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El murmullo y los pasos apresurados de la gente resonando por el largo pasillo me despertaron del sueño ligero que apenas había podido conciliar.
Froté mis ojos, intentando acostumbrarme a luz tenue del sol colándose por las cortinas. Aún en la penumbra, solté un gran bostezo y giré el rostro a un costado de la cama.
Ahí estaba. Impecable y elegante, como el día en que lo compré.
Esbocé una sonrisa apenas visible y un poco temblorosa al mirar con detenimiento el traje negro colgado en el perchero. En un par de minutos lo usaré, para llevar a Jian al altar.
—Hermano —escuché la aguda voz de mi hermana detrás de la puerta—, ¿ya estás listo? Nos están esperando.
—Ya bajo, dame unos minutos —respondí con la voz ronca.
Zi Qian tarareó una suave melodía y se marchó.
Me levanté con calma, arrastrando mis pies descalzos sobre la alfombra. No pude evitar que las lágrimas rodarán tibias por mis mejillas al ver mi reflejo en el espejo con el traje puesto. Mi corazón se conmovió, incrédulo.
¿Es real todo esto?
Jian me está esperando.
Antes de salir sequé las lágrimas y volví a mirarme al espejo. Mi cabello seguía desordenado. Rebelde incluso en un día tan importante.
Suspiré frustrado. No tenía tiempo y en poco minutos debía bajar al salón.
"Te ves más guapo de esta manera".
Recordé las palabras cálidas de Jian en nuestra primera cita.
Sonreí con nostalgia al revivir la imagen de Yi peinando, pacientemente, mis mechones rebeldes hacia atrás, con solo sus dedos y un poco de crema.
Después de varios intentos, logré recrear el peinado de aquella vez. Me detuve para contemplar al hombre frente al espejo.
¿Quién hubiera imaginado verme así?
Suspiré divertido sin dejar de imaginar el brillo en sus ojos al verme.
Jian se va a derretir pensé.
Seguro fingiría sorpresa, sonrojándose como la primera vez que salimos, aunque me haya visto de esta y de otras mil maneras más.
Tomé aire intentando tranquilizar los latidos apresurados de mi corazón. Tan nervioso como el día en que le propuse matrimonio.
Coloqué el último detalle; un clavel amarillo en el bolsillo del saco. Fantaseé con su voz coqueta, pero sin dejar ese tono de inocencia, diciendo que lucía tan guapo, que sería capaz de enamorarlo por segunda ocasión.
Respiré hondo, relajé los hombros y salí de la habitación.
Mis ojos se iluminaron al llegar a la pequeña capilla. Flores blancas y amarillas adornaban los pilares, balanceándose al son de la brisa. Inevitablemente pensé en el color de tu cabello y el ámbar de tus ojos.
¿Habrá sido coincidencia?
Me pregunté, a pesar de saber la respuesta.
Me giré hacia el pequeño jardín. Una mesa en el centro contenía todas nuestras fotografías, velas aromáticas a lavanda y un montón de cartas escritas por los invitados. La delicadeza de aquella escena me arrancó un suspiro quebrado.
Las flamas de las velas temblaban al mínimo roce del viento. Hermosas y frágiles.
Caminé lentamente, arrastrando los pies, como si algo dentro de mí se resistiera a seguir avanzando. El estómago se me revolvió por un segundo, completamente nervioso
¿Qué podía pasar? Todo estaba en orden. Perfecto para un día especial.
—Ya era hora Zheng Xi —dijo mi madre en un tono suave a mis espaldas —Te están esperando.
—Lo siento. Estoy un poco nervioso —respondí bajando mi mirada hacia mis manos frías y temblorosas. —Esto... esto es tan irreal, pero siempre soñé con esto.
Mi madre no dijo nada. En su lugar, entrelazó sus delgados dedos con los míos, dándome esa calma que solo una madre podía dar. Miré con ternura los pequeños círculos que dibujaba en el dorso de mis manos.
Levanté la mirada cuando cesó el movimiento. En sus ojos esperé encontrar comprensión y calma, pero ahí estaba. Esa mirada apagada y nublada por las lágrimas. Una mirada llena de dolor.
¿Por qué llora en el día más feliz de mi vida?
—Zheng... —dijo en un susurro roto, como si quisiera decirme algo, pero arrepintiéndose en el último momento.
—Estoy bien —murmuré secando las lágrimas que rodaron por sus delgadas mejillas. —Estaré bien.
Me abrazó fuerte, llorando en silencio sobre mi hombro. Su cuerpo tembló cuando la rodeé de vuelta con la misma intensidad. Se aferró a mí como si no quisiera soltarme, como si quisiera borrar el peso que llevaba en mi corazón.
Poco a poco se fue calmando, dispuesta a dejarme ir. Antes de entrar a la capilla, acomodó, con sus manos frías, el cuello de mi camisa dejando un beso en mi frente, tal como lo hacía de pequeño.
Nunca lo imaginé de esta manera. Todo era perfecto...
Mis pasos resonaron suaves sobre el suelo pulido, mientras me acercaba al portón. Cada paso era un golpe sordo a mi corazón.
Zhan Xixi
Su melodiosa voz resonó en mis oídos de una manera embriagante. Pero había algo en ella que sonaba diferente...
Negué con la cabeza.
Y sin esperar un minuto más, crucé aquel umbral. El corazón latiendo tan fuerte que dolía.
Por un instante, lo vi. Jian esperando en el altar, en su traje blanco. Con esa sonrisa nerviosa y sus ojos brillando. Podía escucharlo reír.
Pero entonces, el mundo se detuvo.
Todas mis ilusiones se rompieron en ese instante al ver la silla vacía, la fotografía enmarcada y el ataúd cubierto por flores.
Me aferré al marco de la puerta. La garganta cerrada en un nudo y el estómago revuelto.
Me doblé sobre mí mismo, intentando no vomitar ahí, en el lugar que había imaginado tantas veces lleno de alegría.
La imagen de Jian, luciendo su traje blanco con esa sonrisa, que tantas veces me llenaba de amor, ahora me rompía el corazón.
—¡Hermano! —Zi Qian corrió hacia mí, tratando de levantarme del suelo. —Podemos irnos... si no puedes. —su voz a punto de quebrarse en ese instante.
—Tengo que... —balbuceé a través del temblor de mis labios.
Apoyándome del brazo de Zi Qian y de mi madre, logré ponerme de pie. Sabía a la perfección que fingir que estabas aquí me haría más daño. Pero era la única forma que tuve de no quebrarme hasta ahora.
Caminé con calma, como si nada hubiera cambiado. Aunque me resultaba imposible, traté de dibujar mi mejor sonrisa, estoy seguro que amarías verme sonreír en ese momento. En nuestro momento.
Me quedé frente a ti, con el alma hecha pedazos. Tus ojos ámbar me observaban detrás de la fotografía, y me fue imposible no consumirme en lo más profundo. Me sentí vacío.
¿Por qué no podíamos ser lo mismos de antes?
Siempre soñé con este día. Caminar en medio de aplausos y vitoreos. Quería mostrarle al mundo lo mucho que te amo. Tenía la esperanza de poder verte parado en este altar, recibiéndome con los brazos abiertos, listo para rodearme entre el calor de tu cuerpo.
Pero esta era la última vez que estaría en ese lugar, que te vería aquí.
—Te esperé tanto tiempo... —murmuré para mí mismo, como si hablarte me permitiera seguir creyendo que todavía estabas aquí. —Trabajé tanto para construir una vida a tu lado... y ahora…
Las palabras se me atoraron en la garganta.
Me acerqué al ataúd, con el cristal frío bajo mis dedos. Ahí estabas, más lejano que nunca. Sin aguantarlo más, dejé que las lágrimas inundaran mis ojos, lloré por primera vez.
Me negué a recordarte de esa forma, encerrado en esa caja. Quería pensar en ti tal cual eras: lleno de vida, tus ojos llenos de amor. Quería recordarte como mi esposo. Pero ahora no podía.
Suspiré ahogando el llanto. Levanté la mirada, e inconscientemente mis ojos buscaron aquella fotografía enmarcada. Tu cálida sonrisa. Me aferré a ella como si fuera real, como si todavía pudiera salvarme de este tormento.
Te ves tan guapo.
Mi mandíbula se tensó en un intento por detener el temblor de mis labios. Aún así, me obligué a sonreír una vez más.
Entre lágrimas saqué el anillo de matrimonio de mi bolsillo. Aquel que esperé entregarte desde el primer momento en que te conocí. Con el corazón hecho un nudo, lo dejé sobre el cristal, junto a ti.
—Quiero casarme contigo… —susurré, contra el cristal.
Deseando que de alguna manera pudieras escucharme. Porque era imposible pensar que ya no estabas aquí.
—Me esperaras ¿Verdad?
Cómo lo esperaba, no hubo respuesta. Mis palabras de quedaron flotando en el aire, como una promesa vacía.
Antes de retirarme, rocé mis dedos por el filo del ataúd, negándome a dejarte.
Negándome a dejar una parte de mi dentro de él.
¿Cómo podría aprender a vivir sin ti?
Mientras mis pasos me alejaban de ti, una brisa fría recorrió mi cuello, agitando mi cabello desordenado, aquel que tanto amabas.
Me detuve. Cerré los ojos y respiré hondo.
Por un momento, sentí tus delgados dedos peinando y jugando dulcemente mis cabellos una vez más. Cómo en el pasado.
Solté una risa, aunque en mi mente sonaba divertida, salió más rota de lo que imaginaba.
Tal vez, en otro momento. En otra vida, en otro cielo, seré capaz de cumplir mi promesa, y llevarte al altar. Por ahora solo te pido... no me abandones, amor mío.
