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las bastillas son para recuerdos y semillas, no para mojarse los calcetines

Summary:

Afuera llueve a cántaros, así que Kinich y Ajaw se refugian en una cueva mientras pasa la tormenta.

Tenía ganas de leer algo dulce y cortito así que lo escribí.

Notes:

el nombre del fic en ingles era referencia a la línea de voz de kinich pero no sé cómo es en español así que GUAAARDA EL TIEMPO EN LAS BASTILLAS UNAS CUANTAS SEMILLAS (8)

anyway en Chile está lloviendo mucho así que maldije a los ajawnich con lluvia XD

(See the end of the work for more notes.)

Work Text:

La cueva estaba a medio camino de una ladera inclinada, escondida tras una cortina de lianas enredadas y musgo goteante. La lluvia azotaba la tierra con desesperación —no era una llovizna, sino un aguacero que aplanaba el follaje y transformaba la tribu distante en una mancha verde grisácea. La tormenta había comenzado justo en medio de una comisión. Kinich no había soltado comentario al respecto, pero Ajaw pensó que su ceño lo decía todo. Heh.

Dentro, la cueva no ofrecía gran cosa —seca, en su mayoría, pero lo suficientemente pequeña y húmeda como para que los saurios cercanos razonaran encontrar otro lugar para guarecerse. Kinich se quitó el pasamontañas, el overol y el resto de su ropa con movimientos fluidos y sin pudor alguno, por supuesto.El único testigo de su cuerpo desnudo era una chillona manifestación dracónica de flogisto con problemas de ira, que —por cierto— ya lo había visto todo más de una vez, y desde todos los ángulos posibles: 180, 360 grados, reversa incluida.

Aun así, Ajaw silbó, sin molestarse en disimular cómo recorría a Kinich de pies a cabeza con descaro. Solo lo hacía para fastidiarlo… y porque, en el fondo, ya sabía perfectamente lo que venía.

Kinich lo ignoró en silencio.

—Bien —dijo entonces mientras recogía la pila de ropa húmeda con una mano—. Es hora de que te hagas grande.

Ahora fue Ajaw quien prefirió hacerse el sordo.

—Qué atrevido eres, ¿no? —respondió al fin, todavía en su forma diminuta, con una sonrisa ladina y un giro burlesco sobre sí mismo, su cuerpo aplanado girando como una hoja al viento—. ¡Qué lagartija tan sucia, ofreciéndose así mientras clama por mi gloria absoluta! Muy bien, si tanto insistes... tendré misericordia de ti. Me aseguraré personalmente de que no te falte calor.

 Kinich se giró de golpe hacia él, el cabello empapado pegado a su frente, los ojos entornados con clara advertencia.

—En ese caso, con una fogata me basta —murmuró, sacudiendo el agua de su mano—. Porque parece que estas desesperado por que te encierren en el reloj otra vez. 

Ajaw se puso rojo como uno de los tomates de Varesa© a punto de reventar. —¡Ugh! ¡¿Tan mañoso andas que no puedes ni tomarte una broma bien?! En serio, debería ser yo el que se quejara. ¡Estás a punto de usarme como estufa personal y perchero glorificado!

—Así es, —dijo Kinich sin una pizca de ironía. —Lo bueno que tienes es que eres multiusos.

Ajaw soltó un gruñido ofendido, pero este se apagó cuando Kinich levantó el brazo. El tenue pulso de la luz del reloj cobró vida. Y con él, la figura de Ajaw iluminó la cueva casi por completo, se estiró y se hinchó hasta convertirse en su mucho más digna forma de dragón de tres metros...si no fuese porque Kinich acababa de burlarse de él descaradamente.

—Estufa del pasado —declaró Kinich, con la más leve sonrisa adornando su expresión plana. —A mis órdenes.

—¡Gusano descarado! —rugió Ajaw, mientras llamas verdes brotaban de sus dientes. —¡Ugh! Ven aquí y absorbe mi calor divino de una vez, antes de que te queme la ropa interior por despecho.

Con un rodar de ojos resignado, Kinich dio un paso más cerca, su piel rozando las escamas obsidianas del dragón. El contraste era marcado—el calor húmedo del humano y la sequedad ardiente de Ajaw se unían en un tacto agradable para ambos, mientras el suave pulso del flogisto iba crepitando entre ellos. Pronto, Kinich se sentó contra él.

Afuera, la selva era un borrón de plata y movimiento. Adentro, todo era cálido y silencioso, salvo por el siseo ocasional del agua evaporándose sobre las escamas de Ajaw. La llovizna se volvió diluvio, pero ahí dentro, estaban intactos.

Aún así, por supuesto, Ajaw no podía quedarse callado por mucho tiempo.

—Esta cueva es horrible, por cierto —dijo, hablando por hablar y rascando ociosamente una estalactita con una garra—. Mira ese techo. Casi no hay eco para mi voz. Cero acústica. Una vergüenza para cualquier sistema de cavernas que se respete.

Kinich no respondió. Se había quedado quieto, con los ojos entrecerrados, los hombros relajados contra el flanco del dragón.

Ajaw entrecerró los ojos. Eso no era... normal. Por lo general, al menos recibía un gruñido, un suspiro, algún comentario sarcástico sobre las preferencias de Ajaw o algo así. No este silencio inquietante. ¿Estaba el bichito haciendo pucheros?

No, no, solo estaba—

—Dormido —susurró Ajaw, mirando hacia abajo—. Increíble.

Ahí estaba Kinich, completamente rendido, su piel húmeda reposando sin defensas contra él. Con la respiración lenta, imperturbable. Incluso podría decirse que estaba relajado.

Ajaw lo observó en silencio, porque Kinich había estado más gruñón de lo habitual hoy, lo cual significaba que algo lo molestaba y que lo mejor era dejar que lo durmiera.

No porque Ajaw le tuviera miedo. Por favor. ¿Qué clase de supremo señor flogistónico le tendría miedo a un mamífero hosco y lampiño?

Simplemente estaba siendo un amo considerado. Obvio.

Pues Ajaw sabía que a Kinich nunca le gustó la lluvia. Nunca. Ajaw llevaba años con él; lo sabía. Notaba los pequeños detalles imperceptibles para otros menos audaces, como la forma en que algo se endurecía levemente en su mirada ante las primeras gotas de lluvia, cómo sus dedos se tensaban como si quisieran aferrarse a algo que ya no estaba. Probablemente el Pequeño Kinich recordaba cuando era incluso más pequeño. Indefenso. Patético. En resumen… sin Ajaw.

Qué era tan sombría. La Era Pre-Ajaw. Debió de ser insoportable. Comprensible, claro—Kinich era más o menos un gatito mojado por aquel entonces. Bueno, si somos honestos… todavía lo era.

Un gatito muy suave. Ajaw se movió un poco, sintiendo la piel humana húmeda contra sus escamas. No solo era suave; estaba empapada. Y aun así, Kinich ni siquiera había pedido calor como se debe. No lo había mirado para decirle “Mi señor Ajaw, por favor envuélvame en su cuerpo sagrado y bendigame con su calor", o algo remotamente razonable. No, el necio solo se apoyó contra él como si eso bastara.

Lo cual estaba bien obviamente. Perfectamente aceptable de parte de un tontorrón. Tontonich.

—De verdad pareces un gatito mojado —murmuró Ajaw en voz baja, aunque sabía que Kinich no podía oírlo—. Solo sabes de peligros y de estar amurrado, sin una pizca de instinto de conservación.

Habiendo decidido hacer su buen acto del día , Ajaw soltó un suspiro pesado y replegó su cuerpo en espiral hacia adentro, rodeando con cuidado al humano dormido, acurrucandolo suavemente mientras el calor del flogisto latía bajo y constante.

Ajaw apoyó la barbilla en su propia garra, sin cerrar los ojos completamente. Recordó la primera vez que vio humanos, hacía tantos milenios. La curiosidad lo había dominado, por supuesto, como ver un monetoo por primera vez, antes de saber lo molestos que son. Luego vino el asombro, una admiración a regañadientes por su tenacidad. Luego el odio, porque odiar era más fácil que admitir aquella humillante derrota. Sobretodo después de que lo engañaran, lo sellaran.

Pero a pesar de todo, al menos contaba con el consuelo de la superioridad. Se aferraba a ella como una llama sagrada. Los humanos no se habían alzado solos; necesitaron ayuda divina para derribar a los dragones. Sin la influencia de los cielos, habrían permanecido como bocados sobrevalorados.

Esa era la constante.

Y, sin embargo, esto que sentía ahora no era del todo superioridad.

Quizás era que de pronto se sentía demasiado consciente. Demasiado consciente de cómo se veía Kinich, acurrucado y silencioso, como si lo hubieran tallado en porcelana, demasiado delicado para sobrevivir en este mundo. Esa espalda esbelta y desnuda llevaba la forma de las cargas generacionales; cargas que deberían haber necesitado armadura. Porque sí, esos brazos humanos tonificados no eran suficientes. No había escamas, ni cuernos, ni garras. Solo piel suave, músculos y espíritu. Pestañas largas y húmedas se le pegaban a la mejilla. Sus labios se separaban por el sueño, completamente inconsciente de cómo... No había sido hecho para la violencia, ni el sufrimiento, ni la guerra.

No. Esta no era una criatura hecha para cazar bestias ni para portar llamas antiguas. Era una criatura hecha para cosas más suaves. Para abrazar. Para dar calor. Para...

Ajaw le enseñó los colmillos al techo.

No. Rotundamente no. Podría follar con Kinich, claro: destrozarlo con orgullo y lujuria y verlo derretirse hasta convertirse en un desastre. ¿Pero esto? ¿Estos pensamientos?

Todo aquello era bazofia débil y sentimental. ¡Ajaw estaba perdiendo la cabeza por culpa de este insecto!

Iracundo, de pronto sintió el impulso de comérselo. Simplemente apretar sus mandíbulas alrededor de ese cuerpo blando y pequeño y acabar con el tormento con un crujido satisfactorio. Pero a mitad de enseñarle los dientes, un instinto mucho más tonto y peligroso lo invadió: lo que realmente quería era secarlo y lamerlo.

No con calor ni hambre ni con la provocación ardiente que solía usar como arma cuando Kinich se ponía terco o seductor, o ambas cosas. No, esta vez arrastró su lengua verdosa lentamente sobre la piel tersa de Kinich como un dragón lame a sus crías: con caricias cuidadosas, diseñadas no solo para librarlo de la lluvia, sino para dejarlo caliente, seco y seguro con su esencia.

Su propio pecho ardía de vergüenza. Lamió la mejilla de Kinich, una vez, luego su sien, luego su cabello mojado, que siempre se esponjaba y crispaba en dos mechones rebeldes desde que había intentado domar por primera vez el cabello del aquel entonces pequeño chico, momento en el qué, como ahora, había estado peligrosamente cerca de acicalarlo.

Qué vergüenza.

Hizo una pausa, metiendo la lengua en sus fauces y exhaló. Al menos, al menos, había hecho lo que importaba: Kinich ahora estaba inconfundiblemente cubierto por su aroma. Completamente marcado, seco y protegido.

—Maldito seas tú y tu ternura —susurró Ajaw en voz baja, moviendo la cola contra el suelo—. ¡Gatito estúpido y adorable!

El calor a su lado se contrajo. Una arruga se formó entre las cejas de Kinich, y luego entreabrió los ojos en un parpadeo. Lo justo para ver. Lo justo para oír.

—...¿Cómo me llamaste? —murmuró, con la voz tan adormilada que debería haber sido inofensiva.

 Ajaw dió un respingo.

—¡No dije nada! ¡Ni una sílaba! ¡Tú eras el que balbuceaba tonterías y hablaba en sueños! O tal vez solo fue el viento susurrando y ya... ¡Ya sabes que las cuevas hacen eso! ¡Estúpidos trucos acústicos! ¡Ecos! ¡Qué sé yo!

Kinich no se lo tragó ni por un segundo. Parpadeó lentamente, la comisura de su boca se torció en una vaga satisfacción, como si supiera exactamente lo que había oído pero le diera pereza regodearse como es debido.

—Bien —murmuró, dejando caer los párpados de nuevo—. Pero que conste... lo que realmente me despertó fue lo fuerte que ronroneabas antes.

Ajaw se quedó paralizado y tensó las alas con un chasquido.

No. No, eso era calumnia. Mentiras y propaganda. No ronroneó.

Siseó de nuevo, bajo y furioso, maldiciendo a todos los dioses conocidos que se le ocurrían... excepto a la HORRIBLE criatura que sonreía con dulzura frente a él.

 

(Quizás, algún día, se percatarian de que la lluvia había parado hace un rato ya.)

 

Notes:

ajaw es mi electrodoméstico y moderador de discord favorito(?)

no sé dónde iba con esto y terminamos con ajaw diciéndole gatito a kinich ....bueno, lo hecho hecho está