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El lema personal de Oikawa Tooru es corto y conciso, una consigna tan fácil de aprender que hace parecer fácil el llegar al límite. Es a través de ésta que Tooru manifiesta lo ilimitado de su ambición, a veces estúpida, pero inequivocadamente orgullosa.
“Golpéalo hasta que se rompa”.
Entonces, cuando Iwaizumi aparece un día en la entrada de su casa, pálido y con el ceño nerviosamente fruncido, Oikawa parece preocupado durante un instante.
Luego Hajime habla sobre bebés, paternidad y cómo una prueba de embarazo positiva lo tenía ansioso como la mierda. Lo que podría ser un conjunto de eventos progresivamente terribles considerando que hacía unos días habían perdido su oportunidad de participar en las nacionales. Sin embargo, la impertinencia recorre cada una de las sílabas que escapan de la boca húmeda del alfa.
—Mierda, Hajime. Eso está caliente…
Tales palabras, bañadas de excitación, permitieron que Tooru apreciara el rostro de Hajime más rojo que nunca.
—Eres un maldito pervertido —se queja el omega, en la ironía que se encuentra en el tono de réplica y la contrastante respuesta física.
—Creo que te verás tan adorable durante el embarazo, Iwa-chan —susurra cerca de la glándula odorífera de Hajime que ahora desprende un aroma suave y lechoso—. La mami más adorable que haya visto.
—Qué estúpido… —se queja Iwaizumi, aun cuando sus entrañas parecen desprenderse, un vuelco en el estómago que parece emocionante.
—Pero eso te gusta, ¿no? —cuestiona el alfa, apretando la cintura de Hajime, sus largos pulgares frotando el área del vientre de momento plano—. Te gusta estar embarazado, Hajime. Te calienta tanto la idea de tener cachorritos que no puedes esperar a estar lleno y redondo con ellos.
—Tooru, hablas demasiado…
Porque la vida antes de esta noticia de sentía diferente. Por supuesto, pero no por eso era precisamente malo, quizás un poco complicado nada más.
Bueno, no un poco. Es algo muy complicado.
Hajime intenta no pensar en el hecho de que esto fue un error. Tal vez porque si lo hace comience a llorar y maldecir.
Aunque, al fin y al cabo, ese error era suyo y de Tooru. Era la mismísima encarnación de todas sus imprudencias y orgullos lo que ahora florece en su interior. Una sensación que brinda consuelo y un pensamiento que llena el alma.
Aunado a eso, Oikawa, su alfa, no se estremece ni un poco al mostrarle su amor y apoyo, además de su creciente excitación. Iwaizumi piensa que su inesperada reacción se debe al cambio en su aroma o el colocador pervertido debe tener algún fetiche con la maternidad.
Y, sin embargo, eso lo hace sentir seguro.
Hajime no podría describir qué hay de especial en que tu alfa te coma el coño porque la idea de que lleves a su cachorro le excita de sobremanera.
Y luego, es extremadamente reforzante, que una vez se desploman juntos en la cama de Tooru, él no puede evitar frotar la barriga del omega con un tacto tan ligero.
Es en ese momento cuando Hajime se permite llorar un poco y se empapa del aroma protector de Tooru.
Tal vez el orgullo conduzca al hecho de que, en lugar de mostrar arrepentimientos y revolcarse en la angustia de la terrorífica preocupación, ambos elijan ser descaradamente abiertos con respecto al embarazo adolescente.
Porque tal parece que la imprudencia y el orgullo van de la mano.
Hajime ni siquiera muestra un atisbo de vergüenza al salir de la consulta con el médico y recibir la noticia de que además de, en efecto, estar esperando un cachorro, éste venía desarrollándose desde hacía ya catorce semanas. Lo que, en sus inequivocados cálculos, indicaba que había participado ignorante e imprudentemente en el torneo estando embarazado.
Un detalle relativamente positivo es que ya se encontraba entrando al segundo trimestre sin ninguna complicación. Lo que significaba que el cachorro empezaría a parecer más un cachorro que una mancha alienígena. Podría decirse que estaban preparados para eso.
Sin embargo, no los tenía preparados el creciente rumor que se había creado dentro de la preparatoria, rumor que no era erróneo y que, de hecho, se volvía cada vez más acertado conforme el vientre de Hajime se hinchaba.
Mas no es que fueran discretos al respecto. Tooru se volvió extremadamente ridículo con la cercanía que manifestaba hacia su omega, ya fuera sorprendiéndolo por detrás y acunando entre sus amplias manos la incipiente barriguita que comenzaba a asomarse todo el maldito tiempo o, de otra manera, haciendo demostraciones públicas sobre el orgullo que le provocaba haberlo embarazado.
Otra cosa que era de esperarse por el embarazo es que Iwaizumi iba a tener que evitar poner en riesgo al cachorro con actividades extenuantes como lo sería el entrenamiento de voleibol.
Fue debido a la misma razón de la pausa de Hajime en los entrenamientos, que él comenzaba a ausentarse dentro del campo y, en su lugar, hacía un papel similar al de un mánager sentándose al lado de los entrenadores Mizoguchi e Irihata.
La estrella del Seijoh hizo su trabajo correctamente durante su estancia en el banquillo, manteniendo la compostura y haciendo lo posible por ayudar a su equipo realizando retroalimentaciones y otras tareas de gestión del equipo.
Hasta que un día, en un partido casual, en el que por la fidelidad extraña de los aficionados del equipo se presentaron en la tribuna, justo en el momento posterior al que Tooru anota un punto decisivo, él coloca el balón bajo su camiseta y hace un gesto de chupar el dedo pulgar.
Un tipo de celebración estúpidamente ridícula que seguramente observó en televisión o internet. Hajime intenta no pensar demasiado en ello y esconde su rostro vergonzosamente tras la libreta donde hacía anotaciones. Tratando de ocultar la vergüenza en su rostro, porque sabe que solo Tooru y los entrenadores notarán la sonrisa tonta que pone detrás de los apuntes.
Las fans de Oikawa enloquecen. No es nada desconcertante e incluso los profesores eligen ser indiferentes.
Tal parece que en realidad intentan hacer de este suceso una noticia sumamente importante.
El orgullo coopera en ese aspecto. Y es cuando las fans murmuran algo sobre si el bebé se parecerá al padre y cuán adorable sería tener dos copias del apuesto colocador.
Tooru sonríe con arrogancia y se entromete, para bien o para mal, enriqueciendo la conversación con su propia observación.
—Pienso que el cachorro debería parecerse a Iwa-chan. Eso sería muy lindo y, después de todo, él es quien llevará al bebé los nueve meses.
Ellas parecen estar de acuerdo con el comentario, chillando aprobatoriamente y exclamando que será un buen padre, entre otras cosas.
Lo último que sabe Tooru es de la libreta que golpea su nuca por no entrar a clase y, en su lugar, estar chismeando con sus admiradoras.
El enfado de su omega no dura para siempre, porque no parece quejarse cuando se queda pegado a él todo el resto del día. Tampoco parece molestarle el hecho de que se detenga en cada descanso del entrenamiento a olfatearlo y arrullarlo porque, carajo, todavía se siente irreal que está embarazado y que necesita tomarse un respiro, incluso si no está haciendo absolutamente nada.
Iwaizumi empieza a ser consciente de que estar embarazado tiene sus cosas agradables.
Encuentra algo especial en el consuelo que le brinda estar gestando. También en la nueva manifestación de amor y preocupación de su alfa. En los paseos al final de la escuela pegados de la cadera, ya que Tooru insiste en bañarlo con su olor. Afirmando que ahora que lleva a su cachorro huele todo dulce y suave, lo que, además de todos los cambios físicos visibles, lo hace por sí solo evidente, y Oikawa realmente quiere que todo el mundo sepa quién puso ese cachorrito ahí.
Otro cambio que resulta relevante mencionar es el aumento apetito.
—Tooru, tengo hambre —dice Hajime, con un naturalmente adorable e irresistible puchero.
Iwaizumi parece no ser consciente de que ahora es todo redondo y que Tooru solo quiere besar y morderle esas mejillas. Provocando que tampoco pueda negarse a satisfacer los caprichos de su omega embarazado.
—Pero, Iwa-chan, ya comimos pan hace poco menos de dos horas —reprendió Oikawa suavemente, en un tono que se percibe bromista, frotando el vientre tiernamente distendido de Hajime.
En cualquier otro momento él hubiera decidido patear la espinilla de Tooru o darle una palmada fuerte en la nuca, pero estaba tan concentrado en el movimiento cálido sobre su piel estirada, que cree que, de no ser por su hambre aparentemente insaciable, se pondría a ronronear en medio de la calle.
—Tú me pusiste este engendro, lo mínimo que merezco es comer más de lo habitual —se queja Hajime con un leve estremecimiento por satisfacción y palmea sobre el dorso de la inquieta mano del alfa—. Detente con eso, estamos en público.
—¡Iwa-chan, déjame consentir a mi omega embarazado! —chilla Tooru—. ¡Deberías dejarme presumirte! ¡Ya sé! Te llevaré a tu lugar favorito a comer ramen para que vean cuánto ha crecido el cachorrito.
Podría haberlo avergonzado Hajime antes, pero la idea de mostrarle a todos que es una madre orgullosa es más grande. Evoca en él un sentimiento nunca antes experimentado, llevándolo a tararear felizmente y se acerca al costado de Tooru, que ahora sujeta su cadera.
Desprende un olor demasiado agradable, ya es maternal. Oikawa cree que sus extremidades podrían haberse vuelto gelatina o se está muriendo de amor. La duda lo hace detenerse abruptamente.
Sin embargo, no es nada preocupante, es solo la necesidad instintiva de aferrarse a su omega e inhalar su aroma ahora lechoso y dulce. Escondiendo su rostro en la curvatura al costado del cuello y aferrándose a la espalda de Hajime.
Porque nadie te prepara para estos cambios instintivos, sean buenos o malos, por mucho que creas que puedes afrontarlo con toda la facilidad.
Aunque, si Tooru se permite ser honesto, todas las cosas parecen tan sencillas y naturales cuando está con Hajime. Puede que solo sean la dificultades viéndose menos aterradoras porque está con la persona que ama. Y no puede ni imaginarse lo que sea que pasa por la cabeza de su omega. Sin embargo, aún si no lo sabe y nunca lo haga, el orgullo y la disposición son tan fuertes como para permitirse darlo todo por él y demostrar lo ilimitado de su deseo, de aquel que no se permite doblegar incluso en el límite.
—Gracias, Iwa-chan —dice suspirando, sintiendo el cuerpo del susodicho congelarse, como si estuviera expectante de lo que fuera a expresar.
—¿Por qué? —cuestiona con ese tono suave en su voz que evoca timidez, ese que solo Tooru ha tenido la dicha de presenciar.
—Por todo tu esfuerzo por el cachorro —toma la mano temblorosa de Hajime, parece nervioso y emocionado a la vez. Su respuesta a lo estimulante de los cambios hormonales y la adaptación del alfa en el entorno—. Por ser tú.
Tooru observa a Hajime. Su mirada brillante, quizás algo húmeda y sus mejillas enrojecidas. Posiblemente él se encuentra igual, el efecto embriagante de estar enamorado, la calidez de las muestras de afecto y de la atmósfera romántica.
Las palabras parecen querer quedarse en lo privado, pero Hajime ansia que no sea así. Él también quiere expresar su gratitud, el sentimiento oculto en la cotidianidad donde ahora percibe el amor a través de cada oración o acción.
Tooru lleva ambas manos sobre el vientre de Hajime, masajeándolo con una dulzura que causa un cálido cosquilleo.
—N-no tienes que agradecer nada, Tontokawa —responde aceptando la repentina confesión del alfa—. No hubiera preferido a nadie más que a ti para esto.
—Iwa-chan, también me alegra que seas tú —Oikawa es todo suspiros que se convierten en un afectuoso beso, corto e inocente, pero fue suficiente para denotar lo creciente de su confianza y vínculo.
—Tooru… —murmura suavemente Hajime—. Todavía tengo hambre.
—Parece que el cachorrito va a seguir dándole problemas a mamá.
—Cállate. Vamos ya a comer.
Puede que Hajime se queje de nuevo por las complicaciones que conlleva el embarazo o, también, puede que Tooru vuelva a ser imprudente con alguno de sus comentarios. Y aun así, ambos seguirán siendo lo suficientemente orgullosos para lidiar con ello. Porque Tooru va a tomar las manos de Hajime para calmarlo y luego Hajime le dará esa confianza que tanto necesita.
Al final eso es lo que son, un equipo o, mejor dicho, una familia.
