andenes; al preguntar por el tren que había salido con rumbo a Shizuoka, la administración le comentó a Wakabayashi que ningún tren había partido a esa hora desde ese andén, el cual se encontraba en mantenimiento por lo que no estaba en operación y mucho menos existía un tren marcado con ese número; sin embargo, Genzo se encontraba más que seguro que ese día él había abordado ese tren en particular, por lo que no sabía que era lo que en realidad había sucedido, su mente escéptica le decía que todo había sido producto de su imaginación pero no podía explicarse de qué modo había terminado tan lejos de su destino. De lo que estaba seguro era de que jamás volvería a viajar en un tren de Japón estando solo.
