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Detrás de tu recuerdo

Summary:

Pocos miedos duelen tanto, como amar y ser olvidado poco a poco. Y Zheng Xi lo experimenta todos los días. Su pesadilla se hizo realidad cuando Jian recibió su diagnóstico: Alzheimer.

Notes:

En este one-shot, Zheng Xi y Jian Yi son una pareja de ancianos que comparten su vejez. ¿Por qué? No lo sé muy bien... Solo quise probar otra manera de verlos juntos, aún cuando todo parece desvanecerse.

Work Text:

Vacío, como si le hubieran arrancado una parte de sí. Una muy importante. Al menos así lo interpretaba, cada que veía al hombre de cabellos castaños, adornados con delgados hilos de plata, llorar desconsolado todas las noches, cada día más roto que el anterior.

No entendía por qué, pero sentía un poco de lástima al notar la tristeza detrás de sus ojos marchitos. Como si dentro de ellos, hubiera algo que lo atara a él, algo que su cerebro había decidido olvidar.

Todavía en la oscuridad del cuarto, el hombre de cabellos castaños entró y se sentó en una de las esquinas del colchón. Lo más lejos posible.

Jian Yi se removió incómodo ¿Por qué un extraño se tomaría el atrevimiento de invadir su espacio? Aún así, se quedó quieto. Observó al extraño de ojos bonitos sacar una caja de pastillas blancas de la mesita de noche.

Intentó ver más allá de sus dedos sacando una de las tabletas color beige, pero le resultó imposible.

Cuando una de sus arrugadas y delgadas manos se extendió hasta él, la incertidumbre volvió oprimiéndole el pecho.

—Ten, amo... —su voz se cortó a media frase.

Los ojos arrugados, color trigo, de Jian se oscurecieron con un toque de pánico. El corazón de Xixi se estrujó.

—Tome Jian Yi —susurró su nombre, como si quisiera anclarlo a la realidad, a quien era en verdad.  —. Por favor...

Repitió más bajo, tomando con su otra mano la de Jian. En un movimiento torpe e inseguro, dejó la tableta entre su cálida palma.

Cuando esos finos labios susurraron con cuidado aquel nombre, la sensación de fuego ardiendo y expandiéndose en su interior lo consumió.

Jian Yi lo miró en un silencio casi sepulcral. No se movió, ni siquiera para tomar el medicamento, pero tampoco se alejó. Sus ojos se clavaron en los de la persona frente a él, tratando de descifrar sus intenciones.

—¿Qué es esto? —pronunció, mirando con desconfianza su palma.

—Son vitaminas —mintió —. Se sentirá mejor cuando las tome —agregó, después de ver su ceño fruncido haciendo notar más sus arrugas.

Sin tener que repetir dos veces, el rubio se las echó de un tirón, y una mueca de desagrado pintó su, ahora, inexpresivo rostro.

Zheng Xi rió en voz baja ante el tierno gesto. Hacía tiempo desde que vió una expresión distinta en el rostro que una vez rebosaba de alegría.

—Sabe a mierda.

Le gustara o no, escucharlo decir esas palabras lo llenaban de consuelo. Uno muy difícil de conseguir después de su diagnóstico.

—No le veo lo gracioso —sonó seco, metálico.

Su sonrisa desapareció; las comisuras de sus labios se torcieron en una mueca difícil de explicar.

—Es verdad. Lo lamento.

Antes de levantarse, frotó sus manos arrugadas en la tela de sus pantalones. Dispuesto a salir de la habitación, pero una dulce voz lo detuvo.

—Xixi ¿A dónde vas? Todavía no me das el beso de buenos días.

El castaño regresó su mirada rápidamente. Ahí estaba, el rostro y la sonrisa que había dado por perdidos hace mucho tiempo.

A pesar de que el doctor le advirtió que eso pasaría, y que debía mantener la calma, no se contuvo y se lanzó hacia sus cálidos y delgados brazos.

Aunque fuera un momento fugaz, quería sentirlo otra vez, creer que era él. El Jian Yi de su juventud.

—¿Por qué lloras? —preguntó con la voz temblorosa —¿Qué ocurre? ¿Estás bien?

Zheng Xi, escondido en el pecho del rubio, asintió suavemente.

Los ojos de Jian se achinaron al sentir a Zheng Xi tan cercano

¿Cuánto tiempo había pasado desde la última vez que estuvieron así?

Con una sonrisa en su rostro, acarició cuidadosamente el cabello de su esposo.

Sus movimientos se detuvieron cuando las cálidas lágrimas mojaron la bata de su pecho. Jian bajó la mirada, y tomando con torpeza el perfil de Zheng Xi, lo llamó.

Xixi alzó la cabeza, con los ojos enrojecidos y ardiendo, como si le hubiera entrado tierra.

—Nada... Sólo que te extrañé —susurró con un nudo en la garganta, procurando no romperse frente a él.

Lo que menos quería era preocuparlo dándole una imagen patética de él, cuando por primera vez en meses lo había recordado.

—¿Qué dices? Hablas como si me hubiera ido por otros tres años—respondió entre pequeñas risas —. Vamos a desayunar, tengo hambre.

Zheng Xi asintió besando con ternura la frente rugosa de su amado. Lo ayudó a ponerse de pie, y sin soltar su frágil brazo, tomó el bastón que reposaba en la cabecera de la cama.

Caminaron lentamente, las rodillas rechinando a cada paso que daban, pero disfrutando del momento.

Compartieron, de vez en cuando, un par de sonrisas llenas de complicidad, mientras Jian preparaba dos tazas de café.

Su voz rasposa, tarareando una dulce melodía, embriagó los oídos de Zheng Xi. Por primera vez, todo era como en el pasado. Y las viejas paredes, igual que ellos, lo sabían.

La melodía se detuvo de golpe cuando la cuchara del café cayó al suelo. Un suave tintineo perforó el ambiente, alarmando a Zheng Xi.

Se acercó con calma; su mente sabía la razón del silencio, pero su corazón no estaba preparado para lo que se avecinaba. Con los latidos martillándole el pecho, colocó su mano sobre el hombro de Jian.

Este volteó con rudeza, apartando de un manotazo el brazo de Zheng Xi. Su rostro alegre se oscureció. Las delgadas y escasas cejas se fruncieron mostrando una mezcla de miedo y confusión.

Cuando Zheng Xi trató de acercarse para tranquilizarlo, Jian Yi lo empujó.

—¡No me toques! ¿Cómo entraste?—gritó, con las lágrimas amenazando salir —. ¡Sal de mi casa, vete!

Jian retrocedió, chocando con la mesita de centro. Sus manos huesudas se aferraron temblorosas al borde de la madera, preso del panico.

El corazón de Zheng Xi se rompió al verlo de esa manera... tan frágil.

Apretó su mandíbula, importándole poco que comenzara a dolerle. Debía mantenerse calmado. No quería conmocionarlo más.

Contrario a lo que hubiera hecho los primeros años, retrocedió lo suficiente para darle un espacio seguro.

—Lo lamento... No quise asustarlo —declaró con voz suave, pero lo suficientemente fuerte para ser escuchado —. Vine a visitarlo, pero creo es mejor que me retire.

Antes de darse la vuelta, jugó con la sortija de matrimonio en su dedo. La miró con melancolía, un recuerdo dulce pero doloroso que lo ahogaba cada vez más.

En un movimiento lento, se la quitó, colocándola a un lado de la taza derramada de café, dejándole un mal sabor de boca.

Sin esperar un minuto más, Zheng Xi se retiró. Su cuerpo le pedía a gritos salir de ahí. Sin embargo, sus pasos resonaron tranquilos sobre el piso de madera. Entró al baño sin decir nada.

Jian Yi lo observó, aún aferrado al borde de la mesa, alejarse con los hombros caídos.

Cuando la puerta del baño se cerró en su cara, se acercó  todavía asustado, con la mirada fija en el anillo de oro.

Una corriente eléctrica recorrió su espalda hasta la yema de sus dedos, al percatarse de la similitud entre la sortija que también tenía.

¿Qué significaba todo esto?

¿Por qué su corazón dolía al verlo de esa manera?

¿Quién era él?

Detrás de la puerta, Zheng Xi se desplomó, recargando su espalda en la fría pared. Prometió ser fuerte para ambos, pero cada día que pasaba, los recuerdos que hicieron juntos se desvanecían, como el vapor de la tetera hirviendo.

—¿Cuánto más Jian? —susurró para sí —¿Cuánto más debo aguantar hasta que me olvides por completo? —su voz salió tan rota, como la vajilla de hace un momento.

Llevó sus manos hasta el rostro, cubriendo las lágrimas que comenzaban a humedecerle las mejillas.

El olor a cloro y el goteo del grifo convirtió el espacio que una vez compartieron; lleno de risas y palabras tiernas, en un lugar solitario. Como él.

Miró fijamente su reflejo; la piel de su cuello colgaba   sobre su camisa, cual papel arrugado por los años. Ese gran detalle, lo golpeó. Igual o más fuerte que ese piedrazo en la cabeza en la secundaria.

Ya no era el mismo muchacho apuesto de hace décadas.

El rostro joven que Jian tanto adoraba, se esfumó. Ahora sólo una versión más cansada y demacrada lo observaba detrás del espejo. Si el tiempo le quitó lo único que tenía para ser recordado... Ya no tenía nada que perder.

Suspiró hondo, y con el dorso de su mano secó el camino de lágrimas.

«Tengo miedo... Miedo de hacerte daño, de seguirte asustando. Sólo quiero que estés bien. Aunque eso signifique que me olvides para siempre.»

Las lágrimas, al igual que su respiración, se detuvieron al escuchar el agudo llamado de la puerta. Con la mente aún nublada, se acercó para tomar la perilla. Pero se detuvo al escuchar su voz.

Una que no lo llamaba, una voz que lo desconocía.

—Señor ¿Cuánto tiempo estará encerrado ahí? Necesito usar el baño.

Zheng Xi abrió la puerta, revelando a un Jian con las mejillas sonrojadas. Lo examinó con detenimiento, hasta que dio con el problema.

—Yo... No pude aguantar —continuó con voz pequeña, mientras se tapaba avergonzado la parte delantera de su pijama rayada.

Escucharlo de esa manera, le rompió el corazón. Una mezcla de tristeza y ternura lo invadió hasta los huesos. Con una sonrisa comprensiva, tomó a Jian del brazo y lo guío dentro del baño.

Cuando estuvo a punto de salir para darle espacio, una mano temblorosa lo tomó del borde de la camisa.

—Quédese, por favor... Las manos me tiemblan, no puedo sostener ni una pluma.

Los ojos de Zheng Xi se achinaron en una sonrisa, pero sus labios se mantuvieron rectos. Temía acercarse a él y provocar otra crisis, así que lo tocó como si temiera romperlo.

Contrario a lo que pensó, Jian cerró los ojos cuando sus fríos dedos rozaron con ternura su melena rubia, casi blanca.

—Está bien. A cualquiera le puede pasar —habló despacio, sin juicios.

Jian Yi levantó el mentón para verlo directo a los ojos.

Los ojos de Yi siempre fueron cálidos, como el primer rayo de sol por la mañana. Llenos de una chispa encantadora y al mismo tiempo seductora. Pero ahora, solo veía niebla cubierta por una tenue tela de vergüenza.

—A mí me ha pasado —añadió en un intento por tranquilizarlo.

No pudo evitar soltar una pequeña risa al escucharlo. Algo dentro de ese hombre de cara seria, pero ojos profundos e hipnotizantes, lo hacía sentirse extraño...

Zheng Xi le quitó, casi sin tocarlo,  los pantalones de la pijama. Cada uno de sus movimientos era meticuloso, casi perfecto, como si estuviera acostumbrado a cuidar de él.

Una corriente electrizante envolvió a Jian, cuando los dedos firmes y delgados lo rozaron. Sus mejillas se tiñeron de un rosa pálido, y dejó escapar un suspiro.

—Me recuerdas a alguien —murmuró sin previo aviso.

Los movimientos de Xixi se detuvieron.

—¿En serio? —preguntó com fingida sorpresa, esperando ansioso la respuesta del contrario — ¿A quién?

Jian Yi pareció meditar un poco, como si intentara limpiar el polvo acumulado en su mente. Observó el techo del baño, siendo lo más interesante en ese momento.

—A mi primer amor... —dijo con timidez —. Era callado como tú. Pero cada palabra que decía, parecía ser importante —sonrió nostálgico.

Por un momento, sus ojos se volvieron a iluminar a cada palabra que decía. Lleno de amor. Volvió a suspirar, y continuó:

—Y sus ojos... Sus ojos eran hermosos. Me miraban como si fuera lo más valioso en el mundo. Con solo verlo, sabía que estaba a salvo.

Desvió la mirada, y cuando lo hizo se encontró con los ojos sorprendidos y acuosos de Zheng Xi.

Se frotó el cuello nervioso, cual adolescente en plena primavera. Su cuerpo reaccionó antes que su mente, y cuando menos lo esperó, su mano viajó al perfil del ojiazul. Era como si sus músculos estuvieran acostumbrados a esa tipo de cercanía.

Zheng Xi dejó escapar el aire contenido en sus pulmones,  incapaz de apartar la mirada de aquellos profundos ojos color miel. Y con una sonrisa tímida asomándose en sus labios, agregó:

—Ya veo. Parece que es alguien muy especial para usted.—contestó lo más sereno que pudo, aunque el estómago se le hiciera nudo.

—Lo es... Pero él...

Su mano se apartó de golpe cuando una punzada le atravesó ambos lados de la cabeza, obligándolo a cerrar los ojos con fuerza. Su cuerpo se inclinó hacia adelante, perdiendo el equilibrio aún sentado.

Recuerdos vacíos; un rostro borroso invadió su mente. Lo único que podía distinguir, de todo eso, era la temperatura de las manos del joven de sus recuerdos. Cálidas. Capaces de quemarlo por dentro.

Zheng Xi lo notó de inmediato; los finos labios fruncidos, el entrecejo arrugado y la forma en la que su respiración se aceleraba.

Había aprendido, al paso de los años, a identificar los síntomas de aquellos episodios. Se alejó dando un paso hacia atrás; no por miedo a Jian, más bien, para protegerlo de él mismo.

No dijo nada, solo se quedó ahí sentado en el borde de la tina. Siendo el apoyo que ambos necesitaban.

—N-no sé qué me pasa —titubeó con un hilo de voz— ¿Hay algo mal en mi? —pronunció con la voz rota.

Las manos de Jian se movieron lentas hasta su rostro. Cubrió las lágrimas que desbordaron de sus cuencas, mientras pequeñas exhalaciones brotaban de sus labios.

—Siento que estoy olvidando cosas importantes... Siento que te estoy perdiendo, Xixi.

Zheng Xi redujo el espacio, tomando entre brazos, el pequeño cuerpo de Jian. Incapaz de seguir, su careta cayó, revelando el dolor contenido en su corazón.

—No hay nada malo en ti. No importa si eso pasa..." A dónde quiera que vayas yo iré".

Las palabras del castaño salieron sinceras, y Jian pudo sentirlas como el tierno aleteo de una mariposa sobre su nariz. Él lo sabía, solo necesitaba escucharlo una vez más.

—No importa que pase, no olvides que te amo Xixi —murmuró tan bajo que hubiera sido imposible escucharlo.

Acercó su rostro al suyo, y por un segundo lo vio. El rostro que tanto amaba, el hombre del que se enamoró por primera y única vez. Rozó con ternura su nariz contra la de Xixi.

Zheng Xi cerró los ojos, permitiéndose creer que, por ese instante, Jian seguía ahí. No como un viejo recuerdo del pasado, sino como el suyo. El único que había amado.

No dijo nada, ni siquiera se movió. Solo lo sostuvo entre sus brazos.

Su amor nunca necesitó de palabras, y no las necesitaba ahora.

Su compañía, verlo todos los días, seguía siendo suficiente para quedarse a su lado.

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