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Hacerse amigo de otros niños no era su punto fuerte. Por razones que no entendía, todos terminaban alejándose cuando se enteraban de su pequeño problema.
A la Sra. Zhan le bastaba con mirarlo para darse cuenta cómo el mundo de su niño se hacía más pequeño. Sonrisas arrebatadas. Noches perturbadas por el llanto. Todo se clavaba en su corazón como una astilla imposible de sacar.
La impotencia, cada vez más insoportable, la consumía, quemándole las entrañas.
No podía seguir así, con los brazos cruzados viendo como Zheng Xi se apagaba día con día. Fue entonces que tomó una decisión.
Lo sacó de la escuela.
Protegerlo dentro de las paredes de su hogar, donde nada ni nadie podría volver a herirlo, parecía ser la solución más rápida y eficaz. Tanto así, que no se detuvo a pensar si era buena o mala idea; si era egoísmo o un acto de amor. Lo que importaba era la seguridad de Zheng Xi.
Lo mantendría a salvo, sin importar el costo.
Zheng Xi no puso resistencia. Tampoco tuvo problema al adaptarse a su nuevo ritmo de vida; a decir verdad, le agradaba. Todo era más sencillo, no tenía por qué molestarse en escuchar los gritos e insultos de otros. Era perfecto.
Pero todo comenzó a agrietarse una vez más, después de cumplir 18 años.
—Ya conoces mi respuesta, Zheng Xi.
Bajó la taza de café con firmeza, derramando parte de su contenido, al escuchar las palabras de su madre. Era la tercera vez en el día que le pedía asistir a la universidad.
—Por favor no insistas.
Permaneció sentado. Las manos se cerraron en un puño, bajo la mesa, arrugando la tela de su pantalón. Sabía que no debía enojarse, pero le resultaba imposible.
¿Hasta cuándo tendría que seguir ahogándose en su soledad?
Pero no dijo nada. A un lado suyo, huan, el perro guía, restregó la cabeza entre sus piernas, como si intentara drenar toda la frustración acumulada. Zheng Xi jaló de su correa antes de levantarse.
El chirrido sordo de la silla llamó la atención de su madre, obligándola a levantar la mirada de su plato.
—Ya no soy ese niño —murmuró lo más calmado posible, pero el temblor detrás de sus palabras lo delató.
Intentó concentrarse en el olor del café recién hecho, preparándose mentalmente para lo que iba a decir. Las piernas le temblaron, pero aún así no retrocedió. Con el ceño fruncido, agregó:
—No pienso quedarme encerrado toda la vida.
No le dio tiempo a su madre de reaccionar, cuando se acercó a la puerta después de tomar el suéter azul marino del perchero.
—¿A dónde crees que vas? No puedes salir tú solo. —Se apresuró a decir al verlo marcharse.
Frunció sus labios, sin intenciones de responder. Se colocó los lentes de sol, y antes de cruzar la puerta añadió:
—Puedo cuidarme solo —respondió, saliendo detrás del golden retriever y cerrando la puerta a sus espaldas.
El eco se propagó en el silencio de la sala, dejando a la Sra. Zhan con las palabras en la boca. Palabras que se le atoraron dificultando el paso de su saliva.
Permaneció en silencio, con el sonido de la tetera hirviendo de fondo. Pero poco a poco comenzó a abrumarse con el propio hilo de sus pensamientos. Cerró sus ojos y masajeó el puente de su nariz, en un intento por calmar el dolor de cabeza.
Su prioridad siempre fue ver por el bien de su hijo y lo había logrado al mantenerlo cerca suyo, pero ahora ya no sabía qué era lo mejor para él.
¿Qué era realmente lo correcto?
Se preguntó a pesar de conocer la respuesta.
No podía seguir ignorando el elefante dentro de la habitación. Continuar fingiendo que las sombras del pasado no le borraron una vez más el brillo en su rostro, era mentirse, pero también traicionar lo que más amaba en el mundo.
Tarde o temprano debía dejarlo, pero ¿Cómo hacerlo? ¿Cómo asegurarse de que todo estaría bien? Después de ver lo cruel que el mundo podía ser con las personas equivocadas.
Con las manos temblando bajo el papel y el rostro humedeciéndose por las lágrimas, escribió una pequeña nota para cuando regresara.
Sin más, salió de ahí con la idea plantada en su mente. Haría bien las cosas, como se supone debía haberlas hecho desde un inicio. Debía ver a Zheng Xi como alguien capaz, no solo como su pequeño indefenso. Aunque doliera.
Cuando el viento frío sopló sobre su rostro, Zheng Xi se escondió en el cuello de su suéter. Exhaló lento. El vaho tibio de su boca se mezcló con las lágrimas que comenzaban a desbordarse.
¿Cuánto más debía aguantar?
Solo quería lo que una persona normal.
No pasarse la vida consumiéndose en su cuarto; leyendo historias de fantasía o amor. Quería experimentar todo tipo de sensaciones en carne propia. No por lo que la yema de sus dedos le contaban.
Caminó sin rumbo, hasta que los ladridos del lazarillo lo hicieron detener sus pasos.
La correa se le resbaló de sus palmas. A pesar del clima frío, su cuerpo comenzó a sudar descontrolado.
En un intento de calmarse, se agachó hasta la altura de huan. Acarició con movimientos lentos y circulares la cabeza del animal.
—¿Qué sucede, amigo? —Su voz sonaba serena, a comparación de hace unos momentos— Tranquilo. Está bien.
Continuó susurrando sin dejar de revolver su pelaje, pero cuando rozó una de las orejas, sus dedos se detuvieron de golpe.
Un leve jadeo escapó de sus labios.
Las puntas frías de sus dedos se alejaron con rapidez. El contacto con el intruso le quemó la piel.
Tan cálidos, tan suaves.
Un hormigueo recorrió su espalda, erizando cada vello de su cuerpo.
Suspiró.
El viento sopló con más fuerza, agitando su melena castaña. Algunos mechones cubrieron su rostro, haciéndole cosquillas en la punta de la nariz. Pero no bastó para tranquilizarlo.
—¿Quién..?
Se levantó de golpe y retrocedió dos pasos, arrastrando consigo al lazarillo que había dejado de ladrar.
—¿Qué quieres? —insistió con la voz a punto de quebrarse.
Antes de que el perro pudiera jalarlo en dirección contraria, una mano lo detuvo del hombro.
La presión repentina le robó el aliento. Giró al lado contrario, y queriendo o no, empujó con fuerza al extraño.
—¡No me toques! —jadeó intentando ocultar el temor en sus palabras.
De inmediato, escuchó el golpe seco contra el pavimento y la respiración agitada del otro.
El aire frío comenzó a quemarle la nariz y garganta. La saliva se le atoró. Mordió su lengua en un pobre intento por calmarse. No quería gritar y armar un escándalo; aunque ya lo había hecho.
—Eso dolió —se quejó levantándose del suelo y sacudiendo el polvo de sus pantalones—. Perdón, no quise asustarte.
La voz sonó joven, quizá un chico de su edad. Pero no pensaba arriesgarse. Ajustó la manga de su suéter, mostrando parte de su antebrazo; y se aferró a la correa con fuerza.
—No fue mi mejor acercamiento. Lo siento, solo quería saludarte.
Continuó aquel chico después de incorporarse con una sonrisa incómoda en sus labios.
Antes de continuar, se frotó la nuca, apenado por llamar la atención de los transeúntes. Exhaló sonoro.
—Tu perro es muy lindo. Pero parece que no le caí muy bien..
Zheng Xi dudó un segundo antes de responder.
—Gracias… Supongo —Seguido de eso, humedeció sus labios secos, y el corazón aún martillando dentro de su pecho.
Los pasos del contrario resonaron en sus sensibles oídos. Uno cada vez más cerca que el anterior.
El olor a suavizante de bebé que emanaba penetró en su nariz.
«Cerca. Demasiado cerca.»
¿Quién invadía con tanta confianza el espacio personal de otro? Definitivamente, alguien con problemas en la cabeza.
Las voces de la gente que pasaban se volvían cada vez más lejanas.
Un leve temblor apareció en sus manos y el sudor comenzó a perlar su frente.
Retuvo el aire en sus pulmones, limitando el movimiento de su cuerpo, como si eso le ayudará a pasar desapercibido.
—¿Ya terminaste? —preguntó lo más serio posible—. Es… jodidamente extraño. —murmuró para sí, frunciendo su entrecejo.
El aliento fresco a menta rozó su mejilla helada por el viento. Arrugó su nariz, fingiendo desagrado ante el refrescante aroma.
—Yo sólo…
Titubeó igual a cuando su madre lo atrapaba haciendo travesuras.
—Soy Jian Yi —dijo al fin rascándose la nuca.
Zheng Xi arqueó una ceja.
El joven, que ahora se hacía llamar Jian Yi, extendió la mano para saludarlo. Esperó un largo rato. Nada.
Contrario a lo que esperaba, Zheng Xi ya había dado media vuelta.
Jian ladeó la cabeza y entrecerró los ojos.
—Qué grosero. —susurró formando un puchero.
—¿Disculpa? —Zheng Xi se giró indignado.
A pesar de la distancia, logró escucharlo.
—El único grosero aquí, eres tú.
Lo señaló, aunque no estaba del todo seguro de apuntar en la dirección correcta.
«Genial»
Su día no podía ir peor. Primero la discusión con su madre. Y ahora esto.
Sin intenciones de seguir la conversación (si es que se le podía llamar así), dio media vuelta y caminó en dirección contraria.
—Entonces… ¿No vas a devolverme el saludo? —gritó cuando vio que se alejaba—. El brazo se me está cansando.
Lo escuchó quejarse a lo lejos. Apretó los dientes, mientras escondía las manos en sus bolsillos.
«Cómo si pudiera verte».
Las ganas de seguir dando su paseo se esfumaron después de ese incómodo encuentro.
El sol alcanzó su punto máximo. La luz intensa lastimaba sus ojos, aun con los lentes de sol, el ardor detrás de las prótesis lo obligaba a fruncir el ceño.
Apresuró el paso. Si no estaba equivocado, ya era medio día y debía regresar a casa.
Aunque no lo quisiera; su cabeza reprodujo una y otra vez la pelea de la mañana. La garganta se cerró y el sudor en su frente le humedeció la mejilla. Dudó en seguir adelante. Podía simplemente pasar de largo. Echó hacia atrás su cabeza e inhaló profunda y lentamente.
¿Qué opción le quedaba? Exacto. Ninguna.
Dos pequeños golpes en el asfalto bastaron para que huan tirará de él guiándolo a la puerta de su casa.
Zheng Xi suspiró.
—Ya llegué —alzó la voz con desánimo.
Se agachó para quitarse los zapatos. Esperó oír a su madre, pero el silencio lo recibió. El sonido de las manecillas del reloj hizo más dura su ausencia.
«¿Dónde está?»
Usualmente no salía de casa hasta asegurarse de que él regresara. ¿Por qué hoy no?
Huan volvió a tensar la correa, invitándole a seguirlo hasta la mesa de la sala. Zheng Xi caminó, tropezando con los muebles. Al chocar las piernas con la mesita, sus dedos recorrieron su superficie hasta toparse con una nota.
Pasó las yemas por el relieve de las letras.
Zhan Zheng Xi.
Salí por un momento, tuve algunos asuntos que arreglar. Dejé un poco de sopa en el refrigerador. Cómela. Mamá espera no tardar.
Te amo.
Aunque no le gustara admitirlo su corazón se tranquilizó al saber que no estaba en peligro.
Sus dedos repasaron en varias ocasiones el “Te amo”. Las lágrimas se acumularon en el borde de sus párpados.
Dejó caer su brazo, sin soltar la nota.
La sostuvo por unos segundos más. Su madre lo amaba, nunca lo dudó, pero ese amor lo había encerrado ahí. Aún así, la simple idea de culparla lo incomodó.
Arrojó la carta a sus espaldas, como si bastara para liberar el peso de sus hombros.
Huan corrió para ir detrás de ella, pero lo detuvo.
—Deja eso —lo regañó con la voz un tanto quebrada—. Vamos a buscar algo más rico que comer —suspiró después de que su estómago rugiera.
Después de estar varios minutos caminando, el agradable y apetitoso aroma a chuan y zhongzi lo hizo detenerse.
Se acercó al lugar de donde provenía tan exquisito olor, y cuando estaba por cruzar la entrada la voz enojada del dueño llamó su atención.
—¡Largo de aquí! No quiero lisiados pidiendo dinero en la entrada. Así que vete con tu perro mugroso —exclamó sin pensarlo dos veces.
Zheng Xi no reaccionó al instante. Recuerdos difusos vinieron a su mente logrando paralizarlo.
Eso le dolió. Dolió más de lo que se permitía creer.
Las risas crueles en su cabeza amenazaron con regresar.
¿No te cansas de ser tan idiota?
Ve y dile a tu mamá que te ayude... Cierto, ni eso puedes hacer.
¡Qué asco! ¿Ya vieron su ojo?
Tu mamá no debe querer a un deforme como tú.
El calor subió de su estómago hasta su rostro. La mandíbula apretada y el ceño fruncido. Quería decir algo. Defenderse aunque fuera una sola vez.
Pero de sus labios no brotó ni una sola palabra.
Los músculos le dolían de lo tensos que estaban.
Una vez más estaba ahí, tirado en el suelo, con el almuerzo regado por todo su uniforme y las prótesis escondidas y rotas en algún rincón del salón.
Uy ¿Ya vas a llorar?
Cerró su mano en un puño. Hundió las uñas en su palma, lo más profundo que pudo. El dolor punzante y el ardor lo distrajeron de sus ganas de llorar.
¿Cuánto más debía aguantar?
No volvería a permitirlo.
El lazarillo se puso delante de Zheng Xi y gruñó mostrando sus colmillos; parecía poder oler las emociones de su dueño.
Regresó a un lado de Zhan, y rozó las yemas frías de sus dedos con su nariz húmeda. El contacto devolvió a Xixi de su ensoñación. Pero también lo hizo aquella voz chillona en la lejanía.
—¡Hey viejo! Déjalo.
Habló antes de tiempo. ¿Por qué lo hizo? No lo sabía. Ni siquiera tuvo tiempo para pensar en algo más. Dejó que sus labios volvieran a hablar por él.
—Viene conmigo.
Fue en ese instante, cuando habló cercano a su oído, que lo reconoció. El mismo aroma a suavizante, la misma calidez de sus manos. Era él. Jian Yi.
¿Cómo podía actuar tan normal?
Después de un largo suspiro —y después de que Jian dejara dinero extra en su mandil— el dueño accedió a la fuerza.
—Está bien —dijo después de chasquear la lengua —, pero el animal se queda afuera.
Jian aceptó con una gran sonrisa en el rostro.
Antes de que pudiera resistirse, Zheng Xi fue arrastrado dentro del local. Quería marcharse, cambiar de dirección, pero sus pies no le respondieron. Algo dentro de él quería seguir a ese chico. Sólo hoy. Sólo por esta ocasión, dejaría guiarse por sus impulsos.
No fue hasta que se vio obligado a soltar la correa, que se replanteó todo. La sensación de vacío que dejó en su palma, lo inquietó más de lo que imaginó.
—No me jales —se quejó entre dientes —. Ya…ya no quiero estar aquí ¿Dónde dejaste a huan? —preguntó alterado, con la voz amenazando con romperse.
«Maldición»
Su garganta se cerró. Dolió igual o peor que cuando pasaba un bocado sin masticar.
¿Por qué tenía ganas de llorar?
Se detuvo justo antes de llegar a una de las mesas vacías.
—¿Hablas del perro? —Jian Yi interrumpió el hilo de sus pensamientos, y las ganas de llorar se fueron tan rápido como aparecieron—. No se irá a ningún lado —afirmó, pero con un leve tono de duda.
Regresó la mirada hacia su acompañante. Y sin apartar su mirada de él, tomó asiento.
Los labios de Zheng Xi se torcieron, no tan convencido de su respuesta.
Bastó con ver sus hombros tensos, para que Jian sintiera un poco de lástima por haberlo separado.
«Vaya que tiene dependencia emocional hacia su perro»
Después de un largo suspiro, Jian añadió compadeciéndose de él:
—El viejo se quedó cuidándolo —dijo señalando la entrada del local —. Puedes estar sin él mientras comemos, no.
—No puedo, necesito estar con él. —lo interrumpió con la cabeza gacha —Yo…
Su mano rozó temblorosamente el borde de la silla de madera. Dudó en quedarse, solo quería salir corriendo directo a casa y esconderse en la tibieza de sus cobijas; sin embargo, se incomodó ante la idea.
¿Eso era lo que quería?
No.
No se sentía cómodo, pero tampoco quería desperdiciar esa oportunidad. Tragó saliva lo más fuerte que pudo, y en un movimiento lento se dejó caer sobre la silla.
—Tranquilo —habló Jian con un tono suave—, yo también me puse así cuando perdí mi juguete favorito.
Intentó aligerar el ambiente con aquel comentario. Una risa nerviosa cruzó por su cabeza cuando vio que no sirvió de mucho.
Rendido buscó a la camarera entre el montón de gente. Extendió su mano para llamar y pedir la carta; al poco rato llegó con una sonrisa y dos menús en sus manos, que dejó frente a ellos. Jian Yi no tardó en tomar uno.
Después de estar unos minutos hojeando las opciones, levantó la mirada desconcertado. El castaño no había tomado el suyo, y parecía no querer hacerlo; con las manos bajo la mesa.
—¿No tienes hambre?
Zheng Xi soltó un largo suspiro, liberándose de la pesadez de sus hombros. Sus labios se fruncieron, como si lucharan por contener las palabras.
—¿En serio estás preguntando? —murmuró.
Sus manos subieron a la mesa, y acariciaron suavemente el cuero acolchonado buscando letras escondidas en él, sin éxito.
—No puedo leerla. No veo nada…—admitió con timidez.
El rostro de Jian se volvió confuso al tratar de entender sus palabras, y el significado detrás de ellas.
«¿¡Es ciego!?» «Mierda… ¡¿El viejo lo decía en serio?!»
La sorpresa se impregnó en cada una de las líneas en su rostro. Tan visible que cualquiera podría notarlo con solo mirarlo de reojo.
—Yo… no lo sabía ¡Perdón! —gritó pidiendo disculpas, exagerando las palabras —. En serio, si lo hubiera sabido yo…
No se atrevió a terminar, avergonzado por haberlo obligado a entrar, y se arrepintió por haberlo juzgado antes.
«No era simple dependencia».
Recargó sus codos en la mesa, y dejó caer su cabeza sobre sus brazos. Frotó su rostro acalorado. Titubeó un par de ocasiones; por segunda vez en el día no sabía qué decir.
«Vamos Jian, di algo como siempre».
No, hablar de más lo trajo hasta aquí. Pensó bien sus palabras, y cuando estuvo decidido, el castaño lo interrumpió.
—Está bien, supongo.
Trató de sonar lo más tranquilo posible, pero el jugueteo nervioso de sus manos lo echaba de cabeza. Consciente de eso, las bajó de inmediato y las escondió dentro de las mangas anchas de su suéter.
—Tampoco es como si tuviera opción. No puedo moverme sin él fuera de casa —continuó quitándose los lentes de sol.
Su voz amortiguada hizo sentir más culpable a Jian. Pero de algo estaba seguro, no lo dijo en forma de reproche. No había enojo en su tono, al contrario, lo dijo con tanta calma y cansancio que su propio corazón se estrujó.
Con las manos cubriéndose el rostro, se quejó en voz baja.
—Perdón —murmuró —. Te acompaño a la salida.
Movió la silla para levantarse. El chirrido de la madera contra el suelo de azulejos alarmó a Zheng Xi. Debía hacer algo para detenerlo. Pero ¿Por qué haría algo así? Desde el inicio deseó no volver a encontrarlo. Entonces ¿Por qué cambió de opinión?
Tantas preguntas lo marearon. Incluso ahora —después de muchos años—, la sensación de presión en sus ojos volvió. Era como recordar los días en el preescolar. No quería que sucediera lo mismo, no con él.
—No te vayas… Por favor —sin querer sonó suplicante.
Se levantó a medias de su asiento y por reflejo extendió su brazo como si aún pudiera alcanzarlo.
El ambiente a su alrededor siguió igual. El murmullo de la gente, las risas y el sonido de los cubiertos chocando contra la cerámica. Pero en su pequeña mesa, el tiempo parecía haberse detenido.
Jian Yi le devolvió la mirada, más que sorprendido lucía desconcertado ¿Cómo debía reaccionar ante eso?
—Olvídalo —se retractó de inmediato, escondiendo su brazo bajo su regazo.
Se talló el ojo izquierdo con el nudillo, buscando calmar un poco la sensación de presión. Una forma de estimularse que había descubierto hace años, cada vez que se sentía fuera de su zona de confort.
—No tienes que hacerlo —las palabras salieron temblorosas sin querer. Sus manos le sudaron, y las puntas de sus pies se enfriaron como el invierno—. No importa, es mejor que…
Jian tardó en reaccionar, pero una vez lo hizo negó con la cabeza una y otra vez; luego con más fuerza al recordar que no podía verle.
Se movía tan rápido que pudo escuchar cómo se agitaba su ropa a cada gesto. Tan vívido que parecía irreal. El aire cambió, de pesado a ser más ligero; y no era invento suyo, también lo notó en la respiración tranquila de Jian Yi.
Intuyó su cercanía por tercera ocasión tras sentir el aire de su nariz chocando contra la suya; y aunque no estaba completamente cómodo, no lo alejó. No esta vez.
Entonces, Jian lo tocó. Con la misma confianza de la mañana tomó una de sus manos con delicadeza, temeroso de romperla. El contacto exaltó a Zheng Xi, y un leve suspiro de sorpresa erizó su piel.
Las manos cálidas y suaves de Jian lo sostuvieron con torpeza. Apretó, como si nunca hubiera aprendido a medir su fuerza. Masajeó sus articulaciones —tal como lo hacía su madre—, buscando tranquilizarlo.
—Está bien —susurró con una sonrisa en su rostro, apenas perceptible—. No me iré.
Agarró con más fuerza la mano del castaño, delgada y fría; temblorosa y suave.
Zheng Xi pasó saliva con dificultad. No podía ver, eso era seguro, pero podía reproducir imágenes en su mente con solo escucharlo y sentirlo. Dejó de ser una simple voz chillona, y aunque todavía no le daba un rostro, bastó para acostumbrarse a él.
—¿No te incomoda que yo..? —Zheng Xi no se atrevió a terminar la frase, temiendo ahuyentarlo como a los demás.
—Para nada —contestó con una sonrisa; su tono alegre y chillón volvió con sutileza—. Es solo que… no sé cómo actuar.
Se detuvo un momento antes de continuar. Zheng Xi trató de alejarse, pero Jian lo retuvo antes de que pudiera retirarse por completo.
—¿Quieres irte? No se me antojó nada de aquí.
Mintió. De verdad tenía hambre, pero después de lo sucedido, dedujo que él ya no quería seguir ahí. Lo veía en la forma en la que su cuerpo se encogía y en como mojaba repetidamente sus labios.
—Podemos salir a caminar, si eso te hace sentir más cómodo —continuó al no recibir respuesta.
Se puso de pie y rodeó la mesa hasta llegar a él. Puso sus manos sobre los hombros del castaño dándole palmaditas suaves.
Zheng Xi arrugó la manga de su suéter entre sus dedos al sentirlo. No sabía —sí lo hacía— porque era tan complicado tomar una decisión. Tan sencillo como decir “sí” o “no”, y aún así, tan difícil como pedirle describir una pintura.
Después de debatir unos segundos, aceptó. Había algo en él —su voz o la sinceridad de sus palabras— que lo hacía sentirse no como un extraño, no fuera de lugar.
Se sentía él.
Jian ayudó a Zheng Xi a salir del local y lo guío hasta la entrada. Cuando colocó la correa del golden retriever entre sus manos, el viejo dueño les lanzó una mirada despectiva, una que Jian decidió ignorar acomodando el cuello de tortuga del contrario.
El sonido insistente de los autos tocando el claxon, y el ruido que dejaba el tren sobre las vías, era respirar de nuevo, sobre todo para Zheng Xi.
«Cincuenta y cuatro, cincuenta y cinco…»
Jian Yi contó el número de hojas secas que había pisado en el camino. Aunque fue él quien sugirió salir a caminar, no pensó que fuera demasiado… no quería decirlo, pero no encontraba nada interesante después de ver el mismo árbol. Era la cuarta vuelta que daban por el parque.
Comenzaba a marearse un poco, y el frío colándose bajo sus pantalones no le ayudaba mucho a querer quedarse. Estaba a nada de irse. Esos “planes” no eran para alguien como él. Pero no lo hizo. Desvió la mirada hacia el canino, que trotaba cómodamente frente a Zheng Xi, guiándolo en cada paso. Al menos parecía disfrutar del paseo.
—No pensé que tu perro me fuera a querer…
Rio con suavidad al recordar cómo huan se le pegó cuando el castaño volvió a dudar en ir con él.
—Después de lo de hoy…
Su voz se volvió más pequeña y la sonrisa de su rostro se desvaneció; incapaz de terminar la frase.
El crujido de las hojas bajo sus pies se detuvo de golpe. Jian Yi quedó un par de pasos atrás, y avergonzado, miró al suelo.
Zheng Xi también se quedó quieto. Meditó un momento las palabras de Jian Yi y, sin decir nada, avanzó con total calma en dirección a su casa. El sol comenzaba a esconderse, y sabía que su madre no tardaba en salir a buscarlo. Jian Yi corrió detrás de él.
—Tal vez no me molestó tanto, pero… —respondió sabiendo que Jian lo había alcanzado, cuando sintió el calor de su cuerpo chocando contra su brazo— sigue siendo un poco raro. Aún así, gracias… por traerme —añadió desviando su intención cuando supo que había llegado a casa.
Jian se dio cuenta de ello, pero fingió no haberlo hecho. Rodó los ojos un poco divertido; no quería herir el orgullo de su nuevo amigo.
Amigo.
—¿Cómo te llamas?
Zheng Xi, de espaldas, se incorporó con los labios levemente abiertos. Jian comenzaba a acostumbrarse a verlo dudar por cualquier cosa. No lo culpaba.
—Zhan Zheng Xi —dijo en un susurro, como si no quisiera ser escuchado.
Jian lo miró y no pudo evitar sonreír.
—¿A qué viene eso?
—Creí que era importante saberlo. Después de todo, ya sabes el mío.
—Jian Yi, ¿verdad?
La forma tan sutil con la que pronunció su nombre, hizo que el calor subiera de su cuello hasta sus orejas. Una línea recta se dibujó en sus labios, intentando esconder una sonrisa nerviosa.
Acomodó los mechones rubios que caían sobre su frente, detrás de su oreja, y mordió su labio inferior para calmar esa sensación tan extraña.
«¿Por qué hace tanto calor?»
—Zhan Zheng Xi —repitió para sí con la misma suavidad, como si quisiera provocar el mismo efecto en él. —Es un lindo nombre.
Las palabras salieron tan rápido como pensó. Al ser consciente de ellas, sus mejillas se pintaron de un tono carmín. Jian se frotó la nuca aclarándose la voz.
Desvió la mirada hacia la luna llena encima de ellos, sin atreverse a mirarlo de frente. Por primera vez, agradeció que no pudieran verle.
«Eso es cruel»
Zheng Xi fingió no haber escuchado nada, mientras rezaba para que no notara el rubor subiendo por su rostro; las palabras resonaban en su cabeza. Tuvo la imperiosa necesidad de esconderse bajo su suéter.
El latido de su corazón se aceleró; temía que Jian fuera capaz de escucharlo. Suspiró aliviado cuando huan se quejó; el frío lo estaba matando.
—Creo que quiere irse —rió Jian agachándose para revolver su pelaje dorado, con la cola sacudiéndose entre sus piernas.
Zheng Xi asintió suave con una fina línea en sus labios, asemejándose a una tímida sonrisa; se borró tan rápido como abrió la puerta. El resquicio entre la pared dejó pasar la luz, y Jian observó cómo parte del rostro de Zheng Xi se iluminaba… pero no por completo. Una expresión cansada y triste lo opacó.
—Gracias por traerme. Tengo que irme.
Jian asintió, pero inmediatamente dejó de hacerlo.
—No fue nada, espero que no sea la última…
Zheng Xi no respondió, pero la mano apretada sobre la manija lo dijo todo. Sin esperar nada más, entró a casa. La puerta se cerró, dejando a Jian con más dudas que respuestas.
«¿Lo volvería a ver, verdad?»
El "click” de la puerta fue lo último que escuchó, antes de que los tacones de su madre golpearan presurosos el tablón de madera.
No le dio tiempo de reaccionar. Sus brazos delgados lo envolvieron en un abrazo asfixiante.
Cómo casi todo en ella.
Auch, pensó.
—¿Dónde andabas Zheng Xi? Me tenías preocupada ¿Estás bien?
Lo bombardeó con tantas preguntas que no pudo contestar de inmediato; el viento seguía colándose por sus pantalones, revolviendo sus cabellos... Y la voz de Jian reproduciéndose en su cabeza.
Muchas sensaciones en tan poco tiempo lo abrumaron.
Se alejó en busca de un poco de aire, pero sus dedos no soltaron la blusa de su madre. Se aferró a ella, intentando ordenar sus pensamientos y emociones.
La Sra. Zhan retrocedió un poco, bajó la mirada a las manos de su hijo y las observó con detenimiento... Algo diferente había en ellas, le tomó unos momentos darse cuenta que, por primera vez, no se escondían debajo del suéter.
No pudo evitar sonreír con ternura.
Con cuidado, tomó la palma —que aún sostenía la correa del lazarillo— y la envolvió con las suyas.
Un suspiro escapó de sus labios.
El tiempo pareció haberse detenido, pero las manecillas del reloj seguían corriendo.
Los labios de Zheng Xi formaron una línea recta, conteniéndose de darle una respuesta. Sin embargo, el escozor de las palabras en su garganta lo hicieron hablar.
—Perdón —murmuró con lentitud.
Apuntó la nariz al techo, escondiendo las lágrimas que comenzaron a deslizarse con rebeldía por sus mejillas. Relamió sus labios cuando notó el temblor de su voz.
—Yo... No quise decir eso —Sujetó con más fuerza los brazos de su madre—. Pero tampoco mentí cuando... Cuando...
No lo obligó a continuar, sólo acortó la distancia en otro abrazo, pero esta vez dejó que Zheng Xi no se sintiera sofocado.
Xixi no podía verla, pero el ligero temblor de sus hombros y las pequeñas exhalaciones fueron imposibles de ignorar; la conocía tan bien que de inmediato supo que lloraba en silencio.
Hundió su nariz en el cuello de su madre. El aroma a té de limón con un toque de naranja, y los cabellos suaves rozando la barbilla, lo devolvieron al ahora.
—Está bien, Xi… por favor, no te disculpes —murmuró contra su cuello.
El calor de sus palabras atravesó, no sólo la gruesa tela del suéter, sino también el corazón necesitado de Zheng Xi. Se derrumbó ante sus brazos, aferrándose —por primera vez— a algo diferente a la correa que llevaba consigo.
—Perdón, perdón, yo no quise…no era mi intención.
Fueron pocas las palabras, pero las necesarias para liberar el nudo de su garganta.
Sin poder controlarse, lloró como nunca lo había hecho.
Odiaba no poder ver, odiaba no poder ver a su madre. Pero más odiaba oírla quebrarse por su culpa.
Las manos delgadas y pequeñas de la mujer recorrieron con ternura contenida la espalda de Zheng Xi. Tragó saliva intentando llenar el vacío en su pecho; casi podía escuchar la voz de su pequeño, suave y temerosa; la imagen de Xixi vino a su mente, partiéndole el corazón.
—Zheng Xi —se atrevió a decir.
Se separó del húmedo abrazo, suficiente para ver el rostro enrojecido de su hijo. Con temor de quebrarlo, sus manos se movieron temblorosas hasta los pómulos delgados de Xi. Rozó cautelosa sus facciones, y no fue hasta ese momento que se dio cuenta lo mucho que había crecido.
El débil suspiro de Zheng Xi le robó una sonrisa de ternura.
Depositó un dulce beso en su entrecejo fruncido, de esos que se dan una sola vez en la vida.
Dispuesta a dejarlo ir.
—Tengo miedo. Todo este tiempo quise protegerte, pero no me dí cuenta que yo…
Zheng Xixi apenas abrió la boca cuando su madre interpuso el dedo índice entre sus labios. El roce delicado calló todas las palabras deseosas por salir.
—Por favor, déjame terminar —Tomó aire controlando su respiración acelerada—. Creí que hacía lo correcto, que estarías bien. Traté de convencerme —Los ojos acuosos y enrojecidos le nublaron la vista. Relamió sus labios buscando saciar la sequedad de su boca —, pero ví como volvías a encerrarte en tu cuarto; oírte llorar por las noches me duele más que cualquier otra cosa. Sé que ya no eres ese niño que corría bajo mi regazo en busca de consuelo, pero me cuesta trabajo aceptarlo… ¿Por qué las cosas no pueden ser como antes?
La presión en su mandíbula se volvió insoportable. Permaneció inmóvil. Sus dedos se aferraron a los brazos de su madre conteniéndola de caerse.
¿Por qué las cosas no pueden ser como antes?
Repitió en su cabeza, pero no con la voz de su madre, sino con la suya. Suficiente para que las lágrimas se deslizaron lentas, escondiéndose en los surcos de su piel.
No le gustó como sonó eso.
No es lo que deseaba.
No ahora.
Mordió su lengua buscando callar los gritos internos de su corazón, pero sucumbió —como a lo largo del día — ante sus propios deseos.
—Ma —Las palabras difíciles de deshacer se le enredaron en su garganta—... es extraño, pero hoy fue distinto.
Los dedos de sus pies se movieron ansiosos dentro de sus zapatos; el recuerdo de Jian inundó sus pensamientos. Hizo lo que nadie —a excepción de su madre— había logrado, sentirse seguro.
En su piel aún palpitaba la acogedora sensación de sus brazos rodeando sus hombros, de sus dedos acariciando sus nudillos, o su voz dulce tranquilizando.
—No sé si mejor —continuó recordando el primer encuentro con Jian. Una sonrisa escondida en sus ojos lo acompañó—, pero él no fue malo.
La luz reflejada en las lágrimas de Zheng Xi iluminaron de forma única su rostro. No había dolor ni tristeza; sino algo más fuerte que eso. Esperanza.
Con cuidado su madre peinó los cabellos de su hijo, como cuando era pequeño. Ya no lo era, pensó, y consciente de eso, se apartó de él sin antes acariciar su mejilla. Lo miró con lágrimas en los ojos. Parado frente a ella, lleno de vida, con la curiosidad de un niño que ve por primera vez la lluvia.
—Entonces —De la bolsa de sus pantalones sacó un folleto. Lo sostuvo por un momento. Tembló bajo sus dedos; se aferraban al papel sin querer soltarlo. Cerró los ojos y suspiró—, espero encuentres más personas como él.
Acercó la hoja de papel, y no la soltó hasta asegurarse de que Zheng Xi la había tomado. El corazón se le detuvo un segundo. Una ola de emociones —que no sabía describir— le calentaron el pecho.
Repasó los relieves con sus yemas, buscando ansioso una sola frase: “Bienvenida nueva generación”.
Zheng Xi abrió los ojos con asombro, y un brillo que daba por perdido regresó a ellos; por un momento dejaron de ser simple vidrio. Quiso decir algo, pero nada salió de su boca; frunció los labios conteniendo el llanto que volvía a aparecer.
Pasó saliva para aliviar la presión en su pecho. Sin dejar caer el trozo de papel, se abalanzó hacia su madre. Hundió su nariz; el cabello suave le hizo cosquillas en la piel. Suspiró dibujando una sonrisa sobre el hombro delgado de su mamá.
—Gracias.
La Sra. Zhan, rodeó la espalda de su hijo. El peso de los años en su espalda desapareció. Finalmente había dejado de doler.
—Intentémoslo. Pase lo que pase, estaré a tu lado.
Zheng Xi guardó esas palabras en su memoria. Un consuelo antes de zarpar.
—Gracias —volvió a susurrar con la voz temblorosa—, por confiar en mí.
Nada sería como antes, y por alguna razón eso le dio tranquilidad.
Huan, que había estado en silencio junto a Zheng Xi, se enroscó entre sus piernas. Aulló suave, como si pidiera permiso para interrumpir el momento.
El abrazo entre ambos se deshizo sin prisa. La Sra. Zhan se agachó para acariciar la cabeza del animal, jalando con ternura sus orejas.
—Alguien tiene hambre —dijo con una voz más aguda de lo normal—. ¿Zheng no te dio de comer?
Zheng Xi río bajito, mientras limpiaba sus lágrimas con la manga del suéter.
—Esto merece una cena especial, ¿no crees? —dijo, levantándose del suelo, y volviendo a Zheng Xi, mientras acariciaba su hombro— Suban al cuarto —añadió, aún con los ojos cristalinos—. En un rato la comida estará lista.
Zhan Xixi subió junto con huan. El ruido de sus patas acolchadas guiaron a Zheng hasta su habitación. Antes de entrar acarició el marco de la puerta. Los segundos se volvieron eternos. Por fin entró dejando caer la correa.
Tantos años dentro le permitieron memorizar cada rincón. Sin embargo; esta vez todo ahí dentro se sentía ajeno a él.
Se dejó caer sobre la cama, con el folleto crujiendo en su mano. Volvió a repasar las letras escritas en él sin evitar sonreír. Sus músculos dejaron de doler; el ruido de las hojas de los árboles agitándose al son de la brisa, le trajeron la calma que tanto necesitaba. Y en su pecho la felicidad aguardaba ansiosa, esperando volver a escuchar a Jian.
—Nos veremos pronto.
Susurró, llevándose el trozo de papel al pecho.
—Jian Yi.
