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Una Noche en Luluhawa

Summary:

Una cita fallida, amnesia. Elisa debe lidiar que sus planes se salieron del esquema.

Work Text:

«Voy a matarlo, voy a matarlo, voy a matarlo», decía esa vocecita en la cabeza de la chica mientras paseaba por la plaza costera de Luluhawa hasta el mirador, ignora el sonido del rompimiento de las olas durante la noche. Su gato familiar caminaba a su lado, ladeando la cabeza y maullando cada cierto tiempo al seguirle el paso.

Un suspiro salió de ella cuando apoyaba su peso en la baranda de madera para mirar el apenas iluminado mar antes de volver al hotel, apretó el puente de la nariz con los párpados apretados. Sólo la oscuridad era su acompañante en aquqel momento de introspección.

Todo iba a ser perfecto, sus primeras vacaciones junto a su Sirviente, dias para que aquel Caster por fin tomara un merecido descanso. Todo se fue al diablo desde el primer día. Gilgamesh ni siquiera recordaba quién era ella y le prohibió llamarlo por su nombre, y sin dar explicaciones, sólo se fue, tratándola como una desconocida.

Desde aquel entonces, por alguna razón, su corazón se apretaba cuando desde la lejanía lo observa trabajar. No le dio importancia hasta que lo oyó adular a otra mujer desde el deseo, una mera fantasía dentro de un doujinshi.

Aquello era nuevo para ella, le asustaba en demasía porque era un área donde no podía tener el control de la situación. En ese momento, Elisa García conoció aquel sentimiento que llamaban celos.

No debió sorprenderse, él era egoísta, no iba a pensar en sus sentimientos si el deseo de ser el centro de atención era más fuerte.

Levantó en brazos al gato y lo mantuvo abrazado cerca de su pecho.

—Bueno, ¿quién lo necesita? Te tengo a ti, Ngen.

Sus orejas se apegaron a su cabeza y saltó al ver como otro felino, pero con un pelaje más esponjoso se materializó delante de ellos. Elisa bajó la guardia cuando ambos felinos se tocaron la nariz en señal de saludo.

—Elani, te dije que no te alejaras. 

La voz de un hombre la hizo levantar la vista. Era alto, moreno, cabello negro y con una barbilla que juraría que ya había visto antes pero no recordaba dónde; vestía una sudadera de manga corta color negro, con detalles oro y en su cuello tenía unos audífonos azul moteado metálico. Él la miró, formando un silencio que la hizo sentir incómoda.

Dio un paso atrás al sentir una gran energía mágica viniendo del hombre. Olvidando su momento de debilidad para adoptar una posición defensiva.

—Te veías decaida, ¿hay algo que le haya causado pesar, señorita? —preguntó a Elisa.

Eso le hizo levantar una ceja, sorprendida por su amabilidad, volvió a mirar al mar después de suspirar para relajar su cuerpo.

—Estoy bien —rezongó al cabo de unos segundos—. Sólo estoy enojada con alguien.

El desconocido se apoyó en el barandal. 

—Entiendo. Pelea de novios.

Las mejillas de Elisa se tiñeron de rosa y frunció los labios.

—¡No es mi novio!

Una risita fue su respuesta, como si hubiese encontrado disfrute en su reacción.

Elisa iba a continuar, mas sintió la vibración de su teléfono, al ver quién la estaba llamando, refunfuñó y ni siquiera fue a buzón de voz; al oprimir el botón rojo, lo volvió a guardar. Para controlar sus emociones su gato acarició su pierna con la cabeza y emitió un ronroneo en señal de apoyo.

A pesar de su naturaleza espiritual, lo que le daba una mejor capacidad de razonamiento, intentaba aún así hacerla sentir mejor en su angustia.

—Es importante para tí, lo veo en tus ojos.

No tuvo respuesta, tampoco la necesitaba. Elisa tenía todos sus planes registrados en su libreta, cada detalle planificado. Entornó los ojos cuando, al rebuscar en su bolso, no encontró la prueba físicas de sus esfuerzos en darle a su Sirviente unas vacaciones amenas.

—Es un necio, trabajólico y me cuesta saber en qué pasa por su mente. Apenas llegamos lo primero que hizo es instalar una imprenta para el festival. No pasamos el tiempo juntos y no sé si habrá otra oportunidad.

Parecía que en cualquier momento iba a tener una especie de ataque de nervios al ser sacada de su esquema. Elisa sintió su mano en el hombro, lo que le hizo calmarse.

—Deberías hablarle sobre tu insatisfacción. No descuida a quienes aprecia a propósito, si le importa, va a escuchar. Un toro no puede huir de su vaca salvaje, no, espera, eso no sonó bien. Que tal...

Elisa levantó una ceja. Hablaba como si conociera a Gilgamesh. Eso la llenó de curiosidad y quería saber más; esa forma se hablar también era parecida, pero sin ser un idiota jactancioso que pensaba que tenia al mundo en la palma de su mano.

De nuevo una vibración desde su bolsillo interrumpió cualquier cavilación, iba a rechazar la llamada, pero en lugar de eso le envió un breve mensaje.

"Estoy en la calle Waikiki."

Aquel hombre esbozó una pequeña sonrisa, al menos un poco de su discurso hizo efecto en ella. No había nadie a su alrededor, así que decidió quedarse con ella hasta que llegara su compañero.

Entonces, una camioneta amarilla se detuvo después de unos minutos. El chirrido de los frenos la hizo cubrirse los oídos. Por el símbolo ella por un segundo pensó que era un Mercedes, pero lo que la hizo retroceder fue ver al conductor bajar la ventanilla.

Gilgamesh la miró, esos ojos rojo penetrantes que no perdían nada de su vista.

—Sube al auto. 

Fue lo único que dijo. Su tono no admitía negaciones. Se despidió y cuando Gilgamesh le vio sus cejas se fruncieron como si supiera quién era. Con la ventanilla cerrada y sin decir nada, el auto partió.

Elisa, en silencio, se puso el cinturón, para después apoyar su mentón en la mano mientras miraba a través de la ventana. El hotel no estaba lejos, al menos en auto iba a ser un trayecto corto. 

Gilgamesh la miró desde el espejo retrovisor.

—No te vi en el Festival.

Ella lo miró, no podía ver su rostro, pero si sus ojos. Y no tenían la fuerza que siempre lo caracteriza.

No lo dijo, pero vio que estaba cabizbaja, la conocía muy bien, no se lo iba a decir de primeras, pero sabía a la perfección que no haber pasado tiempo con ella como habían planeado le dolía.

No hablaron más. Ella bajó del auto en silencio cuando la camioneta se detuvo en el estacionamiento. La detuvo sosteniéndola del hombro cuando iba a ir al vestíbulo con Ngen en sus brazos. Con una mano en su cintura fueron adentro.

En el ascensor iba a marcar el piso dónde se hospedaba pero Gilgamesh marcó al piso más alto en su lugar. No tuvo oportunidad para cuestionarlo.

El gato notaba la tensión en el ambiente. Con un toque en su mejilla con la nariz, el familiar se desvaneció para tomar forma espiritual. Aquello les dio la privacidad que necesitaban.

Gilgamesh le tomó la mano y uno a uno sus dedos se entrelazaron con los suyos. No tuvo tiempo para sonrojarse, porque vio que Gilgamesh se hospedaba en el penthouse del edificio. El ambiente de lujo la hizo sentirse fuera de lugar apenas cruzó el umbral.

Gilgamesh esperaba que ella fuera la que dijera algo, aunque sea un reproche por por tantos días de descuido. Sin embargo, ahí estaba en el sillón de diseño moderno, sin hacer contacto visual y en silencio.

—¿Te divertiste? —susurró.

Él no dijo nada, sólo tuvo que asentir y la atrajo apenas se sentó a su lado, sus dedos al acariciar su cabello hizo que el enojo de la chica se atenuara un poco. Quería decirle algo, cualquier cosa, pero antes de eso fue acomodada en su regazo.

Se miraron, era un giro que no tenía planeado. Sus manos se apoyaron en sus hombros por comodidad, sólo quería saber que pasaba por su cabeza. No iba a acercarse más de lo necesario y eso fue visto por el rey, su mano izquierda se aferró a su cadera y muslo, volviendo la cercanía más íntima.

Su cuerpo estaba ardiendo, no por fiebre, sino por algo más junto a su estremecimiento.

—Debes de estar cansado, por el festival y todo eso.

Sus dedos peinaron su cabello rubio para despejar su rostro. No tenía las ojeras de siempre, pero aún así durmió poco. Ese comportamiento le generaba sentimientos encontrados a Gilgamesh, ese cuidado le recordaba todas  las veces que Siduri le decía que comiera o que tomara un descanso; sin embargo, la forma de desafiarlo con tanto ímpetu se parecía al de Enkidu. Sólo por eso, extrañó un poco su presencia en el evento aunque nunca iba a admitirlo.

La acostó sobre el sofá, aunque intentara moverse, él tenia una de sus muñecas sujeta a los costados de su cabeza. Con su mano libre hizo aparecer de su tesoro un pequeñó cuaderno lleno de pósits marcando páginas importantes.

—Eso es...

—Tu escritura es un caos, sin embargo, fue un placer leerlo. —Sus comisuras se levantaros—. Quieres una cena, ¿no es así?

Al ver el rubor de sus mejillas supo que estaba ante la respuesta correcta. Entonces la llevó a la cocina, ya habían ingredientes en la encimera listos para empezar alguna preparación.

—Ningún restaurante ha logrado satisfacer mis exigencias. Es tu culpa, mi paladar está adaptado a tu cocina.

Elisa al reaccionar no pudo evitar un suspiro.

—Sólo di que quieres que te haga la cena, por dios, ¿qué voy a hacer contigo?

Tomó el moño que tenía guardado en su bolso y se hizo una cola de caballo.

Cocinaba con toda su concentración, aunque lo miraba por el rabillo del ojo de vez en cuando. En el momento en que el olor comenzó a rodearlos Gilgamesh hizo un movimiento sutil con la cabeza para que el aroma llenara sus sentidos. 

El olor de la carne a la cacerola, una receta que ella modificó sabiendo que odiaba la pimienta y los picantes en exceso, no tardó en recorrer gran parte del piso. Al terminar con ésta, decidió acompañarlo con un poco de arroz.

Ninguno supo si eso fue instintivo, pero ella trazó ligeros círculos acariciando su mejilla antes de sentarse en el lado opuesto de la mesa.

Su quijada se abrió junto a un parpadeo al darse cuenta de lo que acababa de pasar e intentó ocultar el momento con un sorbo de vino. 

Cuando terminaron de cenar ella limpió todo, no hubo objeción alguna por esa dinámica, parecía que se les daba de forma natural. La noche se hizo más oscura, sólo con la iluminación del departamento. 

Sólo eran ellos dos, las palabras eran innecesarias. El rey se veía satisfecho, pero esa caricia seguía rondando por su cabeza. Su Maestro revisaba su teléfono mientras se sentaba, con una leve sonrisa cuando en su chat con Ritsuka y Mash veía que estaba lleno de fotos del Festival.

Gilgamesh vio su aparente decepción. Sus cejas se fruncieron y tomó sin avisar su celular. Ignoró sus quejas y la rodeó con su brazo para acercarla. Le habían enseñado cómo usar la aplicación de la cámara, cambió al lente frontal y lo alejó para que ambos aparecieran en el encuadre.

Al comprender su gesto ella se acomodó a su lado. 

Miró el resultado. Su cabeza se apoyó en su hombro, un gesto que por alguna razón el rey correspondió por inercia posando su mentón en su corona. Un momento de intimidad que no sabían que necesitaban.

Sus cuerpos encajaban a la perfección, como dos piezas de un rompecabezas. Eran Maestro y Sirviente, debieron suponer que esa evolución era natural, aunque por orgullo no lo iban a admitir.

Con el pasar de los minutos, las caricias en su muslo la relajaron. Había cierta posesividad en ello, como un hombre que no iba a dejarla ir.

Se dio cuenta de que él la estaba mirando. Jugaba con su cabello, sólo él tenía permitido tocarlo. Lo miró en respuesta, sintiendo como deslizaba su mano hasta la espalda baja. Se sentía pequeña a su lado al ser sentada en sus piernas.

Estaba tomando la iniciativa. Era un rey que no comprendía los sentimientos humanos, un juez que no debía tener favoritos. Una sonrisa apareció en su rostro, una de incredulidad por toda la situación. No debería favorecer a nadie, y, aún así, estaba con ella.

Su mirada se llenó de determinación, despejó el cabello de su rostro. Necesitaba verlo a los ojos, aquellos ojos carmesí que desde hace tiempo la cautivaban. Lo oyó reír.

—¿Te has vuelto codiciosa? 

—Lo dice el engreído más antiguo de la historia.

Sus labios presionaron los suyos en un movimiento impulsivo.

La hizo estremecer al acariciar su espalda mientras se sentaba a horcajadas sobre él. Con los brazos de la chica alrededor de su cuello antes de dejar el sillón y los llevara a la privacidad de la habitación.


La luz del sol le era una molestia, tuvo que esperar unos segundos antes de abrir los ojos para comenzar el día. La chica iba a moverse, pero sus brazos a su alrededor se lo impidieron, como si no quisiera dejarla ir. Su perfume estaba impregnado en aquella camisa azul marino que estaba usando.

Cuando pudo zafarse de su agarre pudo verlo. Ni siquiera le importó que él estuviera desnudo. El hombre no se movió, en vez de eso, se cubrió más con las sábanas. Sus rasgos relajados le hicieron sonreír, además, las hebras de su pelo eran suaves entre sus dedos.

Le dio un último vistazo antes de dirigirse a la cocina.

El aroma del café recién preparado lo hizo levantarse. Dejó salir una bata de su Puerta de Babilonia, se revolvió el cabello y sintió el picor de unos rasguños en su espalda.

Al verla con su camisa, una parte de él se derritió; le encantaba como la tela se moldeaba a sus curvas.

Sus brazos rodearon su pequeño cuerpo para mirar sobre el hombro.

—¿Qué haces?

—Te preparo el desayuno —Sonrió—. Siempre has sido mañoso con la comida.

La chica le indicó un plato ya con panqueques listos. Los ojos de Gilgamesh brillaron, manteniendo el impulso de tomar uno y comer. Al terminar de cocinar, se sentaron juntos para desayunar.

Lo vio comer, sonriendo cuando éste esbozó una pequeña mueca de satisfacción. A la chica se le formaba un escote, algo que le quitaba su concentración habitual.

Bebió un sorbo largo para calmarse. Iba a volverlo loco, nada sería de la misma manera después de lo que hicieron durante la noche. Menos por la cantidad de maná que absorbió a partir del acto.

Seguía sin acostumbrarse a su trato más casual; nunca logró que se le dirigiera con su título real, acortó su nombre casi desde el primer minuto después de su invocación. Incluso cuando ella le decía con sarcasmo "Principe Encantador" o "Su Majestad" cuando tenían un desacuerdo.

Pero sabía lo que le gustaba y que no, bastante detallista, con rutinas que a veces no entendía. Odiaba admitir que se parecían.

Deslizó la libreta al centro de la mesa.

—Considera la improvisación para la próxima.

Cuando terminaron de comer fueron a la habitación para vestirse.

Él la miró, ya se había quitado la camisa y sólo podía ver su espalda desnuda. Eso lo sacó de cualquier pensamiento lógico. Continuó mirando, se acercó a ella y no pasó mucho tiempo antes de tenerla casi contra uno de los muebles.

La chica sintió el calor de su cuerpo contra ella. Le hizo girarse y la cubrió con la camisa sin cerrarlo, sólo se oía el sonido de sus respiraciones hasta que tiró todo y con un ágil movimiento le sentó en el mueble para que estuvieran a la misma altura.

—Gil…

Fue silenciada por los labios del rey sobre los suyos. Sintió sus manos tirando de sus caderas como si necesitase con desesperación su cercanía, sintiendo los brazos de ella atrapar su cuello. Tener ese gesto de poder sobre él era el cielo, alguien pequeña como ella, poner al rey Sabio de Uruk contra sí sin poder moverse más allá de su rango, mientras sus delgados dedos jugueteaban con los mechones de su cabello, provocándole un cosquilleo en su espalda.

Sí, era el cielo, el paraíso.

Fue más atrevida, acarició su cuello, le gustaba hacerlo; descubrió que podia hacerlo derretirse con sólo palpar su nuez, pero de inmediato pensó en algo mejor.

Gilgamesh jadeó cuando sintió sus dientes sobre su cuello. Ella tarareó al ver la marca que dejó en su blanca piel.

Elisa sonrió y se bajó de la mesa.

—Eso dejará una marca, y todos lo verán.

La chica le sacó la lengua antes de ir al baño para terminar de cambiarse de ropa.

Gilgamesh sólo pudo reír. No conocía ese lado posesivo de su Maestro, y le gustó conocerlo.

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