Chapter Text
"𝙰𝚕𝚐𝚞𝚗𝚊𝚜 𝚙𝚞𝚎𝚛𝚝𝚊𝚜 𝚗𝚞𝚗𝚌𝚊 𝚜𝚎 𝚊𝚋𝚛𝚎𝚗. 𝙾𝚝𝚛𝚊𝚜, 𝚊𝚕 𝚊𝚋𝚛𝚒𝚛𝚜𝚎, 𝚓𝚊𝚖á𝚜 𝚜𝚎 𝚌𝚒𝚎𝚛𝚛𝚊𝚗.
𝙱𝚊𝚓𝚘 𝚕𝚊 𝚌𝚊𝚛𝚗𝚎 𝚍𝚞𝚎𝚛𝚖𝚎 𝚕𝚊 𝚛𝚊í𝚣."
Thomas Ross no era un hombre especial, y por eso mismo creía estar a salvo. Nunca estuvo en el campo de batalla, nunca rompió una regla que no pudiera reparar con una sonrisa. La vida había sido amable con él: familia acomodada, conexiones desde Hogwarts, una carrera exitosa. Una existencia sin cicatrices, sin enemigos, sin profecías, sin nadie que quisiera verlo muerto desde la cuna.
Era el pez gordo de Regulaciones Experimentales del Ministerio, Nivel 7. Papeles, sellos, experimentos bajo control. A veces, revisando expedientes antiguos, encontraba nombres que ya no figuraban en los directorios. Puertas cerradas en el Ministerio con sellos que nadie tocaba.
Uno de esos archivos lo había dejado particularmente inquieto. No por lo que decía, sino por lo que no decía. Una firma incompleta, una orden sin remitente… un silencio siniestro. Desde entonces, Ross evitaba la sección de runas antiguas, le bastaba con saber que algunas desapariciones no eran accidentes. Y que el Ministerio también sabía callar.
Hasta aquella tarde.
La neblina había caído temprano aquel martes, densa, saturada de humedad, con la tormenta acechando detrás de las nubes como una bestia muda. Ross salió de su oficina silbando una melodía torpe. Llevaba las manos en los bolsillos y el paso ligero: la rutina perfecta. Pasó por su pastelería favorita, recogió dos pastelillos de limón —su debilidad inconfesable—, y, como siempre, tomó el atajo por la Calle Knot. Una decisión estúpida, pero lógica, era el camino más corto a casa aunque el más solitario a esas horas. Fue en la tercera esquina que las farolas parpadearon. Una, dos, tres veces. Luego, oscuridad.
—Maldita red eléctrica —murmuró. No era raro, pues Londres tenía días peores.
Fue entonces cuando notó al cuervo posado en la barandilla de hierro, lo observaba sin moverse. Un ojo abierto. El otro, una cavidad vacía.
Thomas tragó saliva y apresuró el paso.
Tres pasos más tarde, el empedrado desapareció bajo sus pies. Donde antes había asfalto, ahora había barro espeso y raíces negras. Los árboles eran altos, inhumanos… silenciosos.
Ross no gritó. Aún no, pensó que era una ilusión… un accidente mágico. Intentó retroceder, pero el camino había desaparecido.
— ¿Qué mierda…?
Los susurros comenzaron como un murmullo lejano, apenas perceptible. Pero no tardaron en volverse insistentes, reptando bajo su piel, filtrándose en su mente como un veneno lento. No eran voces humanas, no eran palabras... era algo más profundo que no pertenecía a ese tiempo.
Thomas cerró los ojos, cubriéndose los oídos con desesperación, pero el sonido no venía de fuera. Estaba dentro, golpeando con un ritmo metódico, como si alguien—o algo—tratara de desgarrar los límites de su cordura. Quiso gritar, pero el aire estaba denso, cargado con el hedor de algo quemado, putrefacto, de sangre seca, impregnando cada respiración.
El bosque temblaba, o tal vez era él, y entonces, las voces se detuvieron, solo quedo el silencio, brutal… abrupto. Cuando alzó la vista, allí estaba.
Frente a él, una figura, alta, silenciosa, suspendida en el aire con una quietud que desafiaba la razón. Sin rostro, sin expresión. Pero él la sintió. La presencia era sofocante, como una presión invisible que le helaba los huesos. Una voz irrumpió en la quietud, distinta a las otras, era clara, magnética, atrapante.
Cálida, como el veneno que te adormece antes de matarte.
— Lux falsa regit… Thomas Ross
Un símbolo emergió en el aire, fulgurante y extraño. Thomas quiso moverse, reaccionar, pero algo en su interior ya había cambiado. Un estremecimiento recorrió su cuerpo cuando lo comprendió: el miedo había desaparecido. La ansiedad, el pánico, la desesperación... Todo se disolvió en un vacío inquietante.
A la mañana siguiente, una varita fue encontrada medio enterrada en el lodo partida a la mitad, a los pies de un columpio oxidado, en el parque muggle, cerca de Knot.
Thomas Ross... desapareció como si nunca hubiera existido.
