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Language:
Español
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Published:
2025-06-11
Words:
2,079
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1/1
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10
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74
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651

Lo mejor que íbamos a tener

Summary:

Fecha FIFA 10/06/2025: Enzo está mal y Julián lo enfrenta.

Notes:

Medio angst.

(See the end of the work for more notes.)

Work Text:

Enzo caminaba decididamente hacia el vestuario. No quería hablar ni cruzarse con nadie. Ya le había pedido perdón al jugador que había lesionado por más que eso no solucionara nada. Sabía que se había hecho expulsar. Fue plenamente consciente de eso. Pero no pudo evitarlo.

Mientras sus compañeros y los rivales seguían en la cancha, él se metió rápido al vestuario. Quería huir. Desaparecer.

Pensaba que lo había logrado, que había llegado a las duchas sin ser visto, cuando sintió un tirón en la camiseta que lo giró de golpe y lo empujó de lleno contra la pared del baño.

“¿¡Qué hiciste, pelotudo!? ¿Sos idiota, vos?”, le gritó un Julián furioso, mientras lo agarraba con fuerza contra los azulejos.

Enzo se sorprendió, pero reaccionó al instante. Todavía tenía demasiada bronca acumulada. Empujó a Julián contra la pared opuesta del pasillo.

“Soltame, Julián. No me rompas las pelotas”, le contestó, alzando la voz.

Julián lo miró por unos segundos, sorprendido porque Enzo le había devuelto el empujón, pero la rabia se volvió a apoderar de él y no dudó ni un segundo. Volvió a arremeter con más fuerza contra Enzo. Esta vez lo estampó contra la pared, y logró inmovilizarlo con el antebrazo hundido contra el cuello de Enzo.

Enzo lo miró fijo, desafiante, sin bajar la vista.

Julián tenía la cara apenas a centímetros de la suya. Enzo podía sentir el calor que le salía del cuerpo, mezcla de bronca, transpiración y adrenalina. Julián respiraba agitado, todavía empapado por el partido.

“¿Que no te rompa las pelotas? ¡Te hiciste echar, imbécil! No podes jugar la próxima fecha y lo hiciste mierda al pibe”, le espetó Julián, con la voz más baja pero cargada de furia  “¿Qué tenés en la cabeza, boludo?”

Enzo no respondió y se limitó a clavar los ojos en los de Julián. Respiraba fuerte y apretaba la mandíbula. Sentía el antebrazo de él marcándole la garganta, pero no hacía nada por soltarse. No todavía. 

“¿Qué te pasa, Enzo?”, insistió Julián, ahora en un tono más bajo, casi murmurando, pero con la misma fuerza en el cuerpo. “Estás como fuera de vos hoy. Te vas al carajo”.

“Nada me pasa”, contestó Enzo, con voz ronca. “Soltame de una vez que nos van a ver”.

Julián hizo una pausa, miró a los costados rápidamente y continuó: “No viene nadie. Están todos afuera todavía”, le dijo susurrando. Aún tenía a Enzo agarrado contra la pared. ”Algo te pasa”.

Enzo tragó saliva. No sabía si quería discutir o romperle la cara. O pegarse más a Julián. Quizás esa iba a ser la única oportunidad de estar tan cerca en esa fecha FIFA.

No. No podía pensar en Julián así. Todavía estaba muy enojado. Tenía la sangre hirviendo, el corazón en el pecho le latía tanto que pensaba que se le iba a salir. Sentía el cuerpo de Julián pegado al suyo, el calor que desprendía, el leve temblor de sus manos. Y todo eso lo ponía peor.

Estaba furioso. Porque hacía meses que lo esperaba. Que contaba los días para volver a verlo. Se había hecho a la idea de que esos pocos días iban a ser su refugio: un tiempo mínimo e insuficiente para calmar la necesidad urgente que sentía por él. No era todo lo que quería, pero era lo mejor que iban a tener alguna vez.

Había planeado todo. Había alquilado una casa en la costa. En un barrio exclusivo y discreto. Todo estaba planificado para que pudieran estar juntos, solos, sin que nadie los viera. Lo necesitaba y lo extrañaba muchísimo. Julián se le había vuelto algo esencial en su vida.

Pero todo había salido mal.

No compartieron habitación en la concentración. Casi no pudieron verse a solas. Y Julián estaba distinto. Distante. Como evitándolo.

Hasta que Enzo lo enfrentó antes del partido. Y ahí entendió todo.

No iban a pasar los días juntos como había planeado. Julián se iba a Córdoba, al día siguiente del partido. Era el cumpleaños de Emilia, y lo iban a festejar con sus familias.

Enzo estaba lleno de odio. Y había masticado ese sentimiento durante todo el partido.

Odiaba a Julián por no haber tenido el valor de decirle la verdad desde el principio. Por esconderse y por hacer como si no pasara nada.

Odiaba la situación. Ese vínculo raro y sin nombre que lo había consumido completamente.

Odiaba extrañarlo tanto. Necesitarlo tanto.Pero sobre todo, se odiaba a sí mismo. Por haber llegado hasta ahí. Por estar así: pegado a su mejor amigo, deseando algo que no podía tener y probablemente nunca sería como él quería. No sabía bien en qué momento había pasado. Solo que, cuando se quiso dar cuenta, ya se le había ido de las manos.

Julián lo seguía mirando de cerca. No decía nada, pero algo en su mirada había cambiado, ademas del enojo, había preocupación y miedo. Como si supiera, de golpe, que Enzo estaba por decir algo que podía afectarlo.

“¿Ahora te preocupa lo que yo hago?”, dijo Enzo, con la voz ronca.

Julián apretó los labios, sin soltarlo.

“¿Qué estás diciendo?”

“Eso. Estoy diciendo que te chupo un huevo yo”.

“No te entiendo, Enzo. ¿Hiciste esto para llamarme la atención?”

Enzo chasqueó la lengua con indignación.

“¿Quién te creés que sos, pelotudo?”

“Entonces decime qué te pasa porque no entiendo”. 

“Nada, boludo. Que estoy harto”, soltó Enzo, con rabia. “Estoy harto de que te escondas atrás de Emilia. De que me busques cuando te pinta. De que me uses”.

Julián lo miró sorprendido. “¡No te uso, boludo!” soltó, tenía los ojos bien abiertos. “¡No digas pelotudeces!“

“¿No? Entonces quedate conmigo esta semana”, le pidió Enzo con dolor y sin apartar la mirada. “Decime que te vas a quedar y te creo”.

Julián también parecía dolido ahora.

“Sabés que no puedo hacer eso, Enzo”.

“Entonces no me rompas más las pelotas”, dijo Enzo, zafándose de un manotazo del agarre de Julián. “Y  ¿sabés que? cortémosla acá. No me busques más”.

Julián retrocedió un paso.

“¿Qué? ¿Qué decís, Enzo? No te podés enojar tanto por una vez que no puedo. ¿Cómo iba a saber que ya habías planeado todo?”, contestó Julián, atónito.

“Es que no es solo eso, Julián. Yo alquilé esa casa porque quería pasar esos días con vos. Quería que estemos tranquilos. Que podamos ser… algo. Lo que sea. Aunque sea por unos días. Y vos…” la voz se le quebró un poco, pero siguió. “A vos te chupa un huevo pasar tiempo conmigo. Y encima ni siquiera tuviste los huevos de decírmelo, si yo no te lo preguntaba seguías haciéndote el pelotudo”.

Julián lo miraba, quieto, con la respiración entrecortada. Tenía las manos a los costados, como si no supiera qué hacer con ellas.

“No es tan fácil, Enzo”, dijo, al fin. “No es tan fácil para mí.”

“¿Y para mí sí?” estalló Enzo de nuevo. “¿Te pensás que no me rompe en mil pedazos cada vez que te vas como si nada? ¿Que no me destruye tener que fingir que todo está bien, que soy tu amigo nada más? Encima me decís que es el cumpleaños de la otra así como si nada, como que ni te preocupas en cómo me hace sentir eso”.

Julián se quedó callado.

“No digas eso”, murmuró.

“¿Por qué no? ¿te complica? ¿ te incomoda?”

“Porque no sé qué podemos hacer con eso”. 

“Nada. No se puede hacer nada. O vos hacé lo que quieras. Pero yo no me voy a arrastrar más. No voy a ser más tu pelotudo. Me chupa tres huevos que a vos te dé culpa garchar conmigo mientras salís con la otra. Seguro pensás en mí cuando estás con ella, porque no te calienta, no sé cómo hace tantos años que están la verdad”.

Enzo tenía el pecho agitado. Ya no se podía guardar nada. 

“¡Cerrá el orto, Enzo!”, rugió Julián enfurecido, dando un paso hacia él.

“¡No! ¡No me voy a callar porque vos me lo pidas, Julián! ¡Me pudriste!”

“¡Dejá de echarme la culpa por todo! Sos un forro, Enzo. Es una mierda esto. ¡Y no sé qué pretendés que haga! ¿Querés que te pida ser novios? ¿Que nos casemos? ¿Que tengamos hijos? ¿Que vivamos juntos? ¿¡Sos idiota!? No te puedo dar ese cuento que te armaste en la cabeza, y vos lo sabías. Desde el principio sabías que esto era lo mejor que podíamos tener”. 

“¡No!”, Enzo negó con fuerza. “Esto no es una mierda. Vos sos el que lo hace mierda. Ni siquiera nos quedan estos días. Y encima te los vas a pasar con esa mina”. 

“¡Cortala!”, le gritó Julián.

Enzo lo miró directo a los ojos, dividido entre el odio y el amor en partes iguales.

“¿Y sabés qué más? Sos un cagón, Julián. Un cagón de mierda”. 

Y sin poder contenerse, sin pensar y sin medir nada, Enzo lo escupió en la cara.

Julián se quedó quieto. Los ojos abiertos. La respiración entrecortada. Por un segundo, Enzo pensó que le iba a pegar. Estaba esperando la piña y sabía que lo merecía. Se había pasado.

Pero Julián no le pegó.

Lo agarró del cuello de la camiseta y lo besó.

Enzo se quedó inmóvil un segundo, paralizado, pero después se entregó a Julián.

Se besaban con furia, arrancándose la bronca a mordidas, los labios chocando, las lenguas peleando por dominarse, las manos apretandose fuerte, buscando la piel caliente del otro y sosteniéndose con desesperación.

“La concha de tu madre…” murmuró Julián, jadeando contra su boca.

“Callate…” le ordenó Enzo, con los ojos cerrados. “Callate y seguí”. 

Y Julián siguió.

Las manos de Julián se cerraron sobre la nuca de Enzo. Le mordía los labios con desesperación y  Enzo respondía igual, con la misma bronca, como si besarlo fuera una forma de vengarse por todo lo que dolía.

Las bocas se separaban apenas para tomar aire y volvían a buscarse. Los cuerpos de ambos estaban pegados. Enzo sentía el roce de las remeras mojadas de transpiración y el ruido de las respiraciones agitadas. 

Julián lo condujo por la pared del pasillo hasta uno de los cubículos de las duchas y cerró la puerta detrás de ellos.

Enzo chocó la espalda contra la pared por tercera vez en esa noche pero esta vez le gustaba. Le encantaba que Julián lo domine así, por más que jamás podría admitirlo.

“Decime que me odiás”, murmuró Julián, con la frente pegada a la suya.

“No”, contestó Enzo, mirándolo a los ojos. 

“Decimelo Enzo. Decime que querés cortar todo ahora”.

“Sos un forro Julián”, contestó Enzo, volviendo a arremeter contra la boca del otro.

Julián tomó ese beso como una señal para continuar y le metió una mano debajo de la camiseta, acariciando los abdominales de Enzo. El contacto de los dedos frios de Julián sobre su piel caliente le hizo soltar un suspiro. Enzo se apretó más contra él y le rodeó la cintura.

“No hagas esto si después te vas a ir como si nada”, le dijo, con la voz baja. Quería sonar enojado, pero sonaba más triste que otra cosa. “No me lo banco más, Julián. Te juro que no”. 

“No pienses en eso ahora”, respondió él, tragando saliva. “Yo no puedo pensar cuando te tengo así.”

Los dedos de Julián recorrían su espalda, su pecho, le rozaban la piel como si le pidieran perdón y al mismo tiempo le exigieran más.

Enzo lo agarró de la cara con las dos manos y le dio otro beso, más lento, más profundo. Lo necesitaba por más que el otro lo evitaba.

“No quiero que te vayas mañana”, le susurró Enzo. “No quiero que te vayas nunca” pensó sin poder decirlo, lleno de vergüenza.

Julián lo miró brevemente a los ojos y luego los cerró. Apoyó la cabeza en el hombro de Enzo, respirando hondo. Se quedaron así un segundo, abrazados.

Pero era solo una tregua. Enzo sabía que Julián se iría de todas formas. Que estos eran los últimos momentos que tendría junto a él por meses. En ese segundo se decidió: lo necesitaba demasiado.

Enzo le subió la remera con fuerza y se la sacó, dejando al descubierto el pecho caliente y agitado de Julián. Lo miró como si fuera la última vez y se sumergió en el, dejándole un rastro de besos desesperados.

Julián tomó la cabeza de Enzo y lo guió por su abdomen. Y no dijo nada más.

Enzo lo tomó de la cintura y le bajó el pantalón. Había perdido una vez más. 

Notes:

Inspirada en este tuit (Ily margus 🫶🏼) https://x.com/margusfan/status/1932619325816647709?s=46