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El Bar del Callejón.
Finalmente llegó el verano y la temporada de la máxima liga del fútbol alemán había concluido con la coronación de un nuevo campeón; sin embargo, para el equipo del Hamburgo SV éste no era un motivo para celebrar y, muy al contrario, era un momento de gran premura no sólo para el cuerpo técnico y jugadores sino también para la directiva en general, pues en los últimos años el nivel del equipo había decaído estrepitosamente al grado de que fue precisamente en esta temporada que terminó por descender a la segunda división, algo que jamás había sucedido en sus más de cien años de existencia como club y todo por las malas decisiones que se tomaron tanto dentro como fuera del campo. Obviamente, muchos de los jugadores, que sí habían dado su máximo esfuerzo por el equipo, se hallaban muy insatisfechos con el rendimiento y dirección que se tuvo, preguntándose en ese momento sobre su futuro, el cual lucía muy incierto.
Uno de estos jugadores era sin lugar a dudas Hermann Kaltz, quien la gran mayoría de los expertos en fútbol le consideraban como el mejor integrante que el equipo hamburgués tenía en ese instante. En el campo de juego, Hermann siempre se esforzó por darlo todo para intentar levantar al club; sin embargo, algunos de sus compañeros simplemente fueron más lastre que ayuda y las decisiones que tomaron el entrenador y la directiva terminaron por empeorarle completamente la situación, sobre todo luego de los desastrosos resultados que se dieron a partir de la salida de su gran amigo, Genzo Wakabayashi. Es por eso que, aprovechando que su contrato estaba por vencer, Kaltz había tomado la firme decisión de dejar al equipo, aunque se preguntó ahora cuál sería la mejor opción de club al cual cambiarse. Esta situación, que ya llevaba días rondando su cabeza sin darle un respiro a su mente, tenía a Hermann en verdad muy molesto y estresado, por lo que esa noche el alemán decidió que lo mejor sería salir a la calle a refrescar sus ideas y de paso buscar un buen lugar en dónde tomarse un trago.
Así pues, Kaltz comenzó a andar sin un rumbo fijo, con los pensamientos hechos un lío, vagando durante un largo rato por las calles del puerto hasta que sin darse cuenta, llegó a un área aledaña al muelle en donde se extendían varios bares y sitios de entretenimiento de diferentes clases y categorías. El futbolista continuó su andar por una de las arterias contiguas a la avenida principal del muelle, sin decidirse a cuál de esos bares entrar, cuando de pronto vio uno en particular que le llamó mucho la atención: éste era un pequeño negocio que se hallaba en la esquina de una tranquila y diminuta calle con un aún más estrecho callejón, siendo lo más curioso del lugar que la entrada del mismo se situaba justamente sobre el callejón en vez de tenerla hacia la calle más amplia. El sitio lucía algo antiguo, con un estilo de principios del siglo XX, pero a Hermann le pareció que más bien tenía un estilo muy pintoresco y hasta agradable.
— No recuerdo este bar —se dijo el alemán, mientras contemplaba el establecimiento con detenimiento— Es más, no recuerdo que en esta calle hubiera tantos bares, mucho menos uno tan escondido.
Luego de mirar una vez más a su alrededor, Kaltz pensó que el mejor de todas las tabernas era sin lugar a dudas este pequeño y antiguo “bar del callejón”, por lo que al final se decidió a entrar ya que en verdad necesitaba ese trago que andaba buscando. Al ingresar al lugar, de inmediato fue transportado a un ambiente completamente diferente del exterior como si en el interior el tiempo se hubiera detenido hacía muchos años atrás, todo el ambiente le recordó uno de esos bares de los años 30 del siglo pasado y lo primero que Hermann apreció con detenimiento fue el extraordinario mobiliario el cual era completamente antiguo, de madera robusta y brillante, empezando por la barra o mostrador principal, pasando por los banquillos de la misma, las grandes vitrinas que se hallaban en la parte posterior de la barra con un sinnúmero de botellas de toda clase de licores, las sólidas mesas y sillas en su parte central y las mesas, taburetes y bancas de los privados ubicados en los rincones. Las molduras de las paredes, que también eran de madera, tenían detalles muy elaborados y vistosos en ellas, con enormes y hermosos vitrales en las ventanas que las hacían resaltar aún más gracias al contraste de colores que emitían. Para completar el ambiente, la música era sin dudas un agregado adicional para dar ese toque perfecto de época del siglo pasado.
“Un buen sitio vintage”, pensó el jugador y asintió con la cabeza.
Kaltz entonces comenzó a andar por el sitio, buscando un lugar en donde poder sentarse y observar con tranquilidad a las personas reunidas en el lugar, las cuales parecían traer atuendos antiguos, muy acordes con la atmósfera del bar.
“Debe tratarse de una noche temática”, pensó Hermann, mirando a todas las personas que se hallaban ahí.
Después de una breve inspección, Kaltz finalmente encontró un sitio para sentarse en un tranquilo rincón en la barra principal. El barman, un hombre de mediana edad, pronto apareció frente a él para tomarle su pedido, siendo que éste también usaba indumentarias de época.
— ¿Nuevo por aquí? —cuestionó el cantinero y miró con detenimiento a Hermann.
— Se podría decir que si —respondió el alemán, para luego soltar una risotada—. Y creo que desentono un poco con la temática —agregó, mirando su vestimenta: pantalón de mezclilla, una playera polo y una chaqueta.
— Eso se puede solucionar —comentó el hombre de la barra—. Todo depende del resultado de esta noche.
— ¿Cómo? —preguntó el futbolista, con expresión confusa—. No entendí.
— No importa, eso ya se verá a su debido tiempo —respondió el hombre del bar.
Kaltz entonces pidió una cerveza, la cual le sirvieron al instante y al probarla experimentó una sensación de euforia que no había sentido en un buen tiempo.
— Jamás había probado una cerveza tan buena —comentó el jugador mientras miraba la botella.
— Es que es de otra época —respondió el cantinero, limpiando la barra, para luego mirarle—. Te aseguró que te tomarás más de una esta noche.
— Eso ya veremos —respondió Kaltz, sonriendo y tomando la botella para luego levantarse de su asiento.
Con su cerveza en mano, Hermann decidió dar una vuelta por el establecimiento para mirar con más detenimiento los detalles y al tratarse de una persona tan extrovertida como lo era él no le costó trabajo desenvolverse en el sitio, por lo cual se mezcló con los clientes y entabló rápidamente conversación con las personas que se hallaban en el bar. Al poco rato, el alcohol ya había hecho el efecto que se esperaba, siendo que Kaltz ya se encontraba en el grupo más alegre y concurrido del lugar donde todos gritaban, bailaban y reían alegremente con él, al tiempo en que él les contaba sus penurias a todos los que se dignaban a escucharle y prestando atención a los consejos que éstos le daban. Quizás fue el alcohol o quizás la personalidad liviana y extrovertida del jugador, pero lo cierto fue que todos en el sitio parecían conformes con la presencia del nuevo cliente como si siempre hubiera sido uno de ellos.
En un abrir y cerrar de ojos, las horas pasaron volando y la tarde dio paso a la noche para que luego ésta avanzara hasta la madrugada, Kaltz se divertía y se hallaba eufórico por el alcohol y platicaba alegremente con el resto de los que bebían y compartían anécdotas ahí, hasta que se tuvo que separar del grupo para buscar otra cerveza, por lo que se sentó en la barra a esperar a que el cantinero se desocupara para hacer su pedido.
– Dame otra cerveza —pidió Hermann.
El cantinero le miró con detenimiento antes de responder.
— Me caes bien amigo por lo que te diré lo siguiente: es hora de ir a casa y pensar en tus problemas con la almohada —dijo el hombre, con voz seria.
— Pero aún es temprano —respondió Kaltz, algo decepcionado de que ya lo corrieran del lugar.
— Créemelo, ya va a ser la hora y te arrepentirás de estar aquí —explicó el cantinero mucho más serio que antes y con una mirada sombría.
Sin saber bien por qué, esa advertencia le heló la sangre al alemán por lo que rápidamente se levantó de su asiento e hizo el intento de pagar la cuenta.
— Ésta va por nosotros —comentó el hombre de la barra con una sonrisa misteriosa—. Espero pronto resuelvas tus problemas.
Kaltz entonces agradeció y salió del lugar aún algo aturdido, caminando vagamente de regreso a su casa por las calles de la ciudad. Al fin de semana siguiente, Hermann recordó lo bien que se la había pasado en ese bar por lo que intentó regresar al sitio, llevándose la enorme sorpresa de que en el lugar en donde había estado el bar sólo se hallaba una gran bodega abandonada con grandes tablas cubriendo su entrada y cualquier abertura que sirviera para ingresar al sitio.
— ¿Será que me confundí de calle? —se cuestionó Kaltz, rascándose la cabeza sin comprender bien.
El alemán entonces miró a su alrededor, buscando una referencia que le mostrara que estaba errado y que el bar se hallaba en otro sitio, pero en lugar de eso, encontró que muy cerca de ahí al otro lado de la calle se hallaba un vagabundo tirado en el suelo, por lo que Hermann decidió acercarse para preguntarle en dónde se hallaba el bar que buscaba.
— Pues según sé, ese bar se incendió hace más de 80 años —respondió el indigente, sin mucho interés.
— ¿Qué? ¿Pero cómo? —preguntó Kaltz, temiendo por la respuesta.
— Se dice que el bar era uno de los mejores de la ciudad en aquella época, que siempre estaba a reventar pues tenía muy buen ambiente, pero un día, sin saber bien cómo o por qué, se inició un gran incendio en el interior del mismo, las personas que estaban dentro quedaron atrapados, pues las puertas se trabaron al caer unas vigas de madera enfrente de ellas, y murieron en el interior los que estaban ahí: cantineros, meseros, músicos, clientes e incluso el mismo dueño. Cuentan en las calles que cada año, en el día en que se incendió, éste vuelve a la vida y el sitio se convierte nuevamente en un bar como lo fue en su época dorada, pero también dicen que si llegas a entrar y permaneces ahí hasta la hora exacta en que ocurrió la tragedia, te quedarás atrapado con los muertos para siempre pues te convertirás en uno más de los fantasmas del bar —comentó el vagabundo con voz de ultratumba, para luego reírse—. A mí lo que me gustaría probar es su licor, dicen que es tan bueno que no te dan ganas de irte.
— ¿Es en serio? —cuestionó Hermann, sin creérselo.
— Yo más bien creo que sólo son cuentos de gente drogada o ebria —rio estrepitosamente el indigente.
Kaltz decidió alejarse de ese hombre pues se había quedado helado con el relato, su mente le repetía una y otra vez que eso no podía ser posible pues estaba más que seguro de lo que había vivido ese día; sin embargo, sus ojos le mostraban que en el lugar del bar del callejón no había absolutamente nada. Un escalofrío recorrió su piel cuando creyó escuchar en el viento el eco de la risa del tabernero que lo atendió esa noche.
