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El retumbar de la puerta se quedó más tiempo, del que le hubiera gustado, en el departamento. Un recordatorio amargo de que nadie lo esperaba esa noche. Subió a la recámara y se encerró. El olor a jabón y a la colonia de naranjo de Xixi lo envolvió. Cerró los ojos e inhaló lento el suave aroma, queriendo impregnarse de él aunque fuera por un momento. De pie, en medio de la habitación, dejó caer el portafolio de cuero desgastado y, con una pesadez que le llegaba al pecho, se deshizo el nudo de la corbata; cuando menos lo veía venir, los ojos se llenaron poco a poco de lágrimas.
«Es el estrés del trabajo»
Se repitió mentalmente, aunque no tan convencido. Era una razón válida para llorar sin sentirse un niño pequeño. Después de todo, que te descuenten de tu sueldo por llegar tarde y que el diseño por el cual trabajaste más de dos meses sea descartado por "poca originalidad" era suficiente para sentirse de esa forma. Sin embargo, en el fondo sabía el verdadero motivo. Zheng Xi no estaba a su lado.
En toda su vida, la cama nunca había parecido tan grande como hasta ahora, las tardes tan calladas sin él ahí, sin el silencio que solo era cómodo cuando venía de Xixi.
En especial, este día.
Nunca había odiado tanto pasar solo la tarde de San Valentín. Sí, lo sabía; toda la secundaria se burló de las parejas en estas fechas, de lo cursis que se ponían, porque nunca había experimentado esa sensación y, ahora que lo sabía, Dios decidió escupirle en la cara y mandar al otro lado del globo a su tan querido Xixi.
¿Por qué el destino se empeñaba en mandarle mierda tras mierda?
Con las emociones a flor de piel, poco le importó liberar el nudo que había ignorado desde hace meses y que ahora era incapaz de contener. Jian se dejó caer en el suelo, su espalda tocando el yeso frío de la pared. Hundió su rostro entre sus rodillas y lloró. Los sollozos agudos no lo dejaron escuchar la notificación de su teléfono. No fue hasta que la vibración insistente dentro de su pantalón fue suficiente para importarle. Tomó con las manos temblorosas y la vista nublada el dispositivo. Con la manga de su camisa limpió, o más bien embarró, los mocos de su nariz y contestó de inmediato cuando reconoció el número.
—¿Xixi? —Se mordió el labio para amortiguar la voz quebrada—, creí que estabas dormido.
Sorbió por la nariz antes de levantarse y sentarse frente a su escritorio, donde los papeles lo esperaban. Comenzó a hojear los bocetos incompletos, esperando a que Zheng Xi dijera algo.
«Maldita sea, di algo. Por lo que más quieras.»
—No —un pequeño bostezo lo interrumpió a media frase—. Estaba esperando a que me llamaras, pero como no lo hiciste.
La voz tranquila, amortiguada por el sueño, de Zheng Xi lo volvió loco, pero no de la forma a la que tanto estaba acostumbrado.
Apretó más sus labios y tragó saliva. La frase incompleta, el mensaje oculto detrás le devolvió el vacío en su pecho. El nudo a punto de explotar. Otra vez.
—¿Llamarte? —respondió con indiferencia, como si toda la mañana no hubiera deseado tenerlo a su lado— Ah ya —dijo acercando el calendario lleno de garabatos, dejándolo a un costado de su computadora—... Creí que era un día cualquiera.
Cerró los ojos con fuerza, y se llevó la mano libre por el cabello, tirando de él maldiciéndose por decir eso.
Otra vez Zheng no dijo nada, pero lo escuchó caminar y entrar a lo que supuso era su habitación.
—¿Pasó algo?
La pregunta tan directa casi provocó que Jian soltara el teléfono. Se acomodó en su silla giratoria acercándose más al escritorio; tomó un lápiz y comenzó a garabatear las hojas llenas de anotaciones.
—Nada nada... Ya sabes, lo de siempre. Tengo —guardó silencio al sentir su voz temblar. Tomó aire y continuó—... Tengo trabajo.
Al otro lado de la línea, Zheng Xi podía escuchar el sonido del lápiz trazando líneas gruesas por el papel blanco, no con la delicadeza y cuidado con la que Jian solía dibujar; imaginó el grafito deslizándose agresivo y repetidamente en un solo punto. Suspiró, tirándose en la cama. Observó la luz amarilla del techo y se llevó una mano hasta su frente.
—Mientes terrible —declaró más suave de lo normal.
Jian volvió a reír, luchando por no volverse loco, pero las lágrimas ya manchaban el papel.
—Lo sé.
Dejó caer su cabeza sobre el escritorio. Volvió a tomar el calendario y dio vuelta a la página. Leyó las notas y recordatorios para ese día, todos siendo sobre la entrega de proyectos, pero entre ellos, uno de un color distinto y letra cuidadosa, le robó un sollozo.
"Llevar a Xixi a ver la vista en la montaña"
La apartó con más fuerza de lo normal, como si las simples letras le hubieran quemado los dedos.
—Solo... No fue un buen día —confesó finalmente limpiándose las lágrimas—. Me descontaron por llegar tarde y el cliente dijo que el diseño era basura y —El volumen y velocidad de sus palabras disminuyeron, para que nadie que no fuera Xixi pudiera oírlo— y... me di cuenta que te extraño.
Sonaba como un tonto. Él siendo un adulto, con trabajo y responsabilidades, dependiendo de la respiración de alguien al otro lado del mundo. Se quejó en voz baja antes de levantarse y lanzarse a la cama.
Frotó su rostro con fuerza, tanto que vio pequeños halos de luz a pesar de estar a oscuras. Imaginó que Zheng Xi estaría igual, acostado boca arriba en la recámara lujosa del hotel.
—Quería... Olvídalo. En serio, olvida eso. Lo que quiero decir —Apretó el celular entre sus dedos y mordió su lengua sabiendo que se arrepentiría de lo que iba a decir—, ¿Por qué hacen tanto escándalo?
Desde la pequeña habitación, Zheng Xi se incorporó de la cama. Apoyó su peso sobre su codo, mientras escuchaba a Jian monologar sobre lo innecesario que era celebrar San Valentín. Detrás de cada argumento, por absurdo que fuera, la voz de Jian dudaba cada vez más; juró poder escuchar los gritos de su corazón que se obligaba a callar.
—Qué tontos.
—Jian.
—¿Gastando su dinero en flores que se marchitan al día siguiente?
—Jian.
—O en chocolates —siguió a pesar de haberlo escuchado—, que te sacan granos ¿Sabes lo difícil que es quitarlos?
—Jian.
—Además —continuó tomando aire, dándose vuelta en la cama—, solo es publicidad capitalista para que gastemos nuestro dinero después de horas de trabajo.
Habló tan rápido que no se dio cuenta de sus palabras.
Gastemos.
La boca se le secó de golpe. Rezó para que Xixi no haya escuchado eso.
Se equivocó.
—Entonces —interrumpió Zheng Xi con voz firme, la misma que usaba cuando algo lo irritaba— ¿Me contestaste solo para quejarte?
Jian se encogió en la cama. Estiró uno de sus brazos para alcanzar la almohada de Xixi y esconder su rostro mojado entre el perfume de su cabello que se negaba a desaparecer. El celular cayó a un costado, siendo la pantalla la única fuente de luz. Lo miró con una intensidad que —si hubiera querido— habría atravesado una pared. Sin embargo, lo único que quería en ese momento, era poder sacar una versión pequeña de Xixi, y poder reemplazar el calor de la almohada por el de su pecho.
El silencio se prolongó más de lo esperado. Zheng Xi se volteó hacia la mesita de noche y observó la fotografía que había llevado de Jian, con una nostalgia que tuvo miedo de nombrar.
—Entonces... Te dejo, debes estar muy cansado. —dijo, sobándose el puente de la nariz.
—No —Jian lo interrumpió—. Quédate, por favor.
—¿Tan rápido dejaste de odiar las flores y los chocolates? Sería un problema si no.
Zheng Xi se sentó sobre el filo del colchón. La habitación desordenada, las cosas a medio empacar y dentro, una pequeña caja metálica de chocolates suizos brilló dentro de la maleta de mano.
—Odio no tenerte aquí —murmuró con la voz quebrada—. Tenía muchos planes para hoy y...
—Eres un llorón —Zheng Xi se burló con ternura, aguantando las ganas de atravesar la pantalla—. Aquí el día todavía no acaba. Aunque no por mucho.
Los ojos de Jian ardieron de nuevo, pero esta vez diferente a todas las veces anteriores. Con lágrimas y mocos manchando la funda de la almohada, asintió a pesar de que nadie lo podía ver.
—Acepto.
—Ni siquiera he terminado
—No importa. Quiero estar contigo.
Zheng Xi suspiró.
—Feliz San Valentín, idiota —dijo.
Tomó al fin el retrato de la mesita, rozando con sus yemas el rostro de Jian. Sin saber que al otro lado inhalaba por tercera vez su aroma escondido entre las sábanas.
Jian se hundió más en la cama. Seguía doliendo. Dolía estar sin él. Dolía ver a todos felices en pareja, pero —aunque fuera poco— sabía que al otro lado había alguien que lo anhelaba tanto como él.
—No tardes.
Acercó el celular a su pecho y murmuró tan bajo que no supo si solo lo había pensado o dicho en voz alta. Del otro lado de la línea, la pequeña risa de Zheng Xi hizo que la habitación se dejara de sentir tan grande y la casa tan sola.
No era un día cualquiera después de todo. Aunque diferente y melancólico, seguía siendo de ellos. Y eso era más que suficiente.
